34
Odiseo

Cuatreros

El camino descendía suavemente por la cuesta hasta una larga extensión de pastos y vallas donde se podían ver una gran cantidad de vacas descansando bajo el sol otoñal. Dos gauchos que cuidaban el ganado dejaron ver sus facones y sus hondas a modo de advertencia para la compañía de jinetes. Arvid ordeno que izaran la bandera de los trece soles con la intención de evitar problemas. Alexandre, su portaestandarte, cumplió sus órdenes estando a punto de tirar el preciado símbolo en multitud de ocasiones. Se trataba de un buen muchacho recientemente incorporado al escuadrón, pero era muy nervioso al punto que estaba temblando constantemente. La armadura se veía ridículamente grande en tan menuda figura, aun todos se reían del pobre por haber pedido que le enseñaran a afeitarse siendo el chiste el hecho que apenas tenía la sombra de un bigote sobre el labio.
Cabalgaron por una hora antes de alcanzar un poblado que fuera algo más que una granja. Se trataba de una serie de casas rodeadas por una empalizada y una única torre hecha de piedra en el centro de esta. No tenían guardias, pero la gente estaba armada con facones y hondas principalmente. También pudo distinguir varias lanzas apoyadas a un lado de la torre, unas cuantas hachas se encontraban distribuidas por toda la zona.
-Están muy armados para ser civiles – dijo Cedrik agarrando con fuerza su lanza donde mantenía atado el pendiente de su actual novia. Debía de ser la tercera en ese año según los cálculos de Arvid.
-Tienen derecho a poseerlas – respondió.
-Solo espero que no la usen contra nosotros – dijo Cedrik aun nervioso por la última rebelión donde había perdido una oreja y tres dedos.
Arvid inspecciono el lugar encontrándose con las miradas hostiles de los habitantes quienes se escondieron en sus casas de madera con techos de paja. Un muchacho moreno y delgado salió corriendo hasta el templo de Loclaba que era el único edificio hecho de adobe. Al ver ese escenario se dio cuenta de lo lejos que estaba de las grandes ciudades como son Nueva Purpurea o Victoria.
Del humilde templo surgieron dos hombres, el primero era un enano gordinflón de expresión tan nerviosa como la de Alexandre, estaba vestido con una túnica hecha de hojas, ramas, corteza de árbol y adornos hechos de piedra todo unido con pelos de crin de caballo. El segundo era igualmente enano, pero mucho más fornido, vestía bombachas de campo y una camisa que se había vuelto amarilla por el sudor. Junto al facón tenía una espada corta de hoja ancha, llevaba botas militares gastadas, pero nada que indicara cuál era su unidad.
-Soy Alfred Beckert – se presentó el presunto exmilitar antes de señalar al gordo – y este es el Gusano Kliment.
-Mucho gusto – dijo el Gusano.
-Soy el Capitán Shanlick – saludo llevándose el puño derecho al corazón – vengo a investigar unos informes sobre robo de ganado.
El Gusano trago saliva mientras sus ojos danzaban por todo el lugar sin atreverse a enfrentarlos. Don Beckert en cambio no dejo traslucir ninguna emoción.
-Escuchamos sobre los robos.
-¿Han sufrido algún robo? – pregunto directamente.
-No.
-¿Vieron algo extraño?
-No – Arvid empezó a sentirse frustrado con las respuestas cortantes.
-Los habitantes de Villalobos dijeron que vieron a los cuatreros dirigirse hacia el oeste lo que los conduciría directamente a este lugar – explico Arvid.
-Entre Villalobos y Prado Dorado hay un río que corta el camino, es poco profundo y la corriente no es muy fuerte podrían haber ido río abajo en ese punto ocultando sus huellas bajo la corriente – dijo Don Beckert señalando el camino por donde vinieron – ahora déjenos en paz que por acá no se aprecia a los de su clase.
-Vimos mucho ganado por esta zona – continuo Arvid ignorando el último comentario despectivo de su interlocutor – me sorprende que ningún cuartero haya siquiera intentado apoderarse de algunas de esas vacas.
-Pues haca sabemos defendernos – respondió Beckert – ahora vaya a molestar a alguien más.
Arvid miro hacia el oeste donde el sol se estaba ocultando con una luz naranja, una luna creciente ya coronaba el cielo anunciando la llegada de las tinieblas.
-Pasaremos la noche haca – dijo Arvid mirando a Beckert – dormiremos en la torre y pagaremos por la comida así no los molestaremos demasiado con nuestra presencia.
-Los quiero fuera mañana a primera hora – respondió Beckert dándose la vuelta para dirigirse a una cabaña más grande que las demás.
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La torre era muy pequeña por lo tuvieron que dejar los caballos afuera vigilados por dos hombres. El resto se dedico a limpiar el lugar y ponerlo por primera vez en años en condiciones medianamente habitables. Uno de sus soldados llego a encontrar el nido de una serpiente que le intento morder salvando la vida gracias a sus brazales de acero. Después del incidente hicieron una segunda inspección más profunda para asegurarse de que no quedaran más sorpresas.
