38
Odiseo

Los Hijos del 62

El olor del café recién hecho logro relajarlo después de tener que soportar el molesto humo de un creciente ejército de autos. Cuando la puerta se cerró golpeando por segunda vez la pintoresca campana que anunciaba su entrada pudo sentirse seguro. Los ruidos de la calle quedaron completamente amortiguados incluso parecieron callar. Varias personas estaban tomando la preciosa bebida acompañadas de medialunas u otras facturas. Camino entre las mesas sin sentir el nerviosismo que había sentido la primera vez que había ido a Atlas. Sus zapatos eran amortiguados por la suave alfombra con el extraño patrón de rombos entrelazados. Varios de los clientes lo miraban de reojo sin mucho interés solo deteniéndose el tiempo suficiente para juzgarlo. Su barbilla mal afeitada, su uniforme desarreglado, el pelo crecido y alborotado. Ni hace dos horas que había vuelto a Victoria después de su larga ausencia, todo su cuerpo aun le dolía por el largo viaje a caballo. Le hubiera gustado pasar por su hogar para arreglarse, pero su casa estaba en Nueva Purpurea no en Victoria. Podría haberse arreglado en los barracones del castillo Matorras donde tenía una habitación preparada a riesgo de llegar tarde a la citación.
Se encontraba en el corazón de una ciudad sin alma después de pasar años en la frontera. Fueron años tranquilos en mayor parte apenas tuvo que pasar frio o hambre, sus heridas provenían de entrenamientos en vez de combates al igual que la sangre que había visto. No se hubiera quejado de pasar el resto de sus días viviendo en esa aparente paz que pasaba el país. Pero la guerra tocaba a las puertas y con ella venía la posibilidad de ganar honores y subir de rango.
Pensó en lo que diría Isabela cuando le contara sobre las verdaderas razones que lo traían en la ciudad. Lo acusaría de ignorante, bruto, bárbaro, tirano, antipatria si de verdad buscaba hacerle daño. No podría negar las acusaciones al fin y al cabo pretendía unirse a una guerra civil contra un grupo de pueblerinos que decían luchar por la libertad. Libertad. Ella se dejaba guiar muy fácilmente por esa palabra tal vez esa era una de las cosas que lo había hecho caer enamorado.
Cuando observo un poco a su alrededor se sorprendió en los pocos clientes que había. Hasta que partió a la frontera ese lugar rebosaba de vida. Don Saville se había permitido el lujo de abrir una segunda cafetería en la otra punta de la ciudad. Tal vez el segundo Atlas estaba teniendo más suerte que el primero o probablemente solo era un mal día. Don Saville, padre de Lion, se encontraba en ese momento tras la barra fingiendo que estaba limpiándola. El viejo emprendedor que en su ausencia había empezado a raparse el pelo que le quedaba en la cabeza lo miro discretamente sin decirle nada. Marck lo saludo tímidamente, nunca habían tenido una buena relación a pesar de que su hijo lo veía como un hermano mayor o probablemente debido a eso. Saville le indicó con un gesto desganado hacia donde debía ir antes de volver a su obsesiva limpieza.
Sus amigos lo estaban esperando en una habitación del fondo donde Lion mantenían una sala preparada para ellos. Solo se interponía un pedazo de madera con pomo de oro de sus amigos de aquellos que se hacían llamar los Hijos del 62. Se habían nombrado en honor al año en que inicio la guerra de independencia, pretendían ser un grupo de intelectuales, cultos defensores de la libertad. La realidad era que la mayoría de ellos rondaba los veinte años, ninguno había nacido en el año mencionado y no tenían poder alguno. Pero por lo que estuvo escuchando sus compañeros lograron conseguir cierta relevancia liderando protestas y poniendo senadores de su parte. Aun estaba impresionado de que lo aceptaran entre sus filas pues como soldado servía bajo las ordenes de los que ellos denominaban “corruptos”.
