43
Odiseo

Paz o Guerra

-Debemos atacar – repitió Ignacio por duodécima vez solo en esa tarde.

-¿Y provocar la muerte de miles de personas, quemar campos enteros, dividir el país dejándolo vulnerable a invasiones extranjeras? – planteo Blas sin llevar la cuenta de todas las veces que lo había hecho – no todo se puede resolver con una espada, a ver si te entra en la cabeza.

-Ya luchamos una guerra por nuestra libertad en el pasado no veo la diferencia ahora.

-La diferencia es que esta vez podemos conseguirlo sin derramar sangre. Seriamos unos estúpidos si nos arriesgamos a perderlo todo cuando podríamos conseguirlo sin levantar la espada.

Carlos carraspeo llamando la atención de sus dos compañeros. El gobernador de Numancia Transoceánica estuvo callado toda la tarde dejando que fueran los otros quienes discutieran. Nunca fue un hombre de muchas palabras y odiaba tener que meterse en los debates a menos que fuera estrictamente necesario.

-Odio estar de acuerdo con Don Gutiérrez, pero ya están hablando de restringiendo nuestra capacidad de comerciar y aumentando su presencia militar en mi provincia – hizo una pausa para darle más peso a sus palabras – ¿Cuánto tendremos que esperar antes de intentar responder? Mis informantes dicen que los Da Vittoria quieren aprobar una ley para prohibir la posesión de espadas y armaduras en nuestros territorios alegando que “están protegidos de cualquier invasión”. Después seguirán las espadas, picas…

-Entiendo tu preocupación Don Vela, pero debemos confiar en los senadores que enviamos para representarnos y en Don Cicero que protegerá nuestros derechos – dijo Blas. Ignacio no parecía contento con su respuesta.

-Cuatro senadores contra… ¿cuánto? ¿doscientos noventa? ¿y qué haremos si nos sacan nuestras armas? ¿cómo se supone que mantendremos controlados a los Pacha, Aguitas y al resto de tribus?

Demasiadas preguntas a las cuales Blas no tenía respuesta. La principal que ocupaba su cabeza era ¿cuándo todo se había vuelto tan complicado? Solo había querido conseguir que su gente pudiera vivir en libertad y en paz sin tener que depender de una caprichosa nobleza ambiciosa y una aún más caprichosa monarquía que nunca verían.

Observo a sus dos compañeros que a su vez lo estudiaban esperando una respuesta. No eran hombres a los que pudiera contentar con respuestas a medias. Tampoco podía mostrar debilidad, no eran sus subordinados eran más bien dos aliados que solo lo seguían por ser el más fuerte. Era sorprendente lo parecidos a los lobos que eran algunas personas.

-Ya sé que no son tiempos fáciles, pero debemos evitar mostrarnos divididos, y no solo hablo del norte. Todas las provincias de este país se necesitan unas a otras para poder prosperar.

-¿Entonces no haremos nada? – lo interrumpió Ignacio furioso levantándose de su asiento – este es el momento de atacar, cuando aún son débiles, no esperar a que se hagan fuertes antes de decidirnos a actuar.

-Como decía – Blas alzo su voz y miro fijamente a Ignacio. Ambos permanecieron en silencio un rato enfrentando sus voluntades. Blas tenía ventaja en este campo pudiendo implantar dudas en la mente de su oponente sin necesidad de hablar. Al final la vista de Ignacio bajo a la mesa, a continuación, este se sentó y se acarició la larga barba morena con sus gordos dedos disimulando lo roja que tenía la cara. Carlos fingía no haberse dado cuenta de nada, a pesar de que sus ojos oscuros brillaban con diversión. Blas se preguntaba si desde chiquito ya tenía cara de buitre.

>>No podemos provocar una guerra interna, pero dejaremos de pagar impuestos y no proveeremos de alimentos a sus guarniciones, por el momento. Eso debería enviar un mensaje claro sobre lo que opinamos de sus nuevas medidas.

