15
Odiseo

Saqueo de Tintagel

Una sola vela iluminaba su habitación, la sentía enorme y vacía al igual que el resto del castillo. Su madre estaba sentada al pie de su cama leyéndole un cuento. Era uno de los libros favoritos de su madre, lleno de relatos de caballeros heroicos, exploradores intrépidos y hazañas imposibles. A su hermana también le fascinaban esas historias, al menos hasta donde se acordaba hace años que ella había partido lejos, al norte, para casarse. Pero a ella nunca le llamaron la atención siempre prefirió la botánica. Era un gusto estúpido, y lo sabía, para que una dama tendría que saber de plantas. A menudo trato de dejarlo de lado solo para encontrarse al día siguiente leyendo un tratado más pesado que un ladrillo sobre los diferentes tipos de hongos que había en el mundo.

Pero eso no era lo que ocupaba su mente en ese momento. Hace dos días que venía teniendo pesadillas que no la dejaban descansar en paz y que no se iban durante el día. En su sueño había un dragón de escamas y fuego negro luchando contra un jabalí. Ambos lucharon durante horas hasta que dragón dio una última llamarada matando al jabalí antes de decapitarlo y exhibir su cabeza por todo el cielo. Después las escamas del dragón empezaron a caer una a una dejando en su lugar mechones de pelo castaño. Las garras fueron remplazadas por pesuñas, el hocico del dragón se aplasto dándole apariencia de cerdo. Los dientes cayeron y le crecieron dos enormes colmillos capases de partir a un hombre por la mitad. El dragón aterrizo y sus alas también cayeron al igual que todo lo demás. Entonces se dio cuenta que el temible dragón negro se había transformado en el jabalí que acababa de matar. En todo menos los ojos, pues seguían siendo rojos como la sangre aun hambrientos por más carne.

Su madre continuaba leyendo. Morgana escuchaba su dulce voz sin oírla absorta en sus propios oscuros pensamientos. La luz de la vela iluminaba las alfombras de terciopelo, sus sabanas de lana, los tapices con gente sonriente bailando y festejando. En la frontera de la luz con la oscuridad descansaban los juguetes de su infancia mirándola desde sus estantes con ojos tristes suplicándole inútilmente que vuelva a jugar con ellos. Pero la mayor parte de la luz era absorbida por su propia madre, o al menos eso le parecía. Su cabellera rubia, ojos caramelizados, su piel blanca apenas quemada por las veces que tuvo que bajar al puerto a comprar provisiones, vestida con un hermoso vestido plateado con detalles dorados que combinaban con su pelo. Sobre sus pechos reposaba una cruz de oro adornada con joyas de todo tipo y color. La luz que reflejaba el amuleto era dorada, roja, verde, azul dándole a su madre un aspecto más mágico. La fragancia de su madre la hacía estornudar pues era fuerte y embriagadora. Ella en cambio olía a barro, a pasto mojado, sudor, a la bosta de caballo que usaba como fertilizante. Su pelo era castaño oscuro y sus ojos celestes, como su padre, y su piel bronceada por todo el tiempo que pasaba en el jardín.

-¿Morgana estas escuchando? – le pregunto su madre. Parpadeó sorprendida, el ambiente mágico y sus pensamientos sobre botánica la cautivaron tanto que se olvidó que estaba ahí. Por un momento su madre se había vuelto un mueble más del que salían hermosas palabras que parecían música.

-Si madre – mintió – estabas contándome la batalla de Gaugamela sobre como el Gran Alejandro derroto al rey Darío de Persia – Su madre empezó a reírse, solía taparse la boca al hacerlo dándole un aspecto de delicadeza único. Todo lo que hacía le daba esa apariencia de doncella inocente a pesar de sus treinta y seis años.