Abrió la puerta sin molestarse en tocar, las bisagras chirriaron por el movimiento. No había terminado de abrir la puerta cuando una mano apareció de la nada agarrándolo por el hombro. Apenas tuvo tiempo de darse cuenta de lo que pasaba antes de que lo tiraran hacia dentro bruscamente. Todo fue muy rápido, tanto que por un momento uso su sanguinolia potenciando su cuerpo. Sus sentidos mejoraron y el mundo pareció ir más lento, entonces solo necesito un pequeño vistazo para darse cuenta lo exagerado de su reacción. Permitió que su cuerpo volviera a la normalidad para dejarse caer en el cálido abrazo que lo esperaba en el otro lado de la puerta.
Permanecieron los dos agarrándose el uno al otro conteniendo las lágrimas de alegría. Otras personas se fueron sumando al abrazo hasta casi aplastar a Marck que se veía incapaz de pronunciar palabras. Lion era el que le había agarrado, había crecido mucho desde la última vez que lo viera hace dos años. Recordó al joven muchacho que apenas terminaban sus clases de secundario iba corriendo a verlo pidiéndole que le contar historias. Ahora era un joven hombre que se había dejado crecer la barba castaña, pero manteniendo el labio superior afeitado lo que en su opinión le daba un aspecto ridículo. Vestía una camisa blanca, moño rojo, chaleco marrón muy gastado al igual que los pantalones y los zapatos. Era todo un universitario como siempre debería haber sido pues el oficio de militar no le iba, aunque Lion se negara a reconocerlo.
-Si es tan fácil emboscarte no sobrevivirás a la guerra – dijo Lion cuando se separaron. Marck se alegro al ver que no derramaba ninguna lagrima de estúpido sentimentalismo. Ya era un hombre.
-Podría haberte matado si no te hubiera reconocido pendejo de mierda – lo hizo sonar como una broma, aunque era cierto – estas alto.
-No pensaba recibirte aun estando en el secundario – era evidente que se sentía orgulloso por su progreso – ahora estoy estudiando historia en la UNV.
También estaban Oswald que todavía llevaba puesto el uniforme amarillo de la marina y el pelo rubio peinado cuidadosamente hacia atrás reluciendo su enorme frente pálida. Detlev siempre prolijo con una taza de té en la mano se levantó grácilmente esperando su turno para saludarlo apropiadamente. Cedrik que los años habían acentuado su curvatura se sumó al abrazo sin vergüenza alguna. Le costó reconocer a Roger que ahora usaba anteojos lo que le daba la insalvable imagen de rata de biblioteca. Era extraño poder verlos después de solo saber de ellos a través de cartas que tardaban meses en llegar. Abrasarlos, darles la mano, escuchar sus voces se volvía una experiencia surrealista.
-Podrías haber ido por una ducha antes de venir te abríamos esperado y hasta te abríamos agradecido por tal gesto tan básico de educación – dijo Detlev cuando le llego su turno de abrasarlo lo cual hizo sin mostrar el más mínimo desagrado por el olor de Marck.
-Pasar tanto tiempo en la selva hace que uno se olvide de las buenas costumbres – acordó Marck apurándose a tomar distancia para alejarse del olor a tabaco – pero al menos te permite respirar aire fresco.
-En eso me encuentro de acuerdo, mi querido bárbaro, que pude ser más relajante que estar lejos de la ciudad, libre de todas las leyes de la civilización – Cedrik lo miraba con ojos soñadores revelando sus deseos que le contara todo sobre los animales y vegetación del noreste. Marck le había enviado especímenes las veces que se vio capaz de pagar el traslado, pero era muy poco para satisfacer la curiosidad del médico. Siempre le pareció curioso que alguien que predicara tan fervientemente su amor por la naturaleza y su desprecio de la ciudad se pasara la vida entera en esta última sin atreverse a salir siquiera al campo. Era una de las muchas contradicciones que surgen entre los intelectuales la mayoría de la gente no se paraba a pensar en ellas, pero sus amigos cuando sacaban a la luz uno de sus errores, pasaban horas debatiendo para resolver el dilema. Al final esos debates quedaban en la nada misma, al menos era así hasta dos años atrás.
