05
Montserrat Varela

El ensayo

Salgo a la terraza y prendo el último cigarro. Piso la loza con los pies descalzos, recordando aquel juego de la una sí y una no que hoy no podría hacer aunque quisiera.  Y cómo quisiera bailar… Alargar mis brazos y dejarlos girar libremente al ritmo del viento. Pero no me atrevo…

Es una lástima que no dejen fumar en el lobby, aquí afuera está helando. Podría regresar al cuarto por mis pantuflas, dar a lo sumo dos zancadas largas y un brinco. Pero soy incapaz, por mis piernas. Tendré que aclimatarme…

Antes bailaba sin importarme dar un mal paso, sin prestar atención en los demás. Pero ahora todo es distinto. Haz cada día el paso uno, me digo. Practícalo diario durante una semana. Luego de dominar el primero, añade el paso dos, el paso tres y el cuatro, todos juntos. Y entrégate. Eso es bailar, me digo.

A lo lejos, resuenan las campanadas de la iglesia anunciando las ocho de la mañana. El humo de mi cigarro se aleja despacio contaminando lo purísimo del aire. ¡Qué deliciosa paz! Me pierdo entre el tañido, entre el humo que se eleva hasta volverse nube, entre esta vista de caminos verdes que se estrella en el lago.

Permanezco en mi silla y la giro hasta dejarla bien dispuesta hacia el este buscando un rayo de sol. Desde ahí observo todas las casitas blancas crecer como setas encima del cerro en perfecta armonía. “Hay que reconocer nuestro propio ritmo”, pienso y respiro como me enseñaron en la rehabilitación, inhalo talán, exhalo talán y cuando por fin creo llegar a la serenidad que necesito para comenzar el día, un sonido ajeno se entromete en la consonancia del paisaje.

Mi mirada gira ciento ochenta grados en busca del emisor de aquel ruido descompuesto para clavarse sobre dos cuerpos que dan vueltas, brincan y se contonean sobre la azotea de una casa cercana. Es verdad que me siento aburrida y fastidiada del blues y de los viejos boleros con sus dolorosos acordes pero creo que le llaman “reguetón” lo que escucho. Uno de estos cuerpos giratorios es el de una chica obesa y adolescente y el otro un musculoso aunque delgado muchacho de unos veinte años. Y en medio de aquél sonido reproducido en una grabadora a punto de fenecer, los jóvenes preparan una coreografía.

Me nombraron Olga por Olga Preobrazhénskaya, una bailarina rusa que bailaba como los mismísimos ángeles. Me hubiera gustado bailar, a los quince años, en una fiesta. Sin embargo, cuando pienso en todos los “quince años” a los que asistí como invitada, me quedo con una sensación poco grata. Y llegó un día en que dejé de ir a fiestas. Estaba cansada de esperar sentada a que me sacaran a bailar una pieza. Estaba cansada de ser siempre yo la que buscaba la mirada y los sacaba a bailar a sabiendas de que el baile iba a durar solamente lo que durara la canción, únicamente una pieza. Tampoco es que no bailara nunca pero me gustan los ritmos alegres y nunca los conseguía bailar acompañada. Los pasos lentos, como los valses, me hacían perder el equilibrio, me demandaban más control… Lo que considero contrario a los “objetivos” del baile. Hay que relajarse y disfrutar la música, identificar el ritmo, improvisar y divertirse.

Imagino que esta chica está por cumplir sus quince e hizo bien en escoger una fiesta. Obviamente el joven profesor la prepara para bailar algo menos aburrido que el vals. Es extraño que estén ensayando tan temprano, supongo que debe ser porque hoy es el gran día, tal vez en la tarde o en la noche.

Acomodo mi silla y me dispongo a observarlos sólo unos instantes.

El profesor de la chica parece apuesto, viste una playera azul eléctrico, de licra, entallada, que exhibe lo torneado de sus bíceps. Tras marcar dos o tres pasos al compás del bit, hace que su discípula siga el trazo, pero la robusta púber carece de gracia y, cual botarga, va del brinco alargado y ligero que ejemplificó ágilmente el profesor, al bote pesado y feroz de sus setenta u ochenta kilos. Veo varias veces como el joven va hacia la grabadora y detiene la música mientras grita  un ¡ay, dios mío! un poco amanerado. La chica viste unos jeans entallados, tenis y blusa  color amarillo. Como un pollo gigante que persiste en su afán por mover ese cuerpo rollizo, cuidadosa de contar un, dos, tres, los pasos, los giros y los movimientos de cadera.

En la fiesta de Javier, mi hijo menor, traté de bailar un poco. Recuerdo que sentí mi cuerpo endurecido, los músculos tensos. Supongo que así debe sentirse esta chica, toda ella agarrotada. Sin embargo, la obstinación del joven profesor y su paciencia me mantienen expectante y  muy asombrada, aún más que sus bíceps humedecidos ahora con las gotas de sudor hasta quedar brillantes.

Los muchachos ya han intentado el mismo paso varias veces. Van para acá y para allá mientras mi pie trata de acompañarlos marcando el ritmo sobre la loza. La quinceañera se sienta, parece que necesita recobrar el aliento. Yo a su edad tenía una energía notable. Debe ser que se cansa tanto porque está deshidratada. El agua es sumamente importante cuando se practica el baile, cualquiera lo sabe.

