40
Odiseo

Profecía

Gonzalo dejo su caballo atado al tronco de un árbol seco, un cadáver que permanecía en pie con su madera blanca como huesos y con ramas quebradizas. Comprobó que el nudo no se rompería ni se desharía con facilidad antes de bajar las armas de la montura. Ciño su espada en el cinturón, pero solo la llevaba para que cualquier atacante se concentrara en ella y no en la daga que tenía colgando en su lado derecho. Bajo su capucha y tomo un trago de vino, diluido con agua, de su cantimplora. Un chorro purpura rebajo de su labio bajando por su barbilla afeitada hasta una herida mal serrada. El contacto del licor le provoco un leve escozor.

Soltó una leve maldición, sin atreverse a levantar mucho la voz, cuando trato de cerrar la cantimplora encontró que sus manos eran muy torpes, tanto que no pudo hacer la simple tarea de enroscar la tapa. El temblor de sus manos hizo que un poco del contenido saltara y cayera afuera sobre sus manos enguantadas en cuero de vaca.

-Mierda – dijo en voz apenas más alta antes de tirar la cantimplora al piso donde el resto del vino se volcó sobre la tierra. A medida que el líquido salía era tragado por el suelo seco como si se tratara de un sediento. Cuando la última gota cayo desapareció junto al resto sin dejar ni un charco o barro que atestiguara su paso por la yerma tierra.

No hacia tanto calor, era solo otra agradable tarde otoñal con un fresco viento que traía escasas nubes del este. Hasta hace poco había estado pensando en eso mientras recorría unos campos de maíz que volvían dorados el paisaje. Después tuvo que cruzar un puente de ladrillo antes de meterse por el camino boscoso. Al principio le había parecido un bosque normal solo cuando llego al corazón de este descubrió su verdadera naturaleza. La vegetación estaba muerta, seca como el árbol en que ato a su caballo. Parecía como si no hubiera caído una sola gota de lluvia durante meses a pesar de las lloviznas de la semana pasada. El pasto ya había desaparecido al igual que todos los animales de la zona, su caballo empezó a encabritarse cada vez más hasta que ya no pudo obligarlo a dar un solo paso.

Nunca se había considerado un cobarde y el último imbécil que se atrevió a lanzarle dicha acusación termino meandose en frente de todos cuando descubrió que estaba en su espalda. Beso el amuleto de hierro con la cabeza de ciervo dibujada en ella costumbre que solo había aplicado cuando estaba por entrar en combate o cuando su mujer estaba por dar a luz a su única hija hasta el momento.

Siguió adelante por el sendero serpenteante que había seguido hasta ese entonces. Una serie de piedras sueltas se encontraban dispersas a lo largo de este por lo que debía caminar con cuidado para no resbalar en especial en los tramos en que el camino subía o bajaba. Los árboles muertos lo flanqueaban por ambos lados y sus delgadas ramas se estiraban como manos fantasmales tratando de agarrar su capa o arañándole la cara. Un dosel le privaba de cualquier vista al cielo, así como de la luz solar que apenas era capaz de filtrarse en el claustrofóbico bosque.

Pronto empezó a sentirse vigilado desde las sobras de los árboles, pero cuando volteaba no había nadie. Trato de ignorar esa extraña sensación que no significaba nada. No se alejó del camino pues es lo que le dijeron los peregrinos que había interrogado.

El camino lo llevo hasta una delgada grieta en una pendiente rocosa, no parecía ser nada especial excepto por los dos pilones de piedras sueltas que tenía a ambos lados. El de la derecha era más grande que el otro, el de la izquierda parecía haberse colapsado bajo su propio peso y las piedras habían caído hasta sus pies y continuado rodando por todo el camino. Ni se molestó en contarlas pues cada piedra representaba a un peregrino que había visitado ese rincón del mundo. A simple vista calculo que debían tratarse de cientos o tal vez incluso miles de ellos.

Sus tripas se revolvieron y el amuleto que llevaba al cuello se volvió extremadamente pesado. Una gota se deslizo por su mejilla advirtiéndole que estaba sudando. La luz no parecía entrar en la grieta dando la impresión de ser solo una delgada sombra entre las rocas.