-Déjalo tranquilo Cedrik, fue a servir a un cuartel militar no a acampar para pasarse los días dibujando aves – intercedió Oswald quien volvió a su sillón sacando un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en el bolsillo de la camisa.
-Ay, que va ser de nuestro grupo si permitimos que dos barbaros vulgares se unan a nuestro club de intelectuales – dijo Detlev fingiéndose herido – la verdad me decepcionas Oswald pues uno creería que ya abrías aprendido lo poco refinado que es fumar con un cigarrillo en vez de con pipa. Y tu Cedrik que apruebas este salvajismo alegando que es la naturaleza humana.
-Los cigarrillos son más cómodos – respondió el marino mientras usaba un fosforo para prender el tabaco. Marck busco el lugar más alejado tanto de Oswal como de Detlev quien ya estaba sacando su propia pipa.
-¿Isabela y Kilian no se encuentran en la ciudad? – pregunto sentándose junto a la salamandra. No pudo evitar sentir una daga en el pecho al ver que Isabela no estaba. Una taza vacía lo esperaba, no dudo en llenarla por la mitad con leche y la otra con café mientras le respondían.
-Isabela tiene una reunión con algunos senadores, espera poder disuadir al Senado de enviar tropas a las provincias del norte alegando que eso solo empeoraría las cosas, pero prometió que vendría tan pronto como le fuera posible – respondió Lion tan obediente como siempre – Kilian fue enviado como embajador al imperio de Fiel para renovar el tratado de paz.
Marck disimulo la angustia que le provocaban esas palabras, no tanto por Kilian obviamente, aunque sus amigos así lo pensaron dado lo cercanos que eran en el pasado. Siempre había mantenido su amor a Isabela en secreto por la vergüenza principalmente. Que ella estuviera tan involucrada en la política le hacían sentir una mescla de emociones. Por un lado, estaba feliz de que ella estuviera avanzando en sus objetivos, por otro estaba preocupado pues la política era un mundo de constantes traiciones y corrupción, y en un recoveco de su corazón que trataba de ignorar estaba decepcionado por no poder reunirse con ella.
-Hablando de Fiel – dijo Roger lentamente mientras se sentaba frente a Marck con su típica sonrisa presuntuosa dibujada en su cara dando la impresión de que siempre sabía más que el resto y se burlaba de su estupidez – ¿qué tan cierto es eso de las escaramuzas fronterizas?
-Estos últimos meses hubo unas incursiones y patrullas que pasaban demasiado cerca de la frontera, pero apenas hubo heridos – dos docenas de heridos y tres muertos cuando partió. Marck reflexiono brevemente que tan sincero debía ser con esa información hasta decidir cambiar de tema – ¿entonces Isabela finamente se metió en la política? Al final ella será la única de nosotros que cumpla su promesa de mejorar el país.
-Si no la matan antes, claro está – dijo Oswald soltando una densa nube gris. Marck soltó una risa nerviosa, por un momento odio a su amigo por poner uno de sus miedos en palabras. El humor de Oswald siempre había sido algo crudo y era difícil de acostumbrarse. Una sombra cayó sobre sus compañeros incluso el joven Lion evito hacer contacto visual con él por unos segundos. Marck percibió que no le estaban contando algo, tal vez fuera solo una corazonada. Su mal genio pudo con él.
-¿Qué no me están contando? – pregunto con la misma severidad que hubiera usado con sus soldados. La brusquedad le salió de forma natural sin permitir que la duda o el temor se distinguieran. La vergüenza le pudo por un segundo al darse cuenta como estaba tratando a sus viejos amigos.
-Los del partido Restaurador estuvieron volviéndose muy agresivos estos meses – respondió Lion sin darse cuenta de la culpa que sentía al que consideraba su hermano mayor – no es nada serio, pero ya esta empezando a afectar nuestros trabajos.
