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Montserrat Varela

Arritmia

Publicado en la antología Cuentos del Sótano IV – Endora Ediciones
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Cuando Karina pidió otro whisky ya llevaba cinco al hilo. Quedó tumbada sobre la mesa, el cuerpo inerte y la sonrisa idiota de quien tomó de más, mucho más. Una de sus uñas de acrílico se había roto como había roto una copa después de haber hecho que rodara por la mesa justo cuando quiso alcanzar su trago.

Poco antes de que Karina sintiera por última vez el frescor en la garganta y una punzada intermitente en las sienes había llegado Joaquín, el best man, a negociar con ella y convencerla de no beber más. Él hablaba quedo, pretendiendo ingenuamente algo de discreción, pero su amiga no podía hablar más que a gritos e imprudente soltó un agudísimo “puta perra” que por fortuna la novia no escuchó.

Su primo Hilario se acercó y le ofreció el brazo que a duras penas pudo coger. Luego, la envolvió en su saco ancho y algo afeminado debido a las protuberantes hombreras y la ayudó a acomodarse en su silla. Karina había dejado de manotear y discutir y parecía dormitar semi erguida, babeando, mientras recargaba su cara sobre una de las hombreras de su primo. Él le acarició la mejilla y soltó un suspiro largo.

Ella misma, días antes, había organizado la boda civil de la futura pareja; había coordinado el catering y los arreglos florales, el mobiliario, el valet parking y por supuesto, al juez que resultó ser jueza. Tenía experiencia pues había trabajado como wedding planner hacía apenas un lustro y algunos de sus proveedores todavía existían. Además, muchos de ellos le tenían afecto. Sobre todo Dionisio, el chico de los vinos caros, los whiskies y demás bebidas.

La ceremonia fue todo un éxito. Además de su rol de dama de honor también fungió como uno de los testigos en la firma del acta pero, como no llevaba pareja, Hilario se entrometió hasta conseguir firmar a su lado, como si fuera su novio. Una peste. Desde chicos solía hacer siempre lo mismo, buscaba la manera de entrometerse en la vida de Karina a modo que pareciera más su pareja que su pariente. Por eso ella siempre lo ignoraba, por más que él se esforzara hasta llegar a la ignominia.

Sólo una semana faltaba para gran el evento y en medio de aquel trajín también tuvo tiempo de organizarle a la novia la despedida. Fue algo sencillo, pero fue el principio de todos sus problemas. Ante la grotesca tradición de contratar a unos strippers no pudo hacer nada, ya la madre de su amiga se le había adelantado en tan vergonzosa transacción.

A Camila, la novia, se le llenaron de lágrimas los ojos por la emoción de ver cómo la casa de campo de Paco, el novio de Karina, estaba repleta de sus amigos, muchos de los cuales no veía desde la infancia. Así que, usando la nostalgia de pretexto, ambas abusaron del alcohol y del porro hasta decir basta. Fumigada, Camila quedó tendida en una hamaca junto a la alberca. Karina, en cambio, se apresuró a levantarse para ir a surtir de nuevo el refri de cervezas y encargar el desayuno para todos los que habían pernoctado. Hasta este instante, todo iba viento en popa pero al regresar del súper con las viandas etílicas en las manos, se llevó la sorpresa de su vida al encontrar a Camila desnuda y engarzada a Paco, en el cuarto de lavado, lugar que había escogido para esconder el regalo de bodas para su, segundos antes, muy querida amiga. Paco y Camila cogían. Había que entenderla, argumentaba Joaquín en su afán conciliador, era su despedida, la última vez que iba a estar con alguien más que no fuera Fernando, tenía que aprovechar, estaban festejando, era el alcohol y la puta manga del muerto, era la envidia que siempre había sentido por Karina y su perfecta vida… Joaquín le quitó de las manos el quinto trago, mismo que ya ella estaba a punto de derramar. Le pidió que se calmara, le aconsejó ser discreta. “Pinche puta”, lanzó Karina arrastrando la voz y la dignidad.

Unas cuantas horas atrás, ella todavía era dueña de sí y era el alma de la fiesta. Bailaba sin cesar revoloteando por la terraza, envuelta en su vestido azul lleno de vuelos, ligero como el viento y listo para despegar. Bailaba mientras las gotas de sudor poblaban su frente empapándola de finas perlas, bailaba mientras sus mejillas hervían y se sonrojaban y su cuerpo se agitaba y cimbraba de tanto girar. Apenas se le habían subido un poco las copas y ya quería gritar eufórica, pues necesitaba sacar su dolor dando vueltas dentro de aquel cielo azul de organza. Pero ante la llegada del sexto whisky algo salió mal. El corazón de Karina se detuvo.

Le habían descubierto una arritmia bastante peculiar hacía un par de años. Su corazón se detenía por unos instantes para luego retomar su ritmo poco a poco. Para detectarlo, la habían sometido a una prueba durante 24 horas en donde sus latidos fueron monitoreados y traducidos a un garabato taquigráfico con largos huecos en blanco cada tanto. Por todo esto, Karina tenía prohibido grandes esfuerzos, tabaco, alcohol y estrés. Pero prohibirle el estrés a alguien es casi como prohibirle respirar. No quedaba otra alternativa más que la resignación. El corazón de Karina jamás tendría remedio. Esa noche, todos presenciaron el momento en que este se apagó de golpe, sin punzada que diera aviso, sin lucecitas ni dolor de brazo. Fue en cosa de segundos cuando de súbito se desplomó, escurriéndose desde la hombrera de Hilario hasta el suelo, y convulsionó. Los invitados la rodearon, la música se apagó. Todos quedaron atónitos ante el espectáculo de baba y vómito que salía de su boca. No había médicos en el salón. Hilario gritaba histérico, culpando a Camila por su mal proceder. Pablo llamó al 911.

La novia lloraba su desdichada suerte, pero fingió demencia ante las “locas” acusaciones del primo. Era lógico, había corrido mucho alcohol y todos estaban alterados. Una ambulancia llegó dando aullidos, demasiado tarde como suelen llegar. El cuerpo inerte de la dama de honor fue cubierto por una sábana y retirado del salón. La fiesta había terminado en tragedia. Hilario se deshacía en lágrimas. Y la organza azul que se desparramaba en pliegues fuera de la camilla semejaba un largo río.

Minutos antes, tumbada en el suelo, Karina se despidió a arcadas de la vida, manchando de espuma blanca su vestido azul. Su corazón ya no daba para más. Se había roto demasiadas veces y por más remiendos que tuviera ya no era el mismo. Algo siempre le dolía dentro del pecho. Un hueco imposible de llenar.

Publicado la semana 7. 10/02/2020
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