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Montserrat Varela

Tierras Extranjeras

          En el último viaje que hice al extranjero me encerraron en un cuarto de hospital para hacerme evacuar. Buscaban sustancias tóxicas. Sospecharon de mí casi al llegar a migración pues fui empujada por una policía y de inmediato sentí rabia. Una rabia tan descomunal y tan contenida que me hizo sudar. Mientras caminaba lentamente hacia la fila, mi frente se apiñó de gruesas gotas. Apreté las manos para no temblar. Cada vez que cruzaba la frontera recibía el mismo trato ignominioso, pero eso cada vez me importaba un poco menos. Confiaba en que ahora era yo la que se los iba a chingar. Luego comencé a convulsionar y me caí al suelo. Desperté en un hospital, con el vientre violentamente hinchado, conectada a un suero y con un oficial gringo dentro del cuarto, frente a la puerta, en guardia.

          En la tomografía, los médicos encontraron en mi estómago doscientas treinta y siete cápsulas y por fortuna, solamente una tenía una fisura. No se lo podían creer. Debía de estar muerta para entonces. Cagué más de treinta veces gracias a que me hicieron beber dos jarras repletas de un líquido blancuzco que dejaba un sabor a amargura. Era una purga. Dos custodios vigilaban la puerta del cuarto por fuera. Los rugidos de mis entrañas retumbaban en la habitación. Una vez vaciada de droga y excremento, por fin me dejaron descansar. Fueron tres días enteros con sus respectivas noches las que estuve sometida a un estricto ritual de lavativas y fue solamente una pequeña fisura en una única cápsula lo que bastó para arrancar en mí, momentos antes, la temblorina tan temida por el Billy. Ante la prepotencia del hombre rubio y alto, que me miraba desde su hombro, que me hablaba detrás del cristal de la cabina de migración insistiendo que le repitiera mi nombre y escribiendo brown sobre mi pasaporte, me desmayé. De inmediato me llevaron en ambulancia a un hospital cercano. Y ahí, entre sueros y palabras que sonaban nasales que no lograba entender del todo, comprendí de qué hablaban los médicos y las autoridades. Los doctores me hicieron varios estudios y no fue sorpresa para nadie descubrir que yo era una mula; lo que sí los dejó boquiabiertos fueron mis intestinos que estaban plagados, como nunca antes habían visto, de cápsulas verdes, plásticas, de un centímetro de diámetro, todas ingeridas un día antes, con dos días previos de ayuno. Mi sacrificio, mi sufrimiento no había servido de nada; habían fallado todos los esfuerzos en el momento mismo en que una voz me interrogaba, me golpeaba con sus dedos largos y fríos la mejilla izquierda y yo, mareada, no lograba entenderle un carajo de lo que decía. ¿Que si llevo drogas? ¿Cómo dentro? ¿Juat?

          De las doscientas treinta y siete cápsulas que arrojé al evacuar solamente una tenía una leve fisura. Yo tampoco lo podía creía. Me habían atrapado debido al efecto de la droga, gracias al mareo. "Coca, sentencia mínima: cinco años", me dijo el policía durante el interrogatorio. "Es que no podré conseguir un abogado, no tengo para pagarlo. No conozco el idioma y perdí a mi contacto, al que iba ver del otro lado, en el Denys." "Sentencia máxima: veinte años", dijo sonriéndome. Los interrogatorios tanto de los policías como de los doctores eran agotadoramente frecuentes. Dicen en mi pueblo que "la mula no era arisca, hasta que la hicieron". A mí lo que me hizo arisca y mula fue la jodida pobreza. Pasar frío y hambre y a pesar de haber estudiado y conseguido un diploma de enfermería, a pesar de desearle el bien al prójimo y de esforzarme, seguir siempre pasando frío y hambre. ¡Ya no podía con ese sino! Nadie podía tener ahí un futuro próspero... Pero la cárcel gringa no era una opción. Veinte años son demasiados así que le dije al abogado latino, González, al que se notaba en su gesto que me despreciaba hondamente, igual que la policía negra que horas antes me había empujado desbordando mi rabia, le dije: "Me largo".

          "Tú no irás a ninguna parte más que a la cárcel, morenita de mierda", dijo con acento gringo y con mucha sorna. Seguramente disfrutando joder a alguien más jodido; y ¿para qué? -me pregunté en ese instante-, ¿para qué demonios me preocupo? "Me voy", le repetí y con toda la fuerza que me quedaba me acerqué a la ventana, saqué medio cuerpo, tomé impulso y balanceé mi peso por un instante. Veinte años son muchos, demasiados; cinco, una deuda que jamás dejaría de pagar. No tenía alternativa. González intentó agarrar mi tobillo, pero la gravedad finalmente ganó. Me encontraron tirada en el traspatio, la cara lívida y los huesos intactos. Enormes bolsas de basura amortiguaron mi caída dentro de un contenedor. Los médicos no se lo podían creer. Me llevaron dentro. Me revisaron durante días, haciéndome distintos estudios y al final de tres semanas, me deportaron. Sus estudios sirvieron para descubrir una sustancia que me hacía más tolerante a la absorción de la coca. Me deportaron pesando veinte kilos menos, dejándome completamente vacía y de vuelta a casa para siempre, a la jodida pobreza.

Publicado la semana 4. 20/01/2020
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Revista Entretextos de la Universidad Iberoamericana de León, Agosto 2018 y Antología de cuento “Nad
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