46
Odiseo

El Pricionero

Lo encadenaron en un poste en medio del pueblo donde todos podían arrojarle fruta podrida. De hecho, ese tal Culcas exigía que le arrojaran cosas bajo amenaza de incurrir en su ira. Los más fieles, o los más asustados, le lanzaron excrementos frescos apuntando a las heridas abiertas de su cara.

Muchas veces se quejó de la rutina, constantemente buscando todo tipo de aventuras buscando para romperla. Eso no era lo que tenía en mente. Era una injusticia. Lo único que hizo fue cogerse a una chica hermosa y soltera, también había matado un hombre, pero fue un accidente además de en defensa propia. Se preguntó que haría una vez fuera libre. Podría intentar vengarse emboscado grupos aislados de personas, lo cual sería un derramamiento de sangre inútil. La idea más tentadora que se le ocurría era ir al este donde los moreos tenían sus colonias. Una temporada recorriendo el Mar Verde en un barco mercante no sonaba tan mal.

Mientras tanto solamente podría pasar el rato apreciando la arquitectura de ese lugar. No podía decirse que era una ciudad si se comparaba a las colonias en del este, pero era definitivamente más grande que un pueblo común y corriente. Muchas de las casas estaban hechas de ladrillo, al igual que el palacio de su rey, las más humildes eran de piedras unidas con mortero. Las tejas de barro rojo de las casas ricas hacían un extraño contraste con los techos de paja.

Dos templos de estilo atlanto destacaban entre el resto de edificios. Uno estaba consagrado a un dios solar. La fachada del edificio estaba llena de guerreros cazando junto a extraños animales, que le parecieron gatos gigantes, de pelaje dorado lleno de manchas negras. También se repetía la imagen de un ave con una cola grande llena de colores vivos. Si no se equivocaba era un templo del dios Dam, muy popular en esa zona de la cordillera.

El otro templo debía estar consagrado a la esposa de Dam, Lood. Se suponía que era una diosa lunar que gustaba de hacer fiestas, otorgaba la fertilidad a las mujeres y rodearse con la compañía de delfines y otros animales marinos. Por lo que escucho decir de ella también podía considerarse la diosa de la infidelidad, las orgias, los celos y los venenos. Pues cuando su marido iba a la guerra ella invitaba a varios hombres para que la complacieran mientras que envenenaba a cualquier mujer que pusiera los ojos en su marido. No podía decir que tuviera ganas de conocerla.

Por el tiempo que paso recorriendo la tierra de los Amitas sabía que no eran capaces de construir todo eso. Era un pueblo de pastores, pero descubrieron yacimientos de oro en su territorio hace dos o tres generaciones. Desde entonces establecieron una estrecha relación comercial con las colonias del este. Toda esa edificación debía ser obra de arquitectos enviados por sus aliados que les construyeron una pequeña ciudad a cambio de una alianza.

Ormeus reflexiono sobre estas cosas recordando las murallas que rodeaban el asentamiento. No las podía ver desde donde estaba, pero sabía que eran de adoquines con casi cuatro metros de alto y dos de ancho. Todo eso construido en un terreno alto. El palacio del rey estaba rodeado por sus propias murallas y debía servir como último punto de defensa. Aunque ambas fortificaciones carecían de torres, foso y, en la noche del solsticio, de guardias.

Todos estaban asistiendo a una fiesta diferente dejándole vía libre para ir directo al corazón de su asentamiento sin molestarse a ir a una posada. Si hubiera habido un solo guardia nada de eso habría ocurrido. Los dioses tienen un sentido del humor perverso en especial para aquellos que tratan de librarse de los destinos que les ponen.

Pero lo querían vivo, humillado, pero vivo, al fin y al cabo. ¿Por qué? Sus razones tendrían tampoco es que quisiera apresurarse a averiguarlo. Lo sabía gracias al sacerdote que intervino en su juicio, por llamarlo de alguna forma, después de la paliza.

Era un viejo que solamente vestía una túnica que parecía meada por el feo color amarillo que tenía. La prenda le llegaba hasta los tobillos sin llegar a cubrirle los pies llenos de manchas y sus sandalias. Cuando lo vio pensó que solamente demandaría su cabeza como lo hizo ese muchachito noble. En su lugar lo defendió argumentando que su destino no era morir en ese lugar.

