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Odiseo

Plaza del Libertador

Las hojas naranjas anunciaban la llegada de un nuevo otoño por lo que varios peones se preparaban para la cosecha y la matanza de ganado. Las nubes se acumulaban en el cielo lentamente preparándose para precipitarse al día siguiente, pero por el momento el sol brillaba con fuerza a través de ella. Algunos rayos caían hasta el arroyo de Los Berros, donde crecía en abundancia dicha planta, haciendo que las aguas cobraran vida mientras bajaban ociosas. Varios de los perros empezaron a ladrar cuando dos de los suyos empezaron a pelearse entre sí, a su vez alterando a las gallinas que armaron un revuelo. Algunos de los peones se entretuvieron viendo el enfrentamiento divertidos dejando que los chicos encargados los separaran.

Dos vientos soplaron en ese instante. Uno era el que todo el mundo percibe, el que hace que las hojas se mesan, el que corre los cabellos de la cara, el que puede ser frenado con una pared o una roca. El otro era una corriente más fuerte que arrastra a todo el mundo por caminos desconocidos. Solo unos pocos son capaces de percibir su aterradora fuerza y menos aún son los que pueden ver a través de la bruma del camino y saber hasta donde los guía. Incluso estando adentro de un castillo el viento te encontrara obligándote a enfrentar lo que haya preparado para vos.

Ambas corrientes pasaron y se fueron sin dejar ningún rastro visible como si no hubieran existido. Solo las hojas caídas evidenciaban su paso. El viento normal volvió poco después haciendo que varias ventanas rechinaran. También entraba por la chimenea sacando una pequeña cantidad de chispas en el fuego que aun ardía. No parecía que el viento, el otro, hubiera hecho algo, de no conocer de su existencia uno jamás sabría que todo lo que está por acontecer fue obra suya.

Dentro de la estancia el silencio era la ama absoluta como lo era todos los días. La única criada que les quedaba trataba de hacer el menor ruido posible al limpiar, cuando lo hacía este sonaba antinatural y la criada se sentía avergonzada por perturbar al señor del hogar. En el living de la planta baja, justo frente a la chimenea principal, entre dos ventanales que daban a un cantero que decoraba la muralla, había un piano. Hace años que nadie lo tocaba por lo que se limitaba a juntar polvo como tantas otras cosas en esa estancia. Continuaba erguida como un vestigio de una época lejana donde su música inundaba esas salas junto a las risas y el parloteo.

Desde la última vez que se toco ese piano todo había cambiado por el imperceptible soplido del viento. En su momento nadie se dio cuenta de esto, de la misma manera que nadie se dio cuenta del soplido de esa mañana, hasta que el trabajo ya estaba hecho. Cientos o, mejor dicho, miles de personas se mudaron a la región con el paso del tiempo. Al principio establecieron poblaciones en los lugares donde ellos les indicaban a condición de que entraran en su servicio. Después las fronteras se expandieron hacia el sur aportando más tierras y atrayendo más gente. Algunos, los más ricos, les compraron parte de sus tierras construyendo sus propias estancias y castillos.

Se necesito menos de una vida humana para que el panorama fuera irreconocible.

Una pequeña llovizna cayó del cielo a pesar de que el sol continuaba alumbrando. Los supersticiosos se persignaron llevando su pulgar hasta su corazón donde dibujaron un remolino. Pronto todos se preguntaron si de verdad esa extraña lluvia que interrumpía el día anunciaba el nacimiento de un dragón. Nadie la formulo en voz alta y tan pronto la lluvia termino los capataces hicieron que se olvidaran de ella sacándolos al campo a hacer su trabajo ayudando a las gentes del pueblo que ya habían iniciado.

El silencio se extendió al patio, al rancho, a las casas y todo lo que mantenían adentro de las murallas. Si se lo pensaban bien podría decirse que su hogar era una ciudad en miniatura a pesar de las carencias de cafeterías y restoranes recientes pues lo único que tenían era una pulpería. Escucho que en su momento su abuelo tuvo la intención de expandir la villa junto a la población que tenían hasta convertirlo en un asentamiento prospero para gobernarlo como un auténtico duque.

