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Odiseo

Nuevo Hogar

El viento salado soplaba a su cara sacudiendo sus endurecidos cabellos dorados. Un total de cincuenta hombres, distribuidos a ambos lados del barco, luchaba contra las olas en cada braseada llevándolos un poco más adelante. Si el viento hubiera soplado desde el este podrían haber izado la vela y dejarse llevar hasta su destino. Pero la corriente de aire venía del oeste intentando alejarlos, dispersarlos y abandonarlos en algún lugar de esas aguas azules. Las nubes se agolpaban en el cielo amenazando con lluvia a pesar de los sacrificios que dedicaron a los dioses para darles un viaje propicio. Arvid supo que, de alguna forma, que ellos estaban atrás de la tormenta.

En el pasado habían permitido que tanto el frio como los enemigos invadieran su territorio obligándolos a migrar. Ahora querían que siguieran con su eterno éxodo por aguas que nunca habían visto ni navegado ninguno de sus antepasados. El mascaron de proa tallado con cabeza de dragón era el que los guiaba hacia adelante desafiando el destino con bravura. El mascaron de popa con forma de una mujer sosteniendo un bebe estaba mojada y tenía lagrimas saladas que miraban el camino que habían recorrido.

“Danisia” era el nombre que su padre había puesto a la embarcación dos años atrás. Le había puesto ese nombre para que no se olvidaran del hogar que dejaron atrás. Sus bosques, pantanos, ciénagas, ríos, las colinas donde alimentaban el ganado y los campos que cosechaban. Arvid solo tenía diez años cuando dejaron sus hogares de madera, desde entonces solo había querido regresar.

Pero su padre insistió en continuar con su viaje al oeste y al sur donde se enfrentaron tanto a pueblos ricos como pobre, aunque todos hostiles.

-Jamás podremos prosperar ahí – le decía su padre cuando le preguntaba porque no volvían – los inviernos son muy crudos y hay mucho rencor entre las tribus para que se perdonen las ofensas del pasado.

Por eso viajaban, como lo hicieron por los dos últimos años, hasta esa mañana. Ya era cerca del mediodía cuando divisaron las cimas heladas de la cordillera que les describió el mensajero. Desde que zarparon al amanecer vieron muchas islas, la mayoría simples rocas que sobresalían del mar otras eran grandes como su tierra natal teniendo sus propias montañas, bosque y ríos. Sola la guía de Gundulf, el mensajero, y su tripulación impidió que la flota se dispersara. Pero ahora Gundulf sonreía presumiendo su dentadura medio podrida.

-Haya esta tu futuro reino chico – le dijo apoyando una de sus delgadas manos sobre su hombro con tanta fuerza que se lo dejo escociendo. No es que fuera un príncipe de verdad, su padre era el rey, pero cuando muriera los veinte hombres más viejos de la tribu junto al Godar decidirían quien seria el nuevo líder. La razón por la que todos lo ponían de candidato a pesar de solo tener doce años era que los últimos cuatro reyes elegidos fueron su tatarabuelo, su bisabuelo, su abuelo y su padre.

La flota de casi medio centenar de barcos cargados de familias se acerco más a la costa. Con cada braseada Arvid podía apreciar mejor el tamaño de las montañas comprendiendo que eran más altas que cualquiera que hubiera visto antes. Apenas tenía playas y las pocas que vieron eran trampas mortales de rocas ocultas y olas embravecidas que los empujaban contra ellas.

Gundulf los guio hacía el norte maldiciendo al viento por haberlos desviado tanto de su rumbo. Los bosques crecían muy cerca del mar dejando ver su vegetación espesa y verde. Algunos ríos bajaban desde la montaña con aguas tan claras como frías. Pudieron ver varias poblaciones en su recorrido, la mayoría simples pueblos pesqueros. Se trataban de casas de madera protegidas de ataques terrestre por piedras amontonadas. Parecía que todo eso fue abandonado pues no vieron a un solo humano en la docena de poblados que vieron. Una serie de ruinas ennegrecidas eran testamentos de los saqueos llevados a cabo por la vanguardia de su padre.

