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Odiseo

La Osa

Los cazadores viajaron hasta la montaña en busca de pieles con las que presumir. Viajaron por cinco días con sus noches antes de llegar a la frontera occidental cargando con largas lanzas y ballestas. Subieron por pasos pedregosos hasta alcanzar los bosques de pinos, acacia y algarrobos. Acamparon en un claro en la orilla de un arroyo que bajaba con bravura con sus aguas frías por un camino de piedras. Gran parte de la vegetación seguía pelada por el resiente invierno, pero en los arbustos ya se podían ver los primeros brotes de la primavera.

El tiempo le fue clemente a los cazadores que pudieron hacer su viaje con un cielo despejado donde dominaba un cálido sol a su vez que el viento traía la frescura de las frías montañas. Cuando amaneció tras su primera noche de acampada se encontraron con una capa blanca cubriendo la tierra. Desayunaron los pescados que atraparon en el arroyo antes de empezar su casería.

Dejaron que los perros los guiaran por todo el bosque en busca de presas que consideraran dignas. Los animales salvajes huían apenas captaban su olor o escuchaban sus pesadas pisadas. El sol ascendió y ascendió sin que pudieran encontrar el rastro de un solo animal que les apeteciera. Para matar el aburrimiento y la frustración algunos dedicaron sus esfuerzos a cazar zorros, horneros, liebres, armadillos y otras pequeñas aves y mamíferos con los que se iban cruzando.

Solo al atardecer encontraron las huellas de un ciervo al que siguieron por tres kilómetros antes de tener que volver a su campamento por la puesta del sol. Despellejaron las piezas que obtuvieron durante el día poniendo su carne al fuego hasta que estuvieron cocidos tanto por dentro como afuera. Combinaron la carne con cebollas y batatas que sobraron del viaje y varios frutos que encontraron entre los arbustos. Al final engulleron todo con cerveza que llevaron en abundancia al viaje.

En el segundo día despertaron más tarde cuando el sol estaba ya cerca del mediodía. Sin perder más tiempo del necesario, los cazadores volvieron a partir esta vez dirigiéndose al sur donde esperaban tener más suerte. Seguían aturdidos por la borrachera de la noche anterior tropezándose con las raíces de los árboles y deslumbrándose con el sol. Los más afectados fueron retirándose uno en uno de vuelta al campamento hasta que solo quedaron diez.

Liderados por Francesco di Vittoria, noble de orgulloso y arrogante linaje, siguieron a los perros hasta entrar a un enorme valle. En el fondo podían ver el nacimiento del Sable que parecía un río insignificante comparado con el cause que obtenía más adelante. La vegetación era densa en ese lugar volviendo más trabajosa la cacería.

Se tropezaron con una antigua casa reducida a un montón de piedras derruidas hace siglos. Rodearon la construcción y continuaron descendiendo por un sendero que quedaba entre las terrazas del antiguo asentamiento. El camino estaba cubierto de pasto con arbustos y arboles bloqueándolo, pero para el ojo experto que sabía que debía buscar resultaba fácil seguirlo. Llegaron hasta un riachuelo sin nombre que los guio por una ruta libre de vegetación hasta el Sable.

Los perros se excitaron cuando captaron un nuevo aroma en el aire. Salieron disparados hacia el oeste cruzando el frio cause de agua. Los cazadores igualmente emocionados que sus animales los siguieron ignorando el agua que estaba casi congelada. Solo tuvieron que correr por cien metros cuando encontraron a su presa en una saliente del río. Los cazadores se abrieron en ambos lados como si fuera un águila extendiendo sus alas sobre una presa para bloquearle toda salida.

Era una criatura de un metro de largo en sus cuatro patas, cubierto por un espeso pelaje negro en la mayor parte del cuerpo con una parte blanca en la cara del animal. Su hocico era aplastado y cuando dejo escapar un gruñido mostro unos largos colmillos blancos como el marfil. Sus garras eran largas y afiladas mientras su cola era prácticamente inexistente. Sus ojillos eran diminutos perdiéndose fácilmente entre el pelaje negro que los rodeaba que a su vez estaba rodeado por el pelaje blanco de la cara dándole la ridícula apariencia de llevar anteojos.

