20
Odiseo

David

Escucho gritos afuera los cuales ignoro con un gesto de la mano como si fueran solamente un mosquito que podía espantar. Aun el aire era frío, pero los primeros rayos de sol ya empezaban entrar a través de la tela calentando levemente el ambiente. David acomodo su sabana penando que se encontraba en su casa donde se pasaría el día sentado frente un montón de barro al que tendría que darle la forma que su padre le digiera. El dolor de su espalda y su estómago vacío no fueron capaces de recordarle que todo eso quedo atrás hace varios días de marcha. Algunos de sus compañeros se levantaron nerviosos sacudiéndolo compulsivamente como si su vida dependiera de ello.

-Donde están banda de idiotas – la voz Jamsheed resonó en sus oídos provocándole dolor. Con solo escuchar su nombre sentía dolor. Se levanto desesperadamente ignorando el intenso ardor ahí donde el látigo corto su piel. Solo hace una semana sus heridas pararon de sangras por cualquier movimiento que hiciera y ni siquiera eso lo salvo de tener que marchar. Salió de la tienda corriendo hasta donde había dejado su escudo y lanza, las únicas cosas que le había dado su oficial. Además de eso tenía una espada corta de muy mala cálida con el que había tomado la costumbre de llevar siempre encima incluso mientras dormía. No poseía nada remotamente parecido a una armadura a menos que una túnica y calzones de lana contaran como tal.

Formo frente su tienda al igual que los demás, todos estaban armados del mismo modo, llevaban las mismas ropas sucias y desgarradas y tenían el mismo rostro cansado. El primer día todos estaban emocionados incluso felices, pero la moral decayó rápidamente. La comida asquerosa, los duros entrenamientos, las largas marchas bajo el sol ardiente de verano son capaces de derrotar a cualquiera. Cuando llegaron a la zona de guerra todo fue empeorando. Los enemigos habían saqueado todos los campos dejándoles apenas algo que comer. Los posos de agua que encontraban estaban envenenados, buscar agua en el rio era arriesgarse a ser emboscado.

-Formen ya inútiles o acaso tengo que azotarlos – grito Jamsheed, casi siempre gritaba. Era el único en todo el batallón que parecía limpio y que contaba con una armadura de escamas de bronce, además de yelmo. Del cinturón le colgaban una majestuosa espada y un látigo de ocho tiras de cuero con el que castigaba cualquier infracción. Según decían, Jamsheed era el oficial más estricto de todo el ejército. David tampoco sabría como compararlo con los demás puesto que era el único oficial al que realmente conocía. A los demás los había visto en un par de ocasiones y realmente no le parecieron tan diferentes.

Jamsheed inspecciono a sus tropas rápidamente frenando en un par de ocasiones para gritarle a algún soldado que buscara el equipo que le faltaba. Cuando paso en frente suyo noto que junto a su usual gesto de asco había preocupación en su cara. Entonces el miedo atravesó su pecho como una lanza. No quiero luchar ya tuve suficiente de esta mierda. Recordó los gritos de unos desertores que fueron torturados hace tres días. A David no le parecieron humanos en ningún momento ni por el sonido ni por su duración. Esa noche nadie pudo dormir bien.

-Bien, creo que ya están listos para frenar flechas ahora formen el maldito manipulo ya estamos tardando demasiado. David miro al cielo donde aún se podía ver la luna y algunas estrellas desvaneciéndose ante el implacable avance del sol. Jafet estaba a su derecha y Mesec a su izquierda, otros de sus compañeros fueron formando en el medio de sus tiendas hasta crear un rectángulo de cuarenta de largo y seis de ancho. Jamsheed se coloco en trente de ellos empuñando un escudo y una lanza, ambos parecían de mejor calidad que los suyos. Se coloco el yelmo para protegerse la cabeza mientras él solo tenía un sombrero que apenas lo protegía del sol.