-Su vida no te pertenece mi rey, es un favorecido por los dioses, alguien que tiene que alcanzar la grandeza. Si lo matáis como un vulgar criminal quedaremos malditos, guerras, pestes y hambrunas asolaran esta tierra.

Culcas parecía por estallar de ira apretando tanto los músculos que podía escuchar como entrechocaba los dientes y podía contar todas las venas de su cara. En su lugar hubiera desconfiado de las palabras del sacerdote pues no confiaba en nadie que se afeitara la barba y le cabello.

Puede que no confiara en el sacerdote de nombre Sotik, o así lo habían llamado, pero no podía negar que le consiguió horas de vida. La humillación publica debió de ser apenas un pequeño desquite del frustrado rey que tendría que esperar para ver su cabeza en una pica. Se pregunto qué pasaría si el monarca se enteraba de que su esposa también se acostó con él. No estuvo seguro al inicio, pero no tenía dudas de que la chica flaca de ojos grises parada a un lado del trono era una de sus presas de la noche anterior.

-¿A que estas esperando? – pregunto Sotik que apareció a su lado sin que lo advirtiera. El corte sobre su ojo izquierdo se había inflamado dejándolo medio ciego en ese lado.

-A que me liberan, me maten o que llegue el fin del mundo y el lobo negro mate de una vez por todas al blanco y después coma toda la vida en la tierra.

-Debes ser del norte solo ahí tienen esas ideas tan raras – se burló el sacerdote.

-No tan raras como las de ustedes cuyos dioses no tienen problemas en cogerse a sus hermanos, sus madres, sus padres, sus tíos o a sus primos. Una vez un mercader de Quemta me conto que uno de sus dioses embarazo a su malvado tío con una lechuga – el sacerdote no pudo contener la risa y Ormeus no pudo evitar unírsele.

-Conozco la historia, pero no conozco ningún lugar que se llame Quemta – dijo recuperando el aliento. Ormeus se fijó en que llevaba un zurrón al hombro.

-¿Qué llevas en el bolso? ¿Es donde guardas tu pelo o tu dios te obliga a llevarlo a todas partes?

-Dam es un dios guerrero que disfruta de la batalla por lo que también es un excelente médico – explico agachándose a su lado – solo llevo medicina para tus heridas.

Saco un frasco que apenas abrió emito un olor nauseabundo que le provoco arcadas. Era una pasta verde que Sotik fue untando en las heridas abiertas provocándole un ardor insoportable. Si eso era sanar bien podría darle un golpe en la cabeza y decir que lo curo de su dolor una vez estuviera inconsciente.

-Se que es molesto, pero el fuego purifica si le esta ardiendo significa que la medicina está destruyendo los venenos ahí acumulados. Para eso podría haber usado un cuchillo al rojo.

-Ya no estabas sangrado por lo que no había necesidad de dejarle otra fea cicatriz por las quemaduras – se limpio las manos con un trapo – ahora os pondré otra pomada para los moretones, tranquilo esta no ardera, por suerte no le rompieron ningún hueso esos brutos, en cuanto a su diente conocí a varios sacerdotes y chamanes capaces de regenerarlos, mientras que les des algo a cambio claro. La nariz rota le da un aspecto intimidante, pero me preocupa los problemas respiratorios que le causaran, por favor muerda esto – le entrego en palo que se lo metió entre los dientes preparándose para lo que estaba por venir. Fue peor que el golpe que le rompió la nariz. El sacerdote le agarro la nariz con dos dedos dando un giro brusco que le hizo sonar el hueso. Mordió con tanta fuerza el palo que lo termino partiendo por la mitad.

Sotik le puso más de esa pasta verde en la nariz reafirmando su opinión de no confiar en nadie que se afeite. Por suerte la pomada que unto sobre los moretones en vez de arder o apestar era refrescante. No podía decir nada sobre el olor por culpa de la “medicina” en su nariz.

-¿Por qué me ayudas? – pregunto finalmente intentando ignorar el dolor de su nariz – no creo que los dioses me amen tanto como para vengar mi muerte.

Sotik permaneció cayado un instante mientras meditaba que respuesta darle.

