16
Odiseo

Ragnar

-¡Mi rey, mi rey!- gritaba el pobre soldado mientras entraba al salón cubierto por el polvo del camino.

 El gran recinto de madera estaba lleno con los miembros de la corte del monarca, sus soldados, yo entre ellos, y algunos campesinos.

 -Ahora qué sucede, ¡por el amor a Dios! – rugió entonces Aella.

 -Ragnar, mi señor… Ragnar Lodbrok está asediando Bebbanburg con cuatrocientos hombres.

En ese instante, el miedo se apoderó de todos y se hizo un silencio de muerte, como si nos hubieran cortado la lengua. No era del todo sorprendente que esa basura vikinga nos atacara. Su pueblo ya llevaba un siglo haciéndolo, pero Ragnar era diferente al resto. Era más osado, cruel y astuto y había llegado a obligar al emperador franco a pagarle tributo.

Por supuesto podíamos reunir el doble de hombres que él, pero mientras lo hacíamos podría saquear la fortaleza e irse hacia otra parte. Además, la mayor parte de nuestro ejército se componía de miserables campesinos que huían a la primera oportunidad.

 Aun así, Aella envió mensajeros a todos los nobles que se encontraban entre York y Bebbanburg para que se unieran a nosotros a medida que avanzáramos.

Al día siguiente, partimos con cuarenta hombres de los cuales sólo diez vestían armaduras completamente hechas de hierro. El resto teníamos que contentarnos con protecciones de cuero, el escudo y el yelmo. Todos llevábamos lanzas y, además, cada hombre llevaba un hacha, una espada o en el peor de los casos una daga. Eso dependía de la riqueza y el gusto de cada uno. En la retaguardia teníamos carros con provisiones, vendas para los heridos, escudos y lanzas de repuesto. También había arcos y flechas, pero esa mañana solamente tres hombres sabían cómo usarlos.

El ejército no tardó en crecer. Para cuando terminó la primera jornada éramos noventa y dos y, para el final de la segunda, ciento noventa. Además de esa primera hueste el hermano del rey, Egtber, venía en la retaguardia formando una segunda fuerza. Esa tropa, inevitablemente, estaría formada por campesinos ya que los guerreros de verdad venían con nosotros, sin embargo, iba a ser más numerosa.

Llegamos a nuestro destino con unos cuatrocientos treinta o cuatrocientos cincuenta hombres. Estaba amaneciendo ya que marchamos durante la noche esperando tomar a los vikingos por sorpresa. A pesar de haber forzado nuestra marcha todo lo que pudimos, era tarde para Bebbanburg a la que ya habían saqueado.

Para suerte nuestra, el saqueo se había llevado a cabo el día anterior por lo que nuestros enemigos seguían ahí, probablemente borrachos todavía. Aella, tras sacar unas cuentas rápidas me mandó con ochenta hombres a quemar los barcos enemigos.

Eran unas veintiocho naves, el orgullo de esos salvajes, y darían la vida por ellas. Aun así, nuestro rey envió al resto del ejército a atacar la ciudad antes de que pudieran hacer algo. Debieron haber recuperado la sobriedad en ese mismo momento porque repelieron fácilmente el ataque, pero no ha tiempo para salvar sus barcos.

Debían quedar unos doscientos hombres dentro de Bebbanburg pero nosotros también sufrimos muchas bajas y para el final de la batalla habíamos sido reducidos a trescientos veinte. Aella decidió establecer un reducto en la frontera norte para evitar que huyeran a tierras de los pictos. Al día siguiente tomamos las posiciones que los vikingos habían usado para el asedio y las mejoramos.

La fortaleza que debíamos recuperar constaba de un edificio principal rodeado de una doble muralla. La primera era de madera con una torre en cada esquina y una puerta -también de madera- que estaba completamente destruida por el anterior asedio. La segunda, era una estructura circular de piedra, más baja que la anterior, pero gracias a la colina sobre la que se había construido resultaba mucho más difícil de acceder. En la segunda línea de defensa no había puertas que impidieran el paso, pero su único acceso era tan empinado que sólo subirla dejaba exhausto a cualquier hombre o bestia.

Los días siguientes nos dedicamos a construir escaleras y atacar a nuestros enemigos tirándoles flechas y formando en posición de combate para provocarlos, pero nada funcionó.

No pudimos hacer mucho con los hombres que teníamos hasta que Egtber llego aumentando nuestro número hasta los ochocientos soldados. Entonces empezó la verdadera matanza.

Los primeros en ser enviados al frente fueron los campesinos y los treinta arqueros que teníamos. Aella quería reservarnos para un empuje decisivo. De todas maneras, formamos tan cerca que pude ver casi todo.

Los vikingos habían volcado un carro en la entrada para entorpecer nuestro avance y en las murallas se apostaron hombres con hachas dispuestos a romper el cráneo de quien se atreviera a subir por ahí. Los aldeanos sólo lograron atravesarlos cuando supieron aprovechar el mayor alcance de sus lanzas. Entonces, Aella me ordenó ir con veinte hombres a tomar la muralla.

Cuando llegué a la cima, casi resbalo al pisar uno de los tantos cuerpos que quedaron allí tendidos. Aun así, pude contemplar que los campesinos, a pesar de sus bajas, habían podido tomar muchas secciones de la muralla e incluso tomaron la torre que daba al noreste. Entonces descendí con mi compañía y nos dispusimos a atravesar todo el ejército enemigo para llegar al edificio principal. Pero nos repelieron y tuvimos que reagruparnos al pie de la colina. Después de rechazar otro ataque enemigo mandé a los hombres que me quedaban a tomar la puerta. Esta vez tuve más éxito y toda la hueste de Northumbria penetró en la fortaleza masacrando a los bárbaros.

Los pocos vikingos que sobrevivieron se replegaron en la segunda muralla. En esta ocasión, Egtber dirigió el ataque con ochenta de sus mejores hombres. El asalto acabo en desastre cuando un vikingo logro asesinar al príncipe.

Los bárbaros cortaron su cabeza y la pusieron en una pica entonces, Aella montó en cólera y cargó. Detrás de él, todos los guerreros de Northumbria corrimos, heridos en el orgullo y desesperados, a proteger a nuestro rey.

Esta vez, nadie se replegó. Nuestros oponentes mantuvieron la posición desesperados por vivir y nosotros seguimos avanzando hambrientos de venganza. La matanza se extendió durante una hora más y hubiera seguido hasta la completa aniquilación de uno de los dos ejércitos de no ser por un grito.

-¡Detengan ya esta locura!- la voz se impuso sobre todas los demás y nos dejó inmóviles. Entonces los bárbaros abrieron un espacio dejando pasar a Ragnar.

-Me rindo, Aella, pero deja vivir a mis hombres.

El rey se limitó a asentir con la cabeza. Al día siguiente partimos con veinte prisioneros. Al resto se le permitió retirarse a las tierras de los pictos.

Llevamos al líder vikingo atado al caballo de Aella, mostrándolo y anunciando su derrota en cada pueblo hasta llegar a York. Allí celebramos como si acabáramos de derrotar al mismísimo diablo.

Ya en la corte, se discutió qué hacer con Ragnar ya que muchos temían la inevitable venganza de sus hijos si lo matábamos. El debate duró horas, hasta que llegó la sentencia.

-Mándenlo al pozo y que Dios decida su destino.

Muchos se opusieron, pero cuando vi los ojos de mi rey entendí ya había tomado una decisión. Una decisión… la decisión que destruiría Northumbría y haría surgir a Inglaterra.

Publicado la semana 16. 17/04/2020
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