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Odiseo

Cuatreros parte 2

A la mañana del tercer día salió hacia el oeste con diez de sus soldados portando en alto la bandera de la Republica. Cabalgaron por una hora entera perdiendo de vista Prados Dorados, a su alrededor solo había campos que descansaban del feroz pastoreo de las vacas. Arvid y Cedrik se separaron dejando sus armaduras y vistiéndose con ropas de civil para evitar ser reconocidos. Solo llevaban sus dagas las cuales ocultaron bajo los gastados ponchos que llevaban.

Volvieron a Prados Dorados por otro camino que se acercaba a la ciudad por el sur. Antes de entrar por la empalizada se mancharon las caras con tierra y se pusieron sombreros vaqueros con los que esperaban ocultar su identidad. También dejaron los caballos atrás escondidos en una arboleda apartada de los que estaban trabajando en el campo. El pueblo no parecía diferente a cuando lo habían dejado, los pueblerinos seguían mirando con recelo a los soldados que guardaban la torre. Solo algunos se acercaban para vender alguno de sus productos a precios casi irracionales. La mayoría de la gente los ignoro pues estaban tan pendientes de sus hombres que no fueron capaces de notar que ellos tampoco eran de ahí.

Se dirigieron directamente al templo de Loclaba sin perder tiempo mirando ninguno de los tenderetes. El edificio de adobe apenas tenía un piso de altura, en sus paredes exteriores había pintadas de caballos, montañas, cacerías y cosechas. La puerta principal era solamente dos cortinas donde aparecía la imagen de un animal que nunca había visto antes, pero que una vez un Maestro de Tierra le dijo que era un topo. Pasaron sin ningún problema topándose con una pequeña escalera que descendía hasta las entrañas de la tierra. El lugar estaba lleno de humo que les hacía escocer los ojos y la garganta hasta que empezaron a toser. Solo bajaron por cinco peldaños de un pie de alto y medio de ancho lo que los obligo a permanecer agarrados a una baranda de madera quebradiza para no caerse.

De esa forma llegaron a una sala cuyo techo se perdía en el denso humo negro que se acumulaba. Una fogata ardía en el centro de la estancia para iluminar las pinturas de las paredes. Los simples dibujos desgastados por el tiempo cobraban vida con las sombras que se proyectaban. Arvid por un momento tuvo la sensación de encontrarse en una de las ancestrales cuevas que sus antepasados habitaban hace siglos. Por lo bajo se sentía un leve aroma a podredumbre proveniente de unos pozos al fondo de la sala donde la gente depositaba sus ofrendas.

-¿Peregrinos – dijo una voz emocionada proveniente de detrás de la pared perdida entre las sombras detrás de una columna. Arvid tuvo que recurrir a su sanguinolia desviando el flujo de su sangre a sus ojos para ampliar su pupila. De esa forma la sala oscura paso a estar tan iluminada como un soleado atardecer. El misticismo que desprendía el lugar se convirtió en decepción al reconocer que se encontraba en un refugio pobre echo de barro y por mano de hombre. En el lugar de donde provenía la voz no había pared solo una puerta tapada con una cortina marrón con la intención de mimetizarse con el ambiente. De ella salió el gordo Gusano con sus extrañas ropas que dejaban pedazos de piel suelta con cada movimiento. Exhibía una sonrisa amplia en su cara regordeta con la piel curtida por el sol.

-¿Quién peregrinaría a esta pocilga? – pregunto Arvid pateando el polvo del piso.

-Todo templo es sagrado, hijo de la tierra – argumento el Gusano – si desean dejar unas ofrendas para su viaje pueden depositarlos en esos pozos, solamente traten de no caerse en ellos. La semana pasada un niño estaba jugando y termino doblándose el tobillo al caerse, nunca vi una mujer tan enojada como ese día.

-No vinimos a depositar ofrendas – dijo acercándose más, Cedrik lo siguió echando en mano la soga que le colgaba. El pobre sacerdote no parecía sospechar nada, este se dirigió al fuego para acomodar los troncos antes de continuar la conversación.

-¿Entonces que desean? – pregunto aun sin aprestarles mucha atención.

-Una confesión – dijo y en ese momento Cedrik salto a la cabeza del Gusano dándole un fuerte golpe en la nuca. El sacerdote no tuvo ninguna posibilidad cayendo de cara al piso sin emitir ningún ruido.