Cedrik le compro a los pueblerinos un par de gallinas, Arvid puso de su parte para comprar una gran cantidad de arroz mientras que el resto fue consiguiendo verduras y pan recién horneado. Para el anochecer ya tenían listo el guiso que a sus ojos era un pequeño festín el cual devoraron felices acompañándolo con tragos de cerveza. Arvid hubiera agradecido completar la noche con un baño caliente para sacarse el polvo del camino, pero se conformo con tener un lugar caliente para dormir esa noche. Algunos de sus soldados trataron de seducir o pagar a las mujeres por su compañía sin conseguir ningún resultado pues ellas se presentaban hostiles.
-Devin – llamo a uno de los más veteranos de su escuadrón, un hombre alto, de barba gris, dientes amarillos de los que le faltaban varios, tez pálida y con un parche sobre la cuenca del ojo izquierdo.
-Si, Capitán – dijo el hombretón sin levantarse de su asiento mientras prendía una pipa con un fosforo.
-Mañana vuelves a Lago Hermoso a informar que seguimos el rastro de los cuatreros hasta un pueblo llamado Prados Dorados y que establecimos una base temporal en la misma.
-Si, Capitán – asintió saboreando el tabaco antes de liberarlo en una nube gris que subió hasta el techo. Cedrik que permanecía cerca pareció un poco sorprendido por la resolución de su oficial al mando.
-¿Estás seguro, señor? – pregunto estirando hacia el un mate lleno hasta el borde con yerba y agua humeante. Arvid acepto la bebida y le dio un par de sorbos antes de contestar.
-Es un lugar tan bueno como cualquier otro – dijo devolviéndole el mate a su compañero para que lo cebara.
-La gente es demasiado hostil, especialmente ese Beckert ¿Quién se cree que es dándonos ordenes?
-Los Beckert pertenecen a la nobleza bastarde y si no me equivoco llegaron a tener una influencia respetable por estos lares antes de la independencia.
-Pues ahora no es más que un noble con toneladas de estiércol – dijo Cedrik, pero Arvid lo ignoro pues ya se estaba quedando dormido acurrucado en su manta a un lado de la chimenea.
Apenas salió el sol envió a reducidos grupos de sus hombres para que exploraran todos los caminos de la zona. El mismo encabezo la partida que fue rio abajo como había indicado Don Beckert. El rio los llevo hasta una granja ocupada por otro Beckert más viejo y rodeado por varios gauchos armados hasta los dientes.
-Tres de esas ratas intentaron de apoderarse de mis mejores caballos, pero uno de ellos cayó en una de mis trampas y sus compañeros lo abandonaron.
-Que hicieron con el que capturaron – pregunto Arvid.
-Lo pusimos como espantapájaros en medio del campo – río el viejo – aunque más bien atrae a las condenadas aves, pero esos cuatreros de momento no volvieron así que para algo sirvió ese parasito.
Arvid se vio tentado de arrestar al imbécil por el delito de justicia por mano propia. El senado trataba de luchar contra el salvajismo colocando tribunales, jueces y soldados donde pudieran. En la realidad en las zonas campestres apenas había alguien que les hacía caso y normalmente el ignoraba dichos delitos. Pero con tal de castigar al viejo por privarle de un valioso prisionero al cual podrían haber interrogado considero seriamente aplicar la ley al pie de la letra. Uno de los gauchos se percató de sus pensamientos y mostro el filo de su falcata para intimidarlo. Arvid no tardo en darse cuenta de que se encontraba en desventaja numérica en ese momento.
-¿Lo interrogaron antes de matarlo?
-No.
-¿Dijo algo que nos pueda servir antes de morir?
-Solo dijo “Perdón, no volverá a pasar, por favor tengo una hija” patético vive robándole a los demás y quiere que me apiade de él porque tenía una hija – escupió al piso para mostrar su desprecio.
-¿Sabes en qué dirección se fueron los otros dos? – fue su última pregunta.
-Al sur, me parece, por donde vinieron.
Esa noche Arvid volvió a Prados Dorados frustrado por no haber perdido el tiempo con esa pista. Don Alfred lo esperaba para ordenarle nuevamente que se vaya cosa que ignoro al igual que el día anterior. Sus hombres no pudieron darle ninguna satisfacción pues tampoco encontraron ningún rastro o información útil.
-La gente de esta zona los debe de estar ayudando – sucinto Arvid mientras discutía con Cedrik.
-¿Ese Alfred Beckert sabrá de esto? – pregunto su segundo al mando.
-Debe de ser el principal comprador de los cuatreros – teorizo – eso explicaría que tenga tantas vacas.
-¿Lo arrestamos? – Cedrik agarro su espada preparado para cumplir la orden.
-Todavía no. Si lo arrestamos podríamos ahuyentar a los bandidos y correr el riesgo de perder su rastro o que salgan de nuestra jurisdicción – explico Arvid acomodando los troncos de la chimenea con una vara oxidada – pero quiero que secuestres a alguien.

Publicado la semana 34. 23/08/2020
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