48
Odiseo

El Intruso

Le costó abrir los ojos esa mañana y cuando lo hizo la luz le quemo los ojos. Sentía su cabeza como un campanario que era golpeado sin parar por gigantescos martillos. Volvió a intentar abrir los ojos con los mismos resultados que la primera vez. Su garganta estaba seca como las tierras de dónde venían los moreak. Trato de levantarse descubriendo que su brazo estaba atrapado bajo algo pesado.

Se trataba de algo suave, que respiraba y tenía pulso por lo que podía sentir. Su mano logro agarrarse redondo, grande que se hundía bajo sus dedos. Entonces recordó que la noche pasada había cogido con su joven esposa. Fue el mejor sexo que había tenido en años, una manera esplendida para coronar el festejo que había llevado a cabo.

Con el invierno a las puertas invito a los nobles más importantes de su tribu para celebrar el solsticio. No tacaneo ni con la bebida ni con la comida. Sirvió ríos de cerveza, hidromiel, vino tinto de Ertaina para que los asistentes pudieran pasar el guiso del pollo con una especia llamada “curry” proveniente de tierras lejanas. También había habido cerdo relleno de dátiles, así como empanadas de carne con olivas.

Estaba seguro que fue el mejor día de su vida y debió de serlo puesto que su segunda esposa, que siempre parecía tan desdichada a su lado, ahora yacía a su lado satisfecha. Sonrió al recordar como ella lo tiro a la cama y como sus tetas saltaban con cada envite. Los martillazos de su cabeza se transformaron en un caballo loco que le saltaba encima. Incluso intentar recordar los detalles más placenteros de la noche pasada le provocaba dolor.

Estiro su mano libre que se movía con torpeza y sin fuerza hasta la cubeta de agua fresca que ordeno que le dejaran todas las mañanas. La levanto y más que beberla la volcó sobre su cara espabilándolo. Su garganta se refresco un poco, pero no suficiente. El agua también aflojo el ardor de su cara que no se había percatado que tenía.

Paso sus ojos por toda la habitación llevándolos hasta la fuente de un ruido rechinante que lo molestaba.

-¿Quién va? – pregunto con la voz ronca. Una esclava se levantó desde atrás del pie de cama. Morena, traída desde algún otro lugar del mar, vestida con una túnica blanca que no bastaba para disimular sus abundantes pechos.

-Soy yo amo, lamento mucho haberlo molestado – dijo mirando sus pies con un cepillo sucio con pedazos de dátiles. Culcas sonrió al pensar cómo se la cogería más tarde después se arrepintió de poner a funcionar su cerebro.

-¿Qué estabas haciendo? – pregunto llevándose la mano libre a la cabeza como si fuera a calmar su dolor. La chica estaba por responder cuando Culcas la interrumpió – no importa. Tráeme otra cubeta de agua y cierra las cortinas que entra demasiada luz.

La esclava se apresuró a cumplir sus órdenes y verla saliendo por la puerta fue lo último que recordó antes de volver a quedarse dormido. Fue un sueño intranquilo, más adelante no recordaría los detalles, solo sabía que toda la gente se estaba burlando de él. En su sueño había hecho todo en su poder para borrar su vergüenza, pero la gente no paraba de reírse señalándolo.

Se despertó por segunda vez, tomo más agua y volvió a dormirse sintiendo los ojos muy pesados para hacer otra cosa. Esta vez el sueño fue más placentero. Estaba con su esposa y la esclava negra ambas bañadas en vino, cuando las chupo entre las piernas descubrió que les salía miel de sus genitales.

Volvió a despertarse con una sonrisa en los labios, su miembro duro, el dolor de su cabeza aliviado. Tomo más agua y por primera vez en el día se sintió con fuerzas suficientes para incorporarse. Su mujer ya no estaba en la cama por lo que se encontraba a solas en la habitación medio escurecida. No tenía ganas de trabajar. Seguramente habría una docena de campesinos con disputas sobre el ganado o sobre donde empezaba la tierra de uno y la tierra de otro. Junto a ellos habría otros que debería enjuiciar por algún crimen, los nobles también tendrían sus propios reclamos y aun le quedaba por ultimar los detalles del casamiento de su hija con Orison.