-Eso fue lo que te leí ayer cariño hoy te estaba leyendo como Carataco Pendragon resistió las legiones del emperador Claudio – le corrigió su madre. Morgana hizo una mueca al escuchar el apellido de los Altos Reyes. El escudo de los reyes eran tres coronas de oro sobre campo azul, pero en el pasado antes de que adoptaran el cristianismo su escudo era un dragón dorado sobre un campo rojo, mientras el escudo de su padre era un jabalí. Un dragón y un jabalí luchando a muerte. Constantemente pensaba todo eso ¿acaso significaba que su padre había muerto en combate? ¿entonces que quería decir el dragón transformándose en jabalí?

-Lástima que los romanos no los mataron a todos en ese momento – cruzo los brazos furiosa mientras lo decía – entonces padre estaría haca.

-Sí los Pendragon hubieran muerto en ese entonces ninguno de nosotros estaría haca. La madre de tu padre se llamaba Boudica Pendragon y mi antepasado Calgaco Wleding era el senescal de Carataco manteniéndose a su lado durante todo el asedio.

Morgana resoplo obstinada a aceptar que les debía algo a la estirpe de los Altos Reyes. Hace años que el Alto Rey Uther abusaba de su padre, de su poder militar, su habilidad como estratega y sus impuestos. Su padre lo toleraba y obedecía sus órdenes acompañándolo a la guerra, ya fuera para proteger las costas de los sajones, defender los territorios continentales de los francos o para luchar en guerras inútiles provocadas por el propio rey. En sus doce años de vida ella ya había visto su padre partir tres veces a irlanda, una vez a Sajonia, dos veces al territorio de los francos. En todos esos casos lo único que hicieron fue jugarse la vida para saquear. Incluso escucho que, en una ocasión cuando ella todavía no había nacido, el rey Uter formo un junto a todos los ejércitos de Britania para defender a lo que quedaba del imperio romano de un invasor bárbaro del este. Su padre salió con veinte mil guerreros para unirse a las huestes del rey en esa ocasión. Fue una de las batallas más sangrientas que se recuerdan, incluso su padre llora cada vez que le pregunta sobre ella. Al termino de ella su padre volvió a Tintagel con solo quinientos guerreros diciendo que el resto continuaban luchando en un rio de sangre. Su padre había aguantado todos esos baños de sangre inútiles por lealtad a su rey.

Todo termino hace dos mese cuando ambos se reunieron en Camelot para celebrar una victoria sobre los sajones. Sus padres no le contaron que paso, pero escuchando a los guardias supo que todo desemboco en una batalla entre ambos en la que sus padres apenas habían logrado escapar del castillo. Desde entonces estaban en guerra con el hombre más poderoso de toda Britania.

-¿Padre los matara a todos esta vez? – pregunto mirando a la ventana desde donde llegaba el ruido de las olas chocando contra las piedras de la bahía.

-Con un poco de suerte no habrá que llegar a eso – respondió su madre cerrando el libro – no deberías preocuparte por esas cosas aun eres joven tu mente tendría que estar ocupada pensando en cosas más agradables – su madre callo un segundo para pensar – ¿Qué tal tus estudios de botánica? ¿aprendiste algo que me pudiera ayudar con mi jardín? Recuerdo que cuando eras apenas niña te la pasabas todo el tiempo en mi jardín jugando entre las flores. Teníamos que esperar a que te quedaras dormida para poder llevarte a la cama sin que te largaras a llorar.

Morgana se avergonzó de haber sido tan infantil – ya soy mayor para estar jugando al jardín.

-No te apresures a crecer pues en el futuro desearas volver el tiempo atrás hasta volver a esta etapa de tu vida.

-Eso solo les pasa a niños estúpidos como Phaedrus – era el hijo del mayordomo de su padre. Eran descendientes de algunos griegos que vinieron a la isla junto a los romanos – solo gente como él se la pasaría llorando por algo tan trivial – trato de lucir madura mientras decía esto haciendo que su madre se riera.

-Muy bien chica madura es hora de irse a dormir – su madre le dio un beso en la frente – me llevo la vela.