La mala suerte quiso que los vientos no lo favorecieran frenando sus planes de construcción hasta que le quedo menos de un cuarto de los terrenos que había heredado. Ahora su abuelo estaba muerto, al igual que la música, lo habían enterrado en el mismo lugar donde todos sus antepasados fueron enterrados desde su llegada a esas tierras. En el jardín de una iglesia construida en la sima de una de las escasas colinas que poblaban el territorio. No estaba a mucha distancia por lo que podía ir caminando hasta el lugar donde siempre seria bien recibido. Hace varias generaciones uno de sus antepasados mando la construcción de esa iglesia y del monasterio, siempre que esta sufría alguna penuria su familia salía en su ayuda. La defendieron y la reconstruyeron infinidad de veces para ganarse su entrada al cielo.

Calentó el aire que había entre sus manos hasta que una bola de fuego rojo ocupo ese espacio vacío. Era una esfera perfecta que lanzaba dentelladas para recordarle que no debía perder el control. No creaba humo pues solo era una manifestación física del viento invisible. Se trataba de un hechizo simple, el primero que se aprendía de la magia de calor. Para alimentar las llamas se debía concentrar en sus pasiones y deseos, proteger, atacar, amar u odiar cualquiera servía. Lo más difícil era manipular el viento que nunca se doblegaba a la voluntad de los hombres.

Algunos sacerdotes y sabios coincidían que una vez se aprendía a usar el viento lo que verdad pasaba era que uno se convertía en un simple instrumento de esta. Otros teorizaban que los hechiceros solo podían manifestar el viento siempre que esto no distorsionara sus mandatos.

En lo que nadie se ponía de acuerdo era en que se necesitaba para obtener el don de manipularla. Escucho de gente que se había arrancado un ojo o una extremidad como sacrificio. Los miembros de la Iglesia solían recurrir al celibato, al estudio y a una vida austera. Los chamanes de los indígenas realizaban métodos similares para aprender a usarla.

Exhalo el aire que le quedaba en los pulmones desvaneciendo la bola de fuego. Durante sus mese de servicio en el este no había tenido tiempo para practicar y temía que se le hubiera olvidado como usarla. Se trataba de algo que valoraba por su rareza, aunque rara vez recurría a ella principalmente porque estaba mal visto en todos aquellos que no pertenecían a la Iglesia de Ventus.

Tomo un trago de su café endulzado con azúcar que le mancho el rubio bigote. Se había enfriado un poco mientras jugaba con sus poderes, pero seguía siendo el mejor que tomaba en dos años. Se sorprendió al reconocer algo bueno de ese hogar decadente el cual no había extrañado. El retorno se sentía extraño estar de vuelta en ese lugar sabiendo que solo estaría poco tiempo en él.

Todo estaba como lo había dejado, su amplia estantería de libros los cuales no le faltaba uno solo. Una cama ancha de frazada roja con patrones de flores de lis en el medio de todo, su dosel estaba sostenido por cuatro pilares de madera tallados con forma de caballos rapantes. En un lado de la habitación se encontraba su escritorio equipado con pergaminos blancos, plumas de pavo y tres frasquitos de tinta que nadie había usado en años.

Se le paso la idea de escribir una carta a Lorenzo, Máximo o Sebastián. Descarto la idea rápidamente pues el primero se había ido del país junto a su familia para reintegrarse a la nobleza Numancia. Máximo había hecho lo contrario renunciando a su nobleza para unirse al a los republicanos. El recuerdo le dolía pues el acontecimiento provoco una fuerte disputa entre ambos que se acrecentó hasta llegar a los golpes. Solo la muerte de Sebastián en una escaramuza contra los caranaucos logro una tregua entre ambos.

El silencio se vio interrumpido por una serie de pisadas apuradas que se movían de un lado a otro en la habitación que tenía al otro lado del piso. Marco se levantó tranquilamente terminando lo que quedaba de su café y limpiándose las migas del tostado.

Bajo hasta el primer piso procurando no resbalar en el piso de mármol recién limpiado. Durante su niñez dos barandas de oro se extendían a los lados para evitar resbalar, la necesidad los llevo a vender ambas para remplazarlas por unas de madera.

-José – llamo al caballerizo que era un antiguo esclavo liberado por las actas de Villa Cesas. La mayoría de los esclavos se habían ido a vivir sus vidas después de eso, pero José ya era muy anciano y llevaba tanto tiempo al servicio de su familia que no debía conocer otra forma de vida – prepara el carruaje y que sea rápido pues mi padre está llegando tarde.

