17
Odiseo

Los Huérfanos

Encendió otro cigarrillo saboreando el amargo humo antes de soltarlo en una nube gris. La estela subió hasta perderse en el cielo con sus innumerables estrellas que iluminaban el campo con innumerables cadáveres. Llevaban dos días descomponiéndose a cielo abierto como demandaba los que practicaban el culto al dios Iagual, rey de los cielos. También había unos cuantos sepulcros hechos para aquellos que preferían el culto de Loclaba, señor de la tierra. Santiago se preguntó si esos sepulcros, que no eran más que un montón de piedras acumuladas alrededor de los cuerpos, serian de verdad del agrado del dios. Loclaba era fanático de la arquitectura y se decía que mandaba terremotos para poner aprueba las obras de sus arquitectos. Si el edificio se derrumbaba entonces todos los que participaron en su construcción serian castigados personalmente por el dios.

El cigarrillo estaba a punto de terminarse cuando se dio cuenta todo el tiempo que había perdido reflexionando sobre cosas que no le concernían. Tiro la colilla apagándola con su bota. Al levantarse varios de los animales que tuvieron la osadía de acercarse huyeron para ocuparse de otros cuerpos lejos de él. Los únicos que no se retiraron fueron los insectos y su dorgo. Los primeros hacían su estadía insufrible siempre zumbando alrededor suyo tratando de alimentarse de su sangre. Se mantenía cubierto con botas altas, bombacha de campo, camisa, chaleco, guantes de tela, un pañuelo que le cubría toda la excepto los ojos y sombrero, aunque todo le resultaba innecesario. Para los mosquitos no servían pues siempre encontraban un lugar donde morder, para el frio no necesitaba ropa de abrigo solo necesitaba calentar su sangre y no había necesidad de cubrir su cara o sus tatuajes porque no debería haber nadie a un día a caballo de ese lugar. Ni él sabia para que se molestaba en ponerse tanta ropa. A lo mejor era para limitar los lugares donde los mosquitos pudieran molestarlo, tal vez era que el habito de la precaución ya formaba parte de él irremediablemente.

-Que Iagual te juzgue correctamente y te de la oportunidad de entrar en su reino – dijo a un cuerpo que le faltaban ojos, lengua, cachete y cullos intestinos le salían como un montón de serpientes negras. Ese hombre no conseguiría entrar al reino de los cielos, tendría que rencarnar al igual que todos los demás. Mancho una pluma con la sangre del cuerpo antes de liberarla al viento permitiendo que su alma se fuera para ser juzgada. Su dorgo y los animales carroñeros lo ayudaban en este trabajo comiendo los cuerpos de los soldados. Cuando era chico le enseñaron que para liberar el alma del solo podía hacerse de tres maneras. La primera era dejando que la naturaleza consumiera los cuerpos del muerto hasta que no quedaran ni los huesos un proceso que podía tardar décadas, siglos, incluso milenios si tenía que dar crédito a lo que decían algunos científicos locos. La segunda era quemando el cuerpo eliminando la carne, después había que romper los huesos que quedaran y finalmente liberar los restos al viento, generalmente en una montaña o colina para asegurarse que los restos se dispersen. El tercer método era el más simple, se necesitaba que uno de los sacerdotes de Iagual, conocidos como Nómades del Cielo, le diera su bendición al muerto cubriendo una pluma con su sangre antes de liberarla.

Paso a otro cuerpo, gracias a los cóndores y otras aves que buscaban comida, tenía plumas de sobras. El siguiente cuerpo estaba entero excepto por algunas partes de la cara y tres dedos de la mano. La carne había tomado un color verdoso, estaba lleno de mosquitos y larvas, pero la dignidad de su uniforme blanco aun imponía respeto. Sus hombreras tenían tres estrellas de plata y una de oro indicando su rango de capitán. No llevaba nada de metal real encima sus propios compañeros lo despojaron de eso para enviárselos a su familia dejándole solamente un montón de madera pintada. El siguiente cuerpo no tuvo mucha suerte, su uniforme había tomado un tono rojo oscuro, revisándolo Santiago vio que tenia una docena de apuñaladas por todo el pecho. Ese soldado debió morir cuando las milicias acorralaron al autoproclamado Ejercito Libertador junto al rio Sable. Los gauchos, peones y cualquier persona del interior tenia algo contra el ejercito blanco por lo que no era sorprendente que se desquitaran de esa forma cuando tenían la oportunidad. Curiosamente eso fue su perdición.

Santiago lo vio todo desde la distancia mientras comía choclo con manteca que había sacado de un campo abandonado. La caballería de Sagrada Tierra logro romper, al menos en apariencia, el flanco del ejercito blanco. Estos últimos se retiraron hasta los márgenes del río donde ya habían cavado trinchera de antemano. Las milicias de Sagrada Tierra e Inter Flumina, que eran superiores en número, presionaron sin darse cuenta que la mitad de su ejército se dispersó para entretenerse con los cuerpos de los muertos ya fuera para saquearlo o mutilarlos. La trinchera se mantuvo firme dándole tiempo a varios regimientos de dorgos para que rodearan a su vez al enemigo. Lo que siguió fue una masacra que podría haberse evitado si las milicias se hubieran retirado a tiempo o de haber organizado una buena defensa en la retaguardia.

Siguió con otro cuerpo, después con el que seguía y otra más después de ese antes de continuar. Prefería hacer ese trabajo de noche cuando estaba más fresco alivianando el olor de los cuerpos en descomposición. Su mayor problema eran los pumas, pero su dorgo los mantenía alejados con su sola presencia. No le sorprendía que le tuvieran miedo, él mismo le temía a pesar de que nunca le había dado razones para desconfiar. Los dorgos eran animales sumamente inteligentes, algo más pequeños que los caballos. Casi todo su cuerpo estaba cubierto en plumas dándole la apariencia de gallinas gigantes, si las gallinas tuvieran colmillos en vez de picos, y sus alas y patas terminaran en garras del tamaño de navajas.

