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Odiseo

Cuatreros Fin

La bandera blanca con los trece soles hondeaba al viento mientras avanzaba a la cabeza de su nuevo batallón de jinetes. El camino estaba embarrado y destruido por las pesuñas de los caballos de los hombres que envió por delante. En los campos que lo rodeaban todavía quedaban algunas vacas asesinadas para no dejarle nada a los rebeldes. Arvid sonrió cuando reconoció a uno de los gauchos entre los cadáveres de los bovinos. Se pregunto si participo en la emboscada de hace un año, tal vez no, pero la mera posibilidad de que sea familiar de uno de ellos era casi placentera. El dolor muscular que sentía hace un año se alivio un poco al ver como los alrededores de Prados Dorados estaban llenos de muerte y humo.

El humo provenía de las granjas, casas, cosechas, pueblos, graneros, establos que había en el territorio. Estaban prendiendo fuego todo lo que se pudiera quemar, los caballos y vacas que no pudieran llevarse las mataban o las dejaban sueltas. Los habitantes de la región no tenían esa suerte Arvid había dado a su regimiento de soldados, directamente sacados de las cárceles de Victoria, carta blanca para cometer cualquier atrocidad que quisieran. Personalmente se había asegurado de que cada uno de sus hombres fueran los peores pedazos de basura que pudiera encontrar. Asesinos, violadores principalmente, gente que en el pasado no hubiera dudado en matar antes de permitirles salir de las celdas en las que los encontró. Aun estaba dispuesto a matarlos y después de esa misión se aseguraría que todos ellos murieran uno a uno para no tener que dejarlos libres una vez acabada la guerra.

La empalizada de Prados Dorados estaba desecha, ennegrecida en varios tramos producto de fallidos intentos de quemarla. Parecía extraño volver a ese lugar, hace solo un año había entrado por esa puerta junto a Cedrik. Hace solo un año. Ahora volvía prácticamente solo, sin ni un amigo que le acompañara. Solo tenia el dolor causado por explotar su sanguinolia en un solo y mortífero ataque. Era un recordatorio constante de su fracaso. Después de su fallido golpe los cuatreros de Beckert saquearon su cuerpo junto al igual que hicieron con todos sus hombres. Una vez despojados de cualquier cosa de valor fueron abandonados en ese campo olvidado para que fueran comida de carroñeros. Pero Arvid no murió y logro aguantar hasta que un granjero lo encontró por casualidad. El viejo idiota lo cuido pensando que formaba parte de la rebelión que poco a poco empezaba a tomar forma. Cuando estuvo lo suficientemente recuperado Arvid lo mato a sangre fría y le robo un caballo con el que pudo ir hasta el cuartel del ejército más cercano.

Lo más duro de ese año fue enterarse que Beckert había sobrevivido de alguna forma a un golpe que debería haber sido capaz de matar a un elefante. Ni con toda su fuerza pudo matarlo. Mientras paso tres meses al borde de la muerte, Beckert inicio una pequeña guerra que se expandió rápidamente por todo el norte. Ahora su enemigo era uno de los héroes de la rebelión mientras que a él lo trataban como un desgraciado al que pusieron al mando de basura. Ni siquiera le dieron la opción de recibir un regimiento de soldados, lo trataron de inepto e inservible.

Se llevo a los labios su cantimplora saboreando el precioso wiski que había en su interior que le quemaba la garganta hasta llegarle al estómago. Miro a la puerta de la empalizada viendo como los habitantes la habían bloqueado con carros a los que habían colocado estacas a la altura de los cuellos de los caballos. Un grupo de imbéciles se había subido a ellos para defenderlos con piedras y lanzas que eran poco más que palos. Los arqueros de su vanguardia se estaban divirtiendo con ellos jugando a tiro al blanco obligando a los idiotas a mantener la cabeza agachada. Arvid pudo ver que las mujeres y niños del pueblo se estaban amontonando en la torre que había usado como base de operaciones. Eso lo hizo enfurecer todavía más por alguna razón, rechino los dientes sin darse cuenta de que estaba usando su sanguinolia. Su dentadura sonó como el desprendimiento de un glaciar del sur, otro de sus dientes se partió sin que se diera cuenta, era el cuarto en seis meses.