El antiguo esclavo inclino su vieja cabeza la cual se había quedado sin pelo dejando expuesto su piel negra llena de manchas. Desapareció dentro de la caballeriza asistido por dos chicos mestizos que Marco había averiguado que se trataban de sus bisnietos.

Su padre salió todavía mordiendo una tostada cubierta de miel, el traje desacomodado, los cordones de la bota desatado, varios botones de la camisa desabrochados, el chaleco en la mano y la capa al hombro. De lo que una vez fue un joven capitán del ejército lealista quedaba un cincuentón viudo que empezaba a acusar una abundante pansa. Se había dejado crecer la barba negra con mechones blancos para disimular la papada que apareció en sus dos años de ausencia. Conservaba bastante de su pelo rizado en la cabeza el cual era completamente blanco en la parte superior relegando los cabellos oscuros a la nuca.

Los ojos castaños de Don Arturo se estremecieron al ver a su último hijo. Al crecer todo el mundo coincidía en que Marco era una mezcla casi perfecta de sus dos padres. De su madre heredo sus ojos celestes, su cabello rubio como las hojas de abedul en otoño, una figura alargada, cabello lacio y rebelde, y del padre de ella su altura de metro noventa. De su propio padre obtuvo una nariz recta, ojos y orejas muy cercanos, una barbilla cuadrada, por lo que tenía una cara rectangular, labios finos, una amplia sonrisa y una gran cantidad de cabello corporal. Para su suerte el único lugar donde no le crecía pelo era en sus orejas pues siempre considero desagradable los mechones que obstruían la audición de su progenitor, aunque este se los cortará a menudo.

El único rasgo que nadie sabía de donde lo había heredado era una extraña mancha de nacimiento púrpura. Tenía una forma alargada que iniciaba en el ojo izquierdo descendiendo por su mejilla hasta su barbilla. La mayoría veían en ella una lágrima eterna que profetiza la caída de la nobleza, razón por la que su padre siempre se sentía incómodo al mirarlo por más que intentaba evitarlo. En su estadía en las guarniciones del este lo apodaron el “Llorón”. De chico se había avergonzado tratando de tapársela con barro, de adolescente se negaba a sacarse el yelmo que usaba para practicar después trato de dejarse crecer la barba. Ya lo había superado mayormente por lo que se afeitaba el pelo de las patillas y la barbilla, dejándose solo el bigote, para lucir la mancha.

-¿Dónde está José? – pregunto Don Arturo masticando lo que quedaba de la tostada y limpiándose las manos con un pañuelo perfumado.

-Está preparando el carruaje – dijo Marco.

-Deberías haberme levantado si llegamos tarde perderemos apoyo en el Senado – Marco bajo sus hombros en gesto de indiferencia.

-Tenía que comprobar algo y no pude hacerlo hasta que todos salieron al campo.

Su padre lo miro con curiosidad abriendo la boca para hacer la pregunta para después cerrarla al recordar lo obstinado que era su hijo a la hora de dar información sobre su vida privada.

-No cambiaste ni un poco se ve que ni el entrenamiento ni el servicio lograron romperte – Marco levantó una de sus gruesas cejas mirando de reojo a su padre.

-¿Debería? – la pregunta causó una pequeña risa en su padre.

-Precisamente el objetivo de ambas es romperte para después reconstruirte en un nuevo hombre. Parece que ya naciste hecho para el ejército, tal vez eso sea lo mejor pues la patria necesita soldados, aunque me pregunto si lograras se feliz con esa vida.

-La felicidad está sobrevalorada – respondió dirigiendo su mirada al establo por donde José estaba saliendo con el carruaje tirado por dos caballos uno castaño y el otro gris.

-Si piensas así la pasarás bien en cualquier agujero al que te destinen.

 

Fue un largo viaje teniendo que tomar el camino de Los Malos hacia el norte. Era una carretera adoquinado y recta construida en terreno elevado con cercas a ambos lados para evitar accidentes con el ganado. Una roca blanca con un número se erguía cada kilómetro del camino para indicar la distancia que había con respecto a Nueva Morea. La construcción del camino había sido iniciada por los ejércitos de Numancia para que sus tropas pudieran continuar su avance hacia el sur o comerciar con las tribus de la región. El camino se fue expandiendo a lo largo de los años pudiendo entrar dos carros y medio, y llevando desde Victoria cruzando por toda la provincia de los Prados hasta las marcas. El nombre se lo dieron los lugareños dado al uso por parte de los indígenas para adentrarse en el territorio en constantes saqueos que, desde el establecimiento de las marcas, eran cosa del pasado.