Era un hombre bastante pesado por lo que tuvieron que cargarlo entre dos hasta una sala lateral que se metía un poco más profundo en la tierra. Primero se toparon con una biblioteca con una estantería que apenas tendría cinco libros en buen estado. Arvid considero que estaba muy cerca de la sala de ofrendas para el interrogatorio y lo arrastraron a otra habitación que estaba separada del resto de la estancia por una puerta de madera. Calculo que ya se encontrarían fuera de la empalizada cuando finalmente llegaron a un cuarto iluminada por velas.

Solo tenía una cama con un colchón relleno de paja vieja la cual apestaba, las velas estaban medio derretidas por casi todo el piso por lo que tuvieron que pisar con cuidado. Depositaron al sacerdote en su lecho donde no tardo en empezar a roncar como si nada estuviera pasando. Los dos soldados esperaron un rato probando su puntería con los cuchillos y usando como blanco un dibujo muy gastado que a Arvid le pareció se suponía que representaba a una persona o más concretamente a una mujer.

-Es donde me masturbo – dijo la débil voz del Gusano, instintivamente Arvid y Cedrik limpiaron sus cuchillos en sus pañuelos los cuales después tiraron.

-Veo que eres capaz de hablar – comento Arvid mientras volvía enfundar su facón deteniéndose para acariciar la madera de la empuñadura tallada con la imagen de un león.

-Para ser sincero me esperaba que esto ocurriera tarde o temprano – dijo incorporándose. Se llevo una mano a la nuca encontrándose con la venda que le pusieron – ¿es muy serio?

-No, pero podríamos agrandar fácilmente esa herida si no colaboras – amenazo distraídamente como si no fuera algo muy importante. El Gusano palideció notablemente a la luz de las velas y agarro con fuerza el amuleto tallado con la forma del insecto que daba nombre a su rango. Clavo la mirada en el piso sin atreverse a levantarla mientras permanecía temblando sobre su cama.

-¿Qué quieren? – pregunto aun sin levantar los ojos de sus desgastadas alpargatas. Cedrik se sentó al lado del Gusano con el cuchillo en la mano en recordatorio de lo que podría llegar a pasarle.

-¿Sabes dónde están los cuatreros? – la pregunta dejo absorto al interrogado quien por primera vez le miro directamente a los ojos. Permanecieron un rato en silencio en el que Arvid estudio cuidadosamente cada gesto del sacerdote que parecía no entender nada.

-¿Que? – pregunto desconcertado.

-No me hagas repetir – dijo Arvid hastiado de tener que lidiar con idiotas – ya sabemos que Don Alfred tiene negocios con esos criminales.

-Lo que haga Alfred no tiene nada que ver conmigo, yo solo era soy un simple Gusano – explico Kliment.

-Parecían bastante amigables estos días – dijo Arvid – cuando llegamos ambos estaban en juntos en este templo.

-Solo vino a consultar sobre alguno de los misterios de Loclaba.

-Ayer te vi yendo a su casa para cenar – aporto Cedrik posando un brazo en el hombro del sacerdote.

-Eso no significa que intervengo en sus negocios.

-¿Entonces por qué pensabas que llegaríamos a esto? – pregunto Arvid pasando una mano por su cara para sacarse el hartazgo. Kliment volvió a ponerse nervioso al darse cuenta de su propia estupidez. Cedrik puso su cuchillo en el cuello del sacerdote apretando la fina piel hasta sacarle unas gotas de sangre.

-No nos hagas perder el tiempo – advirtió Cedrik.

-Se encuentran río arriba en un bosque donde pueden ocultarse fácilmente – se apresuró a decir atropellando las palabras en su prisa por confesar todo lo que sabía – deben de ser veinte o treinta no muy bien armados.

Arvid y Cedrik se levantaron satisfechos por todo lo que escucharon por lo que se fueron sin causarle más problemas. El sacerdote primero estuvo extrañado por salir aparentemente impune después se relajó permitiéndose sentir felicidad por sí mismo.

-Antes de que me olvide, tenemos orden de matar a los cuatreros y a cualquiera que los ayude así que si me entero de que estas mintiendo o si veo un solo jinete saliendo hacía el norte para advertir a los criminales, juro que te tratare como un miembro de esa pandilla.

Arvid se fue satisfecho una vez que vio la expresión de horror en la cara del sacerdote.

…………………………………………………………………………………..

