12
Odiseo

El Guerrero del Norte

Tres flechas chocaron contra su ancho escudo de roble mientras corría hacia las murallas de Bespolis. Adofo, su compañero de innumerables campañas, murió por una flecha clavado en el cuello ignorando completamente su armadura de lino acolchado. Mahaes no se detuvo a ver como su amigo moría ahogado en su propia sangre, continúo avanzando al igual que el resto. Muchos más cayeron por culpa de los proyectiles que les llovían encima, flechas, jabalinas y hondas. A ambos lados estaba rodeado por miles de hombres que corrían con escudos levantados amontonándose en las puertas que acababa de romper el ariete. Una fosa, que aprovechaba el agua del río, los mantenía alejados de las fortificaciones y estas a su vez los mantenía apartados de la ciudad con todas sus riquezas. Cuando piso uno de los puentes de tierra que estuvieron construyendo en las últimas semanas tuvo que frenar en seco. Su experiencia le decía que los defensores estaban formando un muro de escudos atrás de la segunda reja destruida. La primera fila tendría que luchar ferozmente por ganar cada palmo de terreno mientras el resto era acribillado uno por uno.

Mahaes permaneció quieto por varios minutos bajo el sol ardiente a su espalda y el escudo levantado. Solo podía avanzar un paso a la vez recibiendo golpes de todas partes, las ondas rebotaban en los escudos de los soldados atrás suyo golpeándolo repetidamente en su armadura de chapa de cobre y en la túnica de lino acolchado que llevaba abajo. Cuando todo terminara estaría cubierto de moretones. También notaba un fuerte dolor en su muslo izquierdo y un hilillo de sangre bajando por esa pierna. Ya estaba empezando a desesperarse por la falta de avances cuando se encontró a Ode al lado suyo.

-Juro que después de esto me retiro – repitió Ode como siempre decía en cada batalla y en cada asedio.

-Podrías retirarte de una buena vez y dejar de torturarnos con tu presencia – se burló Mahaes – además estoy seguro que mi hermana te extraña.

-Alguien tiene que cuidarte y si ese alguien no soy yo tu hermana me hará la vida imposible – Ode le sonrió mostrando sus gastados dientes – necesito un trago cúbreme.

Mahaes se puso delante de su amigo protegiéndolo como podía mientras este tomaba cerveza de una cantimplora. Después cambiaron lugares para que él pudiera tomar un poco de la refrescante y amarga bebida. Esta le devolvió sus energías y un poco de valor con el que poder seguir avanzando.

-Pienso construirme una tumba digna de un rey con lo que gane en esta ciudad – declaro Mahaes – al menos pienso vivir bien en el más haya.

Ode empezó a reírse al igual que todos los que lo rodeaban, Mahaes siempre se sorprendía como la gente se podía reír de cualquier cosa que los distrajera en un campo de batalla. Avanzaron otro paso, Mahaes vio a un grupo de soldados retorciéndose de dolor en el piso con horribles quemaduras o tirándose al agua donde eran blanco fácil. “Arena ardiente” pensó al ver a los hombres gritando en agonía. La arena se introducía fácilmente por cualquier orificio quemando la piel o, si tenías mala suerte, tus oídos, lengua u orificios nasales. No solía matar, pero las heridas que provocaban podían dejarte inconsciente y dolido por varios días suponiendo que los arqueros no aprovecharan la oportunidad para matarte.

Sus piernas se paralizaron por un segundo temerosas de seguir avanzando y probablemente hubiera permanecido ahí todo el día de no ser por el empujón de alguien atrás suyo. Empezó a correr empujando a todos los demás tratando de llegar al pasillo de la entrada. Paso encima de los cuerpos de varios de sus compañeros y de los restos de una gigantesca puerta de timbre importado antes de sentirse a salvo con un techo de adobe sobre su cabeza. Desde donde estaban llegaban los gritos de la melé que estaba teniendo lugar más adelante. Los soldados que venían atrás lo empujaron obligándolo a seguir corriendo, no se había dado cuenta, pero el lento avance se había transformado en una marea de hombres que se lanzaban sobre la ciudad.

Pronto Mahaes se encontró corriendo por una calle de adoquines verdes manchados de rojo. Sobre las murallas la lucha continuaba, con sus compañeros subiendo para vengarse de los arqueros. En la ciudad varios edificios empezaron arder, se empezaron a escuchar los gritos de mujeres y los llantos de los niños. A los hombres no se les dio la oportunidad para hacer ninguna de las dos, simplemente los asesinaban donde los encontraban.

Entro en una casa que parecía pertenecerle a un comerciante rico. Uso su khopesh para romper a golpes la puerta negra de madera que lo mantenía afuera. Las imágenes talladas de dioses que nunca había visto quedaron reducidas a un montón de astillas mientras daba un último golpe que termino de abrir en dos la puerta. Un destello de luz lo hizo pegar un salto atrás de manera instintiva evitando por centímetros un golpe letal que le rozo la mejilla con la fría delicadeza del bronce.