-Eso carece de importancia – intervino Detlev – además de ser un tema desagradable no deberíamos abrumar a nuestro recién llegado colega con trivialidades. Por favor, mi querido Marck, cuéntanos que clase de reflexiones tuviste en esa selva.
Estuvo en parte agradecido por como Detlev cambio de tema, nunca le había gustado la política. Si la vida hubiera seguido su curso normal la única participación en ella seria votar durante las elecciones. Pero ahora era miembro de “los hijos del 62” y eso podría traerle consecuencias que hasta ese entonces no habría imaginado. Las dudas se amontonaron en su cabeza ¿Qué estaba haciendo el partido Restaurador? ¿Sus amigos habían recibido amenazas? ¿A dónde llevaría todo eso? ¿y cómo afectaría esto a su carrera militar? Hasta entonces había servido con distinción y llegando al rango de capitán en tiempo récord gracias a su disciplina, o eso le gustaba creer. Pero eso no lo salvaría si los senadores lo miraban como un potencial riesgo a su poder.
Sonrió despreocupadamente tratando de disimular sus dudas para que sus amigos también se relajaran. Dio un último sorbo al café deteniéndose a saborearlo cuidadosamente para aprovechar el momento. Después apoyo la taza de porcelana en el platillo que aguardaba en la mesa y empezó a preparase un segundo café.
-Si me traen un tostado les contare lo que deseen – dijo soplando al liquido al liquido marrón para que se enfriara antes de tomarlo. Les conto sobre las cacerías que realizaba junto al comandante y otros oficiales. Dado la tranquilidad de la frontera podían hacer sus salidas una vez por semana proponiéndose a cazar un animal diferente en cada ocasión. Marck presumió haber alcanzado una docena de carpinchos, cinco yacarés, tres ciervos, diez monos y un yaguareté. Cedrik mostro su desaprobación a lo que consideraba “una actividad inútil con el único propósito de destruir la naturaleza con tal de alimentar el ego de unos pocos”. Lo cierto es que el joven doctor no se quejo cuando le enviaba animales vivos como iguanas, serpientes y una cría de mono para que los estudiara.
También les conto sobre su primera experiencia de combate en la primera escaramuza fronteriza contra el imperio de Fiel hace cinco meses. No deseaba preocuparlos con la perspectiva de una guerra, pero su orgullo lo traiciono y conto su versión de la historia.
-Eran las tres de la tarde si no me equivoco y mi compañía estaba aprovechando el rato para descansar. El capitán Raff nos había hecho levantar el campamento temporal sobre una colina que dominaba los esteros que nos rodeaban. Entonces al sureste de nuestra posición apareció una columna de humo negro proveniente de una de las almenas que hay distribuidas en la frontera.
>>La mayoría nos pusimos nerviosos pues nunca habíamos visto las señales de invasión – Marck se arrepintió rápidamente de usar esa palabra y se corrigió – de alarma. Solo el capitán Raff había estado en una batalla por lo que conservo la calma y me ordeno que fuera a explorar junto a diez hombres mientras él se reagrupaba con el resto del ejército. Dado el terreno pantanoso en el que nos encontrábamos tuvimos que repartirnos entre dos botes que son la forma más cómoda de desplazarse. Yo iba a la cabeza mientras mis hombres remaban tratando evitar los bancos de barro que se ocultan bajo la superficie o las islas flotantes. Por el camino nos encontramos con varios pueblos y casas dispersas, de pescadores principalmente normalmente a esa hora estarían navegando por el río, tejiendo redes, ahumando pescado o curtiendo pieles de carpinchos. Al ver la columna de humo todos ellos dejaron sus quehaceres y se ocultaron entre la vegetación mientras nos vigilaban esperando que una tropa de soldados llegara para quemar sus hogares.
-Todo esto es muy fascinante mi apreciado Marck – interrumpió Detlev tapándose la boca para ocultar su bostezo – pero podríamos saltearnos hasta la parte de la batalla que es lo que realmente interesa.