Todo lo pasaría para el día siguiente, estaba seguro que sus súbditos disculparían que por una vez no estuviera en condiciones de atender sus responsabilidades. Pensó en pedir que le llevaran cerveza y comida, pero la sola idea le hacía revolver el estómago. Se levanto para poder mear en otro balde que tenía en una esquina de su habitación. Estaba en eso cuando alguien abrió su puerta de golpe, esto lo hizo enfurecer.

-¿Por Mag que demonios pasa? – pregunto a los gritos – es que ya no se puede mear tranquilo.

El que había entrado era Arbiskar, uno de sus guerreros, llevaba su gladio al cinto y su emplumado yelmo de bronce. A pesar de estar vestido para la guerra parecía asustado del hombre desnudo que meaba en el extremo opuesto de la habitación.

-Señor yo… – se cortó sin atreverse a continuar. Culcas no se le ocurría que podía poner tan nervioso a uno de sus mejores guerreros y eso lo irritaba.

-Por los dioses, habla – le ordeno.

Fue su esposa la que hablo en su lugar entrando en la habitación con un vestido carmesí a juego con un collar de oro y rubíes. Sus ojos grises parecían temerosos como los de Arbiskar, aunque en ella era más natural.

-Mi señor esposo lamento tener que decirte que encontramos a tu hija Aretaunin desnuda en los brazos de un hombre – lo dijo sin mostrar emociones. Esa era su especialidad, nunca transmitía emociones al hablar. Pero si lograron despertar emociones en Culcas, concretamente sus instintos asesinos.

-¿Cuál es el nombre de ese cadáver de hombre?

 

Había sido una noche esplendida la anterior, justo cuando creía que pasaría otra noche fría y solitaria se encontró con una enorme casa de ladrillo donde celebrar el solsticio de invierno. La cerveza era buena, el hidromiel aún mejor sin mencionar ese extraño pollo que habían servido. Antes de que se hubiera dado cuenta estaba limpiando su tercer tazón con una hogaza de pan. La compañía también era buena pudiendo hablar con hombres que nunca lo habían visto como si fueran amigos de toda la vida.

Pero las mujeres fueron aún más amables, no sabía con cuantas estuvo o mejor dicho se acordaba de tres. La primera era una esclava morena de tetas grandes, la segunda era una noble de pelo moreno y ojos grises que no paro de hablar sobre su esposo hasta que entro en ella. Ese día le había venido por lo cuando terminaron la chica salió corriendo a acostarse con su marido. De la tercera no se acordaba y de no haberse despertado a su lado jamás se hubiera enterado de que se la había llevado a la cama.

Era casi una niña de tetas pequeñas, pero bien formadas al igual que su culo, el pelo largo color miel le caía suelto por la espada. No era muy linda de cara teniendo ojos y orejas muy separados, cabeza cuadrada y labios gruesos como gusanos. Por alguna razón le hacía acordar a un pescado.

Se sacudió entre las sabanas de pieles de leones nada menos, no sabía quien era el dueño de todo ello, pero que era absurdamente rico era un hecho. Se incorporo dando un largo bostezo estirando ambos brazos para que despertaran. Por último, se dio unos golpecitos en la cara para espabilarse, todo mientras trataba de no despertar a su última amante. Fallo.

-¿Quién demonios eres? – le pregunto una voz afónica e histérica.

-Vuestro error de anoche – le respondió a la pobre chica – no temas, le suele pasar muy seguido a las chicas de tu edad cuando beben demasiado, aunque yo también estaba demasiado borracho para acordarme si llegamos a hacer algo.

La chica no parecía nada tranquila por su respuesta mirándolo con cara de incredulidad.

-Mi padre me va matar – dijo la chica hundiendo su cabeza en sus rodillas.

-Seguramente – logro encontrar sus calzones y su cinturón, pero no su espada. La había entregado a un esclavo en la entrada de la casa como mandaba la costumbre para evitar accidentes. Siguió buscando el resto de su ropa en el desorden de ese amplio cuarto decorado con todas las comodidades que una chica pudiese querer.

