13
Odiseo

Mansión Blas

Julieta lucia extraordinariamente bella en su vestido rojo que cubría sutilmente sus curvas. Su enrulado pelo castaño caía hasta la cintura y tapaba parte de su cara cubriendo uno de sus dos brillantes ojos azules y dándole un aura de misterio. Martín no pudo evitar mirarla embobado cautivado por su belleza de la cual no se había percatado hasta ese momento. Al notar como la miraba Julieta no pudo evitar sonrojarse aumentando su aspecto angelical.

Martín se recompuso, tratando de lucir serio, y estiro gentilmente su mano ofreciéndosela a la joven. La doncella agarro la mano permitiendo que Martín sintiera su delicada piel como la seda. Ambos fueron hasta el jardín del palacio que la familia De Blas llevaba ampliando hace varias generaciones. El enorme jardín tenía casi setecientas hectáreas y estaba decorado con flores procedentes de todas partes de la nación, arboles y arbustos podados en forma de animales, y por todas partes había fuentes y estatuas.

-Hay mucha gente – señalo Julieta nerviosa por el enorme evento que se estaba llevando acabó. Frente suyo había cientos de oficiales de alto rango del ejército y nobles del reino. A pesar de la larga distancia que había entre la capital y la mansión el lugar estaba lleno y los sirvientes estaban yendo y viniendo trayendo comida y bebidas. Como si los oficiales no fueran pocos por si solos, estos trajeron a sus esposas e hijas con sus caros y complicados vestidos.

-La victoria de tu padre en la campaña del sur contra los rebeldes fue el logro militar más grande de la última década – explico Martín – es normal que todos los oficiales de alto rango vengan a celebrar ese triunfo.

Martín, aunque trataba de lucir tranquilo, los nervios lo carcomían por dentro llegando a sentir nauseas y a revisar continuamente que su sable se encontraba en su lugar. Su hermoso sable de filo rojo estaba guardado en una vaina de madera revestida con cuero negro y adornada con bronce. Había cambiado los cristales de poder en el mango por unos simples cristales falsos para que pareciera un arma ceremonial, pero conservaba los cristales reales en el bolsillo del pecho de su uniforme militar. Sabía que no los necesitaría, pero no podía evitar sentirse más tranquilo teniéndolos a mano.

Un grupo de jóvenes se acercó a Julieta tratando de enamorar a la hermosa chica, aunque esta trataba cordialmente deshacerse de ellos y volver con Martín. Este en cambio fue interrogado por varios generales que querían saber los destalles de la campaña.

Thomas dio la señal de alto a sus hombres, la columna de ochenta soldados freno casi al instante y se mantuvo a cubierto atrás de los arbustos y ligustrinas del lugar. Todos prepararon sus rifles y apuntaron a los invitados que celebraban sin darse cuenta lo que pasaba a su alrededor. Thomas desenfundo su sable de filo morado y espero un poco más para asegurarse que todos estuvieran en posición.

 

Julieta escapo apenas tuvo oportunidad y se apretó contra el brazo de Martín que se sorprendió ante su repentina aparición. Ella le dio un fuerte tirón y se lo llevo, casi arrastrándolo, hasta la pista de baile. Ambos se perdieron entre las decenas de parejas que bailaban en la pista al ritmo de la música.

-¿Qué paso? – pregunto Martín confundido. Encontrarse en medio de toda esa gente bailando solo lo ponía más nervioso provocando que se sonrojara y le empezara a temblar la voz.

-No te emociones – respondió Julieta que también estaba avergonzada – solo quería una excusa para escaparme de todos esos molestos.

Siguieron bailando, aunque no hablaron más y ambos trataban de mirar disimuladamente a otro lado. Martín se sentía tentado de irse a caminar por el jardín que, en su mayoría, solo estaba iluminada por la luz de la luna y donde podría estar solo. Julieta en cambio quería volver a su cuarto y encerrarse ahí el resto de su vida.

Mientras ambos estaban distraídos una chica aprovecho para acercarse sin que ninguno la notara hasta que agarro a Martín y lo tiro contra sí.

-¿Me lo prestas? – pregunto la chica de cabellera dorada con tono burlón. Martín tampoco tuvo tiempo de responder pues para cuando se dio cuento de lo que había pasado ya estaba bailando con la intrusa – me llamo Catarina – dijo la chica. Llevaba un vestido rosa con los brazos cubiertos en dos largos guantes blancos. En el cuello tenia un collar echo de perlas blancas como la leche y sus gruesos labios estaban llenos de labial rojo. Al igual que Julieta llevaba el pelo completamente suelto, como se había puesto de moda recientemente entre las jóvenes, pero, a diferencia de su amiga, Catalina tenía el pelo laceo.

-Me llamo…

-Sir Martín Leopold – lo interrumpió Catalina – protegido de Guillermo de Blas y su segundo al mando durante la campaña.

-Bueno es un gusto conocerte Catalina.

-El gusto es mío – continuo la chica – no si eres consiente, pero en este momento eres el hombre más cotizado entre todas las mujeres de la alta nobleza, creo que incluso algunas de las esposas de esos generales tan serios te desean en sus camas – cada una de sus palabras parecía una burla y al mismo tiempo una provocación. No podía apartar la mirada de sus enormes ojos de azul casi verdes que trataban de atraerlo en combinación con su dulce voz y su olor a rosas.

-Me siento honrado por tanta atención – respondió nervioso desviando la vista en dirección a la parte no iluminada del jardín. Para sus ojos, acostumbrados a la intensa luz eléctrica que iluminaba la fiesta, esa zona del jardín estaba completamente oscura. Pero algo lo llamo la atención, era solo un pequeño resplandor metálico en medio de la oscuridad.