Escupió el diente inservible mesclado con un poco de sangre, otra de las consecuencias de sobrexplotar la sanguinolia. Sus constantes hemorragias internas lo obligaban a vivir comiendo carne cada poca hora y recibiendo transfusiones todas las semanas. Irónicamente usaba su sanguinolia para curar o, mejor dicho, reducir el daño que esta le había causado. Se dirigió a su segundo al mando, un pandillero el cual no se había molestado en aprender su nombre.

-Ataquen todos a la vez y no retrocedan hasta haber entrado a esa pocilga – ordeno sin apartar la vista del pueblo – si encuentran a un Gusano gordo déjenlo con vida deseo… hablar con él.

El pandillero asintió seguidamente trasmitió la orden a unos cuantos mensajeros que a su vez se dispersaron para avisar a todos los líderes de escuadrón. Doscientos hombres en total rodeaban Prados Dorados en ese momento la mayor fuesa que hubiera comandado jamás. Solo se necesitaron quince minutos para que todos estuvieran enterados del plan, ninguno se atrevió a cuestionarlo. Su segundo al mando dio la señal con un toque de trompeta, una nota aguda, casi delicada, incluso podría parecer de una belleza excesiva para lo que estaba por acontecer. Arvid solo lamento que Don Beckert no estuviera presente en ese momento.

Doscientos soldados de caballería atacaron simultáneamente por el norte, sur, este y oeste. Habían desmontado para la lucha pues no tenía sentido cargar con los caballos contra un muro de madera. Unos cuantos usaban arcos y ballestas para obligar a los defensores a permanecer agachados mientras el resto usaba cuerdas y ganchos para ir tirando la empalizada parte por parte. Los habitantes de la pocilga trataron de resistirse, en el pasado Arvid habría reconocido su valentía. La batalla se alargo más de lo necesario pues ninguno de los combatientes parecía saber como empuñar una espada apropiadamente. Al final los defensores cedieron dejando a sus vecinos desprotegido contra el ejército de criminales. Los pueblerinos trataron de retirarse hacia la torre de piedra donde creyeron estar seguros. De haber cerrado la puerta en ese momento podrían haberse salvado y aguantado un día o incluso dos, pero la compasión les impidió cerrarla esperando que sus seres queridos llegaran. Para su desgracia los hombres de Arvid estaban justo atrás aprovechando su misericordia para entrar.

Los gritos hicieron eco en las paredes hasta llegar al cielo donde el viento se los llevaba. Arvid espero que sus hombres apartaran los carros de la entrada principal para espolear las riendas de su caballo. Uno de los criminales a su servicio con las manos llenas de utensilios de cocina de poco valor lo saludo nervioso cuando lo vio dejando caer su miserable tesoro.

-El Gusano se encuentra en el templo señor – dijo sin atreverse a dejar de saludar hasta que Arvid ya se había alejado. Entro al templo solo bajando los escalones con paso seguro, los hombres que le hacían de escolta esperaron afuera en la puerta. Algunos de ellos sirvieron en el ejército antes de ser encerrados y todos ellos habían servidos en las pandillas. No eran extraños a la muerte, al saqueo, a las violaciones o a las torturas incluso habían realizado tales atrocidades alguna que otra vez. Pero el eco de los gritos que les llego desde el interior del templo los dejo más aterrados. Las decenas de personas que estaban muriendo por todo el pueblo no eran nada en comparación con el único grito que ellos estaban escuchando. Poco a poco este se fue tornando en un chillido similar al de los cerdos dándoles la sensación que el pobre animal había sido entregado en sacrificio a un dios maligno para apaciguar su ira.

Publicado la semana 37. 11/09/2020
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