Pasaron frente a la ciudad de Quer con sus murallas grises y sus puertas de pino rojo coronadas por un escudo de barras horizontales con un león en el centro. Otros miembros del Senado que vivían por la zona se unieron al camino, eran proveniente tanto de la nobleza legitima como de la nobleza bastarda. No eran los únicos transeúntes pues también había varios comerciantes, granjeros, viajeros, varios gauchos y pastores que llevaban a sus ganados o rebaños a lugares donde pudieran pastar, cosa que los ralentizaba.

Cuando estaban por llegar a las orillas del río Sable, que le daba su nombre a todo el país, el camino se curvo al oeste hacia el puente. Un camino secundario salía en ese punto hacía el este hasta un pequeño pueblo portuario que crecía rápidamente. Una gran cantidad de la gente que iba hacia el norte tomo la ruta del este para tomar un barco y llegar rápidamente a Victoria cruzando la Gran Desembocadura.

La mayoría tomaba una ruta más larga yendo hacia el oeste perdiendo de vista Victoria que se alza en medio del gran río. Se dirigían hasta un ancho puente de piedra conocido como “puente pica” que era la única forma de cruzar el Sable a pie desde Lago Falso. Continuaban por otro trecho de camino hasta llegar al río Bravo con sus agitadas corrientes. El camino cruzaba el puente Pilar para después desviarse hacia el sur para dirigirse a Nueva Morea.

El carruaje de Don Arturo y Marco siguió el segundo camino tomando una considerable cantidad de tiempo. Tardaron algo más de media hora en terminar el rodeo solo para llegar a las puertas de la ciudad. Aun les faltaba cruzar toda Nueva Morea hasta su puerta del sur y cruzar el puente de los vencedores.

La ciudad estaba tan llena de vida como siempre lo que significaba que apestaba de la misma manera. El olor a eses, basura, carne en descomposición sumada a la horda de mosquitos hacía que vivir en verano en la ciudad fuera un infierno. Era recién en otoño en que los más ricos volvían a las residencias que tenían en Nueva Morea. Varios juglares animaban el ambiente tocando con sus guitarras, o con liras pasadas de moda, en la calle. En el mercado un grupo de ellos formo una pequeña orquesta con sus ya mencionadas guitarras, bombos, dos violinistas y un grupo de flautistas. Los más jóvenes aprovecharon la ocasión para invitar a las chicas a bailar extendiendo la fiesta.

Los adultos estaban decorando sus casas para la noche de los espíritus colocando flores de cardo en sus puertas. También había quien las ponía en sus ventanas o hacia collares y coronas para regalárselos a sus seres queridos.

Desde la avenida principal se podía ver al este el castillo del Gobernador y la antigua fortaleza del barro que en años recientes paso a llamarse La Guardiana. La primera era la más grande de las dos construida sobre una colina artificial con la función de proteger el puerto, para hacer esto sus arquitectos le otorgaron muros gruesos, un sin número de torres mientras que el ejército la lleno de máquinas de asedio y una amplia guarnición. De estas dos últimas el nuevo Senado le quito la mayoría para que guarnezcan el castillo Matorras en la isla de Victoria apenas a un tiro de piedra.

La catedral de San Boreas que presumía de estar construida con mármol blanco, tejas doradas, gárgolas con formas de dragones, grifos y ángeles, de tener las vidrieras más hermosas del continente y, quizás lo más importante, de poseer el cayado del santo que le daba nombre. El gobierno le había arrancado la reliquia que guardaban con tanto recelo para que fuera custodiada en la catedral de San Astreo mientras que sus tejas cubiertas de oro fueron fundidas para acuñar monedas dejándolos solamente con tejas de barro rojo. Las donaciones de parte de los adinerados se redujeron drásticamente convirtiéndolo en una sombra de su gloria pasada.

Pasaron debajo de La Guardiana donde una guardia armada como caballeros en armaduras plateadas con capas blancas los sometieron a revisión.