Se recompuso cubriéndose atrás del escudo de madera de palmera y recubierto con piel de antílope. Los proyectiles seguían clavados dándole más peso del que debería, la multitud de golpes que había recibido lo habían dejado casi inservible, pero seguía siendo mejor que nada. Frente suyo, en vez de un comerciante gordo y asustadizo que esperaba, se alzaba un guerrero de bronce. Su yelmo le cubría la cara con la única excepción de una larga barba gris y de un par de ojos celestes que lo miraban fríamente sin odio, temor o ira. Llevaba una coraza de bronce esculpido con forma de abdominales. En sus piernas llevaba grebas y ojotas militares. Sus brazos estaban descubiertos revelando sus músculos y su piel bronceada. Con su mano derecha sostenía una espada que identifico como una falcata, en cuyo mango distinguió la imagen esculpida de un león. En mano izquierda sostenía un escudo de bronce donde llevaba ilustrado la imagen de un demonio de pelaje marrón, con ojos inyectados en sangre y colmillos blancos y largos como dagas. Le pareció que se trataba de un dios que venía a castigarlos por ultrajar la ciudad de Bes. No era un enano sino un hombre alto que le llevaba una cabeza a todas las personas que conocía. Le paso por la cabeza que se tratara de Set o del mismísimo Horus.

Media docena de soldados se reunieron con él manteniendo la distancia con el misterioso guerrero. Mahaes miro a su alrededor observando que sus compañeros reflejaban en sus ojos el mismo miedo que él sentía. Incluso Ode, el hombre más temerario que jamás hubiera conocido hasta el momento, parecía temerle al extraño guerrero.

El dios se mantuvo firme en la puerta destruida, atrás Mahaes alcanzo a ver unos esclavos temblando de miedo mientras se aferraban a sus garrotes. Dos de sus compañeros atacaron, uno de cada lado, ambos armados con lanzas. El guerrero bloqueo el ataque de la izquierda con su escudo y el de la derecha lo desvió con la espada. Con un solo golpe partió en dos la lanza de la derecha antes de descargar un golpe con su escudo al hombre de la izquierda. Este trato de protegerse con su propio escudo el cual cedió ante el ataque rompiendo y permitiendo que bronce golpeara la cara de su maestro. Termino en el piso gritando de dolor mientras escupía dientes rotos y le chorreaba sangre de la nariz. Un tercer atacante se unió a la melé cargando con su khopesh alzada, murió con un palmo de bronce hundido en su cuello. El atacante de la derecha retrocedió reagrupándose con el resto dando la oportunidad al dios de rematar al herido abriéndole el vientre.

Más soldados se unieron al semicírculo en torno al dios guerrero que los miraba sin reflejar ninguna emoción desde la puerta. Un noble se abrió paso entre ellos largándose a reír al ver la situación. El muchacho joven llevaba una armadura de bronce con forma de escamas de pez y lucia brazaletes y collares de oro. Mahaes reconoció que el muchacho sostenía la espada con la firmeza que te da el duro entrenamiento y que en sus ojos traslucía una soberbia confianza cualidades que siempre le parecieron importantes en todo guerrero, pero tuvo la sensación de que eso solo lo llevaría a la muerte ante un dios.

-Diez soldados para matar a un guerrero extranjero solitario – se burló el noble – acaso queréis darles mala reputación a los ejércitos del Faraón.

-Acaso no te das cuenta de que se trata de un dios – se atrevió a decir. Esto pareció darle gracia tanto al noble como al dios, incluso varios de los soldados que lo acompañaban sonrieron tímidamente, pero no le dijeron nada.

-Acaso tratas de parecer idiota – le susurro Ode que no apartaba la mirada del dios. Proviniendo de él esto lo hizo bajar la mirada avergonzado.

-No es un dios estúpido de lo contrario ya todos nosotros estaríamos muertos – le explico el noble – es un guerrero proveniente del norte, del otro lado del Gran Verde. Si lo pinchas sangrará como cualquier otro hombre y si sangra lo suficiente morirá.

Acompaño sus palabras desenvainando su propia khopesh luciendo el brillante filo del arma bajo el sol del mediodía. Se coloco al frente de ellos enfrentándose directamente al guerrero extranjero.

-Ahora si me permiten les hare una demostración de cómo se mata a un hombre – se lanzó contra su enemigo usando su espada curva y su escudo forrado con piel de cebra para golpearlo. El extranjero se protegió con su escudo sin apenas inmutarse, limitaba sus movimientos si el muchacho amenazaba con herirle alguna parte expuesta. Su único intento de tomar la iniciativa fue un golpe al muslo que se desvió con las escamas de la armadura del noble. El ataque no provoco ningún daño visible, pero Mahaes noto que el noble empezó a cojear con su pierna derecha. Este se vengó atacando con su espada por el lado derecho de su adversario. Este paro el golpe con su propia espada, pero el noble aprovecho la curvatura de su arma para rodear la espada enemiga y hacerle un pequeño corte de poca importancia en el hombro. El extranjero respondió empujado con su escudo obligando al noble a retroceder. El muchacho se tropezó con uno de los cadáveres, instintivamente movió sus brazos tratando de recuperar el equilibrio quedando completamente expuesto. El extranjero volvió atacar cercenando la mano del muchacho antes de rematar con una estocada que se metió por una axila llegando hasta el corazón.

