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Odiseo

Castillos en el aire

El castillo flotaba justo en cima de la ciudad con una larga torre gris siendo lo único que la conectaba a la tierra. Sus murallas pintadas de amarillo chillón resaltaban en lo alto del cielo, las torres estaban coronadas por almenas rojas. No importaba cuanto doblara el cuello era incapaz de ver el punto más alto de la fortaleza.

Desde donde estaba parecía que poseía doscientas torres e incontables edificios construidos uno en cima del otro. Todos ellos más viejos que el mismísimo reino. Por más de mil años nadie destruyo las fortificaciones ni se construyeron nuevos edificios ni se modificaron los que ya estaban. Todo seguía igual que en la época en que los celestiales aun gobernaban el mundo. Pegasos entraban y salían para sobrevolar plácidamente entre las nubes como si nada en el mundo pudiera perturbarles.

Horeld estaba boquiabierto ante tal visión que superaba todo lo que había esperado durante el viaje. Las montañas de derredor no podían proyectar su sombra sobre ella y las nubes parecían rodearla en silencioso respeto. Cuando el sol tocaba su fría superficie esta parecía cobrar vida convirtiéndose en fuego puro. Eso era lo que era. Un castillo de fuego, un segundo sol que resplandecía sobre todos en el imperio.

Su boca se le seco, sus manos sudaban como loco, tenia miedo por más que sonara estúpido encontrándose en el corazón de su país. No tenia forma de oponerse a esa fortaleza, no podías esconderte, asediarla, tomarla, escapar de su alcanza. Ese valle le pertenecía por completo a quien tuviera ese valle, la ciudad que crecía bajo su sombra era poco más que un esclavo con la misión de satisfacer las necesidades de quienes vivían en el castillo.

Su caballo se agito nervioso cuando un pegaso castaño sobrevoló cerca suyo creando remolinos con cada aleteo. Sus alas se extendían a ambos lados alcanzando fácilmente los cuatro metros. Las plumas que dejaban caer eran grandes como dagas y en vez de limitarse a uno o dos colores todo el arcoíris se podía ver en ellas siendo violetas en sus bases hasta llegar al rojo en las puntas.

El lado más infantil de Horeld gritaba que deseaba montar una de esas bellas criaturas. También deseaba ir al castillo, no como visitante o sirviente, sino como su señor. Deseaba todo lo que tenía ante él, el castillo, el pegaso, el valle, la ciudad, el imperio que se extendía más haya de esas montañas. Era un sueño estúpido que tendría que dejar de lado, pero estaba convencido de que si un día tuviera la remota posibilidad de conseguirlo mataría a quien sea.

Publicado la semana 49. 06/12/2020
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