-Parece que cada día que pasa esa banda de hienas se creen un poco más leones – comento Marco por lo bajo.

-Cuida tu lengua chico tonto que ya no quedan leones para protegerte – respondió su padre.

Los dejaron pasar para que cruzaran el puente que unía la isla al continente. Las murallas de Victoria destacaban por la gran cantidad de banderas blancas con soles dorados que hondeaban en ella y la gran cantidad de catapultas, balistas, escorpiones y torres que había entre las banderas. En el oeste estaba el castillo de Matorras unido al castillo del Gobernador al norte y al castillo El Solitario al sur con cadenas que debían impedir la entrada de barcos enemigos en caso de ataque. Matorras era casi igual a sus dos hermanas excepto por el hecho de ser más grandes que ellas pudiendo verse desde cualquier punto de los alrededores.

El Senado cuando mando a construir la nueva capital no se limitó a sacar todos los tesoros de la vieja. Mandaron a construir un hipódromo y catedral más grandes que los que había en Nueva Morea. Carecían de mármol para hacerlas igual de bellas por lo que compensaron con tamaño, pinturas, cantidad de estatuas y gárgolas. La guarnición llevaba armaduras doradas además de las características capas blancas del ejército. Todos los edificios estaban construidos por los mejores arquitectos con los mejores materiales que pudieron disponer. Un equipo de mulatos se encargaba de mantener las calles constantemente limpias. Existían multas para quienes sus caballos, perros u otros animales cagaran en las avenidas públicas. Todas las casas contaban con jardines con sus propios jardineros con los que se buscaba embellecer el lugar. Sin mencionar los ciruelos de flor, fresnos, tulipaneros, arces dorados, ygary o la gran cantidad de fuentes que había distribuida en la ciudad.

Por supuesto para vivir en ella se necesitaba una fortuna considerable por los que los sirvientes o bien dormían en pequeñas habitaciones en las casas de sus jefes o venían del continente a trabajar todas las mañanas.

Ya era mediodía cuando llegaron a la Plaza del Libertador que se trataba más bien de un parque lleno de árboles y arbustos. Un gran gentío estaba allí reunido de los cuales la mayoría eran parientes, socios o clientes de los senadores. Unos cuantos vendedores ambulantes distribuían empanadas, manzanas, mandarinas, mates, yerba, sombrillas o cualquier cosa que un rico quisiera comprar. La gente se concentraba en torno al capitolio, un edificio de piedra caliza pintada con vivos colores para que pareciera una extensión de la naturaleza. Sus columnas estaban esculpidas de manera que recordaran montañas con sus picos nevados, el piso era un gigantesco mosaico donde se veían ríos, cordilleras, mares, lagos, campos, valles y ciudades. El techo abovedado estaba pintado con todas las constelaciones creando un majestuoso espectáculo a la vista. El edificio contrastaba mucho con los que lo rodeaban lo cual era su principal razón de ser. También se suponía que cumplía la función simbólica de recordar a los senadores de la tierra por la que trabajaban. Marco dudaba mucho que eso funcionara.

Nunca había entrado al Capitolio por más que su padre lo describiera como la mayor obra de arte del país. Tampoco es que tuviera permitido entrar pues los únicos con tal poder eran los senadores y aquellos que estos autorizaran.

La carrosa los dejo frente al majestuoso edificio antes de partir para recogerlos cuando terminara la sesión. Marco tenía pensado limitarse a esperar en el parque tal como era su deber tal vez podría establecer unos cuantos contactos con otros oficiales que estuvieran de licencia.

Su padre se había arreglado durante el viaje por lo que ahora lucia como un senador presentable con la camisa abrochada, el chaleco acomodado, la capa bien atada de manera que tapara uno de sus brazos y los cordones atados. No fue hasta bajar del carruaje que se permitió relajarse por su tardanza comprobando que habían llegado a la hora indicada.

Sus ojos bailaron por el lugar buscando caras conocidas, Marco supo que había encontrado a alguien cuando sus ojos le brillaron. Su objetivo era un distinguido miembro del Senado de gran porte que vestía con un traje azul oscuro que Marco, en su limitado conocimiento de ropa, pudo distinguir como importado. Llevaba un sombrero emplumado que cubría en parte el rizado pelo negro que le llegaba hasta los hombros. Tenía un largo bigote acompañado por una barba de chivo.

