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Odiseo

Asedio de Purpudeba

Los cañones resonaron día y noche por una semana entera destruyendo las murallas con forma de estrella de la hermosa Purpudeba. De tanto en tanto uno de los proyectiles sobrevolaba los muros impactando en las calles empedradas de la ciudad o en las casas de los ciudadanos. Fue una de esas balas mal dirigidas la que mato a la esposa de Tracatus. Durante el tercer día de asedio mientras el salía a buscar comida y su hija atender a los heridos, ninguno de los dos se entero de nada hasta que volvieron a su casa encontrando a su esposa enterrada bajo los escombros de su hogar. Nadie se molesto en ayudarlos, ya a todos les daba igual a sabiendas que pronto compartirían el mismo destino. No les quedo otra que dejar el cuerpo enterrado entre las ruinas de su vida pasada y mudarse con lo que tenían puesto a una de las casas abandonadas. Tenían para elegir puesto que muchos se fueron de la ciudad antes del asedio dejando todo atrás y otras sus dueños simplemente murieron durante la guerra.

“La guerra” se repitió Tracatus mientras hacía su paso matutino por la calle paralela a las murallas con la esperanza de que otra bala perdida se lo llevara. Ahora que presenciaba el final de ese largo conflicto no pudo evitar pensar en su inicio hacia casi diez años. “La noche de los cuchillos negros”, la llamaban ahora, cuando tres opscurare mataron a la mayoría de los soldados imperiales de la ciudad permitiendo a los líderes rebeldes capturar al gobernador y colgarlo públicamente. En ese momento el celebró el inicio de la revuelta junto con todas las ciudades al este de la Cordillera Blanca. Desde ese día sólo perdió todo lo que tenia, sus dos hijos, sus barcos, su negocio y ahora su esposa y su hogar. Lo único que le queda era la sombra de su hija a la que no podía mantener o proteger. Ya no era un comerciante, ni siquiera un padre, solo era, al igual que el resto de la ciudad, una sombra de lo que fue en alguna pasado.

Se pasaba el día recorriendo la ciudad buscando la muerte, ignorando el hambre, tratando de no pensar en lo que harían los soldados imperiales a su hija cuando finalmente entraran. Sabía que todos esos soldados que acechaban afuera de las murallas llevaban años acumulando odio hacia Purpudeba por iniciar esa guerra sin cuartel donde cada bando respondía a las atrocidades cometidas por el otro con una atrocidad aun mayor. Ahora solo les quedaba una atrocidad que cometer, una que enseñaría a todas las ciudades y enemigos lo que significaba rebelarse contra el Imperio de la Trinidad. Lo peor era saber que no podría escapar de la tan ansiada venganza. Los puertos estaban destruidos, la guarnición era escasa y mal equipada, ya no quedaba ningún ejército que viniera a salvarlos, los últimos ejércitos rebeldes habían muerto un mes atrás en las orillas de La Cristalina.

El cuerpo de un soldado cayo desde las murallas con un tiro en la cabeza, cuando choco contra el piso la sangre lo salpico a él y a todos los que circulaban. A nadie le importo, solo se apartaron para evitar pisarlo sin dedicarle una mirada. Los pocos que lo miraron estaban babeando, tenían los ojos desencajados en los huesudos rostros, vestidos con ropas mugrientas y desgarradas. Tracatus advirtió con horror que estaba casi tan flaco como esos locos, llevaba la misma ropa sucia desde hacer tres días y apestaba. Ya no quedaba nada del gordo comerciante que fue en el pasado, la guerra realmente se llevo todo incluso lo que parecía insignificante. Se había llevado hasta la sonrisa de su dulce hija, la dulce flor de su vida, la ultima en esa ciudad en rendirse a la desesperación. Las lagrimas brotaron de sus ojos a caudales mientras se acurrucaba contra la muralla. No paraba de maldecirse a si mismo por celebrar el inicio de ese conflicto que dio muerte a sus hijos, a su esposa y le había quitado la felicidad a su hija. Como podía llamarse padre o esposo sabiendo eso. “Ya no queda nada que hacer” se dijo entre lamentos, su mano instintivamente fue hasta un bolsillo oculto donde escondía un cuchillo que le daba seguridad. Sintiendo el arma en su mano se dio cuenta de que aun podía hacer algo que salvaría a su hija de la violación, es más estaba seguro que le devolviera la sonrisa al ver que su familia estaba unida otra vez. Se levanto dirigiéndose a la casa donde estaban durmiendo mientras el dolor y la alegría se mesclaban en su interior.

 

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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