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Odiseo

Ares y Atenea

Cada golpe que daban resonaba por todo el valle haciendo que los mortales temblaran. Espada contra lanza, escudo contra escudo chocando, separándose y como buenos amantes volvían a encontrarse. Ares no atacaba con furia sino con alegría, la felicidad que le daba la perspectiva de la gloria. El filo de las armas pasando a unos pocos centímetros de su piel con el deseo de besarla, olor de sangre rodeándolo, sentimientos desatados sin contención alguna.

Era su reino, en el que no existían el protocolo o las limitantes solo las pasiones y la fuerza. Podía dejar salir toda la frustración causada por el desprecio de su padre y de sus iguales. Sabía que poner su vida en riesgo le daba más fuerza de la que poseía Zeus. No sentía miedo ni siquiera cuando resbalo quedando expuesto a un contrataque de su enemiga.

Ella se adelanto acortando la distancia entre ambos, llegando al alcance de su espada la cual se movió al ras del suelo hasta llegar a su tobillo. Cuando se dio cuenta su enemiga salto hacia atrás evitando recibir un daño mortal. Ares se conformó con acariciar la piel blanca como la nieve dejando una delgada línea roja de la que solo salieron dos gotas carmesíes.

Atenea retrocedió hasta recuperar la distancia dejando que su hermano se levantara. Se había precipitado y casi era derrotada por un bruto celoso. Prometió que no volvería a ocurrir, debía mantener la cabeza fría. Ares era más fuerte que ella, debía evitar acercarse, guardar sus propias fuerzas dejando que su hermano se desgastara.

Apunto su lanza contra la sonrisa sádica de Ares embistiendo sin la menor duda de matar. Ares corrí su cabeza unos centímetros de manera que el bronce choco con su yelmo desviando el ataque. Su hermano acorto la distancia con un salto girando su espada en un remolino mortífero.

Sus primeros instintos fueron esconderse bajo su escudo y saltar hacia atrás. No pensaba dejar que la hiriera, esperaba que Ares chocara contra ella dándole la oportunidad de empujarlo.

Ares cambio la dirección de su espada cuando vio como su hermana se escondía como una cobarde tras su escudo. Corto el asta de la lanza dejándole solo un palo corto que no le serviría de nada. Ella siempre se creía la más inteligente y la mejor entre todos los dioses del olimpo. Incluso en su momento pretendió ocupar el lugar de su padre por encima de él, su madre, sus tíos y los otros olímpicos. Podía ser sabia, pero era indecisa, tan prudente que rozaba la cobardía, caprichosa, celosa y engreída. De ser reina pasaría días enteros reflexionando de trivialidades mientras que desencadenaría toda su ira por ofensas imaginarias como con Medusa y Aracne.

Su hermano se abalanzaba sobre ella preparando para clavar la espada en su cuello. Tal vez eso fuera solo un engaño para que en el último momento cambiar la dirección de su arma y hacer un ataque bajo. Atenea hubiera deseado tener el tiempo para sopesar ambas posibilidades. Le costaba creer alguien tan limitado como Ares que solo sabe dar espadazos de frente hubiera podido engañarla. Defensivamente no podría hacer nada por lo que paso a la ofensiva con lo que podría devolverle la sorpresa a ese bruto. Uso el asta que le quedaba como un garrote golpeando a Ares en sus costillas. Por supuesto este usaba una armadura negra que lo protegió de todo daño. Lo que quedaba de su arma se redujo a un montón de astillas completamente inútiles, pero el ataque hizo que su hermano se desviara a la izquierda perdiendo el equilibrio. Para rematar la sorpresa embistió con su escudo para volver alejarlo de sí.

Aprovecho los breves segundos de descanso para conseguir un nuevo arma entre los muertos que siempre rodeaban a su hermano.

Atenea agarro un hacha de bronce que le había pertenecido a un corintio que luchara por él. Su hermana no tenía la menor vergüenza sacándole a los muertos sus armas antes de que la batalla terminara y en sima la de uno de sus enemigos.