Apenas dudo cuando dio un paso al frente y luego otro, para dar el tercero tuvo que agachar su cabeza. La grieta era húmeda guardando un frio invernal en su interior. Un fuerte viento entraba en la caverna, era un soplido constante que traía olor a decadencia. Sintió como su alma era acariciada por la extraña corriente de aire con su rose cruel y venenoso. Su amuleto hecho de hierro ordinario brillo ante esto desprendiendo una luz grisácea que iluminaron sus alrededores mientras continuaba bajando.

No sabía lo que era pues nunca se había interesado mucho en la magia o la religión. La curiosidad lo había traído hasta ahí sin apenas cuestionarse sus motivaciones hasta que esa extraña ráfaga apareció. No era una corriente o al menos no una de aire, era algo mucho más antiguo que hacía que todo a su alrededor reaccionara. La luz de su amuleto fue solo el inicio pues ante sus ojos aparecieron antiguas imágenes de animales, cazadores, guerras, ciudades siendo construidas y destruidas. Todas ellas cobraron vida ante él que no pudo menos que mirar maravillado como las boleadoras salían de las manos de los hombres y se envolvían en las piernas de las bestias. Nuevas líneas rojas salían de ahí donde alguien recibiera una herida punzante. Los albañiles colocaban enormes piedras, traídas de lugares lejanos, una sobre otra sin usar mortero.

Gonzalo se sintió como un niño al que le cuentan las historias de reinos lejanos en el tiempo y que se imagina los secesos en su cabeza. Pero el no estaba imaginando nada, estaba seguro que se trataba de algo real. Pronto las diferentes ciudades empezaron a guerrear entre ellas, las victorias se convertían en derrotas y estas a su vez se convertían en empates. Ninguna ciudad era capaz de imponerse sobre las otras y cuando una era destruida era remplazada por dos más. Al final todas las ciudades que habían construido al inicio desaparecieron bajo los cimientos de una nueva serie de poblados.

No se dio cuenta de que había continuado avanzando hasta que sintió como el agua entraba por su bota. Su primer impulso fue dar un paso atrás alejándose de la materia negra que cubría el fondo de la caverna. El pasillo de roca lisa que estuvo siguiendo lo había llevado hasta el interior de la tierra con unos pronunciados escalones muy desgastados por su uso.

-Puta madre – fue lo único que pudo decir cuando se dio cuenta de lo afortunado que había sido por no romperse el cuello. Por lo que pudo distinguir con la poca luz que había denoto que las estrechas paredes se abrían a ambos lados a partir de ese punto. Su amuleto era capaz de sacar reflejos en las rocas más lejanas y en la oscura agua que se mecía por la corriente de viento que entraba.

No se atrevió a dar un solo paso adelante consciente de todos los peligros que implicaba.

Miro a su espalada por el camino que había llegado sin poder llegar a distinguir la entrada. Las imágenes de las paredes también desaparecieron dejándolo solo en la oscuridad. Dándose cuenta de lo lejos que había llegado se enfrentó al agua planteándose seguir adelante.

Una vez se metiera en el lago subterráneo se perdería fácilmente pues no tendría manera de encontrar de vuelta el pasillo por donde había venido o de saber si había otra orilla. Podría terminar nadando en aguas profundas esperando que el peso de su ropa mojada lo llevara finalmente al fondo cuando se cansar. También podría haber monstruos esperándolo bajo la superficie o enemigos ocultos bajo una roca que podrían clavarle varios dardos en la espalda.

Se sentía cargando contra una línea de piqueros enemigos con los ojos vendados, solo y sin armas o armadura. Se agacho estirando su mano hasta que toco la fría agua negra que le hizo helar hasta los huesos. Volvió a mirar atrás y al amuleto que aun brillaba por razones que escapaban a su entendimiento. Si esa magia continuaba funcionando podría salir siempre y cuando el camino fuera un solo camino en línea recta. Era incapaz de recordar como había llegado hasta ese punto, solo se había guiado por las imágenes que lo habían absorbido. No se había dado cuenta de lo vulnerable que estaba ante la fuerza que reinaba en esa oscuridad.

El viento volvió a soplar con más fuerza que antes como si fuera la respiración agitada de un monstruo gigante. La corriente empujo su espíritu hacia adelante dándole la anormal tranquilidad de que no tenía ningún poder al respecto y que solo le quedaba seguir por el camino marcado.

