32
Odiseo

La Espada en la Piedra

-Ahí estabas – dijo Cadoc – te estábamos buscando por todas partes.

-¿Qué necesitan? – pregunto de mal humor.

-Tu hermano necesita su espada, esa cosa alargada hecha de metal que se usa para pelear, ya sabes el tipo de cosas que un escudero tiene que atender para su caballero.

Arturo pensó un segundo sobre donde la había dejado dándose cuenta de que nunca la había agarrado. Si Kay no la tenía significaba que la elegante arma que compraron ayer seguía en la posada junto al resto de sus cosas.

-Mierda – dijo antes de salir corriendo de vuelta a la ciudad. Ya había llegado a la puerta de Claudio cuando pensó en buscar en su caballo miro atrás decidiendo que tardaría demasiado tiempo y continúo corriendo. La ciudad estaba casi bacia en comparación con el día anterior, pero aun bastante llena. Tuvo que esquivar grupos de guardias, carromatos, tenderetes de comida, un jinete y un grupo de rufianes. Cruzo el puente de madera por encima de las aguas pestilentes del Támesis, al llegar al otro lado se resbalo con un charco de agua congelado dándose un fuerte golpe contra el piso empedrado. Una señora gorda que empujaba una carretilla llena de pasteles corrió a ayudarlo, pero Arturo se levantó antes de que pudiera alcanzarlo continuando con su carrera. Doblo por una serie de calles estrechas, donde jamás entraría un caballo, esperando acortar camino. Empujo a un hombre flacucho con la cara picada de viruela perdiéndose en la lejanía antes de que este supiera que estaba pasando. Salió de vuelta a una calle principal frenando para tomar aire, su cara estaba cubierta de sudor, le dolían las piernas y era incapaz de inhalar suficiente oxígeno para recuperarse.

Estuvo un rato agarrándose las rodillas, lamentando su necedad de no buscar un caballo. Cuando se levantó, aun respirando con la boca abierta, miro a su alrededor para ver donde estaba encontrándose de frente con el templo en ruinas al que su padre había ido el día anterior. El mismo viejo pastor continuaba ahí con sus ojos vendados mirándolo desde la puerta.

-¿Que pasa joven te has perdido? – pregunto el anciano. Arturo tardo un rato en responder pues era incapaz de pronunciar palabra.

-Me… olvide la… espada de mi… hermano – dijo sin poder decir una oración más larga. Tomo una última bocanada de aire disponiéndose a continuar cuando el viejo volvió a hablar.

-No vas a llegar – dijo – pero se empiezas a volver ahora puede que llegues para su encuentro, está en el mismo equipo que el príncipe Augusto, todo un honor – ni siquiera en su estado actual se le escapo el sarcasmo que puso a lo último.

-¿Como lo sabes? – pregunto ya más recuperado.

-Las aves me cuentan muchas cosas. Rara vez ocurre algo en estas islas sin que me entere – explico el viejo sin explicar nada realmente. Arturo decidió que ya había perdido demasiado tiempo con esa estúpida discusión – Para tu suerte ahí una espada en este templo que puedes usar.

-Mi hermano quiere usar su propia espada – replico, pero le había picado la curiosidad. Si su imagen de Londres no estaba tan mal como pensaba significaba que había doblado en la dirección equivocada en los callejones y ahora estaba en la otra punta de la ciudad.

-La mayoría de los caballeros no serían capaces de diferenciar una espada de otra si no les pusieran sus ridículos nombres – se burló el pastor – ven sígueme seguro que esta espada es incluso mejor que cualquier otra que tu padre tenga en su armería.

Arturo desconfiaba del viejo, pero tenía razón que ya no tenía tiempo de ir a la posada y volver al torneo a tiempo, y si era algún tipo de emboscada confiaba en poder dominar sin problemas a un viejo acompañado de dos o tres rufianes de poca monta. Hizo el símbolo contra el mal mientras entraba por la puerta principal del edificio.

Quedaban pedazos de la escalera que llevaba al segundo piso, pero no quedaba nada de este dejando todo el complejo expuesto a los elementos. Solo quedaban los cimientos de las paredes internas y si había habido alguna estatua en un momento esta había sido robada junto con cualquier cosa de valor. Una manada de perros había hecho de aquellas ruinas su hogar y lo miraban con desconfianza, gruñéndole desde una esquina. El viejo lo guio hasta el otro lado del edificio sacándolo por una puerta trasera que más bien parecía un boquete.

Llegaron a lo que antes debió de ser un hermoso jardín con una fuente llena de agua limpia, pasto suave y flores hermosas. Pero gran parte de este había sido reclamado para construir otros edificios dejando sin sol a todo el lugar. En la fuente estaba llena de agua marrón, las flores habían muerto hacía mucho y el pasto había sido remplazado por tierra fría y dura. Lo único mínimamente llamativo que había en ese lugar era una piedra en el centro de esta, parecía de ser de mármol pulcro sin el más mínimo rastro de polvo encima. Una espada coronaba la blanca piedra, de alguna forma inexplicable la mitad de la hoja estaba clavada en el mármol. Cuando se acercó vio que el orificio estaba hecho a medida del filo sin darle ni media pulgada de sobra. Cosa que lo maravillo pues la hoja de acero era ondulada curvándose constantemente, el pomo era igual de sorprendente, cincelada forma de dragón con ojos de rubí. No entendía que hacía un arma tan llamativa en esa esquina olvidada del mundo, cuando parecía un arma de reyes.

-Sácala – ordeno el pastor sentándose en el borde de la fuente.

-No será esta la famosa espada del rey que es imposible de sacar – dijo Arturo escéptico, lo único que le faltaba para arruinarle el día por completo era convertirse en un espectáculo para un pastor.

-Solo hay una forma de comprobarlo – replico el viejo. Arturo se encogió de hombros resignados, en total no tenía nada que perder.

Agarro la empuñadura con ambas manos, sintiendo un extraño cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo. Dudo por un segundo, pero al final continúo agarrando el arma con más fuerza y tirando. La hoja se deslizo como si nunca estuviera trabada, ni siquiera tuvo que usar fuerza para sacarlo. El peso del arma lo tiro hacia atrás casi cayéndose al piso logrando recuperar el equilibrio en el último momento.

No paso nada extraordinario, no bajo ningún dios del cielo, ni las trompetas tocaron para celebrar la hazaña ni siquiera ladraron los perros. Debía de tratarse de una espada que ese viejo loco encontró y escondió ahí probablemente para engañas pobres ilusos con la esperanza de ser rey.

-¿Me la puedo llevar? – pregunto contemplado la hermosa hoja plateada que resplandecía con la poca luz que llegaba a ese rincón oscuro.

-Es tuya – dijo el viejo

Publicado la semana 32. 09/08/2020
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