Salieron apenas el sol se puso y la solo quedaba la luz de luna para guiarlos por el camino. El sacerdote no había salido de su templo y nadie había entrado después de la visita de Arvid. Todos los que habían salido a trabajar al campo volvieron al pueblo con las últimas luces del día. Algunas personas salieron de sus casas a la fría noche para ver como el medio centenar de soldados salía por la puerta y se alejaba de la empalizada.

El camino fue fácil, siguieron el rio hasta su lugar de origen manteniéndolo a su derecha mientras cabalgaban. De vez en cuando debían alejarse de este para esquivar una serie de rocas que imposibilitaban el paso o para rodear casas dispersas que podrían advertir a los criminales. Cuando hacían esto continuaban por un trecho sin tener mucha idea de donde estaban o adonde se dirigían. Arvid usaba sus habilidades a menudo para amplificar su vista y su audición comprobando que nadie los seguía o que nadie los hubiera visto. Cuando volvían a encontrar el rio se permitía relajarse pues no deseaba perderse en ese mar de pasto destinado al ganado.

Tardaron dos horas antes de encontrar el bosque que les había dicho el Gusano. A primera vista los árboles eran muy bajos y la vegetación muy abundante para pasar a caballo. Trotaron hasta encontrar un estrecho sendero por el que pudieron adentrarse en el territorio enemigo. Dejo algunos de los suyos atrás con las monturas para desplazarse cómodamente entre los árboles.

El camino parecía abandonado llegando a desaparecer por varios tramos antes de reaparecer. Arvid necesito de su sanguinolia para poder moverse por ese lugar el cual las luces de estrellas y de la luna no llegaban. El resto de sus hombres tuvieron que conformarse con la luz de los faroles para evitar tropezar con las raíces. Alexandre pregunto si podían encender antorchas que iluminaban más que las tristes velas que llevaban. Algunos de los más jóvenes mostraron su acuerdo hasta que los veteranos les señalaron lo seco del terreno. Al adentrarse un poco más en el bosque tuvieron que dispersarse para poder abarcar más terreno y esquivar los árboles. Con cada paso que daban las ramas les arañaban el rostro o se enganchaban a cualquier pedazo de tela que llevaban. No tardaron en empezar a gritar solamente para mantenerse uno cerca del otro. Perdieron toda posibilidad de tomar por sorpresa a los cuatreros o a cualquier persona que estuviera cerca.

Pasaron varias horas dando vueltas por la zona buscando cualquier pista que los guiara a los cuatreros. Los únicos rastros que fueron encontrando a medida que buscaban eran las huellas de los animales silvestres que habitaban el bosque, pero nada de caballos o vacas y las huellas humanas que había eran las que ellos dejaban. En un momento encontraron restos de un campamento abandonado unos días antes. Solo quedaban las piedras que habían rodeado la fogata y algunos utensilios dejados por los ocupantes. Eso fue suficiente para aumentar los ánimos poniendo a todos más atentos a pesar de que podría haber sido el campamento de unos cazadores ajenos al caso. Continuaron dando vueltas hasta encontrarse nuevamente con el rio que los había traído hasta ese lugar.

El sol empezó a asomar tímidamente por el este, la oscuridad parecía negarse a retirarse ante el lento avance de la luz. Arvid maldijo en voz baja al comprender que el sacerdote los había engañado y que habían perdido su tiempo buscando en un bosque donde no había nada. Furioso patio una piedra suelta que rodo hasta el lecho del rio. Se fijo que la fina corriente de agua había cambiado su dirección yendo del oscuro oeste al iluminado oriente. El viento también cambio de dirección trayendo el curioso aroma a madera quemada captando su atención. Varios animales salieron de sus escondites para huir del amanecer lo más rápido que les permitía sus piernas.

Arvid miro al sol dándose cuenta de que estaba saliendo por el sur y que una enorme columna de humo se levantaba tapando las estrellas. El resto de sus hombres volvieron su vista de a uno hacia el creciente fuego que ocupaba todo el horizonte.

-Rápido tenemos que irnos – ordeno Arvid sin poder apartar los ojos del gigantesco incendio. Sus hombres no le hicieron repetir la orden iniciando una apresurada retirada hacia el norte sin alejarse del rio. Arvid se mantuvo en la retaguardia para asegurarse de que nadie se quedaba atrás. Camino echando constantes ojeadas a sus espaldas comprobando que el fuego se extendía por el este y el oeste a una velocidad imposible. Las preguntas giraron en su cabeza sin descanso, la velocidad con la se extendía, el lugar de origen, el engaño del sacerdote. No pudo parar de maldecirse por su estupidez, por su incompetencia, por dejarse manipular por una serie de criminales.