Incluso dentro de su cabeza sentía que eran débiles respuestas contra el nudo que se cerraba en torno a su cuello. Tal vez sus dos compañeros decían lo correcto y deberían atacar. ¿Por qué no? Ya lo habían hecho en el pasado y todo había salido bien. Quizá los tiempos no fueran tan diferentes, unos cuantos muertos más no harían mucha diferencia cuando se presentara ante Dios.

No es que pudiera retractarse ahora que las palabras habían salido de su boca. Eso mostraría indecisión lo cual a su vez lo llevaría a la inseguridad que culminaría en derrota. Pero podría dejar pasar unos cuantos días o esperar a que el Senado apretara un poco más la cuerda. Entonces podría presentarse con un plan de acción para atacar Victoria.

-Lo que deberíamos hacer es quemar los viñedos de los Da Vittoria para poner en su lugar a esos malditos extranjeros – dijo Ignacio.

-A lo mejor eso es lo que quiere evitar – sugirió Carlos dejando caer la idea como si fuera un comentario tonto. Blas e Ignacio miraron a su compañero sorprendidos ante tal acusación, incluso el chico tonto que hacía de escudero de Blas entendía lo que significaba. Sus curvadas cejas fueron bajando hasta que termino con el ceño fruncido, los músculos de su cara tostada por el sol contraídos, la mandíbula apretada a pesar del dolor que le provocaba su última carie.

Termino el agua que le quedaba en el mate antes de volverse a su escudero indicándole que se fuera. Este obedeció al igual que los escuderos de sus compañeros que estaban felices de no tener que estar ahí.

Los dejaron solos en la galería de su casa, el jardín estaba cubierto por un manto rojo y naranja pues había ordenado a los jardineros que no recogieran las hojas. Estuvo refrescando los últimos días, pero eso tampoco significaba mucho durante el día en el norte.

-¿Qué quieres decir Don Vela? – pregunto haciéndose el tonto para darle una oportunidad de retractarse. Carlos parecía consternado por su tono furioso, como si no entendiera que hubiera hecho mal.

-Simplemente digo que vos, Don Alfredo, estas muy vinculado con los sureños. Eres amigo declarado de Cicero, en el pasado corriste en ayuda de Victoria y eres miembro de la Orden Del Sol.

Todo eso era cierto y se sentía orgulloso por aquello, pero la forma en que Carlos lo decía lo hacía parecer un insulto.

-¿Entonces el no querer destruir lo que tanto me esforcé en construir automáticamente significa que quiero esclavizar a mis vecinos? – esto horrorizo a Carlos que le gustaba de hacerse inocente. Ignacio tampoco parecía muy contento por el rumbo que tomaba la discusión.

-Es por esto que nunca te tolere, solo abres la boca para criticar a los demás. Es una lástima que no murieras durante el parto así no tendríamos que soportar tu presencia.

Carlos se enfrentó a su compañero y rival desde hace una década cargando de odio el cual apenas era capaz de disimular.

-Perdón – fue lo que dijo sonando más falso que una moneda rellena de plomo. Ignacio se molestó aún más por la disculpa y estuvo por continuar la discusión cuando Blas lo freno con un gesto. El gobernador de Galmaria escupió a unos arbustos soltando maldiciones por lo bajo antes de agarrar el mate cargándolo con más agua caliente.

-Es mi turno en la ronda – señalo Carlos.

-Cállate – rugió Ignacio.

Blas miro el tatuaje que tenía en su antebrazo izquierdo con el sol dorado. La tinta se había gastado con el paso de los años y las líneas se corrieron. Algunos de sus rayos desaparecieron hace mucho, el dorado se convirtió en un amarillo sucio, incluso resultaba difícil distinguir en donde empezaba el tatuaje y donde la piel.

