03
Odiseo

Batalle del Valle de Rehiro

Vanguardia del Ejército Imperial 
Las Montañas Blancas se alzaban frente al ejército imperial como lanzas que apuntaban directamente al cielo. En ellas, esculpidas a la perfección, se encontraban las puertas de Kramazo la antigua capital enana. Incluso después de estar siglos abandonada sus magnificas estatuas que flanqueaban la entrada seguían imponiendo temor y respeto entre aquellos que la miraban. Ravgo Azro de Ivird fue el único entre todos los presentes capas de ignorar la majestuosidad de todas las estatuas y torres que los enanos de otro tiempo dejaran en el valle. Se paseaba entre sus soldados con una anticuada cota de malla, peto, guanteletes de acero y un yelmo que cubría su rostro. Acostumbraba a usar esa armadura a pesar de que los tiempos de los heroicos caballeros ya habían terminado dando paso a la disciplina, las picas y el arcabuz. Se aseguró que sus soldados estuvieran en formación con las picas levantadas y los arcabuces cargados. Una vida en el ejercito lo hizo enfocado, lo único que le importaba de sus alrededores era si podía ser usado por él o por el enemigo en una batalla.

La horda de jablas que se encontraba ante la puerta era lo que ocupaba su mente en ese momento. La artillería estaba haciendo un buen trabajo rompiendo las líneas enemigas pronto no les quedaría más opción que abandonar su posición elevada para cargar o retirarse. Estaba casi seguro de que ocurriría lo segundo, los jablas no eran las criaturas más listas y su estilo de lucha podía llegar a ser brutalmente salvaje, pero no eran estúpidos. Un jinete proveniente de la retaguardia lo saco de sus pensamientos. No le gusto que el jinete exhibirá el escudo de los Aral, un enano con una hacha en el lado izquierdo y un caballero bajo tres estrellas en el derecho, en lugar del escudo de la familia real o algún otro símbolo imperial.

-El general ordena que avancen hasta tomar la posición enemiga – le dijo el mensajero con la arrogancia de quien se cree importante.

-Lo más prudente es mantener la distancia y desgastarlos con la artillería – explico señalando a los monstruos con caras de jabalí, colmillos capases de desgarra carne y romper armaduras que lo esperaban ahí arriba. El joven mensajero pareció enfermarse cuando vio a las criaturas el doble de anchas que un hombre, peludas y con ojos de gato que miraban a todo con intenso odio. La voz le salió casi temblando, pero rápidamente se recompuso recuperando su tono arrogante.

-No me importa su opinión comandante, si el general ordena algo su misión es hacerlo y punto – tras decir esto se dio la vuelta y se fue.

Se apresuro a dar la orden de avanzar antes de poder gritar alguna maldición contra su general o ese oficial impetuoso. Los arcabuceros iban adelanté manteniéndose cerca de la línea de piqueros. Marchaban a paso lento, no tenia sentido correr cuesta arriba y cansarse innecesariamente, mejor ir despacio manteniendo la formación. Los jablas gritaban maldiciones en ese extraño idioma que tenían que sonaba como algo a medio camino entre el gruñido de un cerdo y el rugido de un león. Por suerte solo unos pocos entre los de su especie usaban armaduras de hierro o, en casos aun más escasos, acero. Esta clase de guerreros de elite usaban mandobles, hachas o masas con las que rompían las filas de sus adversarios. El resto apenas llevaban armadura dejando expuestos sus peludos cuerpos y estaban armados con lanzas, algunas con puntas de hierro otras con puntas de piedra o incluso madera reforzada al fuego. La mayoría se encontraba entre estos dos tipo de guerreros. Ravgo tuvo que reconocer que se encontraba ante uno de los mejores ejércitos que esa especie tenia. En general la mayoría de sus fuerzas no tenían armadura y solo combatían con garrotes o las manos desnudas.