El fuego los flanqueo por ambos lados obligándolos a meterse en el rio para escapar de las llamas. El calor era abrumador cocinándolos dentro de sus pesadas armaduras de acero. Unas chispas bailaron en el aire hasta chocar con ellos quemándoles la piel, incendiándoles las barbas, las cejas, sus ponchos, capas o camisas. Arvid continuamente se tropezaba con petos abandonados, yelmos arrojados o guanteletes perdidos en la suave corriente. En un punto también empezaron a dejar de lado sus armas para poder correr más rápido.

Un ciervo con el lomo envuelto en llamas paso corriendo enfrente a ellos cegado por el dolor. El caos se esparció entre sus soldados que trataban de esquivar al animal que termino por chocar con Alexander. El golpe fue tan fuerte que arrastro al pobre muchacho hasta unos arbustos en llamas donde lo dejo antes de desaparecer de nuevo. Arvid y Cedrik sacaron al chico del fuego a costa de serias quemaduras en sus brazos. Arvid uso su sanguinolia para acelerar el proceso curativo de sus propias extremidades aliviando su dolor y dándole las fuerzas que necesitaba para un último tirón que libero a Alexander. Pero cuando lo sacaron ya era tarde pues su piel estaba chamuscada dejando unas horribles heridas que hacían estremecer hasta a los veteranos. Toda su cabellera había desaparecido dejando solo unos mechones ennegrecidos, la camisa que llevaba también estaba mayormente quemada excepto en unas partes donde la tela parecía haberse pegado a la piel. Uno de sus hombres, llamado Branko, que hacía de medico de emergencia para el escuadrón solo tuvo que echar un vistazo antes de sacudir lentamente la cabeza confirmando lo peor.

Fue Cedrik quien se ofreció hacerlo conociendo muy bien el desagrado que provocaba en su capitán la muerte de sus subordinados. Uso una daga que mantenía bien afilada con la hoja limpia al punto que se podía usar de espejo, con ella le corto el cuello en un movimiento rápido clavando el arma hasta la faringe y abriendo la herida lo más posible. La sangre salió a borbotones con cada intento de Alexander por respirar, las lágrimas del chico se perdieron en el río junto a su sangre. Arvid dudo que su joven portaestandarte fuera capaz de entender lo que ocurría, pero por un momento este le miro a los ojos y pareció suplicarle. La muerte fue muy lenta para su gusto por lo que remato al chico clavando su pesada espada en el pecho matándolo al instante. Dijo una breve plegaria por el alma del joven para que su alma fuera acogida en el otro mundo después sin perder más tiempo siguió los pasos de sus hombres que habían seguido adelante buscando una salida.

Le pareció que corrieron por casi diez kilómetros en los cuales el grupo se fue separando cada vez más. Arvid permaneció atrás de todo junto a Cedrik reordenando a aquellos que se quedaban rezagados. De no ser por su sanguinolia Arvid jamás habría podido correr esa distancia con la armadura puesta y en esas condiciones. Su habilidad le confería fuerza y velocidad sobrehumana si las usaba al máximo de su potencial, pero si era usado en pequeñas medidas aumentaba su resistencia reduciendo los efectos adversos que implicaban usar su poder. Aun así, estuvo en varias ocasiones a punto de deshacerse de todo su equipo para facilitar la huida, solo la experiencia le recordaba que el momento en que más se necesita una armadura es cuando no la tienes al alcance de tu mano.

El terreno se fue volviendo más inclinado a medida que avanzaban a la vez que el terreno se despejaba. Al final pudieron reagruparse en una carretera pedregosa a las afueras del bosque ardiendo. En ese punto el río era atravesado por un puente de madera medio podrida, a una corta distancia de donde estaban pudieron ver unas casas abandonadas recientemente debido que sus dueños no deseaban correr el riesgo de quedar atrapados en el incendio. Todos se recostaron exhaustos, aun eran acosados por el humo que les empujaba el viento, pero la tregua los alivio.

Arvid volvió su vista al fuego que estaba dando sus primeros pasos fuera del bosque para quemar los pastos del campo. Dentro de poco todo eso sería un montón de cenizas por lo que tendrían que remprender la marcha en poco tiempo. Pensó en dirigirse hacia el este para rodear el incendio y después volver al sur y encontrar a los desgraciados que habían iniciado el fuego. Se juro que no tendría piedad con ninguno de ellos lo cual en alguna parte de su interior lo alivio. Ese trabajo lo había frustrado por encontrarse constantemente con las manos atadas ahora nadie lo culparía si trataba la situación como si fuera una rebelión.