Un reflejo muy claro sobre el estado en el que se encontraba la orden con gran parte de sus miembros muertos o exiliados. No le gustaba pensar en ello.

-Jure luchar por la libertad de este país – dijo Blas – y es lo que pienso hacer. Si el Senado se vuelve un gobierno tiránico entonces luchare, de eso pueden estar seguros, pero no are nada hasta entonces.

Ignacio sorbió con fuerza la bombilla, con tanta fuerza que Blas estaba seguro de que la había tapado con yerba. Después se levantó apoyando con fuerza el mate de plata.

-Si quieres esconderte tras tus montañas y desiertos, podes hacerlo yo mientras tanto convocare a la leva. Eso debería enviar un mensaje bastante claro a esos gusanos de Victoria.

Se dio la vuelta y se fue sin despedirse cojeando por la prótesis de su pierna. Llamo a su escudero a gritos quien salió disparado de la casa al establo. Blas no le dijo nada. Eran sus aliados no sus subordinados, si los intentaba someter seria convertirse en uno de los tiranos que tanto decía odiar. Se volvió hacia Carlos que estaba cazando un piojo en su barba roja.

-¿Y vos que vas hacer?

-Soy el que se encuentra más cerca de Victoria, solo tengo dos ríos que me separan de sus ejércitos – se quedó pensando un rato mientras aplastaba el piojo con sus uñas amarillas – No me conviene movilizar mis milicias si no tengo el respaldo de ustedes. Dudo que el guacho de Ignacio vaya a correr en mi ayuda así que no are nada hasta que vos te movilices.

Con eso Carlos se levantó despidiéndose con cortesía como le correspondía a un noble. Al rato pudo escuchar como el relincho de los caballos y sus pesuñas golpeando la tierra mientras sus dos aliados partían. Busco con una mano el mate mientras la otra buscaba la pava que aún conservaba el calor del fuego. Al primer sorbo comprobó que, en efecto, Ignacio había tapado la bombilla. Tuvo un ataque de ira y mando a volar el mate que produjo un ruido sordo al golpear una columna.

-¿Cuando las cosas se volvieron tan jodidamente complicadas? – se preguntó otra vez. Nadie le respondió. Tampoco había nadie para hacerlo, sus dos aliados se fueron, su esposa murió el año pasado por una caída del caballo, sus dos hijos supervivientes se encontraban a miles de kilómetros, uno en el Senado mientras que el otro sirviendo en las marcas del sur. Varios de sus amigos también estaban muertos y los soldados que sirvieron bajo su mando habían envejecido.

El tonto escudero que tenía salió para ver si necesitaba algo, pero al no recibir órdenes se limitó a recoger el mate y la pava antes de volver a meterse en la casa. Blas quiso permanecer un rato más afuera contemplando las hojas caídas como soldados en batalla.

Extrañaba los viejos tiempos cuando era joven y estaba lleno de optimismo y esperanza. Deseo volver a los tiempos en que era simplemente un rebelde al igual que el resto de sus compatriotas. “Bueno, no todos éramos rebeldes” recordó sin prestarle mucha atención.

Se trataba de los tiempos en que lucharon contra un imperio gigantesco liderado por una reina bruja que después fue remplazado por un rey títere. Aun recordaba la desesperada lucha que hubo a lo largo y ancho de la Gran Desembocadura contra la Gran Armada Numantina. Cada batalla, escaramuza, asedio librado en esa campaña producían un nivel de tención que no había vivido en ningún otro lugar. Gentes de Los Prados, Centinelas Meridionales, Nueva Morea, Nueva Numancia, Centinelas Centrales, Xamãs luchando codo con codo.

Incluso al día de hoy se levantaba esperando escuchar los barcos chocando en el río, los gritos de alarma y tener que cargar contra un cuadro de picas enemigas. No es que le gustara mucho la idea de perder la vida o tener que matar. Todavía no era capaz de olvidar los ojos verdes del último hombre que mato. Pero entendía mucho más de guerra que de política. No es que la guerra fuera simple, como mucha gente pensaba, solamente se le daba mejor y la consideraba más honesta.