Cuando ya habían recorrido mitad del camino los jablas cargaron estrepitosamente contra ellos. Rápidamente dio la orden de frenar y que los arcabuceros dispararan. Tan pronto la primera línea de arcabuceros disparo esta se retiro dejando el lugar a la segunda y esta a su vez se retiro tras dispar dejando el lugar a la tercera para después volver a empezar. Hicieron esto dos veces antes de retirarse tras la línea de piqueros que pusieron sus lanzas en ristre. La descarga de plomo destrozo las primeras filas de los jablas dejando solo aquellos que tenían suficientes protección para frenar las balas. El resto yacía muertos o moribundos mientras sus compañeros les pasaban por encima. Chocaron contra las picas como el mar choca con las rocas de la costa. Empujaban con violencia sin detenerse a pesar de tener dos o hasta tres picas clavadas. Los arcabuceros continuaban disparando sobre los hombros de sus compañeros abatiendo a varios atacantes y cubriendo el campo de batalla con una nube de pólvora. Ravgo corría de un lado a otro dando ordenes e interviniendo con tronadora en la mano haciendo retroceder a los jablas. Cerca del centro de la formación uno de los jablas acorazados logro abrirse paso entre las picas matando una veintena de soldados. Atrás suyo los jablas de menor rango lo siguieron como una marea siendo atravesados por hierro y plomo. Ravgo salió corriendo al encuentro de esta amenaza atravesando a dos jablas de menor rango, al primero lo apuñalo en el cuello derramando su extraña y brillante sangre amarilla. El segundo trato de atravesarlo de lado a lado con su lanza, pero él fue más rápido y logró esquivar el ataque para después cercenarle una mano con solo un tajo, rematándolo con una estocada directamente  en el corazón. Apenas pudo recuperar su arma cuando el acorazado trato de partirlo en medio con su hacha. Logro esquivar el golpe rodando por el piso mientras el jabla trataba de aplastarlo con sus pesados pies. Ravgo trato de alejarlo lanzando desesperados mandobles que rebotaban contra la armadura. Uno de sus soldados salió en su defensa con la ropera en mano logrando introducir la fina hoja por una de las aberturas de la armadura. El acorazado dejo a Ravgo dándole tiempo para ponerse de pie, esa fue la misma cantidad de tiempo que el jabla necesito para aplastar el cráneo del soldado con una sola mano. La ropera continuaba clavada en la espalda del jabla a la altura de la cintura. Ravgo salto hacia delante introduciendo la ropera aun más profundo y clavando su propio espada en el mismo hueco. El jabla grito de dolor mientras caía dándole la oportunidad a otro soldado de clavarle su espada en la abertura del cuello múltiples veces terminando la vida de la criatura. Los demás jablas retrocedieron al ver como su líder caía permitiendo a los soldados reorganizar la línea.

Ravgo miro a su alrededor encontrándose con un joven oficial herid  en el hombro que continuaba gritando ordenes e inspirando a sus soldados.

-Vos – lo llamo Ravgo – ve con el general y dile que necesitamos refuerzos.

El oficia al ver quien le hablaba se limito a asentir y salió corriendo en busca de un caballo para enviar el mensaje.

Retaguardia del Ejército Imperial flanco derecho

Incluso desde donde estaba podía oírse los ruidos de la guerra, los disparos, los gritos, el entrechocar de hierros. Krast-Mactu, comandante de los auxiliares enanos, nunca le habían gustado los humanos, los consideraba cobardes y corruptos; si a un enano le dabas un cuchillos este defendería su nación con uñas y dientes, si aun humano le dabas una armadura completa con el mejor hacha de batalla este traicionaría a su pueblo por una bolsa de monedas. Por eso estaba sorprendido por la dura resistencia que los hombres plantaban ante los temibles jablas. La línea de piqueros retrocedía lentamente dejando una larga alfombra de cuerpos cubriendo la colina donde se desenvolvía la batalla. Él mismo era testigo de como ejércitos enanos se dispersaban por cargas menos temibles de esos demonios. “El mundo es más grande y complicado de lo que vos crees Mactu” le dijo su padre antes de partir en esa misión. Tal vez tuviera razón, per lo único importante era si les devolverían Krastamagea, o Kramazo como la llamaban los humanos, al final de la guerra. Esa era la razón por la que él y diez mil enanos se unieron a ese imponente ejército formado por sus tiranos.