La desesperación la inundo, le tenía miedo a la oscuridad pues voces extrañas e inhumanas provenían de ella. No importaba cuantas veces se repitiese que no existían los monstruos siempre que estaba en un lugar oscuro podía sentir su presencia. La miraban, la olían, la llamaban para que fuera con ellos. Decían que querían enseñarle para que se convirtiera en el ser más poderoso del mundo a cambio de que los ayudara. Nunca decían quienes o que eran ni tampoco en qué querían que los ayudara. Sabía que estaban ahí, pero cuando prendía la luz no había nada y las voces desaparecían.

-No, déjala por favor – le pidió a su madre.

-Bueno al parecer la dulce niña Morgana todavía no es suficientemente madura para dormir con las luces apagadas – se burló su madre levantándose con el libro en mano – que duermas bien cariño.

Cuando su madre se fue se tapó con sus sabanas y empezó a rezarle a Belenus para que la protegiera durante la noche. Aunque ella no se diera cuenta el fuego de la vela por un momento se hizo más fuerte, lo suficiente para que la cera de la punta cayera a la base en forma de lágrimas continuamente dando la impresión de que el fuego estaba llorando.

Sin darse cuenta se quedó dormida, ningún sueño se atrevió a perturbar su descanso. Morgana ya no era consciente de lo que la rodeaba, no apresto atención a la oscuridad, el rechinar que la reja producía al levantarse, el olor del humo que subía desde el patio.

Cuando se despertó todo era gritos y humo. Una luz rojiza entraba por su ventana con su calor cruel. Morgana pudo escuchar los gritos de varias personas pidiendo ayuda o suplicando piedad. Como respuesta recibían risas y burlas. No faltaban los gritos de dolor y sufrimiento que parecía deleitar a los demonios que estaban causando eso. Morgana se levantó de la cama corriendo a la ventana para ver qué pasaba. La vela que estaba al lado de su cama se había apagado, sin que ella se diera cuenta, dejando sus lágrimas de cera fría sobre la mesa. Abrió la ventana con tanta fuerza que casi rompe las bisagras de cobre.

Afuera todo el patio, las murallas y la puerta estaban llenos de cadáveres, los establos estaban ardiendo al igual que la armería. Un grupo de hombres se agolpaba en la puerta de la torre de homenaje con hachas en mano dando golpes intentando reducirla a astilla. Si había habido una batalla ya había terminado. Morgana empezó a distinguir los cuerpos del patio, los que estaban más intactos, reconociendo a varios de los guardias que habían jurado protegerla. El único vivo en todo ese desastre era un hombre vestido con pieles, llevaba un yelmo con forma de jabalí, su pelo castaño le caía por la espalda en forma de trenza. Era algo bajo, pero sus musculosos brazos cubiertos de cicatrices imponían respeto a quien lo viera. Morgana lo reconoció en seguida, el corazón le dio un vuelco sintiendo que todo saldría bien a pesar de todo.

-Padre – grito llamándolo moviendo los brazos tratando de que la vea – padre – la voz se le congelo en la garganta cuando su padre levanto la mirada. Dentro de las cavidades del yelmo había dos bolas de fuego brillantes donde deberían estar los ojos. El fuego la miraba a ella y ella miraba el fuego, una sonrisa se dibujó entre la barba de su padre. La risa que salió era cruel y despiadada a diferencia de la risa de su padre que era alegre y cordial. Entonces Morgana se fijó en la espada que su padre sostenía en la mano. Era dorada brillante como el oro fundido y su hoja no era normal pues de ella emanaba un extraño fuego que a Morgana le pareció que estaba vivo.

-Apártense manga de idiotas – ordeno su padre a los hombres de la puerta. La voz también era diferente, más grave, fuerte y salvaje como si se tratara de una bestia. Pero les había ordenado a esos hombres malos que se fueran, su padre debía estar preparándose para castigar aquellos que osaron atacar su castillo. ¿Qué otra explicación había? Si su voz y su risa eran extrañas seguro se debía a que estaba en medio de una batalla y no en una comida familiar.