Tan concentrado estaba en sus pensamientos que no escucho los cascos de los caballos que se acercaban por ambos lados del camino. Fue Cedrik el primero en advertir a los diez jinetes que se acercaban por el este a galope tendido. La impresión de que se trataba de campesinos huyendo se desvaneció cuando vio las lanzas con puntas recrudecidas al fuego.

-A las armas – grito por instinto consiguiendo que toda la tropa formara, los pocos que seguían armados al frente el resto detrás. Una decena de lanzas atravesaron el aire la mayoría de ellas logrando alcanzar la carne desprotegida de los soldados. Arvid freno uno de los proyectiles con su escudo mientras usaba su espada para desviar una segunda lanza que se dirigía hacia Cedrik. Una tercera jabalina voló muy alto pasando por arriba de toda la brigada hasta que cayó en la tierra. Dos hombres murieron al instante, otros cinco quedaron gravemente heridos y un sexto recibió una leve corte por el rose de la única lanza con punta de hierro. La mayoría permaneció ileso por lo que se armaron con las lanzas uniéndose al muro defensivo.

Arvid permaneció en primera fila calibrando al enemigo el cual no parecía estar mucho mejor armado que ellos. Los jinetes tenían la cara tapada con pañuelos y se mantenían lejos desde donde sacaron unas finas tiras de cuero que Arvid supuso correctamente que se trataban de hondas. Ni siquiera considero en perseguirlos inútilmente, su única ventaja es que los superaba cuatro a uno, pero eso no importaría si no podía alcanzarlos.

-Vallan a las casas rápido – ordeno apuntando con su espada el asentamiento vacío. Las piedras empezaron a caer poco después completamente invisibles a sus ojos, apenas emitiendo un siniestro silbido cuando corrían en el aire. Los proyectiles los golpearon mientras corrían en busca de cobertura. Algunas atravesaban los muslos de sus hombres impidiéndoles huir, si alguien se quedaba atrás para ayudar al herido entonces los jinetes se lanzaban con espadas cortas rodeándolos y matándolos en el lugar. Una de las piedras logro golpear el yelmo de Arvid abollándolo, el retumbar lo mantuvo confundido por un par de segundos antes de poder concentrarse. Otras piedras pasaron peligrosamente cerca suyo hasta que una segunda choco con su peto desequilibrándolo. La distancia entre jinetes y soldados se reducía a medida que los últimos se retiraban dejando a los caídos atrás.

Arvid se mantuvo atento respecto a la distancia entre ambas fuerzas calculando la velocidad a la que estaban yendo los peludos caballos que montaban sus atacantes. Se aseguro que los mejores armados de su tropa permanecieran en retaguardia listos para cumplir sus órdenes. Por esa misma razón eran los que caían ante el acoso de las hondas mientras los que estaban desarmados estaban llegando a las primeras casas. Cuando los jinetes estuvieron suficientemente cerca Arvid freno junto a lo que quedaba de la retaguardia.

-Lanzad – ordeno con un potente grito.

Cedrik fue el primero en lanzar su pesada lanza de caballería que aún conservaba más idónea para las mortíferas cargas que para usar como jabalina. La pesado arma hizo una gran curva en el aire ante de que su punta de acero apuntara directo al piso. Uno de los jinetes se atravesó en su trayectoria chocando con el extremo afilado que le corto un lado del abdomen antes de caer en la tierra sin fuerza. El jinete herido se desmayó al ver como una gran cantidad de su propia sangre uniéndose a los cuerpos de los primeros muertos del combate.

Otros de los soldados que conservaban sus lanzas o que habían recogido las de sus enemigos arrojaron sus armas de la misma manera. Las largas astas cayeron de la misma forma sobre sus misteriosos atacantes. Un segundo murió en el acto mientras que otros dos perdieron a sus monturas cundo las puntas de metal se clavaron en sus cuellos y lomos.