-Lo más importante de una batalla es lo que ocurre antes de que empiece, las maniobras y decisiones que hace el comandante antes del derramamiento de sangre es lo que decide la victoria o la derrota – Lion salto en su defensa.
-Estamos hablando de una escaramuza Detlev – dijo Oswald – significa que intercambiaron cinco flechas murieron dos idiotas y se separaron de inmediato. Deja que Marck arme suspenso para hacerlo más interesante.
Marck estaba un poco incomodo pues la descripción de Oswald se acercaba bastante a lo que ocurrió.
-Como decía. Nos dirigimos directos hacia la columna de humo pues era la única pista que teníamos. Otras almenaras habían sido encendidas para dar aviso a todas las tropas de la frontera, pero eso no nos permitía saber la ubicación exacta del enemigo. A cada brazada me ponía más nervioso pues sabía que me acercaba al enemigo, pero no sabia ni cuantos eran o donde estaban y no quería fallar en mi primera misión real. Pasamos dos horas sin encontrar nada por lo que me estaba por dar por vencido y volver al cuartel a reportar que no habíamos encontrado nada. Frenamos en un islote ocultos por la hierba alta donde pretendíamos descansar antes de regresar. Entonces vimos a la distancia una enorme vela blanca que aprovechaba el viento que se estaba levantando para darle un descanso a los remeros.
>>En la sima del mástil hondeaba orgulloso el estandarte de Fiel con su leopardo y su león rapantes sobre campo de Sinope. Me adelante con uno de mis hombres, un chico de mi edad llamado Aella, juntos estudiamos la pequeña embarcación fluvial. No era nada espectacular comparado con las galeras en las que navega Oswald, tenía diez remos de cada lado con un solo mástil. Tenía un mascaron con forma de leopardo en la popa y otro tallado con la cara de un león en proa. Los tripulantes del barco parecían muy relajados con solamente dos de ellos vigilando mientras otros aprovechaban el descanso concedido por el viento para hacer apuestas o tomar una siesta.
>>Aella dijo algo sobre que debíamos volver y reagruparnos con la fuerza principal, pero yo lo ignore. Volví con mis hombres ordenándoles que prepararan las ballestas para disparar a mi señal. Usamos la hierba alta para ocultarnos manteniendo un metro de distancia entre cada uno de nosotros con lo que esperaba dar la impresión de que éramos más que solamente diez soldados inexpertos. Una vez estuvimos en nuestras posiciones solo teníamos que esperar que el viento trajera a nuestro enemigo en frente nuestro. Metidos dentro de nuestros escondites era difícil vernos unos a otros por lo que temí que aquellos que estaban fuera de mi vista me traicionaran. Apenas podía contener mis nervios en ese momento, deseaba desenfundar mi espada y cargar de frente contra el enemigo.
>>El barco fluvial entro lentamente en mi rango de visión, sus tripulantes todavía no se percataban del peligro que les acechaba. Espere un poco más hasta que el barco se encontrara al alcance de todos, muy pronto y los del flanco izquierdo no podrían disparar, muy tarde y serian los del flanco derecho. Cuando lo juzgué oportuno di la orden, algunos se levantaron para apuntar mejor otros prefirieron mantenerse ocultos. Nuestras ballestas emitieron un chasquido seco liberando los virotes que en un segundo atravesaron la superficie del agua. Tres dardos se clavaron en el casco, dos en el mástil, uno en la cabeza de león, el mío clavo la mano de un pobre desgraciado en el tablero en el que estaba perdiendo su dinero. Los últimos tres tuvieron más suerte, uno termino en el cuello del capitán quien cayó al agua mientras que el segundo y el tercero se clavaron en el mismo tipo en el abdomen y en el hombro.