Pero lo que hizo fue completamente diferente a lo que ella esperaba. Los hombres de la puerta obedecieron sin rechistar corriéndose a ambos lados formando un pasillo entre su padre y la puerta. Su padre apunto con su espada a la puerta de roble, ante los ojos de Morgana una llamada salió disparada de la espada chocando con la madera. El fuego era tan intenso que el calor le llego a ella en el tercer piso. Era abrumador, lleno de ira, rencor, odio, desprecio por cualquier cosa que se interpusiera en su camino. Con un fuerte crujido la puerta cayo hecha un montón de escombros negros y humeantes.

Los hombres entraron en tropel al torreón con las espadas desenvainadas, los gritos se extendieron por el interior de la fortificación como si acabaran de romper un dique y el agua rebalsara sobre un valle. Morgana permaneció inmóvil incapaz de entender lo que acababa de ver. A lo mejor los malos ya habían tomado el castillo y su padre solamente estaba abriéndose paso para recuperarlo.

Su puerta se abrió dándole un susto de muerte pensando que eran los enemigos de su padre. Morgana corrió hasta la esquina entre gritos suplicándole a Belenus, Epona, Taranis y a cuanto dios se le ocurriese que la ayudaran. Pensó que se trataba de Uther Pendragon que en un intento desesperado de salvar la vida de la colera de su padre trataba de tomarla como rehén.

-Morgana – la llamo la voz de su madre. Por primera vez la escuchaba nerviosa y preocupada – Morgana soy yo.

Morgana abrió los ojos viendo a su madre, llevaba un piyama blanco, su cabellera rubia despeinada, su cara roja por el llanto y el único adorno que disponía era su crucifijo que le colgaba del cuello. Había dos hombres armados atrás de ella, Morgana los reconoció, Erirom y Fabio. El primero un hombre de veinte años que vivía sonriendo y no podía resistirse a ayudar a quien se lo pidiera incluso la ayudaba a menudo en el jardín. Fabio en cambio era el maestro de armas del castillo, un hombre viejo que rara vez sonreía, pero que la ayudaba a robar pasteles de la cocina.

-Mama – dijo entre sollozos corriendo abrazarla – mama, padre estaba afuera viene a salvarnos.

Tanto Erirom como Fabio bajaron la cabeza avergonzados como si supieran un oscuro secreto. Incluso su madre aparto la vista en un intento que sus ojos no la traicionaran.

-El humo te debió hacer imaginar cosas – dijo su madre – Gorlois se encuentra lejos en este momento, pero te prometo que cuando salgamos de aquí lo vamos a ir a ver y él resolverá todo.

Morgana la miro confundida, estaba segura que había visto a su padre, jamás se lo confundiría. Puede ser que tuviera fuego en los ojos y su voz sonara suficiente, pero es obvio a que eso es causa de la batalla. Eso debería ser obvio para cualquiera incluso para los tontos. Su mama debía de estar ciega o no habría mirado por la ventana.

-No, yo lo vi – insistió – lo juro, estaba entrando para matar a los invasores de Uther Pendragon y sus hombres.

Al escuchar el nombre del Alto Rey un rayo de horror recorrió la cara de su madre.

-Morgana no tenemos tiempo para esto tenemos que irnos – dijo duramente. Su madre le agarro con fuerza la muñeca, con mucha fuerza, tirando de ella mientras salía corriendo al pasillo. Fabio se posiciono frente a ellas abriéndoles el camino mientras que Erirom cubría la retaguardia. Llegaron a unas escaleras que deberían bajar directamente a la cocina desde ahí les llego el eco de metal chocando al caminar y unos pesados pasos subiendo.

-Al santuario – dijo su madre – tenemos que llegar a las Escaleras del Puerto.

-Pero, mi señora, esas gastadas y resbaladizas podría caerse y morir si va por ellas – objeto Fabio.