El borde del campamento estaba marcado por una serie de empalizadas y trincheras poco profundas que no impresionarían a nadie. Lo que si era más impresionante era la cantidad de tropas que reunió el Gran Rey para defender su frontera occidental. Enormes elefantes traídos del este cargando con torres llenas de arqueros. Resplandecientes carros tirados por bellos caballos de mirada tan orgullosa como la de los aurigas. Millares de Inmortales, el grueso del ejército, hombres que hicieron de la guerra su hogar, todos ellos entrenados en el uso de la lanza, el arco y la espada corta, sus armaduras de bronce les protegía todo su cuerpo volviéndolos casi imposible de matar.

El resto del ejercito estaba compuesto por hombres como él y sus compañeros. Esclavos liberados, campesinos reclutados en ultimo momento, prisioneros que esperaban reducir su condena, vagabundos que querían sacar de la calle. Los más afortunados tenían escudo lanza e incluso había quien tenía arco, la mayoría solo contaba con una daga atada a una rama o palo para aumentar su alcance y un escudo roto que ya no le servía a los Inmortales.

Levantaron una enorme nube de polvo que le impido a David ver para donde iban y le dificulto la respiración. Con cada minuto el calor veraniego se hacia más intenso haciendo la experiencia aun más insoportable, sí eso era posible. Entre la nube en la que estaban apareció una granja con la puerta y ventanas abiertas con un montón de cerámica y muebles rotos afuera de esta. Sea quien fuere el que viviere ahí ya se había ido. Ahora el ejército de Nipur estaba marchando por encima de lo que quedaba de sus cosechas.

El hombre que estaba adelante suyo, un campesino llamado Marduk, perdió repentinamente el equilibrio chocando contra el que estaba delante. David trato de frenar, pero el empujo del que venía detrás le hizo continuar hasta que su pierna chocó contra algo que parecía piedra. Cayo encima de Marduk a la vez que este caía encima del que estaba adelante, a la vez que el hombre detrás de David caía encima de este. Algunos de los que se encontraban a los lados también terminaron cayéndose en la confusión mientras que otros lograron frenar manteniendo el equilibrio por muy poco.

-¿Que mierda esta pasando? – grito Jamsheed acercándose a zancadas al escuchar el escándalo. Con solo ver al montón de soldados caídos y el muro de piedra medio desmoronado de un metro – levántense par de idiotas acaso no son capases de levantar un poco las piernas.

Para acentuar sus palabras saco su látigo preparándose para golpear a quien estuviera más cerca. El ardor en la espalda de David fue todo lo que necesito para levantarse volviendo a la formación tan rápido como se había caído.

-Estoy herido – dijo Marduk manteniendo una mano debajo de su axila. Su túnica estaba tomando un tono rojizo oscuro en esa zona, una lanza con la punta ensangrentada descansaba al lado. David comprobó rápidamente que no se trataba de la suya para poder calmar su conciencia. Jamsheed se acercó, aun con el látigo en la mano, soltando varias maldiciones. Se agacho junto al herido revisándolo rápidamente, daba la impresión que estaba conteniendo un mar de ira.

-Vuelve al campamento y que te revise un médico, pero te lo advierto si no mueres desangrado o por alguna infección yo mismo te azotare por ser tan idiota como para herirte de esa forma – Marduk palideció volviéndose casi tan blanco como el papiro, sus ojos se encontraron con los de David. No había que ser muy inteligente para darse cuenta de que estaba recordando el castigo que sufrió David, como grito de dolor, su espalda reducida a varias líneas rojas con tiras de piel colgando. Las lagrimas que le corrían por la cara cuando empezó a suplicar perdón. Se le ocurrió decir algo para defender a su compañero o asumir la culpa del incidente, pero no pudo hacerlo. Volvió la vista al frente y continúo avanzando cuando dieron la orden sin mirar atrás.

Jamsheed dio orden de desplegarse sacrificando la profundidad de su formación para ganar anchura. En el desorden de ese proceso David se encontró en la tercera fila, aunque no sabía si se encontraba en el flanco de su unidad o si por accidente se había unido a la formación de al lado. Mesec continuaba estando a su izquierda, pero entre él y Jafet ahora había un chico que nunca antes había visto. Era más joven que él, aun conservaba una cara redonda y absurdamente infantil. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar y en sus pies se formó un pequeño choro.