-Tienes que irte – declaro la chica entre sollozos, sin atreverse a levantar la mirada.

-Cuando encuentre mi ropa.

-No, ahora – insistió mirándolo por fin a los ojos – sabes quién demonios es mi padre.

-Un hombre muy rico con una hija malcriada – freno un momento para recordar la noche pasada – ¿no será ese gordo con la barba manchada de salsa y vino, que vi vomitándose en cima mientras reía?

-Aunque no lo creas, ese gordo es el rey de los Amitas tiene un millar de guerreros bajo sus órdenes y muy mal genio.

-Como dije, un hombre rico con una hija malcriada. Me puedes pasar esa media que está ahí junto a tu pie – la chica se apresuró a complacerlo tirándole la media en la cara y levantándose de la cama para ayudarlo a encontrar todas sus prendas.

-Solo vete – decía mientras le ayudaba a terminar de vestirse – vete antes de que alguien…

No termino de decir la frase cuando una esclava entro en sus aposentos. No era la misma esclava morena que se había cogido era otra mucho más vieja que nada más verlo pego un grito agudo.

 

El cadáver con pulso que llevaron ante él le pertenecía a un muchacho que debía rondar los veinte años. El pelo de su cabeza era dorado como el oro y le caía por la espada en una trenza que le llegaba hasta los omoplatos. Su barba era un poco más oscura y sus labios largos y finos. Era más alto que cualquiera de sus guerreros. Tenía una complexión delgada, pero muy musculosa por lo que sus guardias se mantenían en guardia.

Lo miro con toda la ira de la cual era capaz de hacer acopio deseando estrangular allí mismo. De haber sido él quien lo descubriera en el lecho de su primogénita lo habría matado sin pensárselo dos veces y sin ninguna ceremonia. Los dioses en cambio prefirieron que su humillación fuera pública. Pensó en el sueño de las risas y deseo con más fuerza romperle el cuello con sus manos.

No era el único. Los dos Orison rechinaban los dientes a un lado de la sala junto con sus seguidores. El Viejo estuvo todo un año tratando de convencerlo de casar a Aretaunin con su hijo. Pero ellos simplemente podían pedir a una de las otras, tal vez a Markia que solo tenía dos años menos que su hermana.

-¿Quién eres? – exigió saber, aun le dolía la cabeza por todo el alcohol por lo que no estaba de humor para sutilezas. El extraño lo miro con los ojos dispersos, probablemente también estaba sufriendo los efectos de la resaca.

-Me llamo Ormeus – dijo orgulloso – hay quien le agrega “la espada solitaria” o la “la espada errante”.

-Pues haca te llamaremos “el cadáver descuartizado” – replico Culcas.

-¿Y deshacerse de aquello que hizo tan feliz a su hija? – contrargumente Ormeus. La sala estallo en carcajadas, sus nobles, sus sirvientes, sus esclavos, sus guerreros, incluso su esposa no pudo contener la risa hasta que percibió su mirada y clavo sus ojos en sus pies sonrojada. Los únicos que no reían eran Aretaunin, que buscaba la forma de ocultarse en medio de la sala, y los Orison que veían impotentes como escupían en la fruta que tanto codiciaron.

-¿Acaso piensas salir de esto haciendo chistes? – miro directamente a Arbiskar que se recompuso poniéndose derecho como una lanza – rómpanle los huesos uno a uno hasta que aprenda humildad.

El guardia se acercó hasta el prisionero para cumplir las órdenes de su señor. Ormeus lo patio en el pecho empujándolo de vuelta a su lugar. Tenía dos guardias atrás suyos, pero su rección fue muy lenta y el prisionero le dio un codazo a uno, le robo la falcata se volvió contra el segundo dando un fuerte tajo. El guardia puso su lanza por delante inútilmente pues el hierro atravesó la madera con la misma facilidad que a la manteca dejándole un largo corte en el antebrazo.