No lo pudo reconocer a pesar de que algo le decía que ya lo había visto antes. Trato de ver a través de las arrugas que se acumulaban alrededor de sus ojos sin resultados.

-Don Arrosa – llamo su padre – que gusto verlo.

El senador se volvió reconociendo a Arturo al que le dedico una ancha sonrisa.

-Don Spada, el placer es mío ya temía que no llegaras a tiempo.

-Que son dos horas de viaje comparado con el placer de reunirse con tan ilustres sabios.

Marco permaneció atrás estudiando detenidamente a Roberto Arrosa quien había sido amigo de su padre desde la infancia solo para después traicionarlo liderando a los nobles que se afiliaron al movimiento rebelde. Tuvo que contener las ganas de vomitar al ver un hombre sin honor capaz de destruir la grandeza solo para buscar entre sus escombros pepitas de gloria con las que satisfacer su ambición.

Le irritaba que alguien de un menor linaje pudiera darse el lujo de tratarlos como inferiores. Y lo que más odiaba era no poder hacer nada salvo jugar con las reglas que ellos impusieron.

Sonrió lo más sinceramente que pudo, lo cual no era mucho, pero tenía practica fingiendo.

-Buenos días Don Arrosa me alegro de verlo – el traidor lo miro complacido.

-Y tú debes ser Marco, mira qué alto estas la última vez que te vi eras apenas un niño que aprendía a usar la espada.

Ahora se acordaba, debía tener ocho años cuando su madre murió de una embolia pulmonar. Arrosa había asistido acompañado de una niña de cinco años, no recordaba mucho de ella. Había llorado junto a su padre acompañándolo en su dolor. Al inicio le pareció sincero, pero su hermano Arturo, llamado en honor a su padre y abuelo, le explico que solo se trataba de la actuación de una serpiente.

-Escuche que ahora eres un héroe de guerra – continuo Arrosa – a tu edad es algo impresionante, especialmente teniendo en cuenta de que estamos en tiempos de paz.

Marco no podría distinguir si era una alabanza o una burla, por si las dudas prefirió ser sincero en vez de engrandecer sus hazañas.

-Solo fueron dos escaramuzas fronterizas, los relatos debieron engrandecerse para cuando llegaron a tus oídos.

-Y vaya que se engrandecieron ahora todas las chicas de la ciudad piensan que derrotaste a toda una brigada de Fiel vos solo – lo dijo mientras le daba unos golpecitos con el codo y le hacía guiños indicándole a un grupo de jóvenes que hablaban en la plaza.

-Por como luchan los soldados de Fiel podría haberlo hecho con una mano atada en la espalda – esto hizo que Arrosa se riera y por consiguiente su padre también celebro su chiste.

-Escucha chico tengo que hablar unas cosas en privado con tu padre, pero me harías el favor de cuidar a mi sobrina mientras tanto. Es una buena chica, aunque tiende a meterse en problemas.

Marco deseo clavarle su espada o mejor aun incinerarlo en ese mismo lugar con uno de sus hechizos. ¿Quién se creía para ordenarle que hiciera de niñera? No solo eso, sino que lo había tratado de niño como si sus dos años de servicio militar no significaran nada.

-Sera un placer – fue lo que dijo, sonriendo como un tonto como si de verdad se sintiera honrado. Se odio por eso. Arrosa ensancho su sonrisa aun más cosa que Marco no hubiera creído posible. Se dirigió al grupo de chicas que señalo anteriormente haciendo señales con una mano.

-Isabella puedes venir un segundo – la chica que salió del grupo era alta y esbelta. Su pelo moreno era rizado como el de su tío, aunque Marco consideraba que a ella le quedaba mejor. Llevaba un vestido verde que combinaba con sus ojos bastante conservador puesto que no rebelaba nada en contra de la moda del momento en que las mujeres solían usar grandes escotes. Tenía lo que parecía ser un paraguas rojo en la mano el cual mantenía cerrado.

-Isabella déjame presentarte a Marco Spada hijo de mi buen amigo Don Arturo. Marco ella es mi sobrina Isabel Arrosa hija de mi difunto hermano Ernesto Arrosa y María Linch, que en paz descansen.

Isabella lo miro sin interés casi como si estuviera decepcionada por lo que veía.

-Es un gusto conocerte – Isabella fue la primera en hablar, lo hacía de manera de aparentar inteligencia y superioridad – tu fama de bruto guerrero te precede.

