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Odiseo

La Coronación

Cuando el sol estaba por ponerse sonaron todas las campanas de la ciudad invitando a la gente a acudir al antiguo anfiteatro donde se haría la ceremonia. Una larga procesión de nobles vestidos en sus mejores galas salió del palacio real para entrar en la catedral. Muchos mercaderes, pescadores, herreros y gente de todo tipo entro por otra puerta siendo sentados en las gradas superiores para que puedan ser testigos de todo. Al menos dos centenas de lanceros guardaban el lugar para evitar que hubiera algún accidente. Arturo fue el último en partir acompañado por Cadoc, Brychan, otros seis caballeros del rey Héctor que permanecieron en la ciudad para cuidarlo, el príncipe Lamorak, Gawain, Gereth, el hijo menor de Máximo, Claudio y Lanval quien se había unido por insistencia de Arturo.

Cadoc y Brychan abrían la marcha cada uno llevando un estandarte real, después venia el propio Arturo con su ropa guerrera flanqueado por Claudio y Lamorak que lo protegían con sus escudos declarando públicamente el apoyo de sus familias. Los dos Lothian venían atrás junto con el resto de caballeros cada uno luciendo su emblema personal mostrando que el nuevo rey no se encontraba solo.

Se suponía que esa noche Arturo seria convertido en el hombre más poderoso de Britania, pero al entrar en la arena y al ver cientos o miles de caras iluminadas por las antorchas mirándolo desde arriba se sintió como un insecto. “Tal vez todas las coronaciones deberían ser así” reflexiono “para que los reyes no olviden que su misión es sostener al pueblo y no al revés”. Habían colocado una plataforma en el centro de la arena rodeada por las personas de más alto estatus presentes. Todos esos grandes reyes abrieron un pasillo ante el avance de los estandartes, casi todos tenían espadas colgando de la cintura y algunos también vestían cota de malla. Unos músicos que no pudo ver tocaban una melodía lenta, antigua, tribal. Los cristianos se santificaron temerosos del ambiente que se estaba formando en ese lugar, incluso los paganos empezaron a temblar cuando vinieron las brumas. Entraron justo después de Arturo, retorciéndose, desapareciendo y volviendo a aparecer. Los blancos tentáculos invadieron el anfiteatro por cada puerta y ventana que esta poseía. Se apoderaron del recinto antes de que pudiera llegar a la plataforma.

Empezaron a escucharse gritos entre la multitud, Arturo movió la cabeza nervioso buscando algún signo de peligro. Lo que vio no lo dejo tranquilo, la bruma estaba tomando formas que no debería tomar, forma de piernas, formas de brazos, formas de cabezas. Un ejército de fantasmas blancos los rodeó, todos armados luciendo su grandeza como guerreros. Los reyes llevaron sus manos a las empuñaduras desenfundando las hojas de acero, pero los guerreros fantasmales ni se inmutaron. Arturo pensó en cancelar toda esa locura y huir ¿los dioses le estarían avisando que no merecía ser rey? Ni siquiera estaba seguro de ser verdaderamente hijo de Uther ¿acaso merecía la pena morir por un trono que no le correspondía? ¿y por un sueño infantil?

Estaba apunto de dar media vuelta y huir con la cara cubierta de sudor cuando vio sobre la plataforma un fantasma blanco ciñendo una corona de laureles. Era de rostro severo, con el pelo y la barba recortados al estilo romano tenía una altura promedio, no destacaba mucho por sus dimensiones, pero su porte era todo lo que necesitaba para imponer miedo en aquellos a quienes le rodeaban. Arturo miro a sus transparentes ojos que desde la ultratumba continuaban desprendiendo fuego. Todas las dudas que hubiera tenido se disiparon al verlo. Su escolta se había frenado en seco al verse rodeados por la maligna bruma, pero Arturo sorprendió a todos apartando a sus dos portaestandartes de su camino. Sus dos guardias dejaron caer los estandartes y ellos mismos cayeron encima de unas damas que acompañaban a sus esposos. La bruma se disipo con cada paso que daba, cubriendo el último tramo a la plataforma con paso lento y firme. Los fantasmas se arrodillaron a su paso sometiéndose a su voluntad. Los reyes de carne y hueso no les quedo otra opción que imitar a los muertos, temerosos de las represalias que estos pudieran infligir.