>>Los de Fiel se gritaron ordenes contradictorias algunos diciendo que debían huir, otros desembarcar, algunos sugerían dispararnos en respuesta. Nosotros aprovechamos el momento para tensar de nuevo las ballestas cosa que no es fácil cuando tienes que evitar que la jodida cosa no se moje y tienes agua hasta las rodillas. Una flecha se hundió en el agua a dos pasos de donde estaba, esa flecha fue la única respuesta que recibimos. Cuando dispare mi segundo dardo ellos ya estaban dando marcha atrás por lo que apunte alto, el virote voló hasta atravesar la vela que estaban arriando. Un chico llamado Ulli que estaba en el flanco derecho logro disparar hasta tres virotes después de la primera sin darle a nadie en las cuatro ocasiones. Pero ese fue el fin del combate.
Lion mantuvo los ojos abiertos como platos durante todo el rato como cuando era un niño. Su padre le había prohibido tajantemente que se involucrara con militares. Dedico toda una fortuna a la educación de su hijo y se aseguro de que tuviera compañía intelectual. A pesar de todos esos esfuerzos no impidió que el joven Lion escapara de la escuela para visitar la academia militar donde conoció a Marck y Oswald. Constantemente les preguntaba sobre sus armamentos, formaciones y estrategias. Tan pronto termino el relato empezó a bombardearlo con preguntas sin darle tiempo para disfrutar del café.
Roger fue el primero en aburrirse sobre temas militares cambiando de tema para comentar sobre los chismes de viejas que había escuchado. Al parecer las familias Rue y Anta habían acordado un matrimonio, o que una nueva familia de la nobleza bastarda se había mudado a la ciudad. Marck fingió interés lanzando miradas furtivas a la puerta con la esperanza de que Isabela apareciera.
Cuando el reloj que había en la sala toco las nueve y media todos acordaron de que ya era muy tarde y despidieron. Marck abrazo fuertemente una vez más a todos sus compañeros deseando poder pasar otra tarde con ellos antes de su partida.
-Sugiero que reservemos en el Noble Caído para mañana al anochecer – dijo Detlev quien no era muy consiente que la mayoría de ellos no era capaz de pagar una comida en el restorán más caro del país. El resto se mostró curiosamente de acuerdo con la propuesta para la consternación de Marck quien se consideraba con suerte por poder pagar el café y el tostado que había comido. Fue Roger el primero en darse cuenta de lo confundido que estaba el recién llegado.
-Digamos que por ciertas circunstancias Don Sind se vio obligado a bajar los precios para poder mantener un flujo de clientes – fue toda la explicación que le dieron antes de que cada uno se fuera por su lado acordando en reunirse al día siguiente a las siete y media en el lujoso restorán.
El camino de vuelta a las barracas fue increíblemente solitario para Marck, ni siquiera se había planteado en lo solo que se sentía hasta ese momento. En el ejército estaba rodeado de rivalidades de sus compañeros quienes envidiaban su éxito. Los nobles lo despreciaban por pertenecer a una familia caída en deshonra y los plebeyos lo ignoraban por ser de la nobleza. Sus superiores lo miraban como un oficial útil en el que podían confiar en batalla mientras los que los hombres a sus ordenes lo miraban como una figura de autoridad al que debían obedecer. 
Paso varias noches soñando con el momento de volver a la ciudad con la esperanza de poder ver a Isabela esa noche Quisa finalmente se habría atrevido a pedirle un mechón de su cabello que lo acompañara en sus solitarias noches cuando fuera enviado a pacificar el norte. Mañana era su última oportunidad para hacerlo ya que después estaría muy ocupado con los preparativos de la campaña.
Antes de que se hubiera dado cuenta ya había caminado por diez cuadras en medio de esa ciudad sin alma. La gente hace mucho que se había refugiado en sus casas y de apoco iban apagando las luces de uno en uno. Paso junto a un grupo de policías montados con sus uniformes azules que lo miraron sin darle importancia. Solo había otras dos personas en la calle que caminaban a una cuadra de distancia hablando entre ellos. Un poco preocupado por los comentarios de sus compañeros uso su sanguinolia para amplificar su audición. Las voces de los sospechosos le llegaron como un susurro por lo que se tuvo que concentrar para entender lo que decían.