-Ese riesgo sigue siendo mejor que quedarse aquí y tener una muerte segura – alego su madre – ahora no es momento para analizar cual es nuestra mejor opción Fabio, vamos.

Con eso volvieron a ponerse en marcha corriendo todo el torreón de punta a punta. Fabio se adelantaba para comprobar que no hubiera enemigos dándoles la señal de avanzar o retroceder según conviniera. De vez en cuando desaparecía por unos momentos y volvía con la espada cubierta de sangre y alguna nueva herida o abolladura en su armadura. Morgana por primera vez vio cadáveres de cerca cuando atravesaban los caminos despejados por Fabio. Algunos pertenecían a los atacantes, pero la mayoría eran de sus sirvientes o los hijos de estos. Reconoció al cuerpo de Phaedrus y el de su padre ambos con hilillos de sangre saliendo de su boca. El cuerpo de Phaedrus estaba abajo del de su padre como si este ultimo lo hubiera tratado de proteger o lo abrazara cuando una lanza, que aun tenían clavada, los atravesó a los dos. Morgana noto que todos los cuerpos pertenecían a hombres, pero la mayoría de gritos que escuchaba eran de mujeres. Se pregunto donde estaban los cuerpos de ellas o acaso los invasores eran caballeros honorables que no dañarían a una mujer y ellas estaban gritando por nada. No importaba cuanto lo pensara nada de eso tenia sentido. Su padre había vuelto, pero su madre quería arriesgar la vida en unas escaleras resbaladizas, había mujeres gritando por todas partes, pero no las estaban matando y para que un honorable caballero mataría a alguien como Phaedrus, era gordo, vago y cobarde no debería suponerles una amenaza.

Mientras reflexionaba todo eso atravesaron varios pasillos, bajaron y subieron escaleras, pegaron rodeos y volvieron sobre sus pasos. Parecía que los malos, ya fueran los hombres de Uther o quienes sea, estaban por todas partes. Fabio les ordeno frenar una vez más junto a una puerta que debería llevar al estudio de su padre, desde donde leía y mandaba cartas y hacia planes junto a sus hombres de mayor confianza. En el estudio había una escalera que bajaba directamente a los aposentos de sus padres. Fue entonces cuando Morgana se dio cuenta lo realmente poco que habían avanzado por lo que le parecieron horas. Fabio se adelantó dejándolas solas con Erirom, camino lentamente hasta el cruce de pasillos asomando apenas la cabeza. No dudo ni por un segundo en volver corriendo hasta donde estaban ellos.

Ahora con Erirom a la cabeza volvieron por el pasillo donde escucharon pasoso acercándose a su dirección.

En la desesperación del momento entraron al estudio de su padre. Morgana apenas había entrado un par de veces en ella y cuando lo hacía era para castigarla. Era una estancia reducida con las paredes cubiertas por estanterías llenas de libros de cuentas, mapas, facturas y recibos archivados, distintos contratos y tratados que delimitaban el territorio que su padre reinaba. También había varios libros sobre agricultura, guerra, política, filosofía, economía y arquitectura. En medio de la habitación estaba el escritorio de su padre, aun con frascos de tintas y un par de plumas encima. Atrás de este había un ventanal que miraba a las casas que había al norte entre el torreón y la muralla que enfrentaba a la bahía. Fabio y Erirom bloquearon la puerta con el escritorio y una de las estanterías tirando varios de los libros, derramando tinta por todo el piso.

-A este paso nunca llegaremos al santuario – se quejó su madre – no podemos ser tan precavidos Sir Fabio.

-Mi señora no puedo enfrentarme a todos los guerreros que me encuentro eso solo nos retrasaría y llamaría la atención.

-Señora si bajamos a sus aposentos podríamos llegar al gran salón de ahí seria un camino derecho hasta el santuario de la Madre – sugirió Erirom.

-El salón debe estar infestados por esos malditos jamás llegaríamos al Santuario de Dea Dana – Morgana se estremeció al escuchar el nombre de la diosa. Un nombre que no debe ser mencionado en vano, solo los cristianos son tan atrevidos o estúpidos para hacerlo.