-Se lo agradezco mi señora, me siento honrado de que la hermosa rebelde que esta en boca de todos en el país sepa de mis hazañas.

Marco le dedico una sonrisa traviesa con la quería decirle “yo también se como funciona esto”. Arturo y Roberto en cambio no parecían contentos con tal inicio.

-Bueno, tengo que hablar con Don Arturo así que pórtense bien – era evidente que se dirigía a su sobrina aun así le irritaba que lo trataran de niño.

Su padre se marcho siguiendo a Don Arrosa como si fuera su sombra, no sin antes indicarle con la mirada que se comportara educadamente.

Cuando se quiso dar cuenta Marco estaba solo con una chica que no conocía. En los dos segundos en los que llevaba conociéndola la había tachado de irritante, malcriada y engreída, pero seguía siendo la primera vez que estuvo solo con una mujer desde… siempre. Nunca estuvo muy interesado en esos temas considerándolo una pérdida de tiempo.

-Eres mi nuevo vigilante – no fue una pregunta. Marco le miro divertido por primera vez en todo el día.

-¿Que pasa princesa acaso quieres iniciar otra marcha? – la palabra de princesa parecía molestarle.

-Sería algo mucho más productivo que quedarme mirando como inician una guerra.

Las noticias del asesinato de Don Blas se esparcieron como el fuego por todo el país a finales del verano. Los rumores sobre quien pudo hacerlo estaban en boca de todos y todos esperaban una respuesta por parte de los norteños. Curiosamente la verdadera intención de Marco al volver a Victoria era conseguir unirse al ejército que tarde o temprano enviarían para restablecer el orden.

-Como si estos cobardes indecisos se atrevieran a tanto – dijo sinceramente. Al darse cuenta de a quién se lo estaba diciendo sintió una pulsada de culpa pues si le contaba algo a su tío podría dar por terminada su carrera. Los ojos de Isabella brillaron con un nuevo interés en él.

-Me alegra ver que eres algo más que un perro lamiendo la bota de tus amos. Pero es evidente que no eres muy inteligente si piensas que no declararan una guerra para proteger sus intereses comerciales. Los Da Vittoria poseen viñedos en Galmaria, los Parra conservan varias hectáreas en Oihana y los Montez invirtieron una gran fortuna en las minas de Centinelas Meridionales.

Marco no entendía como alguien podía aparentar tanta inteligencia sin advertir el problema más obvio con su lógica.

-Precisamente por eso novan a declarar una guerra, princesa, no se van a arriesgar a que los norteños destruyan sus propiedades. Tampoco es que vayan a ceder en algo para evitar el conflicto solamente van a discutir sesión tras sesión hasta que los sean los propios norteños los que hagan el primer movimiento.

Esto logro callarla un rato, irritada, pero con la boca cerrada.

-Todo esto es absurdo, podrían acabar con esto si cedieran a las demandas de los norteños – fue lo primero que dijo después de un rato. Marco tuvo que aguzar el oído para oírla y al hacerlo frunció el ceño.

-Si tuviéramos que lidiar con más senadores y votantes jamás se resolvería nada. Todos estarían ocupados tratando de ser relegidos al cabo de cuatro años. Necesitaríamos meses para tomar hasta las decisiones estúpidas.

-Es un comienzo, con el paso de los años podremos mejorar el sistema hasta poder crear una democracia justa donde todos podremos vivir en libertad.

Ahora sonaba como una niña de doce años a la que acababan de adoctrinar con todas esas ideas. Se pregunto si ella era optimista o si era su escepticismo el que le hacia discrepar con esa línea de pensamiento. Estaba un poco decepcionado pues no mentía cuando dijo que ella estaba en boca de todos por su rebeldía.

-Supongo que vos y tus amiguitos harán toda la diferencia para que tu sueño se cumpla – se burló.

-No son mis amiguitos, Los Hijos del Sesenta y Dos es una asociación de intelectuales.

-Si, si ya todos escuchamos sobre tus amiguitos, princesa. Se juntan en cafés para discutir y después pasan días enteros molestando a la gente para que vaya a sus manifestaciones. Que perdida de tiempo, solo consiguen hacer algo de ruido que fácilmente se ignora y se olvida. Si quieren de verdad hacer un cambio háganlo con una espada en la mano así se asegurarán de que son escuchados.

