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Odiseo

Rencuentro

Había muy poca gente en el bar y los pocos que había estaban llevando esas ridículas mascarillas. Aldo hubiera dicho que todos son unos exagerados de no ser porque Delfina estaba haciendo exactamente lo mismo. El coronavirus lo mantuvo preso en su casa por dos meses y cuando finalmente es liberado ni siquiera se le permite darle la mano a su novia sin que haya un guante de látex en el medio. Se sentaron en una mesa apartada del resto como marginados cosa que por alguna razón lo molestaba. A lo mejor lo que le molestaba no era tanto la distancia sino la actitud de la gente que lo miraban como un loco por no llevar ninguna protección.

-¿Vas a tener cara de amargado toda la noche? – pregunto cuando se bajo la mascarilla para tomar un trago de cerveza, Quilmes, no tenía plata para nada mejor.

-Estoy bien. Es que… no se – no sabía como explicarse y tampoco quería explicarse – en fin. Como va tu trabajo.

-Me despidieron – lo dijo de forma tan casual que tardo un rato en darse cuenta.

-¿Por qué? – ella se encogió de hombros.

-Es más barato despedir a alguien en periodo de prueba que tenerlos encerrados en su casa sin hacer nada productivo.

-Pero ¿te van a dejar volver?

-No sé, voy a ver por el momento me conformo con poder estar afuera.

A eso le siguió un silencio demasiado largo e incomodo para su gusto. No es que ninguno de los dos hubiera hecho algo interesante en los últimos días y sí habían hecho algo ya se lo contaron al otro por WhatsApp. De aburrido empezó a pasear la vista por todo el bar. Como temía, nada remotamente llamativo excepto un chico de más o menos su edad en la barra. Al principio no se dio cuenta solo tras una segunda vuelta noto que el abrigo y las zapatillas que llevaban eran caras como la concha de su madre. Nunca lo reconocería en voz alta, pero la envidia lo carcomía por adentro por tener que conformarse con menos. Por tener que vivir contando los centavos por culpa del puto virus.

El del abrigo caro parecía estar hablando con el encargado de la barra cuando un tercer hombre entro en la escena notablemente nervioso.

-¿Qué estas viendo tan interesado? – pregunto Delfina.

-Nada – contesto sin apartar la mirada.

Parecía que había una discusión entre el chico y el hombre nervioso. El chico estaba claramente enojado, pero aun así hablaba con la voz baja mientras que el otro ponía las manos por delante como si quisiera frenar algún golpe que nunca llego. Lo que sea que estuviera ocurriendo termino rápido con el chico marchándose con la cara roja.

Apenas le vio la cara Aldo pudo reconocerlo, los años lo cambiaron un poco y era extraño verlo bien vestido en vez de llevando ropa gastada. Aldo se levanto de la silla sorprendiendo a Delfina que tardo un poco más en darse cuenta. El chico, aun con la cara rojo, noto instintivamente el movimiento primero mirándolo con unos ojos que echaban fuego aflojándose a medida que a su vez lo reconocía.

-¿Qué honda Martín? – dijo chocándole la mano con tanta fuerza que le dolería por un rato.

-Todo bien ¿y vos que honda? Veo que seguís con Delfi – se dieron un fuerte abrazo con palmadas en la espalda que parecían más bien golpes.

-Hola ¿todo bien? – saludo Delfina haciendo esa estupidez del codo.

-Bien, bien – repitió Martín.

-¿Che que estabas haciendo ahí? – pregunto Aldo señalando a la barra. Martín hizo un gesto con la mano como si fuera algo menor.

-Nada, cosas del trabajo – incluso la persona más pelotuda del mundo se daría cuenta que era mejor no preguntar, pero la curiosidad le pudo.

-¿Te queres sentar? – le pregunto.

-No, no quiero interrumpirlos…

-Sentate, no pasa nada – dijo con tono despreocupado.

-Sí dale hace mucho que no te vemos – corroboro Delfina.

-Bueno dale – cedió su amigo.

Martín agarro una silla de otra mesa colocándola junto a la de Aldo, cuando la camarera hizo un amague de ir a atenderlo este solo tuvo que hacer un gesto para que se fuera. A Aldo no se le escapo lo nerviosa que estaba la chica, y como continuaba mirando en la dirección de ellos con ojos llorosos.

-¿Entonces ahora tenes trabajo? – hizo Aldo la pregunta boluda obligatoria en cada conversación.

-Si – contesto Martín sin dar más explicaciones.

-Veo que te va bien – dijo Delfina señalando el Apple watch que llevaba en su muñeca izquierda.

-Veinte lucas al mes – presumió Martín. Siempre el orgullo había sido más fuerte que él, pero revelar esa cifra como si nada… Aldo y Delfina se miraron incrédulos.

-Pero porque no te metes veinte pijas por el orto a ¿Quién mataste para conseguir tanto? – se le escapo a Aldo. Algunos que estaban sentados en mesas cercanas se volvieron mirándolos con miradas de curiosidad o desaprobación. Martín le hizo señales para que bajara la vos.

-No mate a nadie – se defendió Martín – solo hago de delivery, me pagan por entrega.

Le costaba creer que alguien trabajando para Rapipago pudiera comprarse un Apple watch.

-¿Y tenes mucho trabajo? – continuo Delfina con la conversación, Martín estaba cada vez más nervioso.

-Si, ahora que termino la cuarentena estoy hasta las manos… misss proveedores tuvieron que cerrar por la cuarentena.

-¿Donde es este trabajo? – pregunto Aldo ansioso – quiero decir donde puedo mandar mi currículo, ya sabes para tener algo que hacer.

En ese momento Martín saco un iPhone XR e hizo como si estuviera leyendo un mensaje.

-Mira me tengo que ir, pero si queres después te sigo hablando.

Publicado la semana 22. 25/05/2020
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