Retaguardia del Ejército Imperial centro de la formación

Gatarlo Aral miraba la batalla inexpresivo, ocultando su sonrisa, disfrutando como los diez mil soldados del rey se mataban con los mejores guerreros que los jablas de esas montañas tenían. Sus oficiales, amigos y familiares conscientes de sus planes, sonreían por esto mismo. Eran unos idiotas que se sentían seguros por estar rodeados por veinte mil mercenarios leales a su familia. Ellos podian ser leales a su persona, pero si eran tan idiotas para celebrar abiertamente la muerte de soldados imperiales tendría que remplazarlos. Nunca se estaba lo suficientemente seguro de los segadores del emperador. Volvió su atención a un hombre cubierto de sangre amarilla fosforescente que corría hasta su posición. Otro mensaje, ya era el tercero que enviaba ese Ravgo, casi sentía pena por tener que deshacerse de un hombre tan persistente. Los dos anteriores llegaron a caballo ahora al tercero no le quedaba más opción que correr para suplicarle los refuerzos. Eso no le sorprendía, lo que le sorprendía era que todavía no hubieran sucumbido ante el empuje jabla.

-Mi general – lo llamo jadeando el lastimero soldado – el comandante Ravgo Azro de Ivirid solicita refuerzos urgentemente o en su defecto permiso para retirarse.

-Retirarse – pronuncio la palabra lentamente, casi escupiéndola – ¿es que acaso ustedes son impostores? ¿Qué paso con los valientes soldados que el emperador me prometió?

El soldado no dijo nada solo mantuvo la mirada fija preguntándose como alguien tan necio pudo llegar un ejercito de más de cuarenta mil efectivos. Gatarlo mantuvo la mirada acostumbrado a esa clase de duelos por los años que paso en la corte. Eventualmente él termino cediendo ante la mirada fría, firme, centrada del soldado. Desde que participo en las guerras Napitalas se consideraba a si mismo un veterano, pero ahora entendía lo que realmente era ser un soldado que había visto todo lo que se puede ver en una batalla. Desvió sus ojos hasta encontrarse con los enanos, ese era otro problema que debía deshacerse. Se paso la mano por la larga barba recordando que por sus venas recorría la sangre del ultimo rey enano de Kramazo. Realmente no sentía ningún afecto por ese pueblo y la única razón de traerlos era que hicieran todo el trabajo sucio dentro de las minas.

-Feltris – llamo a su joven primo que cumplía la función de mensajero – ordena a los enanos que ataquen el flanco enemigo.

Su primo salió al galope para cumplir las ordenes mientras el soldado volvía con los suyos con una ingenua cara de felicidad en el rostro. Gatarlo apretó las riendas jurando enterrar bajo la montaña a todo ese regimiento de soldados que no lo respetaban. Cuando tuviera el oro dentro de esas minas nadie se atrevería a sostenerle la mirada.

Vanguardia del Ejército Imperial

Trato de organizar los hombres que quedaban en una formación circular en un desesperado intento de resistir. Ravgo era consciente que lo mejor era retirarse, pero era un oficial del Ejército Imperial su trabajo era hacer lo imposible posible. Si ese caprichoso general quería que lucharan solos hasta el final entonces eso harían. Un jabla se lanzó sobre su formación arrancando el brazo de un soldado con una herida. No dudo un instante en lanzarse contra la criatura clavándole la espalda en la rodilla para rematarlo hundiéndole una pica rota en el abdomen. Un acorazado trato de aprovechar su distracción para aplastarlo con su maza. Trato de apartarse, pero, antes de que pudiera hacer nada, una ronda de disparos resonaron por encima de los gritos de la batalla. Ahora era el acorazado el distraído, mirando al sur por donde provenían los disparos. No dudo en aprovechar la oportunidad para atravesar el cuello de la criatura con tronadora. Esos disparos solo podían significar que los refuerzos estaban cerca y, lo que era aun mejor, sus hombres lo sabían. Volvieron a cargar contra los jablas empuñando picas rotas y espadas melladas. El arrebato de ira de sus soldados tomo por sorpresa a los jablas que empezaron a retroceder dándoles el respiro que necesitaban. Los disparos continuaron acercándose desde el sur. No vieron nada hasta que los jablas del flanco derecho fueron machacados por varios disparos de cañones y arcabuz. Después los enanos cargaron, los barbudos con sus pesadas armaduras, anchos escudos y largas alabardas rompieron las líneas de los cansados jablas.