-Carguen – grito Arvid encabezando la formación en cuña que adoptaron los soldados que continuaban a su lado. La mayoría de los jinetes huyo ante el repentino contraataque, solo uno permaneció atrás el tiempo suficiente para que uno de sus compañeros heridos montara a su espalda y seguir al resto. Les arrojaron más piedras una vez se encontraron a una distancia segura, pero sin las mismas ganas de antes. Algunos de los hombres que ya se habían guarnecido en las casas regresaron con escudos viejos que sus dueños originales habían heredado de sus abuelo y que habían olvidado en la prisa por huir. Otros improvisaron unas camillas para buscar a los heridos y llevarlos a un lugar seguro.

Su vanguardia recupero las lanzas arrojadas desclavándolas de la tierra o de la tierna carne de los caballos moribundos. Solo dos de los jinetes se encontraban muertos entre media decena de cadáveres de los suyos, había un tercer jinete herido aplastado por su montura mientras que veinte de sus hombres exhibían nuevas lesiones y cortaduras. Algunos de ellos tenían las cabezas abiertas prometiendo un corto futuro para ellos y otros no podrían continuar corriendo por su cuenta.

Branko se acercó hasta el jinete inmóvil que luchaba para liberar su pierna mientras miraba con los abiertos como platos el hacha que empuñaba el médico. Había caído de su lado derecho dislocándose el hombro, usaba su brazo izquierdo para empujar al gigantesco animal sin ningún resultado. Al ver que no podría escaparse intento alcanzar su espada corta que había caído no muy lejos de donde estaba. Branko aparto el arma con una patada y coloco su hacha sobre el cuello del desgraciado que empezó a llorar. Los compañeros que lo habían abandonado lanzaron una andada de piedras, pero esta vez se encontraron con un pequeño muro de escudos que freno a la mayoría.

Arvid se acercó al prisionero que rogaba misericordia con una voz aguda apenas entendible. Un soldado aprovecho la oportunidad para patearlo descargando la frustración por la muerte de uno de sus amigos. Arvid dejo que asustaran un poco al bandido, el fuego se expandía y el resto de los bandidos aun eran una amenaza. Dos de los jinetes se separaron uno yendo hacia el este el otro los rodeo por el norte antes de continuar hacia el oeste.

-Deben estar buscando refuerzos – pensó en voz alta evitando que sus hombres lo escucharan, no quería continuar desgastando su moral. Le hizo una señal a Branko para que se apartara dejándolo solo con el prisionero en medio de un anillo de guerreros furiosos. Uso su espada para apartar el pañuelo que cubría el rostro del bandido, se aseguró que la punta de su arma acariciara la piel dejando un largo corte en su mejilla izquierda. Era un rostro joven con los dientes chuecos, tenía la cara quemada por incontables horas en el sol. Sus ojos verdes brillaban por las lágrimas que les daban la apariencia de zafiros. “Zafiros que mataron a mis hombres” pensó antes de hablarle al chico con la furia a flor de piel – Si contestas mis preguntas te liberare.

El muchacho lo miro con ojos esperanzados sin percatarse de la mentira que se escondía en la mirada de asesino de Arvid. El joven no se lo pensó mucho antes de asentir tratando de controlar las lágrimas, Arvid mantuvo la espada colgando justo en sima de su rostro para recordarle que su vida dependía de él. Desde el este los primeros rayos de sol asomaron, aclarando el cielo y deslumbrando el incendio cuyo brillo siniestro era insignificante contra el gigante celeste.

-Sos de Prados Dorados – era más una afirmación que una pregunta de todas formas el chico asintió con la cabeza.

-Tu jefe es Don Beckert – volvió a asentir.

-¿Cuántos son? – en Prados dorados no debía vivir más de cien personas eso supondría una fuerza combativa de cuarenta hombres en edad para luchar tal vez más si se les unían gente de los alrededores y aceptaban mujeres, suponiendo que todos ellos estaban acoplados. El muchacho negó con la cabeza casi golpeándose contra la tierra, Arvid dejo que su espada callera un poco hasta rosar la nuez del prisionero.

-No sé señor – se apresuró a decir con voz chillona – no se contar.

Con eso Arvid dio por terminado el interrogatorio clavando su acero en el cuello del chico. No se molestó en mirarlo a los ojos mientras le quitaba la vida, en su forma de ver las cosas no era más que un criminal que vendió sus compañeros sin necesidad de presionarlo.

-Vámonos de acá – dijo girándose para ir de vuelta a las casas, el fuego ya empezaba a extenderse por el pasto seco. En el cielo se acumulaban nubes grises, sus hombres se encontraban cansados, hambrientos y desmoralizados, y en el este un puñado de jinetes los continuaban observando.

Publicado la semana 35. 30/08/2020
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