09
Montserrat Varela

Lagartija

Nicolás, tumbado en la hamaca todo el día, o como él solía decir: “dejando fluir las ideas bajo reposo", se me figuró una lagartija viviendo a la sombra de un gran árbol. Su padre, Don Guillermo, era toda una institución y Nicolás se aprovechaba de este hábitat holgado y conformista para imponerme sus demandas. ¿Otras vacaciones en Hawaii? ¿Para qué? Se tumbaría en un camastro y se cubriría de sol todo el día, igual que siempre, haciendo nada. ¿Por qué no tienes planes, Nicolás? ¿Qué le da sentido a tu vida?

          -Me voy.- Le anuncié ese día. Él se incorporó lentamente intentado entender lo que acababa de decirle. El sol de mediodía lo bañaba de luz y los rayos quemaban la piel cacariza de sus mejillas. 

-Me voy- Repetí, porque noté que seguía atónito. Pocos segundos pasaron cuando pegó un salto fuera de la hamaca hasta quedar frente a frente.

-¿Es broma?

Negué. Sus ojos enrojecieron de pronto. Su voz temblaba.

-Hablemos.

No podía confesarle que no me gustaba su aliento mohoso ni el olor a sudor salado que despedía su piel, dejándola gélida de tan empapada, ni su ocio perene; no me atrevía a decirle que ya no lo admiraba, que había perdido el interés en nosotros a falta de su interés propio y qué, en conclusión, ya no podía más.

-¿Ya no me amas o te aburre el lujo?- me preguntó.

Preferí seguir en silencio y me concentré en mirar a lo lejos, atrás de los arbustos. De repente, un movimiento veloz captó mi atención. Una lagartija diminuta se escondía tras un tallo verde. El abrazo de Nicolás me tomó por sorpresa. Se sentía helado. Me apretó contra su pecho y no tuve más remedio que perder de vista al pequeño reptil. Nicolás lloraba. Me dieron ganas de apartar su mano pero se me ocurrió que, si lo hacía, tal vez me quedaría con un pedazo de piel seca, así que lo consolé un rato.  

-Ya, Nico, suéltame.

-Si te vas... no pienso sufrir tu ausencia- sentenció y el llanto le impidió articular otra palabra. Luego, casi teatralmente, se dejó caer sobre el pasto. Fui a mi cuarto y cogí una maleta. Saqué algo de ropa de los cajones y la puse dentro. Una lagartija apareció en el quicio de la ventana. Los reptiles me dan asco, me dije. Su piel es áspera y pegajosa. Ella parecía mirarme fijamente y entender. Regresé al jardín.

          -Nico, por favor—Le dije al verlo en posición fetal, sollozando. Se levantó poco a poco. Su rostro se había tornado verdoso y pálido. Caminó dando tumbos hasta la puerta de la cocina.

-¡¿Clara?!-gritó con fuerza. Salió corriendo a la calle y me encontró bajo el umbral, maleta en mano.

-Por favor, puedo hacerlo mejor. Siempre las mismas palabras, siempre los mismos resultados, pensé. Él trató de detenerme.

-No, Nico. Me voy.
Nico cayó de rodillas y se enganchó en mis piernas, pero a los pocos segundos me liberó. Enfurecida, cerré dando un portazo sin percatarme que la mano de Nico quedó atrapada entre la puerta y el marco. Seguí mi camino. Luego de unos segundos, resignado, Nicolás fue hasta la cocina para sumergir su mano en hielo. Dos de sus dedos se veían casi negros, pero él no sentía dolor. Horas después de haber estado sentado en el suelo de la cocina maldiciendo, reunió el coraje para levantarse. Se acabó, se dijo. Bebió agua, tres vasos, uno tras otro. El último lo aventó contra el fregadero. Pedazos de vidrio salieron disparados por todas partes. Así debe ser, por lo menos hay que romper algo, se dijo mientras reía y por las mejillas rodaban gruesos lagrimones que le marcaban surcos. De pronto, su índice cayó al suelo. Sorprendido, miró su mano. Del muñón no brotaba sangre sino un líquido verde y viscoso. Notó que le hacía falta otro dedo, el medio, pero no se veía por ninguna parte. Permaneció sin saber qué hacer hasta que el timbre del teléfono lo distrajo. Sonó tres veces y entró la grabadora: “Estás llamando a la casa de Nico y Clara, por fa déjanos tu mensaje.”

-Nico, soy yo…

          Nicolás corrió hasta la sala en busca del aparato, pero este no estaba en su base.

-Contéstame. Quiero saber si estás bien- insistí, porque estaba segura de que me escuchaba. Nico buscaba frenéticamente debajo de los cojines de la sala.  

-Nico, me siento muy mal por lo que pasó… - Alcancé a decirle y se cortó la llamada.

-¡¿Y cómo crees que me siento?!— gritó, aun buscando hasta que, exhausto, se dejó caer sobre una silla. El llanto le sobrevino. De pronto, miró su mano y notó cómo iban surgiendo “nuevos dedos” de los muñones que le habían quedado. Qué curioso, pensó. El teléfono sonó nuevamente. Lo descubrió tirado, debajo de una mesa. Intentó caminar hacia éñ pero le fallaban las piernas así que tuvo que arrastrarse sobre la alfombra. Al tiempo que lo hacía, su cuerpo se iba encogiendo más y más. Tres timbrazos y entró la grabadora.

--Nico, contéstame por fa…

-¡No puedo!-se desesperó.

Su piel, reseca y escamosa, tenía una tonalidad verdusca que no reconocía.

-Sé que te dije cosas muy duras y de verdad lo siento -continué- Soy muy complicada, no querrías estar conmigo… Pero si quisieras, por favor contesta.

Esperé por largo rato su respuesta. Quería explicarle, llegar a un acuerdo.

-Entiendo que ya no quieras hablar- solté después de un largo silencio- pero por fa, Nico, entiende tú que ya eres un hombre- y colgué convencida de que no me entendería. El tono de línea quedó sonando...

          Nicolás se arrastraba, desesperado, intentado tomar mi llamada, mientras notaba que el frío recorría poco a poco su cada vez más pequeño y verdoso cuerpo. Tras alcanzar con mucho esfuerzo el teléfono, fue incapaz de levantarlo. Al voltear a la ventana, Nicolás miró su reflejo. Ahí estaba la lagartija que yo había visto horas antes y sin lugar a dudas, era él.

Publicado la semana 9. 24/02/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
09
Ranking
0 126 0