-Entonces ataca – dijo una voz o, más bien, varias voces simultaneas dentro de su cabeza. Blas se levanto de golpe tirando la silla de mimbre. Miro a su alrededor, pero no había nadie ni siquiera los pájaros cantaban. Su única compañía era el viento que soplaba con fuerza llevándose el calor de la tarde.

-Maldito viento – susurro mirando con un poco de miedo un remolino de hojas que vino y se fue – ¿Quién va?

No hubo respuesta. El sol brillaba y no había nada que pareciera fuera de lo normal. Solo el viento agitaba las hojas, ramas, el agua de la fuente y el pasto. “Tal vez solo sea mi imaginación” deseo no pudiendo controlar el escalofrió que recorría su cuerpo.

Levanto su silla y se volvió a sentar para retomar su línea de pensamiento. Esas voces le habían dicho que atacara ¿quiénes eran? ¿acaso los fantasmas del pasado demandaban que continuara luchando? Estaba cansado de las preguntas, probablemente lo estaban volviendo loco.

No se pudo relajar, no con el viento soplando acariciándole con sus dedos fríos. Temerle al aire era algo que nunca se hubiera imaginado que le llegara a pasar. Era incapaz de comprender como funcionaba y por eso le asustaba tanto el tema en especial cuando no había nadie que lo acompañara.

-Valentina diría que soy un paranoico rompe huevos – dijo al pensar en su mujer tal como la vio por última vez. Con el pelo blanco como la nieve, la cara llena de arrugas que se marcaban cuando sonreía y sus ojos de zafiro tan bellos como el día en que la conoció.

Su mente lo arrastro más profundo al pasado en concreto a otra despedida que había tenido muchos años antes. Concretamente cuando se separo de Eneko Villalobos en su expedición del norte para unirse a la rebelión de Gutierrez y Vela. Le había suplicado a su general que marchara con él hasta Victoria para reconstruir el Senado en una verdadera democracia.

Eneko lo había dejado hablar hasta que termino. Había estado tomando vino y mirando al piso como si meditara cuidadosamente. En ese momento estaba seguro que su general se levantaría para ordenarle que iniciara los preparativos, pero cuando este finalmente lo miro a los ojos lo que dijo fue muy diferente.

-Si deseas marchar al sur hazlo por tu cuenta, no te detendré ni tratare de convencerte de otra cosa pues yo también soy culpable del delito de rebeldía. Pero te pido como un favor personal, de amigo a amigo y de hermano a hermano, que no me hables de marchar contra los míos. Muchos sacrificios e hecho para forjar lo que ahora me pides destruir y me temo que esta nueva guerra entre hermanos dejara una herida que tardara años en cicatrizar.

La guerra duro menos de un año y en ella solo se libro una batalla y un asedio antes de llegar a un acuerdo de paz. Una década más tarde las heridas producidas estaban a punto de ser agrandadas. En el pasado no le hizo caso a Eneko, pero tal vez debería hacerlo ahora y evitar crear nuevas.

-No – dijeron las voces dentro de su cabeza. Esta vez estuvo seguro que no era su imaginación que le estaba pasando una mala pasada.

-Da la cara como un hombre y deja de esconderte tras tu brujería barata, sacerdote – grito a todo pulmón. El silencio fue lo que le siguió como la vez anterior. Cuando el viento soplo trajo varias risas de gentes de ambos géneros y todas las edades.

-No me ofendas caudillo, soy más fuerte que cualquier sacerdote, chaman o bruja que hayas conocido – fue la respuesta de las voces – y si me haces caso te daré otorgare un mejor destino que el que los vientos te tienen preparado.

-¿Qué quieres decir? – esto hizo que las voces vuelvan a reír.

