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Odiseo

El Ciervo Blanco

En una época ya olvidada estas tierras eran habitadas por una tribu que ni los más viejos pueden acordarse de su nombre. Esta tribu vivía de lo que recolectaban de la tierra y lo que pescaban en los ríos, pero para ellos no había nada más sagrado que la caza.

Ellos se pasaban la vida siguiendo las manadas hasta que estas se reducían a nada y entonces empezaban con la siguiente. No había animal que estuviera a salvo de ellos ni siquiera los grandes pumas que eran temidos y respetados por las otras tribus.

Entre estos grandes cazadores no había nadie más grande que Wayna que con las pieles de sus presas hizo ropa y carpas para todos en la tribu y junto tanta carne que pudieron celebrar festines en los tiempos de escases. Su talento lo volvió temerario e impulsivo y se dejó de conformar con las carnes y pieles de siempre y empezó a aventurar más y más en los esteros y en las selvas

Finalmente, un día llego al corazón de una selva desesperado por encontrar un nuevo animal para poder cazar. Se quedó ahí dos días y dos noches buscando una nueva presa, pero al no encontrar nada decidió volver avergonzado por su fracaso.

Cuando estaba volviendo decidió parar en el lecho de un rio para tomar un poco de agua y pescar algo. Se refresco y dejo que el rio se llevara su vergüenza y cuando levanto la cabeza ahí estaba.

Un ciervo más blanco que la nieve, con cuernos dorados y brillantes como el oro fundido y con dos ojos negros que brillaban como diamantes. El animal que tanto estaba buscando estaba parado tomando el agua del rio con una elegancia nunca antes vista.

Con cuidado agarro su arco y sus flechas, pero al poner la primera en la cuerda el ciervo levanto la cabeza y salió corriendo. Persiguió al ciervo por toda la selva mientras este lo esquivaba con una belleza indescriptible.

Ya era de noche cuando la primera flecha dio en el blanco y atrás de la primera llego una docena más. Cuando Wayna llego al lugar donde lo esperaba su víctima moribunda no pudo evitar saltar de felicidad mientras el ciervo una vez blanco se volvía rojo y la luz de sus ojos se apagaba.

Llevo a su presa a donde estaba su tribu para celebrar con ellos su victoria, pero antes paro en el rio para limpiar la sangre del pelaje, aunque no logro dejarlo de su color original y le quedo rosa.

Con la piel del animal se hizo una capa nueva, con sus cuernos adorno su carpa y la carne la compartió con toda su tribu que les pareció igual que la carne de un ciervo normal, pero para él fue la carne más dulce que probo en su vida.

Esa noche Wayna durmió en su carpa con una sonrisa que iba de oreja a oreja. Pero al despertar se encontraba afuera en la selva acostado en el pasto. Asustado, se paró de un salto y una vez que estuvo en pie casi se vuelve a caer y tubo que mantenerse en pie con gran dificultad. Era como si sus brazos hubieran desaparecido y en vez de ellos tuviera dos patas de más.

Con gran esfuerzo logro mantener el equilibrio y poco después logro caminar. A medida que recordaba o aprendía a manejar su cuerpo se fue dirigiendo al rio.

Una vez ahí miro su reflejo, pero no encontró su cara encontró la cara de un ciervo con el pelo más blanco que la nieve, cuernos dorados como el oro fundido y dos ojos negros que brillaban como diamantes.

Se quedó paralizado mirándose durante horas y horas hasta que escucho un ruido extraño que reconoció al instante, una flecha posándose sobre una cuerda. Al levantar la vista vio a un cazador alto y fuerte con un arco y una flecha en cada mano y el miedo se apodero de él y salió corriendo.

El cazador lo persiguió por toda la selva durante horas. Todas las flechas le pasaban por los costados, sobre la cabeza o lograba esquivarlas a último momento. Hasta que llego una flecha que no pudo esquivar y le dio en el lomo provocándole un dolor inimaginable. Trato de levantarse y seguir corriendo, pero a esa flecha la siguió otra y otra y otra. Finalmente, el cazador llego al lugar y al ver a su víctima moribunda empezó a saltar de alegría mientras el poco a poco cerraba sus ojos.

Al abrirlos se encontraba en su carpa, echa con las pieles de mil animales, sudando y agitado. Cuando salió de la carpa todavía era de noche y solo quedaban los huesos blancos de su última víctima. Antes se hubiera alegrado de verlos, pero ahora no soportaba la mirada de los cuencos vacíos donde antes estaban los ojos más hermosos del mundo.

Estremecido por el dolor que le causo su sueño prendió fuego su carpa, su arco y sus flechas, y salió corriendo para que nunca más lo vieran.

Publicado la semana 19. 08/05/2020
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