-Nunca fui bueno con las profecías, pero hace una semana soñé con un viento helado, proveniente del norte, que entraba en los salones del Culcas y con sus constantes cambios de dirección revolvía todo. Se podía saber de donde provenía ese viento, pero lo que me llamo la atención es que no se podía predecir hacia donde iba. Por momentos se volvía hacia el este, solo para mirar al oeste un segundo más tarde. Retrocedía, avanzaba, desaparecía y se convertía en un vendaval todo al mismo tiempo. En su momento no comprendí que quería decir e incluso ahora que estoy seguro de que vos sos ese viento no entiendo el sueño en su totalidad. Es como si Tol no se atrevieran a escribir vuestro destino permitiéndoos vagar libre por el mundo – hizo una pausa esperando que Ormeus explicara que era realmente.

-¿Entonces le llevaste la contraria a tu rey solo por un sueño que no sabes que significa? No estarías logrando cambiar mi opinión sobre los afeitados.

-Quería manteros a salvo por el tiempo suficiente para que el mensajero que envié al oráculo vuelva con una explicación.

-Y yo creía que me ibas a ayudar a escapar, pobre de mí – fingió sentirse dolido – al menos me harías el favor de cuidar mis armas mientras tanto.

El sacerdote hizo una mueca guardando todas sus cosas de vuelta en el zurrón y buscando otro objeto dentro de ella.

-El joven Orison se apodero de vuestras posesiones como compensación por haberle quitado la virtud de su prometida – explico sacando un llavero de cobre – y si, os voy a ayudar a escapar, aunque esto solo porque la princesa Aretaunin me tiene bajo amenaza.

-Ese Orison es el esparrago que pidió el “honor” de matarme mientras tenía las manos encadenadas.

-Tenías una espada en la mano – señalo su liberador mientras rebuscaba entre las llaves.

-Sabes lo incomodo que es luchar con tus movimientos tan limitados solamente pudiendo defenderte o atacar en vez de poder hacer ambas cosas a la vez.

-Ya que llegamos a eso ¿por qué os entregaste sin luchar? Los guardias afirman que ni siquiera los insultasteis o intentasteis escapar.

-Esperaba resolver todo con un duelo – el sacerdote no pudo contener la risa.

-Jajaja no creí que estuviera salvando a un idiota – finalmente encontró la llave correcta y la metió en la cerradura. Al girar la llave se escuchó un rechinar metálico y su mano derecha quedo libre. Después paso a la mano izquierda. Ormeus estuvo un rato moviendo su muñeca y sus dedos para que la sangre les volviera a esas partes.

-Bueno, ahora si me disculpas tengo que recuperar mi espada – se despidió alejándose se da la plaza embarrada. El sacerdote se interpuso en su camino tratando de frenarlo inútilmente con suplicas que caían sobre oídos sordos.

-Estas loco, si no escapas en este mismo instante te mataran y de paso me mataran a mí por haberos ayudado – decía mientras retrocedía para que Ormeus no se lo llevara puesto – me lo debes me, me debes tu vida, tienes que escucharme.

-Te devolveré el favor en algún futuro, pero no pienso convertirme en tu sirviente por algo tan trivial.

El sacerdote se quedo mudo frente a estas palabras, pero cuando escucho la respuesta de un tercero empalideció tanto que parecía un fantasma.

-Buena observación, extranjero, vuestra vida no vale ni para alimentar a los cerdos – Varios hombres salieron de todos los rincones oscuros donde pudieron esconderse. Ormeus conto al menos ocho, cinco atrás y tres delante. Por las espadas que llevaban en los cintos con empuñaduras labradas supo que se trataban de guerreros auténticos y no simples campesinos. Iban encapuchados, con ropas negras que los protegían de la ligera llovizna que empezaba a caer como de ojos curiosos. No parecía que llevaran armaduras, aunque era posible que ocultaran protecciones bajo la ropa. Todos tenían una lanza en mano excepto por uno de los de atrás que tenía una tira de cuero para lanzar hondas.

El que había hablado se reveló rápidamente como el líder tirando su capucha hacia atrás. Luciendo su cabella dorada, con los costados afeitados y el resto peinado en forma cuadrada, y sus dientes perfectos haciendo una mueca burlona. Orison el Joven no parecía una gran amenaza a la luz del atardecer y rodeado por los hombres de su padre. Pero en la oscuridad casi impenetrable de la noche rodeado por figuras sin rostro hasta Ormeus tenía que reconocer que se volvía un poco más intimidante.