Algunos estaban decepcionados pues no se trataba de nada más que la cría de un oso. Seguía siendo una pieza cara, pero insignificante comparada con la de un adulto. Aun así, siguieron avanzando un paso a la vez para poder atacar todos juntos con sus lanzas. Los perros hicieron de vanguardia acosando al oso mordiéndole en sus costados para apartarse antes de que este pudiera volverse a atacarlos. Los ladridos resonaron por todo el valle al igual que los gruñidos del oso que logro dar un zarpazo a uno de los perros quien retrocedió entre lamentos con una profunda herida sangrante en la espalda. El resto de la jauría mantuvo la distancia después de eso dejando que Francesco y sus amigos se adelantaran.

Estaban concentrados en su pequeña presa que nadie se dio cuenta de la amenaza que se les acercaba por la espada hasta que fue muy tarde. Una enorme bola de pelos y garras cayó sobre ellos hiriendo de gravedad a uno de los cazadores antes de que el resto se diera cuenta de lo que estaba pasando. La madre del oso había aparecido en la escena matando en el acto a uno de ellos que se desangraba a los pies de la osa. Todos retrocedieron sin atreverse a acercarse a la furiosa hembra. Esta no espero que se decidieran a atacar y en su lugar cargo contra ellos. Una lanza se clavó contra su costado, pero le falto fuerza apenas arañándole la superficie.

La osa hirió en la pierna al lancero que lanzo un grito de terror al ver como la sangre escapaba de su cuerpo. Sus compañeros acudieron a su ayuda logrando clavar sus armas en el animal. Un brusco movimiento de la hembra rompió ambas astas que no eran capaces de contener su furia. Los dos que lograron herirla se encontraron repentinamente aplastados por la mole de casi dos metros. Uso sus colmillos para desgarrarles las caras mientras sus compañeros trataban liberarlos de la presa del animal. Al final uno de ellos sucumbió al terror y huyo junto a los perros después como en una represa en la que el agua encuentra un agujero por donde pasar, todos huyeron. Francesco fue el último en abandonar el campo de la lid tirando la lanza para ayudar al único superviviente de quienes sufrieron la furia de la osa.

Cruzo el río cargando con el herido tratando de no mirar atrás donde sus compañeros caídos yacían bajo las zarpas de la osa. El camino de regreso fue una larga procesión donde nadie dijo nada. Ya era entrada a la noche cuando el diezmado grupo volvió al campamento habiendo perdido a tres de sus miembros. Los que permanecieron en el campamento empezaron a interrogar a los supervivientes que se negaron a contestar manteniendo las miradas bajas llenos de vergüenza.

Fue Francesco quien conto la historia todos los que se habían quedado mientras vendaba la pierna del compañero herido. Cuando termino el relato todos entendieron el terror por el que pasaron sus compañeros. Cenaron lo que les había quedado de la noche anterior, bebieron poco pues procuraron mantenerse sobrios para el deber que les esperaba al siguiente día.

Al amanecer todos fueron al valle portando palas en vez de armas. Bajaron hasta el Sable aun en silencio para mostrar respeto a los muertos. Recuperaron los cuerpos de sus compañeros y les dieron un entierro digno con tumbas marcadas. Los que sabían dedicaron oraciones para pacificar sus almas antes de empezar a cubrir los cuerpos con tierra y piedras.

Por un momento vieron a la osa volviendo al río para beber agua con su cría. Las miradas se congelaron sin que nadie se atreviera a mover un solo dedo. La osa los miraba a ellos y ellos la miraban a ellas preguntándose si debían tomar venganza. Fue Francesco quien se adelantó ante sus compañeros y los convenció de que ya habían muerto demasiados. El grupo de cazadores se fue de las montañas al día siguiente sin volver a molestar a la cría o a su madre.

Publicado la semana 39. 27/09/2020
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