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Odiseo

Cuatreros parte 3

Pasaron el menor tiempo posible en el pueblo solamente el suficiente para atender a los heridos y juntar cualquier cosa que les sirviera de arma. Cedrik se apodero de una cota de malla oxidada con un agujero enorme en el pecho por donde había pasado una lanza. Otros ataron con cuerdas varios tablones a sus brazos, espaldas y piernas para que les hicieran de armadura, y Branko convirtió varias cestas de mimbres en improvisados escudos redondos. En cuanto a armas lo mejor que consiguieron fueron dos hachas, una espada corta, un arco con seis flechas que Arvid entrego a Gwilim, el mejor arquero del batallón, y varios cuchillos.

Volvieron al río antes de que el fuego los alcanzara, el cielo ya se había tornado gris tapando por completo al sol. Una ligera llovizna casi imperceptible empezó a caerles mientras retomaban su marcha. Arvid permitió que comieran un ligero desayuno de pan rancio, queso duro y un poco de carne seca que encontraron entre las casas. Ninguno se quejó pues estaban acostumbrados a comer en cantidades escasas comidas insulsas. Alguno se atrevió a ser un chiste, pero sin conseguir que la pesadumbre se fuera de los vencidos hombros de sus compañeros. Arvid esta vez encabezo la marcha asegurándose de que sus hombres lo vieran fuerte y decidido. Caminaba con el paso seguro aun llevando su armadura aboyada y manchada de barro y hollín. Para algunos de los soldados su capitán parecía un héroe salido de las canciones impresión en la que ayudaba la altura de este que era más alto que cualquier otro en la compañía.

Arvid en ese momento se sintió como un actor de uno de esos teatros tan populares en Victoria y en Nueva Purpurea. La verdad es que su cuerpo estaba acusando los efectos de la sanguinolia, se sentía ligeramente mareado, extremadamente fatigado y bastante desanimado. Si se hubiera acostado en uno de los lechos de paja atrás en el pueblo se hubiera quedado dormido y ni las llamas lo hubieran convencido de levantarse. Cuando era un simple soldado raso soñaba cada noche con llegar alto en el ejército. La gloria, las riquezas, el reconocimiento, la oportunidad de unirse al poder político en la capital. Ahora deseaba cambiar su lugar con uno de sus soldados, no tener que ser el modelo en seguir.

Sacudió su cabeza hasta quitarse esos pensamientos estúpidos y dignos de cobardes. Era el capitán de ese batallón por lo tanto esos hombres tenían el deber de engrandecerlo hasta alcanzar la gloria mientras que su deber era mantenerlos con vida y liderarlos en la adversidad. Sus objetivos estaban claros en ese momento, debía escapar de ese infierno para después volver a Prados Dorados. Sonrió al imaginar a Don Beckert empalado cuidadosamente para evitar que la estaca dañara sus órganos, de esa forma podría escuchar sus gritos por más tiempo.

En ese momento calculo que su enemigo se encontraba en uno de los dos grupos de jinetes que los flanqueaban. Los refuerzos de los rebeldes habían llegado poco después de que abandonaran el refugio en el pueblo. Veinte en el oeste y quince en el este, ninguno de los dos grupos había hecho nada excepto seguirlos. Arvid supuso que su falta de iniciativa podría deberse a muchas razones, desde esperar a tener a su fuerza al completo o esperar que sus soldados estuvieran muy fatigados para luchar de manera efectiva. La llovizna que enviaba Iagual por momentos se hacia más fuerte conteniendo el incendio el cual apenas lo veían. Pero también dificultaba moverse por los rocosos márgenes del río, las piedras se hacían resbaladizas y cada paso era traicionero. Fue Cedrik el primero en caer en la trampa cuando salto sobre un escalón rocoso, sus pies cayeron sobre una superficie mojada y lisa que le hicieron perder el equilibrio. Uno de sus subordinados agarro su camisa, pero no pudo evitar que el teniente pisara de lado doblándose el tobillo izquierdo. La propia gravedad lo hizo caer definitivamente desgarrando su camisa y dándose un fuerte golpe en la cabeza donde empezó a salirle sangre.