Ante los impotentes ojos de todos Ormeus se paró en frente a todos ellos. Solo llevaba andrajosas ropas de lana desteñidas y llenas de barro, tenía las manos encadenadas y estaba rodeado por guerreros armados hasta los dientes. Pero nadie se atrevió acercarse al alcance de su corta espada y sus brazos largos.

-Respondiendo a vuestra pregunta rey… nunca me dijeron tu nombre – Culcas apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

-Soy el rey Culcas, rey de los Amitas, el que sometió a los enanos del monte Na, el que expulso a los iratxoak del valle de Deva, conquistador de los Camtianos – el desconocido quedo impresionado por todos esos títulos quedándose cayado por un rato. Sonrió satisfecho, seguro de que en cualquier momento se pondría de rodillas suplicándole perdón. Pero no se la concedería, a sus ojos no era más que un cadáver que había que matar y planeaba hacerlo lo más lento posible.

-Entonces debes ser un gran guerrero – dijo por fin Cadáver Descuartizado. Estaba dándose cuenta de su error, maldiciendo a los dioses por haberlo guiado hasta su hogar.

-Soy el guerrero más poderos de la isla de Ibern, hasta los más valientes tiemblan a la sola mención de mi nombre. – Presumió – ahora devuelve esa espada y muere con honor.

-No existe forma más honorable de morir que con una espada en la mano – replico Cadáver Descuartizado – pero si la quieres recuperar ven y búscala, si eres tan temible guerrero como dices ser entonces te devolveré hasta la virtud de tu hija.

“Cuanta insurgencia en un solo hombre” pensó molesto “será divertido aplastarlo hasta convertirlo en un caballo que cualquiera pueda montar”

-Arbiskar ponlo de rodillas, pero asegurarte de que siga vivo – ordeno sin moverse de su trono de madera.

-Mi rey – se interpuso el Orison más joven. Había heredado el mismo aspecto delgado con cara triangular, orejas muy juntas y nariz aplastada de su padre. Por suerte tenía una complexión musculosa y su madre le heredo ojos celestes, cabello rubio y dentadura perfecta, aunque ya había perdido algunos mientras el resto eran amarillos.

-¿Qué quieres? – gruño tomando un trago de vino para que le aliviara el dolor de cabeza.

-Solicito mi derecho para matarlo pues se a acostado con mi prometida – proclamo el joven llevándose la mano a la espada que no tenía, cuando se dio cuenta agarro su cinturón para disimular.

-Todavía no cerré ningún acuerdo con tu padre así que cállate y espera en tu lugar – se volvió a sus hombres – que esperan idiotas no tengo todo el día.

Fue una pelea corta pues casi diez guardias cayeron a la vez sobre Cadáver Descuartizado. Este se defendió bien al inicio esquivando el primer envite, desarmando a uno de los guerreros con el plano de su hoja mientras que a otro le dejo una cicatriz en el hombro. Después lo lograron rodear y le cayeron golpes por todas partes. Sin poder mover sus brazos con libertad era poco lo que podía hacer, pero aun en esas condiciones demostró ser letal. Pinchando los pies de sus atacantes, el que tuvo peor suerte se ligó una estocada en su abdomen que lo dejo moribundo. Sus gritos aún se escuchaban en el salón cuando los demás lograron someter al insurgente.

Lo dejaron desarmado, cubierto de moretones, con la túnica desgarrada a la altura del hombro. Cadáver Descuartizado escupió un diente roto al piso, le habían roto la nariz y tenía el labio partido al igual que un corte sobre el ojo que no tardaría en inflamarse. Esa golpiza era solo el inicio de todos los males que se le venían a la cabeza a Culcas.

Primero le rompería todos los huesos y después dejaría que se le volvieran a soldar en posiciones incorrectas. Mientras tanto le arrancaría todos los dientes que le quedaran, lo castraría y lo obligaría a ver como los perros se comían su miembro delante de él. Le arrancaría las uñas, lo despellejaría palmo a palmo. Nunca en su vida un solo hombre lo humilló tanto. No lo podía perdonar.

Publicado la semana 48. 29/11/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
48
Ranking
0 53 0