Los que si se dejaban ver eran una extraña serie de criaturas que se movían entre los árboles. Al principio les era difícil distinguirlos, pero Arvid fue capaz de apreciarlos cuando se subían a las salientes y a las rocas para vigilarlos. Eran menudos, con piel verde y cabellos aun más verdes, aunque también los había que lo tenían rojo como las hojas en otoño o amarillo como el trigo. Iban sin ropa presumiendo de sus sexos. La mayoría parecían niños excepto por algunos que tenían el tamaño de adultos. Sus ojos parecían brillar con el color del ámbar y los miraban con frialdad.

Su madre, Sifi, y su hermana mayor, que llamaban Sifi la Menor, agarraron sus talismanes al reconocer las criaturas. Gundulf escupió en su dirección murmurando maldiciones entre dientes. La Godar junto a sus acólitos tuvieron la reacción más aterradora e interesante. Golpearon tambores, pegaron gritos que parecían rugidos de los mismísimos gigantes de hielo, hicieron bailes rituales e incluso hubo quien rasgo su propia carne.

Ya los había visto en anteriores ocasiones realizar rituales parecidos antes de las batallas para esparcir la maldición del miedo sobre el enemigo o proteger a sus aliados de los hechizos enemigos. Lo que nunca los había visto hacer era llegar al extremo de la autoflagelación o disparar rayos de sus dedos. Fue solo por un segundo en que una fina línea de luz plateada que culmino golpeando un punto cualquiera de la costa sin dañar a ninguna de las criaturas.

-¿Por qué los atacan? No nos hicieron nada – pregunto a su madre. Los dos años de exilio habían vuelto su cabello rubio en gris, su cara dulce se lleno de arrugas y sus ojos amables se volvieron de hierro.

-No crie a ningún idiota así que pensá un poco – le dijo.

-Mama él es muy joven para recordarlo – lo defendió Sifi la Menor.

-¿Qué son esas criaturas? – pregunto Amia, la segunda hermana de Arvid que nació un año y medio después que él.

-Son elfos – contesto Sifi, su hermana, al ver que su madre no tenía intención de darles respuestas – como los que atacaron nuestro pueblo hace diez años.

-Pero no son los mismos elfos – argumento Arvid – es imposible que lo sean ellos no tienen barcos.

-Un elfo es un elfo – fue la respuesta de su madre. Las criaturas verdes los siguieron durante un tramo sin responder a las agresiones de los hechiceros. Al final, en una saliente, los esperaba uno de los elfos grandes, del tamaño del padre de Arvid. Llevaba una aterradora mascara astada al igual que un arco de madera roja. Lo más impresionante era que iba montado en un ciervo que respondía dócilmente a cada una de sus ordenes y se movía como si no cargara peso alguno. El elfo tenso la cuerda del arco con un movimiento grácil cargándola con una flecha de punta de madera calentada al fuego. La cuerda emitió un sonido sordo cuando la cuerda se destenso liberando el proyectil. La flecha hizo una curva en el aire antes de caer directamente sobre la Godar clavándose en su pecho.

Primero nadie supo como reaccionar conmocionados por la temprana muerte de la hechicera más poderosa que tenían. Después sus aprendices y una compañía de guerreros se encaminaron a la costa en busca de venganza, pero los elfos ya no estaban.

El resto del viaje los acólitos lloraron a su mentora mientras que los demás adultos murmuraban que esas tierras estaban malditas. Cualquier emoción o alegría que les hubiera dado la perspectiva de encontrar un hogar permanente se desvaneció con ese terrible augurio. Arvid escucho a uno de los remeros decir que seria mejor volver a la roca donde acamparon la noche pasada. Nada de eso evito que siguieran adelante hasta que vieron las columnas de humo negro de dos gigantescas hogueras.

En esa pequeña bahía su padre lo esperaba con las primeras casas de su nuevo hogar.

Publicado la semana 45. 02/11/2020
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