06
Montserrat Varela

Cimientos

La tierra se cimbraba con tal fuerza que parecía estar enojada con todos nosotros. No era para menos. Por años habíamos abusado de ella con nuestras construcciones exprés tan a la moda y tan absurdamente carentes de buenos cimientos. El peso de familias enteras, de comunidades completas, de cachivaches, ladrillos y concreto terminaron por convertirse en cascajos dejando a la Ciudad hecha polvo, completamente herida, más sucia que de costumbre y absolutamente vulnerable.

Y en medio de aquel tumulto, de aquel caos vuelto amasijo de cal y carne, se encontraba Estela, tumbada bajo la protección de una escalera maltrecha que hacía de trabe protectora de un techo que estaba a punto de desvencijarse. Su cuerpo, se había ovillado tanto como su panza le permitía, que no era mucho pues ya era cuestión de días para que Máximo, su primogénito, naciera. Oscuridad, silencio y polvo habitaban el espacio.

Una persona cerca de ella la tomó de la mano. Se sentía fría y temblorosa pero decidida quién sabe por qué instinto, a protegerla. Era la mano de una mujer algo mayor que ella. Cuando Estela logró vencer el susto del estrepitoso movimiento telúrico que en un instante parecía haber acabado con el mundo, la observó. Le dijo que se llamaba Rita, que estaría bien, que se calmara. Tenía en la frente un mechón blanco quizá de canas o tal vez solamente era efecto del polvo del plafón desencajado que le había caído minutos antes sobre la cabeza. En ese momento, más que una extraña, Rita le parecía un ángel pues portaba una bolsa y dentro un celular y una botella de agua, tan indispensables para su supervivencia.

Rita le ofreció de beber y Estela no dudó en darle unos tragos a la botella para recomponerse un poco. Luego la devolvió a su dueña, porque, pensaba, ambas la iban a necesitar. La panza de Estela comenzó a doler, Máximo daba violentas vueltas dentro de su vientre. Asustada, buscó sangre, pero no había por ninguna parte y eso las tranquilizó. Rita, todavía tumbada a su lado, mandó unos mensajes de texto y le demandó un número a quién marcarle.

-¿Tú esposo?- insistió ante el sopor de Estela y su mirada perdida pues ya empezaban las contracciones. Su vientre se endurecía en la parte baja de una manera peculiar y dolorosa.

 -No tengo-, respondió a Rita casi sin aliento luego de escucharle repetir la pregunta varias veces.

-¿A quién quieres llamar entonces? Preguntó la mujer, pero Estela no tenía nadie a quién contactar.

-¿El padre?-Insistió Rita, advirtiéndole que ya quedaba poca batería.

Estela respiraba de manera continua, tal como le habían enseñado en el curso profiláctico. Suave, tranquilamente, contando sus contracciones. No existe ningún padre. Nunca existió para Máximo. Sólo estoy yo. Sólo me tiene a mí y yo a él, pensó, pero guardó silencio para recobrar sus fuerzas.

De pronto, un grito de ayuda se escuchó a lo lejos, intermitente, de voz quebrada y ensombrecida por la distancia y tal vez un muro de por medio. Rita, inmutable, sacó de su mágico bolso una manzana y se la ofreció. Y Estela, hambrienta como solía estar, la cogió con ambas manos y la llevó a la boca. Fue entonces cuando se dio cuenta de que a Rita una varilla le atravesaba el muslo y parte del vientre. No había sangre pues estaba coagulada alrededor de la herida.

¿En qué momento pudo ocurrirnos esto? Se preguntó Estela, quien recordaba que minutos antes, ella y su panza llamada Máximo, estaban tranquilos en casa comiendo helado. La idea de que un terremoto los aplastara era como pensar en la posibilidad de que les cayera un rayo. No estaba preparada. Había tenido un embarazo inesperado, donde las circunstancias la habían obligado a quedarse sola y ahora la culpa la rebasaba y pensaba una y otra vez que tal vez hubiera sido mejor haber abortado. Sin embargo, ya no había vuelta atrás, ahora su vida y la de su pequeño dependían de una mujer-ángel con una varilla que le partía el vientre…

Había terminado de comer la manzana y quizá por el esfuerzo o por un mecanismo de defensa, se había quedado dormida largos minutos. Pero una punzada enorme, una contracción brutal la hizo despertar de golpe. Fue entonces que se percató de que la voz lejana que pedía ayuda se había apagado y de que Rita, se había quedado con el brazo extendido y había soltado la botella de agua, dejándola derramarse sobre los escombros.

Máximo se retorcía inquieto dentro de sus entrañas así que Estela pensó en moverse lentamente para buscar una salida, pero tenía miedo. Temblaba cada vez que al girar un poco el cuerpo algo de polvo del techo le caía en la cabeza. Sabía que debía luchar para salvarse ella y salvar a su pequeño. Sin embargo, el dolor de la dilatación comenzaba a hacerle serios estragos, bañándola en sudor a cada rato. Momentos más tarde, vislumbró una luz tenue aparecer atrás de un muro.

Los gritos de algunos hombres se dejaron escuchar a lo lejos. Peguntaban si había alguien con vida. Quería gritarles que sí, pero le faltaba el aliento, todo le daba vueltas y temía desmayarse. Debía concentrarse en respirar para así poder dar a luz a Máximo cuando llegara el momento, pero sabía que no podía tardarse, que era cuestión de vida o muerte salir de ese lugar derrumbado y mórbido. Así que sin pudor tomó la bolsa de su nueva amiga que yacía gélida junto a ella y apoyándose con los codos empezó el lento avance hacia lo que parecía una salida. Ya voy, se repetía y le repetía a su niño, ya voy y se arrastraba con mucho cuidado para no hundir más aquello ya de por sí derribado.

Finalmente, empapada en sudor, polvo y llanto, Estela llegó a su meta: un pequeño hoyo hecho en un muro, con vista hacia un patio central. Aire. Por ahí, un último impulso le ayudó a colarse y deslizar su cuerpo bajo la sombra de un árbol. Los crujidos del techo sonaron con fuerza. El edificio terminó de colapsar generando un enorme estruendo. Y en ese preciso momento, instintivamente, pujó con todas sus fuerzas, con toda su rabia y todo su miedo y no paró hasta que escuchó al pequeño Máximo, quien llegó gritando a todo pulmón por su vida. Estela tomó a su pequeño en brazos, pegándolo a su pecho y perdió el conocimiento. Pero los gritos de Máximo no cesaron, la voz de su pequeño héroe fue lo que minutos después traería a los perros y paramédicos a su encuentro. Fue él quien había conseguido llegar al mundo, aunque devastado, a salvarles la vida.

Publicado la semana 6. 04/02/2020
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Publicado también en la IV Antología de Historias Mínimas – Premio José Mayoral 2018 http://endora.c
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