Cuando Arvid escucho el alboroto corrió hasta la mitad de la columna donde se encontraba su segundo al mando. Branko llego antes que él dándole una rápida revisión para asegurarse de que no fuera nada grabe.

-Solo un tobillo torcido – dijo cuando el capitán llego hasta donde estaban – tardar una semana en recuperarse, pero estará bien, en cuanto al golpe de la cabeza yo no me preocuparía los idiotas suelen tener la cabeza dura.

-Gracias Branko – dijo dejando que este continuara con su trabajo y vendara la cabeza de su amigo para frenar el sangrado y su tobillo para inmovilizarlo. Permitió que el resto de sus hombres tomaran un descanso dejando a dos centinelas para vigilar los movimientos enemigos. Los que habían sido heridos previamente estaban en su límite especialmente Guto, un joven que se había unido junto a Alexandre, que aún le salía sangre del golpe en la nuca que había recibido.

-Esto no va bien – dijo Arvid con un susurro cuando Branko se fue dejándolo solo con Cedrik.

-Solo son un montón de gauchos sin entrenamiento – Cedrik estaba acostado con la cabeza apoyada sobre su viejo poncho.

-Si no me equivoco vos eras un aprendiz de zapatero antes de alistarte – se burló Arvid.

-No todos tenemos la suerte de ser entrenados desde los siete años, dime ¿qué se siente empuñar una espada antes de caminar?

-Podrías contestar esa pregunta por tu cuenta pues es evidente que todavía no dominas la segunda – ambos se rieron. Cedrik se incorporó un poco apoyándose en una piedra grisácea para estar sentado más derecho.

-En ese caso dime cual es tu plan y yo contesto la pregunta – fue la respuesta de su segundo al mando.

La confianza de su subordinado le causo un poco de risa pues por su culpa se encontraban en esa situación. Si hubiera interrogado con más ímpetu al Gusano en vez de considerarlo un simple cobarde podría haberlo evitado todo. También podría haber interrogado a alguien más de Prados Dorados para confirmar la información o simplemente prestar más atención a la hostilidad que estos mostraban.

No necesitaba mirar a su alrededor para elaborar un plan pues ya lo venia haciendo a lo largo de la marcha. Las piedras que se acumulaban en esa parte del río harían imposible cualquier carga de caballería y si los jinetes intentaban juntarse tendrían que buscar un vado con un paso más seguro para los animales. Pero aun poseían la ventaja del alcanza pudiendo arrojarles una cantidad casi ilimitada de piedras a una velocidad mortífera además de cualquier otro dardo que hubieran traído. Atacar a los bandidos tampoco era una opción viable, aunque poseyeran la ventaja numérica si se enfrentaban a un grupo a la vez. Tan pronto como salieran de sus posiciones defensivas los jinetes les lanzarían sus dardos hasta que estuvieran cerca entonces huirían con sus rápidas monturas y una vez lejos volverían a dispararles.

-Creo que el incendio no va a expandirse mucho más así que nos quedaremos acá a ver que hacen ellos – dijo Arvid.

-¿Esperaremos que se vayan de puro aburrimiento? – Cedrik trato de sonar como si bromeara, aunque su cara rebelaba su disgusto. Sí había algo que cualquier soldado odiaba era ser asediado sufriendo el hambre y el constante estrés de ser atacado en especial cuando tus únicas defensas era unas cuantas piedras dispersas.

-Mejor que marchar sin ningún rumbo con la vana esperanza de encontrar ayuda – señalo Arvid – estas tierras están demasiado despobladas. La guerra de independencia y la última rebelión afectaron duramente a esta provincia, podríamos marchar por un día entero antes de encontrar una población y tendríamos suerte si ellos no se unen a Don Beckert.

Las horas que siguieron fueron muy incomodas pues la lluvia se volvía más intensa y el viento más fuerte. La cortina de agua hacia que por momentos perdieran de vista a los jinetes, pero estos no tardaban en reaparecer como fantasmas para lánzales una andanada de piedras para desaparecer nuevamente. El caudal del río fue aumentando, obligándolos a retirarse de a poco de su refugio para evitar que la corriente se los llevara. Arvid ordeno que volvieran atrás en un intento de engañar al enemigo y escapar, pero tan pronto se movieron los jinetes de ambos lados cayeron a la vez llenándolos de piedras.

