47
Odiseo

Mensaje

El camino de vuelta fue muy silencioso sin comentarios, risas o festejos. Solo lágrimas. Lágrimas de sangre era lo que recorrían sus mejillas dejando perplejos a las pocas personas que salían a recibirlo. Era de noche y se podían ver las estrellas y la luna descendente a través de un suave telón de nubes borrosas. Los perros ladraban a su paso, muy nerviosos al sentir su aroma, esto atraía la atención de los granjeros.

Nadie se atrevió a disturbarlo en su regreso a Ewfland, agarraban sus amuletos tallados como lanzas o con imágenes de olas. Arvid no les dijo nada, no quería pedirles su ayuda, que lo consolaran, pero era lo que quería.

Cuando mato al ciervo no advirtió de la presencia de dos galmos que se lanzaron sobre él. No pudo hacer nada, no tuvo tiempo de reaccionar antes de que le dieran una golpiza. En algún momento le embocaron un golpe en la nuca que le hizo perder la conciencia. Para cuando la recupero estaba atado de manos junto a sus dos hermanos mientras eran llevados en un carromato. El cuerpo del ciervo también estaba con ellos y su sangre los manchaba a los tres, salpicándoles con los baches del camino.

“La maldición” fue lo primero que pensó al despertar, pero después recordó que quienes lo habían atacado eran hombres. Estaba seguro que se trataban de galmos pues llevaban capas con patrones de cuadros y llevaban sus cabellos con pinchos mirando hacia atrás. Al igual que ellos debían ser cazadores que los encontraron por coincidencia. O tal vez los vientos del destino, que la Godor y sus acólitos tanto les gustaba hablar, los empujara hasta ese lugar en ese preciso instante.

Su padre decía que de la misma forma que una nave no puede escapar a los designios del viento los hombres no podían escapar a los designios del destino. Se mordió la lengua para evitar maldecir su destino, su suerte o la coincidencia que lo metió en eso. Insultar cualquiera de esas cosas traía mala suerte, otra enseñanza de la Godor, y lo último que necesitaba era más mala suerte.

Recordó mirar a su hermano en busca de respuestas, pero este parecía asustado como si supiera lo que vendría. No. No sabía lo que venía y tampoco estaba asustado, estaba furioso por el secuestro. Una cosa era robar ovejas otra muy diferente capturar prisioneros. Asumieron que se arreglaría un rescate por ellos, una vez se enteraran quienes eran. Amia si estaba asustada, se había acurrucado en un rincón del carromato para llorar. Arvid le dio gracias a Woll y a Fri al comprobar que su vestido no estaba desgarrado ni mostraba signos de haber sido golpeada.

Los llevaron hasta un pueblo bastante grande protegido por una empalizada. Lo primero que le llamo la atención era que junto a los galmos había una gran comunidad de elfos. Variaban en sus tamaños, pero la mayoría tenía la altura de hombres adultos. Sus pieles eran verdes y sus cabellos eran más verdes, con variantes de rojo o amarillo. Los más tradicionales en sus propias costumbres iban desnudos, quienes tenían más contacto con los humanos vestían ropas de lana o lino.

Sus captores gritaban algo sobre “matar al dios blanco” “invasores del norte”. La gente respondía con abucheos, insultos y maldiciones deseándoles muertes lentas. Arvid fue capaz de entender cada una de sus palabras, nunca había visto antes galmos o elfos, pero era capaz de entender sus diferentes idiomas. Escuchaba palabras para él jamás oídas entendiendo su significado con la mima fluidez que su propio idioma. De esto no se dio cuenta hasta mucho más tarde, cuando cruzaba un puente que ayudara a construir para volver a su casa.

Frente a la puerta de un gran salón los recibió un hombre gigantesco que superaba fácilmente los dos metros. Tenía largos cabellos color fuego cayéndole ondulados por la espalda solamente contenidos por una coleta a la altura de los omoplatos. Mantenía su barbilla cuadrada afeitada, con un gran mostacho sobre sus labios. Vestía como un noble con ropas limpias sostenidas por broches de plata. Parecía una estatua gigante que los miraba con odio.

Lo acompañaba un elfo viejo, cuya suave piel se estaba convirtiendo en corteza. Y un viejo chaman que iba casi desnudo con una desgarrada túnica blanca y la cabeza llena de excremento de pájaros. Ninguno de los dos parecía feliz de verlos. La impresión inicial no mejoro cuando les mostraron el cuerpo del ciervo.

-De verdad lo mataron esos salvajes sin dioses – dijo Pelodemierda siseando entre los agujeros de su dentadura.