-Mírate a vos mismo y encontraras la respuesta. Durante todo el día no hiciste nada más que pensar en el pasado y meditar sobre lo solo que te encuentras. Espero que te guste pasar lo que te queda de vida de esa forma porque te garantizo que Dios ya no tiene nada preparado para vos – las voces bajaron hasta convertirse en susurros – Pero yo te puedo ofrecer otra opción, una opción que solo unos pocos consiguen. Si sigues mis consejos podrías convertirte en el hombre más poderoso de este mundo, crear la democracia que tanto soñaste o, por qué no, un rey – hicieron una pausa para dejarle meditar. Blas se sintió observado, desnudo frente unos ojos invisibles – Tienes dudas al respecto, pero no es más que el viento arrastrándote a tu futuro vacío. Ignora esa corriente, ignora la precaución e ignora el moralismo barato de tus mentores. Convoca a tus hombres deja que el caos se esparza por todo el territorio, solo en ella podrás prosperar.

Toda la conversación ocurría en su cabeza. Ya le resultaba espeluznante escuchar una voz ajena en su mente, pero estas eran de varias personas. Tenían acentos distintos e incluso escuchaba algunas hablando en diferentes idiomas.

En cambio, las ideas que le proponían eran hasta cierto punto… tentadoras. No podía negar resolver la crisis del país de la forma más simple y rápida que se le ocurría.

-No te mientas – dijeron las voces – deseas algo más que esas trivialidades, deseas algo que durara más tiempo.

Las palabras de las voces lo hicieron apretar su mandíbula hasta que sus dientes rechinaron.

-¿Quién te crees que eres para decir que lo que deseo para este país es algo menos que el mejor futuro posible? – grito a la nada misma – si de verdad quieres que te escuche preséntate ante mí. Yo no negocio con fantasmas.

-Como vos quieras – dijo una voz chillona que apenas toleraba soportar a sus espadas. La sorpresa, irritación y el miedo se mesclaron en su interior cuando comprobó que el que había hablado se trataba de su escudero. Era el mismo chiquillo escuálido, pálido como la nieve por falta de sol, manos de niñas, jorobado, ridícula pelusa sobre su labio superior y ojos castaños acostumbrados a llorar. Pero había algo diferente en él, dos características que lo hacían ver como una persona diferente. La más notoria era una vieja cicatriz larga en el cuello que nunca había tenido. El tonto o la niña, como le gustaba llamarle, no tenía una sola herida en todo su cuerpo y se mareaba con solo ver una espada de verdad. Blas no sabía cómo podría haberse cortado y cicatrizado en los pocos minutos que estuvieron separados. La segunda diferencia era la mirada segura que tenía que incluso llegaba a rozar la osadía.

-¿Qué quieres niña? ¿qué clase de broma es esta? – pregunto molesto mientras se juraba que lo fajaría más tarde.

-O no te molestes en hacer juramentos que no puedes cumplir en cuanto a tus preguntas puedes estar seguro de que no es ninguna broma.

Blas lo miro con desconfianza, repaso todo lo que sabía sobre los dominios de los vientos sin encontrar una respuesta lógica. Por supuesto todo lo relacionado a los vientos carecía de lógica.

-No carece de lógica solo tiene una lógica diferente a la que vos puedes entender. Para que entiendas lo que está pasando lo diré de forma simple: mate a tu pequeño escudero mientras hablábamos y me apodere de su cuerpo. El que tenía antes estaba muy viejo ya apenas podía mover mis articulaciones sin que los huesos me dolieran. Este nuevo cuerpo no es el remplazo que me hubiera gustado, pero de momento me servirá – la criatura se sentó en la silla antes de continuar – ya se que no sentías mucho aprecio por este mocoso, pero para que no sientas nada de culpa te aseguro que habría muerto hoy de todas formas.