-¿Se te ocurre otra idea sir? – pregunto su madre severa – usted es un caballero debería bastar para protegernos de un montón de rufianes innobles.

Fabio puso los ojos en blanco, su cara estaba cubierta de sudor, sus rugas se le acentuaron. A pesar de su porte noble e imponente Morgana dudaba de que el caballero pudiera continuar mucho más. Tenía la respiración muy agitada, en uno de los encuentros que había tenido esa noche recibió un golpe en la pierna que le dejo cojo de una pierna y en otro encuentro recibió una herida en el cuello que, aunque no era profunda, no paraba de sangrar. Incluso Erirom que solo tuvo dos peleas esa noche, además de ser considerablemente más joven, estaba herido en el brazo. Él no había dicho nada, pero Morgana noto que su brazo izquierdo le colgaba inerte.

Un golpe en la puerta los devolvió a la realidad. Su madre volvió agarrarle el brazo.

-Tenemos que irnos – dijo su madre. Otro golpe en la puerta, más libros cayeron, el escritorio apenas se movió. Los dos caballeros no necesitaron más explicaciones. Bajaron por las escaleras de caracol que estaba a la izquierda de la posición inicial del escritorio.

Los aposentos de sus padres estaban oscuros o lo hubiera estado de no ser por el siniestro resplandor del fuego que entraba por las ventanas. Por primera vez sintió que los vitrales con santos que su madre había colocado la miraban burlándose de ella como si supieran un chiste que ella todavía no entendía. Corrieron hasta la puerta cuando escucharon otro golpe… procedente de la puerta que tenían en frente.

-Mi señora escóndase rápido – dijo Fabio dándose cuenta de que estaban atrapados. Una realidad que Morgana sabía, pero se negaba a aceptar. Su madre la llevo hasta una de las ventanas subiéndola al escalón que formaba la anchura del muro.

-Quédate aquí y hagas lo que hagas no te muevas, no hables y no mires – le advirtió antes de taparla con las cortinas dejándola sola con un santo sonriente que predicaba la palabra de su dios.

-Mi señora… – Fabio se estaba por quejar cuando la puerta se abrió de golpe llenando de un intenso calor la habitación. Fabio y Erirom gritaron cuando se lanzaron al ataque de la misma forma que gritaron cuando los mataron. Morgana no lo vio, pero lo supo por el dolor en sus voces cuando suplicaban que parara. La pelea no duro más que un par de segundo a diferencia del sufrimiento de los dos caballeros que se extendía indefinidamente. Una risa aciaga resonó entre las paredes, era la misma risa que su padre tenía en el patio.

-Tranquila Igraine como tu esposo juro que te protegeré – digo una voz hambrienta. Escucho algunos gemidos que indicaban que su madre estaba forcejeando. Morgana abrió apenas la cortina lo suficiente para ver a un hombre parado con los pantalones bajados. A los pies de este estaba el yelmo con forma de jabalí de su padre, pero el hombre era completamente diferente al que vio solo unos instantes antes. Su cara cuadrada estaba llena de cicatrices, afeitado al estilo romano, le faltaba la oreja derecha y su cabello era corto y negro como el carbón. Sin embargo, reconoció los ojos, rojos como el fuego, con una mirada hambrienta que no podían ser satisfecha. Eran los mismos ojos que había visto en la cara de su padre solo unos momentos antes.

Su madre empezó a gritar de dolor uniéndose al coro que formaban Fabio y Erirom. Le llego el olor a carne quemada proveniente de los pedazos de carbón que ahora eran sus caballeros. No pudo correr la vista mientras su madre era penetrada por aquel hombre de ojos demoniacos. Sus gritos retumbaron en sus oídos, Morgana se tapo los oídos sin saber que los escucharía por el resto de su vida.

Publicado la semana 15. 06/04/2020
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