David se dio cuenta de que él mismo estaba a punto de mearse encima además de vomitar el escaso desayuno que tuvo. Se aguanto las ganas, el hecho de tener a alguien más joven al lado lo ayudo un poco. Sentía que era su deber ser valiente, ser el hombre en esa situación. Pero que estupideces estoy pensando nunca fui capas de mirarle a los ojos a mi propio padre y ahora pretendo ser un héroe.

Se sentía ridículo, pensando que podía ser valiente y mucho menos convertirse en una leyenda cosa reservada a los reyes. Es un poder de reyes recordó las palabras de su madre cuando le entrego las Bendiciones de la casi extinta casa de Nahor. Bendiciones que fueron mantenidas ocultas en la línea femenina por varias generaciones mientras vivían en la esclavitud y el exilio. Era capas de sentir el enorme poder en su interior, eso también lo ayudaba a mantener la calma a pesar de lo único que había hecho con ella era crear muñecos de barro y hacer que se muevan.

Entre los hombros de sus compañeros pudo ver un largo muro de hombres que se extendía a ambos lados. El sol se reflejaba directamente en las piezas de metal que estos llevaban. Los elefantes fueron enviados directamente contra el enemigo que ya había enviado a sus carros. Los carros de los kemetios parecían danzar por toda la tierra de nadie. Más ligeros que los carros de los nipures y con solo dos hombres encima en vez de tres. Los kemetios rodearon a los elefantes como un enjambre de moscas disparándoles cientos de flechas. Un destello de luz salió de uno de los mahout golpeando al auriga de uno de los carros poco después un trueno se impuso sobre cualquier otro sonido en el campo. David no supo que le paso, pero el carro pareció perder el control revolcando cuando los caballos trataron de esquivar otro muro de piedras que delimitaba el territorio. De uno de los carros salió una llamarada como respuesta asustando a la mayoría de los elefantes quienes volvieron corriendo contra el centro de la formación de los propios nipures. El único elefante que mantuvo el control fue del que había salido el destello de luz. Los carros de los nipures salieron en persecución de los carros kemetios sin poder alcanzarlos. El líder de los kemetios continúo lanzando llamaradas contra el elefante que apenas se inmutaba. Este es el poder de las Bendiciones.

David estaba maravillado a la vez que asustado por tal despliegue de poder de ambos contendientes. El mahout usaba su magia para controlar a la bestia evitando que enloqueciera a la vez que lo protegía de la mayor cantidad de daño posible. El kemetio en cambio le lanzaba toda clase de ataques, fuego, rayos, rocas capaces de aplastar a un hombre. A pesar de su miedo David se preguntó si algún día seria capas de hacer todo eso.

-Prepárense – grito alguien, seguramente un oficial, pero no reconoció su voz. En lado de la batalla que le correspondía la línea de infantería de los kemetios había avanzado mucho más de lo que hubiera pensado. Se trataba de un grueso bloque de escudos redondos de bronce del que sobresalían puntas de lanzas del mismo metal y mascaras inexpresivas de ojos hundidos y largas cimeras de diferentes colores. En los escudos aparecían pintadas diferentes imágenes algunos correspondientes a animales que nunca había visto en otros aparecían caballos, leones, lobos osos. También en ellas aparecían diferentes monstruos uno más aterrador que el anterior.

David recordó su propia mortalidad, recordó que no era un héroe, solo era un muchacho que quería hundir su cabeza en barro para hacer ánforas. Tengo que irme, si el Gran Rey quiere quedarse con este país que venga él a luchar. Trato de retroceder siendo frenado por el escudo del que tenía atrás. No volvió la vista. No quería que viera el miedo en sus ojos, aunque para esas alturas ya todos los que lo rodeaban deberían haber sido capaces de olerlo. Él mismo era capas de sentir como el miedo le salía por atrás manchando su ropa.