Intercambiaron una rápida sucesión de golpes que iban a parar en los escudos del otro. Reconoció que la maniobra de su hermana había sido muy hábil y atrevida incluso se sintió en parte orgulloso pues él fue el que la había entrenado. Recordó brevemente esos tiempos en los que ambos eran cercanos, preguntándose en que momento empezaron a llevarse mal.

Un mortal se atrevió a acercarse demasiado a la lid de los hermanos para defender a su señora. Ares reconoció el valor que conllevara dicha acción, independientemente de su estatus social o su habilidad con las armas lo reconoció como un digno rival.

Se enfrento a él con la misma fuerza que usaba con su hermana atravesando su corazón y dándole una muerte rápida a pesar de la armadura de lino. El joven mortal apenas tuvo tiempo de reaccionar a su divina velocidad. A menudo se lamentaba de su fuerza pues le impedía enfrentar de igual a igual a grandes hombres sin despreciarlos rebajándose a sí mismos.

Para compensar se juro recordar la cara de ese hombre como hacia con todos sus adversarios. No olvidaría su barba castaña apenas crecida, ni la larga cabellera colgada en una tensa, los ojos azules o el lunar en su frente.

El idiota de su hermano se había dejado expuesto por su manía de enfrentarse a cualquier desafío. Lamentaría la perdida de su subordinado si este no hubiera sido más imbécil que su propio hermano. Que otra palabra se podía usar con alguien que se atrevía a meterse en una batalla entre dioses.

Ares siempre tuvo más honor que sentido común eso lo había aprendido durante sus entrenamientos. Su hacha descendió con velocidad directamente contra su cuello mientras este saca la espada del pecho del soldado.

Reacciono antes de lo que esperaba esquivando el ataque dejando su arma atrás. Era una gran victoria pues Ares se negaría a agarrar otro arma por lo que tendría que luchar con las manos desnudas.

Ares empezó a embestirla como un toro con su escudo. Atenea trato de contener su furia salvaje inútilmente retrocediendo con cada golpe. Trato de atacarlo desde abajo con el hacha por donde no podría ver. Ares esperaba esa treta, uso el borde de su aspis para rechazar el ataque. Atenea perdió el control del arma dejándola caer un segundo antes de que su hermano la tacleara.

Ambos perdieron sus escudos en la caída reduciendo su batalla a un constante forcejeo. Los mortales vieron que ambos dioses estaban desarmados y ambos bandos salieron en defensa de sus respectivos señores. La batalla se intensifico a su alrededor sin que nadie se plantear retroceder o tener piedad.

Atenea se sintió como una tonta pues esa era precisamente la clase de combate que no quería. Estiro una de sus manos esperando encontrar algo, lo que sea que pudiera ayudarla. Ella sentía miedo lo sabía perfectamente al igual de que su hermana nunca lo iba a admitir. Siempre había sido necia.

Alcanzo una pequeña daga con la que ataco a su hermano logrando meter el filo por el visor. Logro herirlo abajo del ojo dejándole una herida sangran que también la salpico.

Ares apenas se inmuto por el daño acostumbrada a todo tipo de heridas.

Trato de aplicar más fuerza la daga, meterlo más profundo, retorcerlo, agrandar la herida. Su medio hermano agarro su brazo apretando hasta hacerla doler, Atenea sintió como su hueso estaba apunto de ceder. Soltó la daga dejándola con una mano vacía mientras Ares iba cerrando su mano libre entorno a su cuello.

No dejo que el miedo la dominara, todos los sentimientos no eran más que un estorbo en el combate. Había usado el ataque con la daga para distraer a Ares para que no se diera cuenta de que con su mano derecha alcanzo su hacha.

Blandió el arma golpeando a su medio hermano en la cabeza aturdiéndolo temporalmente.

Ares retrocedió hasta alcanzar el lugar donde había dejado su espada recuperando su arma y su escudo. Atenea agarro su escudo y una lanza que le ofrecía uno de sus soldados. Volvieron a empezar pues nunca terminaban sus batallas que se prolongaban por eones. Siempre enfrentándose con una sonrisa oculta.

Publicado la semana 41. 07/10/2020
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