El noble amita no llevaba espada, pero si sostenía un escudo ovalado pintado de negro en una mano y su espada larga en la otra. Era un arma preciosa, una hoja larga y recta de hierro tan pulido que servía de espejo y tan filoso que podía cortar sin problemas la cabeza de un toro. La empuñadura estaba hecha para sostenerse con una sola mano, con forma de cruz, el pomo estaba hecho de oro y en él aparecía la imagen de un barco en medio de una tormenta. Ormeus tuvo que soportar las ganas de vomitar al ver como otro la sostenía.

-Dame mi espada y quizá no te mate – sabía que su amenaza sonaba bacia. No tenía armas o aliados. Poseía otros trucos que apenas dominaba y apenas era capaz de entender, pero no era momento de usarlos.

-Palabras grandes para un cerdo del norte – miro el reluciente filo de la espada. Las únicas luces eran los de los fuegos de las casas y la escaza luz lunar que se filtraba entre las nubes – solo en esas tierras fabrican espadas tan inútiles como estas.

Tiro la espada a los pies de Ormeus. Agarro su espada limpiando el barro del pomo y de la hoja con su pantalón. Ninguno de sus emboscadores reacciono. Un noveno hombre apareció de entre las sombras llevando su escudo circular donde tenía dibujado un ciervo blanco de cornamenta dorada. Le lanzo el escudo dejando que Ormeus lo agarrara en el aire por la enarma.

-¿Qué es esto? – le pregunto al amita – ¿tienes ganas de morir?

-Te acostaste con la mujer que amo por lo que realmente tengo ganas de matarte – respondió desenfundado su gladio.

-Eso no me explica nada.

-A diferencia del idiota de Culcas yo si se quién eres y conozco tu fama de duelista. Desaprovechar una oportunidad tan fácil de ganar fama cuando estas debilitado me dejaría a la altura de ese gordo monarca.

El sacerdote estuvo retrocediendo hasta que se cercioro de que nadie lo detenía, en ese punto huyo. Nadie le prestó atención. Ormeus se preguntó si permanecería en las sombras para ver como terminaba. Estaba claro que todo eso estaba planeado por el joven Orison, solo tenía dudas con respecto a la profecía. Seria una simple coincidencia que el amita uso a su favor o había sido una invención para tenderle la trampa.

-Una trampa muy elaborada para alguien que consideras inferior a un cerdo que en cima tenías prisionero – se preparo para el combate reaccionando con su mirada al menor indicio de movimiento entre sus enemigos. Orison se encogió de hombros tratando de parecer despreocupado antes del combate.

-Así puedo decir que te atrape mientras escapabas – dijo e inicio el combate.

El amita se lanzó adelante, solo sus compañeros permanecieron en sus posiciones. Ormeus ataco con un tajo paralela al suelo que apuntaba al cuello de su rival. Orison movió su escudo para bloquear el ataque, el metal beso la madera. Prosiguieron atacándose mutuamente la mayor parte de las veces golpeando el escudo del otro y de vez en cuando chocando las espadas.

Orison era constante en su ataque tratando de acortar la distancia entre ambos para compensar la menor longitud de su arma. Ormeus se sintió mal por haberlo despreciado tan fácilmente mientras contenía sus ataques.

Permanecía atento a los movimientos de todos aquellos quienes le rodeaban. Temía que le atacaran por la espalda si tomaba la iniciativa en el combate.

Mantuvo su posición sin avanzar o retroceder golpeando con su escudo cada vez que Orison se acercaba demasiado. El noble intento cambiar estrategia esprintando hacia su derecha donde carecía de la protección del escudo. Ormeus se volvió frenando un golpe que se dirigía a su pantorrilla. El arma del amita cambio su dirección apuntando hacia arriba. Una línea roja apareció en todo su antebrazo desde donde la sangre emanaba en pequeñas gotas que se perdían en la lluvia.

Orison no pudo celebrar su victoria pues con la velocidad de una serpiente al atacar Ormeus le puso una traba la cual el noble no vio hasta que fue tarde. Intento balancearse para no caerse, pero fue inútil y termino perdiendo sus armas. Logro poner sus brazos para evitar golpearse la cara contra el barro. Ormeus pateo la espada y el escudo ovalado para que no las pudiera alcanzar.