En la escaramuza Branko fue golpeado en la cabeza y murió al instante con una fea hendidura. Gwilim tuvo más suerte alcanzando a disparar sus seis flechas y solamente fallando una de ellas. Las otras tuvieron más suerte, dos de ellas mataron al instante sus blancos, otra se clavo en el ojo de un caballo el cual se encabrito tirando a su jinete y pisoteándolo hasta morir, y las otras dos hirieron a sus objetivos. Arvid consiguió exhibirse en ese enfrentamiento saltando desde una roca para decapitar a un sorprendido bandido.

Uno de los rebeldes trato de vengar a su compañero y espoleo su caballo con la lanza en ristre contra el capitán. Arvid espero paciente sin apenas inmutarse por la punta de madera que apuntaba a su pecho. No sintió miedo o nervios ni siquiera cuando este estaba a medio metro de él, los enemigos venían hacia él, podía matarlos y eso lo calmaba. Activo su sanguinolia en el último momento acelerando la sangre de todo su cuerpo. El mundo pareció moverse un poco más lento incluso podría haber contado las diminutas gotas de lluvia de haber querido. En su lugar se concentro en su velocidad dando un paso a un lado dejando que la lanza pasara con un movimiento grácil. Después interpuso su espada en el camino del caballo agarrándola firmemente con una mano. Se concentro en dar fuerza a su brazo derecho para que no se apartara y a sus piernas para no perder el camino. La misma inercia del semental hizo que chocara con la afilada hoja que corto sus patas delanteras con la mima facilidad que se corta la manteca.

El caballo cayó con un lamentable relincho de dolor, su sangre se mezclaba con el barro. El jinete que lo montaba termino golpeándose la cabeza con las rocas y muriendo en el acto. Arvid aun sediento de sangre salió a la carga del grupo de jinetes del este junto a gran parte de sus soldados restantes. Clavo su espada con una estocada en el vientre de otro caballo atravesándolo de lado a lado. El rebelde que lo montaba salto antes de que el animal lo arrastra al piso, Arvid reconoció la habilidad de este, pero no le tuvo piedad. Arremetió con un mandoble que silbo en el aire, su oponente lo esquivo saltando elegantemente hacia atrás. El contrataque de este no se hizo esperar y con facón en mano salto nuevamente hacia adelante en una precisa estocada. Arvid volvió a atacar usando su sanguinolia, su rápido ataque no significo nada para el escurridizo rebelde. Cambio su dirección en el aire como si no fuera nada dejando que la espada de Arvid lo rozara apenas.

El pañuelo en la cara del bandido se soltó rebelando la identidad de su dueño. La cara de Don Beckert asomo entre la tela con su típica expresión amargada, solo un siniestro brillo en sus ojos reflejaba algo más. Arvid quedo impresionado por la habilidad del pequeño noble empobrecido. Fue un solo segundo menos de un parpadeo, pero Beckert ya se encontraba encima suyo con la punta de su arma a menos de un metro de su ojo. Arvid tiro su cara hacia atrás tratando de ganar distancia, Beckert estiro su mano libre agarrándolo por el peto y empujando contra él. Ambos cayeron, uno en cima del otro, como amantes tratando de matarse mutuamente. Arvid soltó el escudo que aun llevaba en la zurda concentrando una gran cantidad de fuerza en ella. Cuando Beckert ya lanzaba su grito de victoria estando a punto de matar al capitán Arvid descargo un fuerte zurdazo aun lado de este.

Arvid pudo confirmar en ese momento que Beckert también poseía el don de la sanguinolia. Era la única explicación posible de que sobreviviera a un golpe que capaz de atravesar acero y hundirse en la carne. En el momento del impacto Beckert concentro una gran cantidad de fuerza y resistencia en el punto que iba ser golpeado. Esto le salvo la vida haciendo que el mortífero ataque quedara reducido a un feo moretón, pero no evito que este lo sacara volando.