-La verdad seria una pena que un hombre tan deseado se fuera a dormir solo o con esa chica – dijo indicando a Julieta – es linda, pero se nota que le falta experiencia en algunas cosas – apoyo sus bastas tetas en el pecho de Martín tratando de dar más fuerza a sus palabras.

-Discúlpame un momento – respondió ignorándola y apartándose de ella. Saco los cristales de poder y los coloco en el mango de su sable tirando al piso los cristales falsos. Fue en la dirección en donde había visto el reflejo apartando de su camino a varias parejas que bailaban despreocupadamente. Incluso hubo un general que le gruño demandando una disculpa, pero Martín simplemente llevo su mano derecha a la empuñadura de su sable y siguió caminando.

Un disparo se impuso sobre la música, el general que se encontraba a unos pocos pasos de Martín cayó herido con una bala en abdomen. Pronto un centenar de disparos siguió al primero dado casi siempre en el blanco. Destellos de luz aparecían alrededor de toda la fiesta y los gritos se elevaron en el cielo nocturno.

Martín desenfundo su sable y descargo su poder en ella, los cristales se iluminaron y del filo de la hoja salieron llamas. Las llamas pasaron de ser rojas a azules y de azules a blancas. El calor que desprendían era tan intenso que las balas que se acercaban se derretían casi al instante y caían al piso inofensivamente. Lanzo un tajo al aire desprendiendo una llamarada que golpeo los arbustos y arboles que se encontraban adelante suyo prendiéndolos fuego. Desde esas posiciones salieron varios gritos de dolor y también varios hombres envueltos en llamas que corrían tratando de escapar del fuego que los abrasaba. Solo unos pocos afortunados pudieron alcanzar una fuente y tirarse al agua, pero eso no los salvo de morir ahogados o por sus heridas.

Las llamas de su espada volvieron a ser azules, pero Martín ya no podía gastar más energía para volver a calentar las llamas. Se puso de rodillas jadeando mientras los disparos seguían proviniendo desde al menos otras dos posiciones. Varios de los invitados caían muertos o herido ante la constante lluvia de balas. Algunos generales y oficiales buscaron sus espadas solo para recordar que llevaban una inútil espada ceremonial. Los que podían corrían hasta la mansión esperando encontrar refugio hasta que se empezaron a escuchar explosiones y disparos en el interior. Martín vio como las ventanas se rompían y como un hombre era fusilado en el balcón del segundo piso.

“Julieta” fue su primer pensamiento cuando se volvió a poner de pie. Toda la gente se apelotonaba, se empujaba y corría de un lado a otro tratando de salvar la vida. En esa confusión alguien empujo a Martín tirándolo al piso donde encontró el cuerpo inerte de Catalina. Una bala la había atravesado justo en el ojo derecho quitándole la vida al instante. Otros no tuvieron tanta suerte al estar retorciéndose de dolor con una bala incrustada en su cuerpo.

Se volvió a levantar y miro en todas direcciones buscando a Julieta desesperadamente. Al no verla corrió hasta una posición al norte ocupada por los atacantes. Lanzo otro tajo que nuevamente volvió a prender fuego a las plantas y atacantes más cercanos. Pero su ataque ya no era tan fuerte y varios disparos siguieron proviniendo de esa zona. Una bala rozo su oído y otra lo hirió en su hombro izquierdo provocándole un intenso dolor. La sangre se camuflo en su uniforme negro, pero eso no evitara que saliera a chorros. Concentro el calor de su sable en la punta haciendo que el acero se iluminara y desprendiera una luz rojiza. Levanto el arma y presiono el filo contra la herida cauterizándola en el momento frenando por completo el sangrado.

 

Thomas se acerco al lugar donde sus tropas yacían carbonizadas en el piso, solo unos pocos seguían lamentándose y rogando que acabaran su sufrimiento. El fuego seguía consumiendo los arboles del alrededor y había empezado a esparcirse al resto del jardín. Las cenizas llenaron sus pulmones y ensuciaron su uniforme blanco volviéndolo gris. Miro a un cuerpo completamente negro que miraba al cielo con el sufrimiento y la angustia aun grabados en su rostro. Pensó en lo cerca que estuvo de ser ese mismo hombre, lo cerca que estuvo de ser abrazado por las llamas y morir lentamente y que la expresión de dolor de sus últimos momentos se grabara en su cara por el resto de la eternidad. Solo se salvo activando su poder de relámpago en el último momento permitiéndole alejarse en pocos segundos de ese lugar. Por un error de calculo termino más lejos de lo que pretendía y gastando demasiada energía.

Los disparos y gritos de pánico se seguían escuchando más adelante indicando que el trabajo todavía no estaba terminado. El fuego y el humo formaban una barrera que le impedían ver que estaba ocurriendo en la fiesta y tampoco lo dejarían avanzar por ahí. No estaba en sus planes que hubiese nobles armados, esperaba que todos los nobles dejaran sus cristales de poder en sus hogares como dictaba la tradición.

El incendio estaba creciendo y seguramente dentro de poco seria avistado por algún guardia en el campo de entrenamiento. Agarro la pistola que le colgaba en el cinturón, junto a la vaina de su espada, y disparo una véngala roja al cielo. Casi al instante los disparos cesaron y sin que nadie se diese cuenta sus hombres se marcharon mientras los supervivientes de la masacre seguían confundidos y asustados.

Publicado la semana 13. 26/03/2020
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