No hubo ningún choque, ninguna carga heroica. Los hombres de bronce frenaron a medio metro de su muro de escudos y de esa forma iniciaron la carnicería. Lanzaron estocadas con sus largas lanzas hambrientas de sangre. David recordó su entrenamiento lanzando estocas con su propia lanza en la dirección general del enemigo. La mayoría de las veces parecía que estaba luchando contra el aire pues no le golpeaba a nada. Lo único que le indicaba que había una batalla eran los gritos de todo tipo que venían de todas las direcciones. El polvo se levanto a su alrededor volviendo imposible ver cualquier cosa a tres metros de distancia. Pero era capas de verlo a él. El hombre de bronce con una cimera verde en el yelmo y la imagen de una mujer con cabellos de serpiente en el escudo. Parecía una figura fantasmal salida de la nube que cubría todo. Una jabalina atravesó el aire clavándose en el muchacho de su derecha. La sangre que salía de su cara agujereada salpico a todos los que lo rodeaban incluyéndolo a él. Tengo que irme solo quiero volver con madre.

Se dio cuenta de que estaban retrocediendo un paso a la vez y de manera constante. David le suplico a Dios de que al menos estuvieran dejando un rastro de cadáveres de esos hombres de bronce. Esperaba que sus compañeros fueran capases de ganar la batalla sin su ayuda de la misma forma que esperaba que sus golpes al aire les dieran una ventaja contra el enemigo.

Frenaron, por un momento pararon de retroceder todos a la vez como si fueran una sola persona. David miro a donde estaba el guerrero con el escudo de serpientes. Ahora este era el que retrocedía cediéndoles en pocos segundos el terreno que tardaron minutos en ganar. Por primera vez desde que despertó pudo decir que era feliz y estaba emocionado. Estamos ganando. Miro al cielo con lagrimas en los ojos agradeciéndole a Dios. Cuando bajo la mirada puso su cara más seria e intimidante como hacia durante las practicas. Sus compañeros cargaron, él los siguió.

-No avancen idiotas – grito un oficial, esta vez pudo distinguir la voz de Jamsheed. David no entendió a que se refería hasta que su compañero de adelante perdió el equilibrio y se fue hacia delante. Esta vez fue capas de frenarse de hacerlo el mismo y pudo a su vez frenar al que venía detrás. El que estaba adelante suyo se había tropezado con el cuerpo de uno de los suyos, ahora él también era un cadáver con una lanza atravesándole los omoplatos. Ahora no había nadie entre David y los guerreros de bronce.

El guerrero con el escudo de serpientes recupero su arma del cadáver usando su hoja ensangrentada para apuntarle. Los guerreros de bronce volvieron a avanzar, ellos volvieron a retroceder. Solo que esta vez David lo intentaba hacer lo más rápido posible a la vez que se escondía detrás de su escudo. Intento atacar con su lanza, sus golpes tan indecisos como siempre cruzando el aire sin encontrar un destino o rebotando contra un pedazo de armadura. Los ataques de su oponente eran precisos, decididos, con la fuerza justa para lograr su propósito sin gastar energía de más. A veces el guerrero de las serpientes se distraía para bloquear un ataque de solo Dios sabe donde o para ayudar a sus compañeros con sus respectivos oponentes.

David continúo escondido detrás de su escudo moviendo su lanza de manera patética. Un fuerte empujón de atrás lo obligo a frenar y mantener su terreno contra la línea de guerreros. Se preparo para recibir el golpe de gracia de su oponente. Sus músculos se contrajeron esperando ser rozados por el frio metal, la mano que sostenía el escudo estaba cansada y temblando. Volvió a rezar. Dios acaso lo único que se hacer es rezar. Si no puedo luchar como un hombre debería al menos morir como tal. No. No quiero morir, pero que esto termine rápido.

Ningún golpe llego. Cuando se dio cuenta bajo su escudo para ver qué pasaba, de todas formas, su brazo estaba muy cansado para seguir sosteniéndolo. La línea de guerreros de bronce había vuelto a retroceder, pero esta vez nadie los persiguió ni ellos los invitaban a venir a luchar. Estaban cansados, era obvio por la respiración entre corta y los brazos caídos. Varias botas, probablemente llena de vino, iban de un guerrero a otro refrescando sus gargantas. El sol ahora estaba justo encima de sus cabezas. El calor por si solo ya era sofocante David no quería ni imaginarse lo que debía ser estando dentro de esas armaduras.