Desajusto el cinturón en el que colgaban sus armas dejándolas aun lado con sus botas, capa, chaleco, medias y casi todo lo que llevaba en sima. Solamente se quedo con sus calzones, que le llegaban casi hasta las rodillas, y el amuleto de hierro brillante dejando el resto su cuerpo desnudo ante el frio.

Metió un pie con precaución, toda su piel se contrajo al contacto con el agua. Su pierna continúo hundiéndose sin encontrar donde apoyarse por lo que metió la otra pierna dejando sus brazos agarrados en la orilla. El agua le llego hasta el pecho sin encontrar nada donde apoyar su cuerpo.

-La puta que pario a mi suerte – grito a nadie en particular quedándose un rato en silencio escuchando el eco. Su valor no menguo, ni siquiera se planteo por una última vez volver atrás. Respiro profundamente una vez antes de soltarse del borde dejándose caer en las aguas. Casi de inmediato sus pies fueron frenados por un piso de roca lisa escondido bajo el lago. Solo la mitad superior de su pecho quedo libre lo cual fue suficiente para aliviarlo de casi todos sus temores.

Camino en línea recta sin tropezarse ni una sola vez ni encontrar nada que obstruyera su paso. Parecía que todo el fondo del lago era una sola piedra lisa por la que se podía caminar como si se tratara de un camino empedrado. No sintió ningún pez nadando cerca suyo y tampoco distinguió ningún movimiento en la superficie del agua en el limitado radio de luz que le permitía su amuleto. Los únicos ruidos que lo acompañaban eran los que el hacia y los ecos de estos que se perdían en la lejanía.

Pronto capto el aroma del humo muy leve al inicio se volvía un poco más fuerte con cada paso. Supo que estaba cerca cuando le empezaron a escocer los ojos y secar la garganta. Incapaz de resistirse termino estornudado para sacar el hollín de sus fosas nasales. Apenas le salió moco a pesar del estruendo que provoco, se sintió avergonzado por romper la solemnidad de ese lugar.

El nivel del agua bajaba sin que se diera cuenta, el lago ya solo le cubría del abdomen hacía abajo cuando choco con la otra orilla. Primero pensó que había dado la vuelta y se trataba del mismo lugar por donde había entrado. Solo un brazo danzante que vacilaba entre el rojo y el naranja advirtieron su error.

-Gonzzzalo A’ozzza – lo llamo una voz nada más salir del agua – pasa, ¿po’que tadazzzte tanto?

Era una voz vieja que nunca había escuchado, ni siquiera distinguió el acento que no se asemejaba a ninguna que hubiera escuchado en todo el país. Distinguió que se trataba de una mujer muy fumadora por lo raspada que sonaba. Supuso que se trataría de una aborigen, dado a su pobre uso del idioma.

Siguió el resplandor del fuego por un corto pasillo para encontrar su origen. Lamento haber dejado su daga atrás, pero en el momento no se le ocurrió metérselo en la boca.

-No nezezzita zu atma – respondió la voz leyendo su pensamiento – zoy una zzimple conzzegea.

-¿Quién eres? – pregunto apresurando el paso por la impaciencia.

-Te c’eia mazz lizto – se burló – te dije que e’a una conzzegea.

Llego a otra cámara con estalactitas en el techo constantemente goteando mientras que gran parte del piso estaba cubierto por estalagmitas. Había ejemplos de todos los tamaños de ambas rocas incluso en algunos puntos estas se unían formando columnas. Pero lo más sorprendente eran las esferas de fuegos que revoloteaban por el lugar apenas iluminando. La luz de su amuleto se volvió más fuerte y esta fue reflejándose en cada gota de agua. Pronto la cámara estuvo iluminada con destellos plateados que se perdían en una lejanía oscura como si esa caverna no tuviera fin.

El viento soplo avivando las llamas de las bolas de fuego uniendo sus bellos colores al plateado. A ojos de Gonzalo estaba rodeado por diamantes, gemas, oro, plata, toda la fortuna que un hombre pudiese querer.

-Que el viento no te engañe puezz lo que te muesta a menudo no ez y lo que te p’omete a menudo no se cumple – nada más decirlo el viento amaino, todas las riquezas que vio desaparecieron junto con la luz de su amuleto. Solo quedaban unas débiles llamas, poco más que velas, para iluminar el lugar. Dio unos golpecitos a su amuleto para ver si la magia que la había hecho funcionar volvía.