Cuatro soldados saltaron a vengar al noble con hachas, lanzas y khopesh en mano. El extranjero volvió a su posición inicial donde solo lo podían atacar dos enemigos a la vez. Desvío el hacha antes de patear a su portador haciendo que se chocara con otro de los atacantes. Corto las dos manos de un soldado que lo ataco con un khopesh y después uso su escudo para romperle las costillas. Un tercero trato de alcanzarlo con una lanza solo para terminar sin cabeza en las baldosas azules. El del hacha y el hombre que se había llevado puesto al caer se levantaron mientras retrocedían. Un quinto soldado se unió a la refriega con una masa de bronce. El arma hizo resonar al escudo cuando ambos chocaron, el norteño retrocedió un paso internándose más en la casa. El atacante volvió a presionar chocando escudo contra escudo mientras ambos lanzaban ataques por arriba.

Mahaes se sorprendió al darse cuenta de que el soldado con la masa era Ode y que este era capas de igualar la destreza del extranjero. El norteño recupero terreno avanzando un paso a la vez expulsando a Ode de su hogar. El hombre del hacha entro a la casa donde se estaba llevando a cabo la lucha saliendo al rato con una herida profunda en la rodilla. Otro soldado trato de entrar cayendo al instante al piso, noqueado y con la nariz rota. Cuando Mahaes miro vio uno de los esclavos sosteniendo un garrote en la puerta.

-Traigan fuego rápido – grito alguien a su izquierda. Tres hombres estaban llevando maderos a medio quemar de los edificios incendiados y los empezaron a tirar por las ventanas de la casa del guerrero extranjero. Una serie de arqueros se posiciono en torno a la salida preparados para disparar.

-Todo esto por un solo hombre – dijo uno antes de escupir al piso – malditos extranjeros servidores del caos que Sejmet los devore.

Solo cuando el humo empezó a subir al cielo fue cuando se dio cuenta de que tenía que salvar a su amigo. Pensó en toda la batalla y no llego a entender que fue lo que le detuvo. ¿Acaso el extranjero le había lanzado un hechizo o sencillamente era un cobarde? Solo estaba seguro de que jamás había sentido tanto miedo de un enemigo que cuando vio la mirada inexpresiva de aquel hombre y la mirada hambrienta del demonio de su escudo. Se sintió como un bebe dando sus primeros pasos cuando empezó avanzar hacia la casa que empezaba a quemarse.

-¿Que estás haciendo idiota? – le pregunto alguien, pero él no lo escucho mientras entraba a la casa. El esclavo trato de frenarlo, pero su espada fue más rápida causándole una larga herida que iba del hombro izquierdo hasta su ingle. Adentro Ode y el extranjero seguían luchando sin siquiera darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Los cuerpos de otros dos esclavos yacían en el piso, uno tenía su cabeza aplastada en una masa de sangre, músculos y los huesos rotos. El otro tenía las costillas hundidas en su propio pecho provocándole una muerte lenta ahogándose en su propia sangre.

Su amigo tenía cortes en sus brazos, piernas, cara, cuello, las pieles que cubrían su escudo estaban desgarradas y en varios puntos se habían soltando permitiendo que se viera la madera maltratada del otro lado. No alcanzo a ver ninguna herida visible en el norteño, pero noto como sus movimientos se habían hecho más lentos, apenas podía levantar su escudo para protegerse y su yelmo tenía una abolladura preocupante. Su escudo no estaba en mejor estado, con la imagen del demonio casi borrada por todos los golpes.

Tomo aire antes de saltar contra el norteño que parecía distraído, era su oportunidad de matarlo. Su espada choco contra la coraza de bronce, solo en ese momento se dio cuenta de lo estúpido que fue al apuntar a ese lugar. El extranjero trato de golpearlo con su escudo, pero logro esquivarlo y poner su propio escudo por delante para protegerse. La hoja de bronce logro cortar la parte superior de este sin llegar hacerle daño. Volvió a atacar esta vez apuntando al cuello, su brazo se movió rápidamente de manera paralela al piso. Por un segundo vio los ojos de su oponente sus ojos parecían desprender una llama azul que deseaban destruirlo. Su fría inexpresividad de antes había dado lugar a un mar de ira que amenazaba con matarlo. Se había transformado en una bestia y con la fuerza de una bestia ataco. Su espada se movió a una velocidad inhumana cuando le cerceno su mano derecha. El grito de Mahaes se atoro en su cuello cuando el norteño se lo corto con un golpe de revés. Su boca se lleno de sangre sus ojos se llenaron de lágrimas. El último sabor que su lengua iba a sentir sería el sabor a metal, lo último que sentiría su piel sería el dolor de una docena de golpes y el beso del frio bronce en su piel. Su nariz se lleno de humo, ante sus ojos el yelmo del extranjero se hundía ante una masa aplastando la cabeza que debía proteger. Sus oídos escucharon la voz de Ode llamándolo cada vez más lejana. Finalmente se hizo la oscuridad.

Publicado la semana 12. 17/03/2020
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