Isabella levanto una ceja mientras cruzaba los brazos. Un grupo de jóvenes bien vestidos paso cerca de ellos y se la quedaron mirando por bastante rato. Eran solo tres, dos de ellos parecían que estaban por hacer una travesura mientras que el tercero estaba excesivamente nervioso. Marco empezó a caminar hacia la plaza para alejarse de todas las personas que había cerca del capitolio. Isabella lo siguió más por reflejo que por un acto consciente, tampoco parecía molestarle que los chicos la miraran tanto.

Una campana indico el inicio de la sesión del Senado mientras que un rugido le indico que su estómago estaba vacío. Al pasar junto a una vendedora de anchas caderas y de pelo rubio atado en una cola le compro dos empanadas de carne. Isabella aceptó el suyo sin presentar queja alguna, que era lo mínimo que podía hacer pues los dos aperitivos le costaron cuatro coronas de cobre.

-Dime – empezó Isabella que había estado meditabunda – si iniciamos esa revuelta ¿vos nos apoyarías?

Marco no pensó que se lo fuera a tomar tan en serio esa propuesta, tal vez uno de sus amigos ya se lo había sugerido o ella misma lo había pensado. Quizás solo se tratará de una trampa para revelar un enemigo de su tío. En esa situación prefirió ser sincero. Antes de contestar reconoció para sus adentros que la política no era lo suyo, tener que pensar cada palabra era un agobio.

-No, no me interesa formar parte de ninguna revolución y menos para poner a un grupo de niños, como vos princesa, en el poder.

Isabella volvió a fruncir el ceño más enojada de lo que estaba antes. Marco ya estaba seguro de que esa chica debía pasarse todo el día amargada si ponía tantas energías en esas discusiones.

-Deja de decirme princesa, solo soy una ciudadana común y corriente.

-Eres la sobrina del noble más importante del país sin mencionar que es uno de los hombres más ricos – señalo Marco – eres lo más cercano a una princesa que tenemos.

-¿Y vos que sos? un noble llorón que perdió todo su poder e influencia antes de nacer.

Sus palabras golpearon a Marco en un punto blando, pero no dejo que lo afectara. Lo último que quería era dejarse influir por una niña consentida.

-No sé por qué te enojas. Estábamos hablando tranquilamente y si te afecta tanto que te digan “princesa” lo mejor seria que te cases con alguien y te dediques a tener hijos.

El escarmiento tuvo resultado puesto que Isabella tomo aire controlando su temperamento. Después volvió a la carga con la misma voz pretenciosa que tenía al inicio de la conversación.

-Lo lamento es que me sacan de quicio las personas que no se preocupan por el bien estar de la patria. Supongo que me olvide que como soldado que eres solo sabes dar golpes con tu espada.

Ella no se hacia a la idea de cuanto lo estaba irritando y la empanada no había ayudado en nada pues era más aceituna y huevo que carne además de dejarle sabor a poco.

-Discúlpame que discrepe contigo en esto, princesa, pero ¿acaso el ser soldado no significa que me preocupo mucho más por este país que la mayoría?

-Solo son un grupo de idiotas que buscan ganar unas cuantas monedas a cambio de matar gente inocente.

-Es muy fácil decir eso cuando los idiotas hacen guardia para que vos puedas criticarlos tras la seguridad de unos muros. Nada de esto sería posible si no tuvieran ejércitos en las fronteras protegiéndolos.

-Con las milicias nos bastaríamos para defendernos – ni bien termino de decir esto Marco ya se estaba riendo en su cara por tamaña estupidez. Solo alguien que no hubiera escuchado ni una sola historia de guerra podrá hacer tamaña afirmación.

-Creme princesa si la guerra fuera tan simple dejaríamos que las mujeres participaran.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Lo que escuchaste princesa.

-Eres insoportable – después de decirle se dio la vuelta y se fue haciendo un vago gesto de despedida. Marco soltó una maldición al recordar que se suponía que tenía que cuidarla. ¿Qué tenía en la mente al dejar a una chica tan volátil junto a un joven que no conocía? Solamente esperaba que esa discusión no terminara afectando su carrera militar. Tendría que aprender a controlar mejor lo que le salía de la boca.

Publicado la semana 42. 16/10/2020
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