-Vengo para que me digas mi futuro – dijo dejando de lado el talismán.

-No – respondió dejando una pausa dramática – quiezz que te diga que zzeas Dey.

Gonzalo permaneció callado meditando la última palabra dicha por la vieja voz. Sabía que había querido decir “Rey” lo cual lo había dejado atónito. De chico vio como sus vecinos iban a la guerra para luchar por la independencia del país contra un rey extranjero. Su padre y tres de sus hermanos murieron por la idea de una nación democrática.

Muchas veces se mostro abiertamente en desacuerdo con algunas de las medidas que tomaba el gobierno y no temía señalar sus fallas estructurales. Lo que lo había llevado hasta esa caverna no fue más que la curiosidad o eso fue lo que se dijo. En el silencio de ese lugar oscuro y olvidado solamente roto por el goteo del agua después de ver una fortuna inimaginable descubrió su verdadero motivo. No estaba satisfecho con servir en el ejército de un gobierno corrupto. Tampoco deseaba unirse a ese grupo de senadores y luchar por tener una pequeña tajada del pastel. Él lo quería todo, quería las riquezas, sus propios ejércitos, el amor de la gente.

-Si – asintió para convencerse así mismo – ¿seré rey?

-Debezz paga el pezio.

-¿Qué?

-El pezio – repitió la voz más fuerte, una de las bolas de fuego reavivo sus llamas iluminando un pedestal. La roca gris le llegaba hasta su cintura, la parte superior se hundía formando un recipiente liso.

-¿Qué quieres que haga? – pregunto acercándose al pedestal acariciando los bordes lisos. Noto algo brillando en el fondo del recipiente, estiro un dedo para ver que era retirándolo de inmediato al notar el frio metal.

-El pezio, paga el pezio incluzzo tu diozzz exige un pezio po zuz favoez.

Gonzalo acerco su mano temblorosa una vez más hasta el fondo del recipiente. Sus manos tan acostumbradas a portar armas rápidamente captaron la forma de una daga de burdo diseño. La agarro por el mango que no era más que madera podrida por la humedad. Puso el metal directamente debajo de una de las llamas para poder apreciarla mejor. Estaba hecha de cobre, la hoja no tendría más de un par de pulgadas y confirmo su impresión inicial de que se trataba de un trabajo pobre. El filo no era recto metiéndose hacia dentro en unos puntos para volver a su posición original después, el arma estaba desequilibrada y en algunos puntos el metal parecía ser más fina que en el resto de la hoja. No parecía que se hubiera hecho así de manera intencional o al menos con una finalidad por lo que debían de haberlo conseguido de un herrero que hacía un cuchillo por primera vez sin que nadie le explicara como.

-¿Cuál es el precio? – pregunto firme, un poco cansado de tanto juego.

-Necta, necta, necta… – continúo repitiendo la vieja sin salir de su escondite entre las sombras.

“¿Nectar?” pensó mirando instintivamente a las venas que se rebelaban tras su pálida piel.

-Maldita bruja – susurro cosa que provoco la risa de la vieja que finalmente paraba con su pequeño canto molesto.

-Paga, paga, paga… – volvió a empezar. Gonzalo se pregunto si se trataba de una simple loca o de una fan del teatro. Miro el arma el cual empuñaba con su mano derecha. Lentamente apoyo la hoja contra la palma de su mano izquierda justo en sima del pedestal. Algo en su interior le dijo que eso no seria suficiente, en realidad ya lo sabía. Lo que estaba pidiendo era algo caro, si quería tenerlo no bastarían unas simples monedas de cobre.

Bajo el cuchillo hasta su muñeca y movió su mano lo más rápido posible para no tener tiempo de arrepentirse. El arma tenía más filo del que parecía cortando profundamente en la carne llegando hasta las venas y arterias que se ocultaban en esta. Primero no salió nada, después cayeron unas gotas, el caudal fue aumentando hasta ser toda una catarata roja que caía sobre la piedra.

Tardo unos segundos en sentir el dolor proveniente de la herida, era como si la carne se le estuviera prendiendo fuego. Incluso las caricias del aire se volvían agonizantes en esa área.

El recipiente solo tenía un cuarto lleno cuando advirtió los mareos que lo acosaban. Sus rodillas se doblaron, su estómago se revolvió, la cabeza le daba vueltas. Soltó el cuchillo para usar su mano libre para agarrar el pedestal justo antes de verlo doble.