Estaba bendiciendo a un gaucho cuando su dorgo se adelanto mostrando sus dientes a la oscuridad que se extendía al noroeste. Santi levanto la mirada desenfundando su revolver tirando el gatillo hacia atrás. La primera de sus cinco balas se coloco en el cañón lista para atravesar lo que tuviera en frente. Desvió parte de su sangre a sus ojos permitiéndole expandir sus pupilas para poder ver mejor en la oscuridad. La cantidad de sangre que perdía haciendo eso era mínima comparado con otras de las habilidades que le otorgaba a su poder, aun así, todo desperdicio de sangre podía ser letal si se prolongaba.

Tan proto comprobó que los dos intrusos eran apenas dos niños de apenas quince y doce años corto el flujo de sangre extra. La noche se volvió repentinamente más oscuro y fría que hace unos instantes. Él apenas se había dado cuenta del cambio que había tenido en esos escasos segundos. Guardo su arma, no sin antes asegurarse de que no hubiera ninguna bala en el cañón.

-Iberia retrocede – le ordeno a su dorgo. La mitad del país lo llamaría traidor sin dudarlo solamente por ponerle ese nombre al animal – Che pendejos adelántense un poco que no los veo bien.

Era una noche sin luna y las estrellas apenas iluminaban lo suficiente para que viera lo que hay a cinco metros a su alrededor más allá de eso todo se volvía más oscuro hasta convertirse en sombras. De esa oscuridad es de donde salieron los dos chicos primero con forma de fantasmas después tomando poco a poco forma y color. La mayor era una chica vestida con una camisa que se había vuelto marrón, pollera verde que le llegaba hasta los tobillos, alpargatas, un pañuelo verde al cuello y poncho. El chico vestía de manera similar solamente que en vez de pollera llevaba pantalones, obviamente, además de que tenía una boina roja en la cabeza. Ambos eran de piel morena, con el pelo negro y pajoso, la chica lo llevaba atado en dos trenzas que le llegaban hasta los hombros mientras que el chico lo tenía corto y despeinado. A Santiago le pareció que el chico estaba un poco gordo, pero estaba seguro que cuando pegara el estirón eso se resolvería además de que pasaría a la chica que le llevaba una cabeza. Supuso que eran dos hermanos probablemente huérfanos que venían a rapiñar algo para subsistir.

-Si están buscando dinero no encontraran nada – les dijo – los soldados se llevaron todo lo de valor y toda la comida que dejaron esta podrida.

-No buscamos dinero estamos buscando a nuestro papa – dijo la chica con un tono osado. Santiago no pudo evitar recordar que hace veinte años logro hacer que incluso un rey le hablara con respeto.

-Váyanse lo único que lograran será agarrar la peste – apenas lo dijo volvió a su trabajo ignorando a los niños. Estos tardaron un rato en responder, pero la chica se atrevió a hablar cosa que no le sorprendió.

-¿Eres un Nómade del Cielo? – Santiago termino de darle la bendición a un hombre antes de responder.

-Se podría decir que lo era – respondió continuando con el próximo que no era más que un muchacho de quince años. La chica se sobresaltó al ver el cuerpo, se preguntó si era porque ella lo conocía o porque ver alguien de su misma edad muerto en ese lugar la sobresaltaba. No le pregunto ya se había metido en demasiados problemas ajenos.

-¿Entonces por qué bendices los cuerpos? – pregunto el chico pudiéndole más la curiosidad que el miedo.

-No tengo nada mejor que hacer – dijo soltando otra pluma cubierta de sangre. Se pregunto, no por primera vez, si de verdad estaba ayudando esas almas o solamente estaba empeorando su situación. Continuo con su trabajo.

-Entonces nos puedes ayudar a cremar el cuerpo de nuestro padre – le ordeno la chica. Le pareció gracioso que alguien que no tenía ni la mitad de su altura o de su edad se atreviera a tanto, pero, para la desgracia de ella, él aún conservaba su orgullo.

-Por qué no se van a juntar flores, a jugar al gallito ciego o algo por el estilo en vez de molestarme.

-Dijiste que no tenías nada mejor que hacer – replico la chica.

-Si – reconoció – pero encuentro más divertido dispararles a pendejos molestos como ustedes que estar buscando madera para prender fuego a un hombre que nunca encontraran.

Los dos chicos retrocedieron un paso ante la amenaza, el dorgo levanto la mirada de un cuerpo para fijar sus ojos de serpiente en los dos jóvenes. Santiago se sonrió a sí mismo. Se levanto estirando un poco haciendo sonar sus huesos. Pensó que ya había estado demasiado tiempo en ese lugar además él era demasiado piadoso para su propio gusto.

-Súbanse al dorgo los llevare hasta su casa – les dijo a los chicos.

-No hasta que crememos a nuestro padre – repuso la chica.

-Dudo mucho que logren encontrarlo y reconocerlo – les dijo – súbanse de una puta vez al dorgo y dejen de quejarse, dudo mucho que tengan otra oportunidad de subirse a uno de ellos.

Los chicos al principio dudaron, pero después de hablarlo un instante entre ellos ambos se subieron sin ganas al animal. Santiago entendía hasta cierto punto su frustración seguramente tardaron días en juntar suficiente valor para ir a ese lugar solo para que les digieran que ya era tarde para. Siempre que se trata de la muerte es tarde reflexiono nunca llegamos a tiempo para despedirnos.

Publicado la semana 17. 23/04/2020
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