Los hombres de Beckert se habían retirado para volver a hostigar desde lejos al contingente de soldados. Pero al ver a su señor herido volvieron a la carga siendo recibidos por una diezmada fuerza. Varios hombres empezaron a caer en ambos bandos y otros trataron de huir de ese infierno. Uno de los veteranos de Arvid, un tal Bas, que había servido en el ejército desde mucho antes que su oficial al mando se alistara mato a uno de los jinetes con una lanzada precisa que lo mato al instante. Después de tamaña hazaña Bas corrió a agarrar las riendas del caballo con el cual huyo hacia el noreste dejando a sus compañeros a su suerte.

Cedrik corrió como pudo hasta Beckert que aún se encontraba aturdido por el golpe. El teniente portaba una lanza la cual apunto al noble herido mientras lanzaba su grito de guerra. Arvid quedo pasmado al ver la heroica escena impresionado por la valentía de su segundo hasta que se dio cuenta de que era un suicidio.

-Cedrik retrocede – pero el grito llego tarde, demasiado tarde. Beckert se recuperó increíblemente rápido, no solo dominaba la sanguinolia sino que también estaba descansado a diferencia de Arvid. El noble se levanto de un salto dando un rápido giro que le permitió esquivar la lanza de Cedrik. Su facón voló de un lado a otro con un destello, un profundo tajo apareció en el cuerpo de Cedrik que iba de su hombro hasta el abdomen. Arvid se levantó espada en mano preparado para clavar su acero en la carne de Beckert. El noble remato a su segundo al mando con una estocada directamente en el cuello.

Arvid no pudo evitar recordar el día que lo conoció, un joven chico de apenas diecisiete años que no sabía montar o empuñar una espada. Nunca entendió porque había elegido el regimiento de caballería y en su momento aposto que lo enviarían de vuelta a casa. ¿Quién en ese entonces hubiera imaginado que se convertiría en uno de los mejores soldados que había conocido? Dejo que su espada la guiara el odio, abusando de su sanginolia drenando la poca sangre que le quedaba.

Beckert quedo sorprendido por la velocidad en la que se estaba moviendo, apenas teniendo tiempo para saltar hacia atrás. No fue un salto elegante como los que había hecho antes, fue desesperado, torpe, con una expresión poco digna en el rostro. La muerte del noble era un hecho seguro, la espada de Arvid se movía con la fuerza de cien hombres. El propio capitán parecía un demonio con todas sus venas y arterias marcadas bajo su piel tan gruesas como serpientes. Su corazón latía dos veces más rápido que la de un ser humano normal llevando su cuerpo al límite. Sus ojos se volvieron rojos encegueciéndolo, sus pulmones se llenaron de sangre ahogándolo y sus músculos empezaron a arderle como si estuvieran en llamas.

De haber podido ver en esos segundos Arvid se hubiera regocijado en la expresión de miedo de Beckert. Solo la fuerza de la coincidencia y del destino podrían haber evitado la muerte de Beckert. Entonces los crueles dioses que manejan a los hombres como titiriteros entreteniendo a un publico invisible intervinieron. Uno de los hombres de Beckert, un gaucho de mediana edad que había trabajado para la familia del noble durante toda su vida, al ver a su señor en peligro corrió a defenderlo. Había tirado de las riendas de su caballo cuando vio que su señor recibir un fuerte golpe en el costado. Los movimientos rápidos de aquellos que usan sanguinolia impidió que llegara hasta el último momento. Su caballo choco con Beckert quitándolo del camino de la espada.

El hambriento metal continuo su camino encontrándose con el lateral del gaucho cortándolo exactamente por la mitad junto a su caballo. El corte fue impecable sin perder su potencia hasta encontrarse al piso embarrado donde la hoja se clavó profundamente. Arvid no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y continúo presionando hasta que la espada se quebró en dos. La gente que los rodeaban paró de luchar al ver horrorizados como los órganos internos del gaucho y del caballo caían como si fueran papas saliendo de un saco roto. Gran parte de la sangre mancho a Arvid de pies a cabeza, apenas lo pudo notar antes de caer inconsciente por todo el esfuerzo.

Publicado la semana 36. 06/09/2020
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