-Ellos y todos sus descendientes serán malditos por esta ofensa – añadió el elfo, pareciera que le costara hablar o mover en lo más mínimo su boca.

-¿Quién de ellos tres lo mato? – pregunto el gigante pelirrojo a sus captores.

Estos lo señalaron contando como clavo su lanza en el cuerpo del dios. Después añadieron que el dios ya estaba herido por las flechas disparadas por Harold.

-Entonces la niña no hizo nada – señalo el viejo mirándola con lujuria. Arvid se levantó furioso como hacia siempre que alguien se desubicaba con su hermana, pero un golpe lo volvió a poner de rodilla.

-Somos hijos de Camete rey de los Danisios – grito Harold con furia – si nos hacen daño nuestro padre quemara todas sus tierras.

-¿Qué está diciendo? – pregunto el pelirrojo al elfo. Este le tradujo las palabras exactas que uso Harold lo que hizo reír al noble – como si le tuviéramos miedos a esos salvajes. Solo siguen con vida porque los cobardes del consejo se niegan a echarlos de vuelta al mar.

En la puerta de Ewfland lo recibieron dos guerreros que le apuntaron con sus lanzas al verlo. Estaban asustados como si vieran a un demonio en frente suyo, Arvid los entendía.

Los tres líderes de los galmos discutieron cual debería ser su castigo y al final decidieron que los dioses se encargarían de él. Despellejaron al ciervo, lo cual le resultó extraño pues lo habían llamado “dios”. “Un cadáver es un cadáver da igual que fuera en vida” después se dio cuenta de que estaba equivocado. Lo vistieron con la piel blanca aun llevando la cornamenta dorada. La piel estaba ensangrentada, húmeda, viscosa y apestosa, sería su marca frente a los galmos de que estaba maldito.

Como castigo final le dieron una canasta para que llevara a su padre un mensaje muy conciso. Una advertencia para que los suyos se mantuvieran tranquilos en el pequeño valle donde vivían. Fue Gundulf quien lo reconoció corriendo a su lado.

-¿Arvid dónde estabas? – no se atrevió apoyar la mano en su hombro – ¿Qué te paso? ¿y tus hermanos?

No respondió, no se animaba, de hacerlo probablemente lloraría como una mujer. Tal vez fuera lo adecuado ya que no supo que hacer como hombre.

-¿Arvid dónde se encuentran Harold y Amia? – estaba nervioso. Sabía que algo malo había ocurrido, eso era evidente, pero prefería pensar que era una especie broma. Se engañaba a sí mismo, Arvid era capaz de percibir la agonía de su mente.

Al no poder sacarle respuestas Gundulf se volvió hacia el canasto que sostenía. Era de mimbre, no fue diferente al que usaban sus hermanas para juntar flores, lo cubría un mantel rojo que a causa de la noche parecía negro. No parecía algo muy interesante, pero el instinto hizo que el guerrero se prepara para lo peor. De la misma forma que los animales perciben las tormentas, supo que era lo que llevaba.

Solo con agarrar el mantel su mano templo al sentirlo frio y húmedo entre los dedos. Lo fue retirando poco a poco revelando un bulto de cabellos dorados manchados de rojo, los bigotes también estaban manchados. Dos bolas azules los miraban con pánico, dolor, incertidumbre. Los últimos sentimientos de su hermano quedaron plasmados en sus ojos y Arvid sintió que lo miraban acusadores. “¿Por qué no hiciste nada?” le preguntaban. “Deberías haber luchado, eres solo un llorón, vencer o morir luchando ese es nuestro camino no agacharse y suplicar piedad”.

Cuando estaban por cortarle la cabeza Arvid se rompió finalmente y había rogado por la vida de sus hermanos. Lo único que consiguió es que los galmos se rieran de él y que su hermano se avergonzara en sus últimos instantes de vida.

-Se la llevaron – dijo finalmente – a Amia, la entregaron a un chamán como su esclava y él la arrastro mientras ella me gritaba por ayuda.

No pudo continuar. Lo que ocurrió a continuación fue que él se quedó congelado mientras ella desaparecía por una puerta de madera. Continúo escuchando los gritos por largo rato, incluso todavía podía escucharlos en el fondo de su mente. Ya no le pedían ayuda, solamente lo maldecían por cobarde.

Las lágrimas volvieron a correrle por las mejillas como un río que se rebalsaba. Gundulf lo dejo llorar sin decirle nada, sin hacer ningún intento de consolarlo. Solo los fuertes sobrevivían en ese mundo, tendría que superarlo por su cuenta para después buscar venganza. Así es como le habían enseñado.

Publicado la semana 47. 22/11/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
47
Ranking
0 45 0