Sus hombres se predispusieron para atacar con las lanzas en ristre, dos de ellos amenazaron lanzarlas a modo de proyectiles y el hondero empezó a girar su simple, pero mortal tira de cuero. Puso un pie sobre la espalda del joven noble presionándolo contra el piso para que no pudiera levantarse y puso la punta de su espada en su cuello.

-Bajen sus armas – ordeno. Algunos parecieron dudar si atacar el hondero no. Presiono con un poco más de fuerza, no esperaba que el hondero fuera capaz de ver las gotas de sangre. En cambio, Orison pudo sentir como el preciado líquido carmesí escapaba de su cuerpo – diles que bajen sus armas.

El hondero lanzo su letal piedra antes de que este pudiera responder. Ormeus por instinto levanto el escudo frenando el proyectil que se dirigía a su cabeza. Volvió a presionar a su prisionero para que digiera las ordenes que quería escuchar.

-Por Maret hagan lo que les dice, bajen las putas armas de una vez – grito Orison, su voz sonaba rota como sí hubiera estado llorando. Todos permanecieron quietos por un instante antes de cumplir ordenes y arrojar sus armas al piso.

-También las espadas – dijo Ormeus esperando a que los guerreros obedecieran. Cuando se cercioro de que no tenían espadas amano puso su escudo al hombro y levanto al joven noble manteniéndolo como rehén – vos – señalo al hondero – quiero que busques todas mis cosas y las lleves a la puerta sur de la ciudad, y vos quiero que me consigas un caballo rápido con el que poder irme.

Ambos hombres desaparecieron dejándolo con seis guerreros desarmados que lo rodeaban y un rehén que no dejaba de llorar. No le gustaba tener que librarse de sus problemas de esa forma, teniendo que salir de una ciudad como un vulgar criminal. La otra opción era entrar en un combate desigual en el que probablemente moriría.

Camino lentamente hacia el sur para dirigirse a la puerta como había dicho. Los guerreros mantenían su distancia para evitar cualquier tipo de reacción. Algunos desaparecieron disimuladamente para ir a buscar sus armas una vez estas estuvieron fuera del alcance de su vista. Varios lugareños se habían visto atraídos por todo el ruido y los miraban en la distancia con curiosidad.

Pudo distinguir todo tipo de armas entre la multitud que se aglomeraba, pero nadie parecía tener realmente animo para atacar. Tampoco los guardias de la puerta estaban de humor para llevarle la contraria probablemente convencidos por los hombres de Orison que ya lo esperaban en el lugar con todo lo que había pedido.

-A donde crees que vas bastardo – grito el rey Culcas apartando a la muchedumbre con empujones. Atrás lo seguían una veintena de guardias con cascos, grebas y corazas de bronce, sus característicos escudos ovalados casi rectangulares y sus armas desenfundadas. También Orison el Viejo apareció junto a ellos con la cara congestionada por el miedo sin disimulo.

-Me voy de esta ciudad, las mujeres son muy bellas y atrevidas en la cama, pero me temo que todo lo demás es desagradable – respondió asegurando su cota de malla, yelmo, capa, monedero y sus demás cosas en la yegua parda que le dieron. Costaba hacerlo teniendo que mantener en todo momento la hoja de hierro en el cuello del joven Orison.

-Tu vida me pertenece y voy a tener tu cabeza en una pica, aunque tenga que perseguirte hasta el fin del mundo.

-Entonces te esperare encantado en el fin del mundo donde dejaremos que nuestras espadas decidan nuestros destinos – dicho eso dio una patada a su prisionero para alejarlo de sí, pego un salto montando el caballo con facilidad. Todo ocurrió tan rápido que nadie tuvo tiempo de reaccionar y Ormeus no pensaba darles tiempo para pensar. Espoleo al caballo con sus pies que colgaban en la nada agarrándose con fuerza en los flancos de este. El animal relincho molesto, pero obedeció atravesando la puerta con la velocidad de un rayo. Una lanza cayo cerca de Ormeus y escucho el zumbido de varias hondas volando por el aire. Nada de eso logro evitar que se perdiera en la oscuridad que se extendía colina abajo.

No fue hasta que estuvo a varios kilómetros de la ciudad y el sol ya remontaba en el cielo que se percato que nunca se molesto en averiguar el nombre de esa ciudad que le era desconocida.

Publicado la semana 46. 15/11/2020
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