Mesec le paso una bota, David le agradeció con un gesto pues era incapaz de decir ninguna palabra y se llevo el contenido a su boca. Era solamente agua, pero dentro de su garganta seca y dañada fue como tomar néctar divino. Por un momento le pareció que era imposible que hubiera algo más delicioso en ese mundo. Alguien le saco la bota de un manotazo casi golpeándolo en la cara.

-No te tomes todo idiota – dijo un soldado casi anciano a su derecha. Tardo unos segundos en recordar que el chico había muerto y que ahora su sangre estaba en sima de su túnica. Sintió un vacío en su pecho, como si hubiera hecho algo mal como si fuera su responsabilidad. No fue tu culpa idiota. Ni siquiera lo conocías solo céntrate a salir de este infierno con tu propia vida.

Repetírselo no servía de nada para aliviar su conciencia menos cuando podía sentir el poder de las Bendiciones en su interior. Un trueno lejano interrumpió la incomoda tranquilidad que había en esa parte de la batalla. Los guerreros de bronce, como si el trueno fuera una orden, respondieron bajando sus lanzas. Su grito de guerra resonó en esos campos, era algo como “ALALALA” ¿De dónde salieron estos locos? Sus lanzas volvieron a danzar por el aire golpeando todo lo que tenían en frente solo que esta vez su avance fue más osado, sin ninguna pausa. David soltó su lanza y usando sus dos brazos para mantener arriba su escudo frenando cada golpe. Retrocedía lo más rápido que podía constantemente chocando contra el que estaba atrás hasta que en un momento no sintió nada.

Al volver la mirada no encontró nada. Tras su espalda había un campo pisoteado con cientos o miles de hombres corriendo en la dirección contraria al enemigo. Unos cuantos carros, que David no tardo en reconocer como carros kemitos paseaban entre los desertores disparando a sus espaldas desprotegidas. Por puro instinto soltó su escudo siguiendo sus compañeros en su desesperada huida. Al mirar atrás se encontró a los guerreros de bronce quietos con sus escudos manchados de sangre esperando cualquier posible contrataque.

Una flecha le rozo la mejilla antes de ir a parar sobre un arbusto que milagrosamente había sobrevivido. David se llevo la mano a la cara notando como la sangre salía por la pequeña herida. Lo más extraño de eso es que no sentía dolor, era como si no le hubiera pasado nada. Inspecciono su cuerpo rápidamente notando varios cortes en su brazo derecho. Otra flecha cayo más cerca de lo que le hubiera gustado devolviéndole a la realidad. Salto sobre el muro en el que esa misma mañana se había tropezado escondiéndose tras él. Una sombra le siguió de atrás pasando de largo de donde estaba yendo directamente contra el campamento. Si era alguien que conocía David no pudo reconocerlo antes de que le atravesara una flecha en el muslo, seguida por otra en el omoplato y una tercera en la ingle.

Aun podía escuchar los quejidos del moribundo cuando un carro le paso por arriba, no podría estar seguro si lo que lo mato fueron los caballos o las ruedas del carro. Piensa en algún hechizo idiota tu madre te dio las malditas Bendiciones para salir de este lugar con vida. Úsalas para algo útil maldita sea. Busco el poder en su interior encontrando las doce fuentes de energía que se escondían en él. Cada una era tan enorme que podría llenar un océano con solo una de ellas y a un le sobraría poder. El problema venia a la hora de usarlas, solo podía liberar ese poder en pequeñas cantidades e incluso usar esa cantidad reducida de poder le suponía todo un desafío. Fue directamente con la Bendición de Tierra, que era con la que estaba más familiarizado. Estuvo un rato pensando en que podía hacer con ella

-Escondite – fue lo primero que se le vino a la cabeza. La tierra de su alrededor se agito primero con movimientos lentos después tomando forma a mediada que subían creando un muro de tierra que lo rodeo hasta taparle el cielo. Lo que siguió fue oscuridad y silencio mientras David permanecía agazapado en su pequeño escondite. No tenía espacio para moverse y el aire era muy pesado. De afuera le llegaban los ruidos de la matanza amortiguados por su muro de tierra.

Publicado la semana 20. 15/05/2020
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