Ya lo había llenado hasta la mitad con su sangre. Sangre. Siempre el precio es sangre, nada se paga sin ella desde el más absoluto poder hasta el más humilde pan.

Sus rodillas chocaron con el piso, no supo cuando ocurrió solamente se encontró arrodillado con su brazo aun encima del pedestal. Las últimas gotas rebalsaron el recipiente deslizándose por la piedra hasta sus pies.

Su mano finalmente cae junto al resto de su cuerpo como si fuera un muñeco de trapo. Le costaba enfocar la vista, todo lo veía doble o triple, constantemente girando. Una persona se le acerco, era menudo y regordeta, no hacia ruido al caminar deslizándose como una sombra blanca vestida con lana de llama. No le pudo ver la cara excepto por los ojos amarillos que parecían arrancarle la piel, la carne, las costillas y todo lo que se interponía hasta su corazón.

-Volalazzz zeca del zielo, zeca del zol – le dijo antes de cambiar a un tono más grabe para lanzar su advertencia – el viento te empujada hazzta ahí, peto también puede empujante devuelta al baddo o empujate hazzzta el zol donde te qumada y caedas.

>>Cuídate de loz nadozz puezz nadie puede contolalazz, nadie puede dominalazzz.

Todo a su alrededor se volvió negro, la voz de la vieja se volvió lejana hasta desaparecer. Sintió mucho frio, pero después dejo de sentir, el olor del humo también se había ido. Su mente deliraba incapaz de tener pensamientos concretos, repasaba la profecía sin comprender las palabras. “¿Que son las palabras?” se preguntó delirante sin entender sus propias palabras. No existía el suelo, ni el arriba ni el abajo lo único que existía eran palabras dispersas que giraban a su alrededor.

“¿Estoy muerto?” fue lo primero que comprendió “¿Soy rey? No, quiero ser rey” después volvió su conciencia de vuelta a la profecía “llegare hasta el cielo, pero el viento me podría quemar o hundir en el barro”.

Sus ojos se abrieron lentamente, una pantalla blanca lo mantenía cegado. Parpadeo varias veces incapaz de dejarlos abiertos mucho tiempo, solo tras un rato de luchar contra la luz pudo observar lo que lo rodeaba.

Siguió tumbado mucho tiempo más todavía siendo poco capaz de procesar toda la información. Escucho el bufido de un caballo y como este golpeaba la tierra con su pesuña nervioso. Se levanto lentamente, pues aún se sentía increíblemente mareado.

-¿Quién soy? – dijo en voz alta en nadie en particular para inmediatamente sentirse como un idiota al recordar que se llamaba Gonzalo Arrosa. Su familia había sido una pobre rama secundaria de un clan noble, su padre se había rebelado al patriarca al unirse al bando independentista. Por culpa de la guerra había quedado huérfano y sin hermanos por lo que no se molestó en pedir ayuda.

Sus hombres estaban lejos guarnecidos en sus carteles y aunque estuvieran a lado suyo algo le decía que jamás les hubiera pedido ayuda. Hasta ahora se había levantado solo por sus propios medios y continuaría haciéndolo sin demostrar debilidad en el camino.

Noto algo raro en cima suyo por lo que se palpo sin comprender que era eso que tanto le extrañaba. Llevaba su camisa de siempre vuelta amarilla por el sudor, su chaleco gastado, las bombachas de campo y su capa. Era ropa que usaba casi a diario, tampoco estaban mojadas o cubiertas en una sustancia rara. Finalmente comprendió que sus ropas eran el problema, pues no recordaba habérselas puesto de vuelta.

Su espada y daga estaban en cinturón en perfectas condiciones al igual que una bolsa a la que comprobó que no le faltaba ni una moneda. Después recordó la herida de su muñeca apresurándose a comprobar su gravedad. Se sorprendió encontrado que en vez de encontrar un profundo agujero sangrante solo había una delgada línea rosada sobre su piel.

Sus fuerzas volvieron de a poco y con ella su risa que salió por su boca sin proponérselo. No podía evitar sentirse feliz más que conforme con la profecía que le dieron. En su egocentrismo pensó que el viento que lo empujaría hasta la cima se trataba de su propia voluntad que hasta entonces nunca le había flaqueado.

Publicado la semana 40. 03/10/2020
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