-Tranquilo, el jefe nos felicitara por el trabajo de esta noche – fue lo único que entendió. Marck pensó un poco sobre estas palabras llegando a la conclusión de que podía significar muchas cosas. De lo que estaba seguro es que se trataba de dos idiotas que muy probablemente se dedicaban a la vida criminal. No podía afirmar que fuera su objetivo o si solamente planeaban robarle, pero no se preocupó mucho.
Esa ciudad siempre fue peligrosa desde que se fundo hace treinta años primero amenazada por la guerra después azotada por el crimen. Se repitió que esa ciudad no tenía alma. Nunca la tendría en su opinión. Había sido fundada para representar libertad y unidad para una nación en pañales. En la realidad era un patio para los juegos políticos de los senadores. Los edificios eran simples cuadrados de ladrillos y mortero, más altos que en cualquier otra ciudad. En vez de dar la impresión de ser viviendas todo el barrio parecía un montón de piedras deshabitadas. Los grafitis eran el único verdadero rastro de que las personas vivían en esos lugares.
<<El precio del progreso>> recordó las palabras que le había dicho su padre cuando le comento sus pensamientos la primera vez que llego a esa ciudad. Doblo en la avenida Libertadores que era solo un poco más grande que la calle que había dejado. Al menos los arboles que dejaban crecer en la vereda hacía más reconfortante caminar por el bulevar, aunque el agua estancada de las cloacas hacía que se arrepintiera de esa primera impresión. Los dos hombres de detrás doblaron en la misma esquina manteniendo la distancia. Siguieron así por dos cuadras cuando doblaron en otra esquina desapareciendo. Marck se relajo por primera vez desde que se despidiera de sus amigos en la cafetería.
Paso por el frente de una escuela para la creciente clase burguesa que prosperaba en esa ciudad. También era el edificio con más eslóganes políticos que hubiera visto en su vida; restauradores, republicanos y liberales estaban enfrascados en una batalla por ver quien se apoderaba de la superficie de las paredes. Marck trato de no darle muchas vueltas al asunto aceptando que las cosas eran de esa forma.
Los dos hombres de antes volvieron a aparecer acompañados por otros dos que vestían igual. Los cuatro desconocidos se interponían entre él y el fuerte Matorras que se alzaba por encima de todos los edificios de la ciudad excepto por la catedral de San Arminio. Cada uno de ellos vestía ropas negras, botas negras, camisas negras, pantalones negros, capas negras, cinturones negros y bufandas negras con las que se tapaban la cara. Con la capucha puesta solo dejaba ver sus ojos que eran oscurecidos por la noche. Marck se dio cuenta que no había policías donde se debería haberlos, estaba solo con los cuatro encapuchados. El único que se diferenciaba de sus compañeros era el más enano entre ellos que apenas podía llegarle al abdomen. Llego a pensar que era un niño hasta que dio un paso al frente poniéndose en el rol de líder del grupo y hablo con la voz rasposa de quien lleva años fumando.
-Eres amigo de los Hijos de los idiotas – fue más una afirmación que una pregunta. Lo reconoció como uno de los que lo habían seguido desde el Atlas, pero esa información le era inútil.
-No conozco a ningún hijo de idiota a menos que hables de la puta de tu madre que desconoce como se usa la ropa – no era más que un insulto infantil por suerte estaba en frente de alguien lo suficientemente idiota para caer. El enano se lanzo hacia delante con una daga tan sucia que ni siquiera reflejaba la luz de los faroles. Marck potencio su cuerpo a penas un poco y permaneció quieto esperando el embiste. Antes de que su atacante estuviera cerca uso el largo de su brazo para conectarle una piña en la nuca. Se desmayo al instante y al caer se rompió la nariz contra el piso de piedra por lo que tuvo ambos lados de su cabeza manchados de sangre. Los otros tres se asustaron al reconocer la sobrenatural velocidad con la que se movió. Huyeron dejando a su compañero caído y no molestaron a Marck el resto de la noche.

Publicado la semana 38. 15/09/2020
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