Las criaturas, exhaustas , mal heridas, habiendo sufrido ya numerosas bajas, optaron por retirarse de vuelta a la montaña.  Los enanos trataron de bloquearles el paso cuando un acorazado con un nutrido grupo de seguidores contrataco moviendo de un lado a otro una espada curva gigantesca poniendo en retirada a los enanos. Los barbudos respondieron mandando más unidades contra aquel jabla. El acorazado resistió cada ataque dejando varios cadáveres a sus pies, dando la oportunidad al resto de la horda de escapar. Ravgo, consiente de lo que estaba pasando, avanzó con medio centenar de sus mejores hombres. El jabla lo espero desde la cima de la colina mientras él tenía que atravesar el terreno cubierto por los cadáveres de tres especies diferentes. El acorazado cubrió la distancia del ultimo tramo cargando de forma arrollador. Ravgo, y el resto de sus soldados, tuvieron que abrirle un pasillo para que pasara en medio sin aplastar a nadie. El resto de sus seguidores le siguieron lanzándose encima de sus soldados. Con un mandoble le abrió el vientre a uno antes de volverse contra el acorazado que volvía a subir la colina humillado. El jabla trato de atravesarlo con un tajo que esquivo a tiempo mientras que el arma continuo hasta romper el piso rocoso del terreno. El arma se le quedo clavada dándole a Ravgo la oportunidad de atacar, pero apenas este levanto su arma el jabla lo golpeó con un brazo envuelto en hierro. Su peto se deformo, sus costillas tronaron, la sangre lleno su boca y la sintió manar en sus pulmones. Después se golpeó contra el piso dejándolo aturdido por no decir casi noqueado. Ya no entendía que pasaba, quien era o que hacía, solo escuchaba su instinto que le decía que se levantara. Logro arrastraste por un charco de un líquido amarillo, con su cabeza delirante, alcanzo a darse cuenta que debajo de ese líquido había otro de color rojo. Le pareció curioso como ninguno de los dos se mezclaban y en su lugar luchaban por ver quién estaba arriba. Un grande lo agarró levantándolo del extraño charco, su instinto le hizo agarrar rápidamente un pedazo de pica roto. Cuando el jabla lo hizo girar, para poder verle los ojos mientras lo aplastaba, el instinto le volvió a hablar y el obedeció clavando la pica en el ojo de la criatura. El jabla lo soltó mientras gritaba maldiciones en su idioma, media docena de soldados imperiales y de barbudos aprovecharon para hundir sus hierros en la criatura. Ravgo vio esto mientras todo se volvía más negro, de a poco todo desapareció, los gritos, los disparos, el entrechocar de armas, los cuerpos, la sangre, el olor a pólvora y a descomposición. Lo único que quedo fue la imagen de una mujer envuelta en un vestido verde, de pelos castaños, ojos azules y olor a jazmín. Tenia sus delicadas manos sobre su panza donde llevaba un bebe a punto de nacer. Agarrándose de sus faldas había un nene de tres años con los ojos azules de su madre y, por alguna razón, el oscuro pelo que él sabia que tenía. La mujer lo miro a los ojos y le dijo una sola palabra “vuelve”.

Publicado la semana 3. 14/01/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
03
Ranking
0 78 0