Para Blas no tenía mucho sentido lo último que dijo. Era un chico débil, pero no estaba enfermo y tenía suficiente inteligencia para no matarse en una estancia ordinaria. Por mucho que esa criatura tratara de explicarse no encontraba sentido en lo que decía.

-¿Tienes nombre? – pregunto.

-Tengo muchos, dependiendo del lugar y época me llaman de diferentes maneras si lo deseas puedes decirme solamente “Consejero” o puedes llamarme con el nombre de este chico si te hace sentir cómodo ¿Cómo era? a si, Adolfo de Piloclaba.

-Te llamare charlatán o monstruo es lo que mejor te describe – le miro con repulsión – ahora dime exactamente lo que quieres antes de que te rompa hueso por hueso.

-Veo que no quieres ni un poco a tu apreciado escudero, el pobre te admiraba como el héroe que eres.

-Vos dijiste que ya estaba muerto no veo por qué debería contener con el monstruo que le robo el cuerpo – el monstruo no pareció afectado por las amenazas.

-Bueno basta de bravuconadas, el tiempo se nos acaba y tenemos que hablar de negocios.

-Entonces dejarme ahorrarte tiempo, la respuesta es no. No se que o quien eres exactamente, pero no provocare destrucción solo para tu placer. Se que no te puedo engañar así que voy a ser honesto. Si dudé, estuve tentado en convocar mis milicias, estuve tentado en iniciar el caos del que hablabas. Ahora, en cambio, estoy seguro. Aún tengo amigos en el Senado, mi propio hijo y Don Cicero para empezar, y debo confiar en ellos. Eso será lo mejor para todos. No te sientas culpable por tu fracaso, hubiera tomado esta decisión, aunque no intervinieras. El asco que me provocas solo contribuyo a que viera la verdad más rápido.

El monstruo empezó a aplaudir dejando pausas entre cada impacto dejando que el eco se extinguiera antes de chocar sus palmas nuevamente con fuerza exagerada.

-Que gran discurso Don Alfredo digno de los políticos de Atlantis o de la republica de Rem. Pero creo que no estas entendiendo. Te queda poco tiempo y el poco que te queda es miserable, no podrás alcanzar los sueños de gloria de tu juventud y pasaras a la historia como una nota anecdótica. Se que quieres el bien estar de esta nación, pero también quieres alcanzar o incluso superar el prestigio de tu mentor Eneko. Yo te daré ambos, como dije podría convertirte en un rey si quieres o en el general más importante de la historia.

Blas pensó en lo que le dijo, en la posibilidad de volverse algo importante. Pero no lo considero seriamente. Su tiempo había acabado ya no le correspondía decidir el futuro de nadie más.

-Lo siento, pero la respuesta sigue siendo no – el monstruo parecía decepcionado más que molesto.

-Bueno entonces espero que disfrutes de los minutos que te quedan – dijo. Camino hasta la sombra de una columna y al poner un pie en ella se hundió como si fuera agua. En unos segundos ya no estaba desapareciendo bajo las aguas negras de la sombra.

Blas toqueteo el lugar por donde había desaparecido sin descubrir ni una pista de como lo había hecho. Muchas preguntas se le agolparon en la cabeza la primera y principal: “¿Qué quiso decir con me quedan pocos minutos de vida?”.

Tal vez fuera una amenaza, tenía algunos talismanes y hechizos para contrarrestar maldiciones, aunque no estaba seguro de que sirvieran. Un sudor frio le bajo por la espalda e hizo la señal de la balanza en el medio de su pecho. Estuvo quieto un rato preguntándose que podría hacer para contrarrestar los ataques de esa criatura que fue capaz de matar y remplazar a su escudero sin que nadie se diera cuenta.

Varios gritos lo sacaron de su meditación, gritos de terror y de batalla, los cuales fueron seguidos prontamente por el silbido de las flechas. Por el horizonte vio a más jinetes aproximándose rodeando al completo su estancia.

Publicado la semana 43. 24/10/2020
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