El hombre la observa, suelta una risa burlona y sigue bailando sin preocuparse. Ella lo mira con una mezcla de admiración y tristeza. Ha de ser porque no logra dar el “cadera-vuelta” con elegancia. Tras una breve pausa, la gordita seca con determinación el sudor de su frente, enciende la grabadora e intenta de nuevo toda la rutina.

Es emocionante ver la terquedad de la gente. Uno siempre lo intenta, siempre estamos como en un continuo ensayo, tratando de hacer las cosas bien, de dar los pasos adecuados. La chica da un paso al frente, dos a la izquierda, mueve la cadera a la derecha y da una vuelta; luego pone sus brazos a los lados, mueve la cadera a la izquierda… ¡A la izquierda, a la izquierda!

El hombre manotea molesto. No alcanzo a escuchar lo que dice, sin embargo, por sus gestos intuyo que está furioso. Baja las escaleras. La chica detiene el cd y pone la misma canción desde el comienzo. Va bien. Sin gracia, pero bien. Parece que está cansada porque se atrasa un poco en cada movimiento, sin embargo aún no se ha equivocado.

Busco otro cigarro pero de inmediato recuerdo que hace un momento me fumé el último. Quién pudiera estar bailando como ellos esta mañana tan fría.

El profesor sube malabareando  sobre la escalera de caracol por la que regresa con un agua y  una coca-cola en las manos. Ojalá que el agua sea para la chica porque en nada le ayudaría tomarse un refresco, necesita hidratarse.  La corpulenta muchacha no ha visto a su profesor. Sigue bailando muy concentrada.

Para mi asombro, casi termina sin errores si no es porque, en la distancia, se escucha un ruido semejante al tronido un cuete. El sonido sordo retumba opacando la música. La chica se espanta y brinca a la derecha. ¡Era a la izquierda!

Con los años, he perdido peso, pegue y pelo, pero no la memoria. Después de estar observándolos todo este rato, ya me aprendí la coreografía de la muchacha y hasta desearía bailarla. El hombre apenas logra ver el brinco que dio la quinceañera luego de perder la concentración le hace una mueca de lo más grosera. ¡Ojalá la hubiera visto hace rato, cuando casi le salía! La chica cubre su rostro. Supongo que llora. No deja que el hombre se le acerque ni bebe el agua que éste le ofrece. Él cambia la canción y yo aprovecho el silencio del intro para escuchar cuando le dice: "Échale ganas, gordita, no es posible que llevemos tanto tiempo y sigas igual. Si note pones las pilas seguro vas a hacer un osazo, así que aguas, ¿okay?" Y, tras beber su coca-cola, se pone a hacer una última rutina. La rechoncha púber finge ignorarlo. Recuerdo que así era el amor a los quince años, el muchacho con el que más peleabas era siempre, en secreto, tu amor platónico.

Con las manos sobre el rostro, la chica se acerca a la orilla del techo y ya en el borde, tras asomarse un par de veces, seca el sudor de su frente. El profesor baila, con buen ritmo, el un, dos, vuelta y cadera, sin parecer marcado. ¡Que envidia de movimientos! El secreto, creo, además de su buena condición física y su evidente juventud, radica en que se divierte; no ha dejado de sonreír ni un instante. La quinceañera, en cambio, está triste. O peor, su mirada es de derrota… de vieja. De repente, la chica voltea para acá. Me descubre. El hombre sigue bailando, incansable, imparable, implacable.

Escucho como tañen violentas las campanas de la iglesia de las nueve de la mañana. La chica, sorprendida por mi ojo voyeur que no pretendía causar daño a nadie, congela su mirada inquisidora. Pienso en disimular pero creo que ya es tarde. Con muchos trabajos, logro poner en pie mi cuerpo y, despacio, me acerco a la barda de la terraza. Quiero preguntarle si en realidad ensaya para sus quince y si hoy será la fiesta. No estaría mal, si es que me invita, ir un rato a ver cómo le sale la coreografía.

Apenas alcanzo a apoyar mi mano en una de las jardineras cuando veo a la chica inclinar su cuerpo hacia delante y luego retirarse del borde, voltear hacia el profesor, estirar lentamente la pierna para interrumpir uno de los graciosos brincos del hombre y hacerlo girar, cuasi Nadia Comaneci en su mejor época, dando una magnífica pirueta hasta caer a la banqueta. El joven profesor se ha convertido en una mancha color violeta. Yo contengo mi grito, porque la quinceañera aún me mira y me sonríe levemente, volviéndome cómplice. Ella, tranquila, le da un sorbo a su refresco, lo enrosca y lo acomoda en el suelo. Después llora, berrea, grita histérica hasta que llegan los que supongo son sus familiares. Todos la consuelan y se asoman asustados para ver aquél espectáculo grotesco del cual nadie se percató debido al volumen de la música. Alguien apaga la grabadora. Alguien le dice pobrecita. Alguien más se la lleva abrazada mientras otros tantos salen a la calle para arremolinarse alrededor del cuerpo del hombre. Y ella, vierte lágrimas redondas, llora y llora desconsolada, pero yo sé que se siente satisfecha, que porfin le ha salido la coreografía completa. Y entre lagrimones, vuelve a voltear, como buscándome y sonríe traviesa.

Publicado la semana 5. 29/01/2020
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