Subió la escalera un peldaño a la vez sin apresurarse, la música continuando haciendo ecos por todo el coliseo acelerando el ritmo. Las flautas se unieron a los tambores y una voz profunda empezó a cantar en el idioma de los antiguos britanos la cual era solo recordada por los druidas. Alguien grito que eso era brujería y otro añadió algo sobre una hoguera, pero sus comentarios fueron silenciados por el creciente volumen de la música. Al poner el prime pie en la plataforma todas las antorchas se apagaron con un soplido dejando el lugar solamente iluminado por la luz de la luna llena. En la plataforma se encontraba el obispo Harri quien rezaba de rodillas rogando al rey fantasmal que no le hiciera daño. La corona de laureles de oro se encontraba a sus pies emitiendo un reflejo tenue. El fantasma del rey continuaba mirándolo sin expresar emociones, sin mover sus pálidos brazos o emitir sonido alguno. La bruma era apenas una ligera cortina transparente que apenas estorbaba la vista. Arturo se arrodillo frente al fantasma del rey.

-Padre – dijo sin dudar por un segundo de la veracidad de sus palabras.

Un segundo soplido del viento se llevo a todos los fantasmas incluyendo al del todopoderoso Uther Pendragon. La música también freno dejando todo en el más absoluto silencio. En el lugar de su padre se encontraba un viejo solitario de larga barba y cabellera blancas como la nieve, vestía una túnica blanca que no llegaba a taparle los pies descalzos. Sus uñas eran largas, amarillentas, llenas de mugre, su cuerpo era poco más que huesos con piel arrugada colgando. En su mano huesuda y llena de manchas sostenía un cayado de pastor que se asemejaba más a una rama arrancada directamente de un árbol. Desprendía un aura de sabiduría y poder que le hicieron temblar, era como tener a un dios frente a él. Un rayo de luna penetro en la noche hasta llegar a la cara del viejo revelando dos cuencas vacías y sin fondo donde deberían estar los ojos.

-Arturio Aureliano Pendragon – dijo el viejo con voz ronca. Arturo se fijo que solo le quedaban unos cuantos dientes amarillentos y desde donde estaba le llego su aliento a descomposición – Hijo de Uther Aureliano Pendragon hijo de Ambrosio Aureliano Pendragon hijo Aureliano Pendragon hijo de Alwyn Pendragon. ¿Estas preparado para ser el rey?

-Si – respondió Arturo con voz alta y clara para que todos lo pudieran escuchar.

-Juras luchar para proteger esta tierra de todo mal, ya sea con la espada contra los invasores, ya sea con la horca contra aquellos que rompen las leyes, ya sea entregando tu propio pan a los campesinos en tiempos de escases.

-Lo juro – el viejo levanto ambos brazos y dio una vuelta sobre si mismo para enfrentarse a todos los presentes dijo con una increíble fuerza que su cuerpo no aparentaba.

-Si alguien duda de la legitimidad de Arturo ap Uther ap Ambrocio ap Aureliano ap Alwys o duda de su capacidad para gobernar entonces que de un paso en frente y que su espada hable.

Las miradas se dirigieron a todos aquellos que habían hecho publico su descontento con el pretendiente. El príncipe Ard fue el más presionado por los silenciosos ojos y por un momento pareció que se iba disponer algo. Hizo un amago de levantarse, pero se encontró con las cuencas vacías en la cara del misterioso viejo. Arturo no lo pudo culpar de cobarde cuando el príncipe se volvió a arrodillar con los ojos fijos en la tierra.

-Si nadie se opone – empezó a decir volviendo a mirar a Arturo – yo Merlín, te nombro Rey Supremo de todos los reinos de los Britanos, que los dioses guíen tu mano en el combate, que tus cosechas sean prosperas, que tus decisiones sean sabias – hizo una pausa dramática en el que nadie hizo un solo ruido – ahora levántate y gobierna.

Arturo obedeció poniéndose de pie a la vez que el viejo bajaba de la plataforma dejándolo como la figura más alta de toda la arena. Los reyes no se atrevieron a cuestionar la decisión del hechicero y cuando se pusieron de pie desenfundaron sus espadas al grito de: Arturo, Arturo, larga vida al rey Arturo.

El joven monarca sonrió desenfundando su propia espada y apuntándola al cielo, el arma parecía emitir un brillo propio. Desde el más pobre campesino hasta el más rico de los reyes aclamaban su nombre, los guardias golpeaban sus armas contra sus escudos. Por primera vez en toda su vida Arturo pudo ver lo que era el verdadero poder cegándose en su propia gloria no pudo ver que Merlín volvía a desaparecer en la oscuridad.

Publicado la semana 30. 26/07/2020
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