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Montserrat Varela

Como los changos 1/6

1. Soy un chango.

      “¿Saben cómo cazan a los changos en la selva?", nos preguntó el instructor y todos negamos moviendo nuestras cabezas. “El cazador lleva un tubo largo, delgado y hueco. De un lado coloca una fruta pequeña y del otro lado, amarra un hilo. Luego, deja caer el tubo en el suelo bajo el árbol donde el changuito está trepado; se esconde con el extremo del hilo en mano y espera a su presa. El animal, desde la copa del árbol, huele la fruta, baja lentamente y la descubre en el borde del tubo así que mete el brazo para agarrarla y queda atrapado. Finalmente, el cazador jala del hilo y el chango es suyo".

Al parecer el objetivo del instructor al contarnos esta peculiar historia era explicarnos algo sobre las ventas pero, yo me quedé boquiabierta y me olvidé completamente del curso, pensando en tan ingenuo primate. ¡Qué estúpido mono, que necio, qué bárbaro! Si hubiera soltado la fruta nada le habría impedido sacar el brazo del tubo y liberarse, más tardé en reflexionar cuando me di cuenta de la rotunda verdad: Yo soy así, soy un chango. ¿De qué demonios me sirven años y años de evolución si termino haciendo exactamente lo mismo?

Para tranquilizarme, fui por un cigarro. Pero aquél día en que se me reveló mi verdadera identidad de primate fue uno de esos en los que o te mea un perro, o te cae un rayo o te hacen una intervención anti-tabaco. Un estimado colega se 34 acercó y mientras me veía encender con la colilla de uno, el segundo cigarro, me dijo: “Eva, mi tía Gladis fumó por treinta años, dos cajetillas diarias pero un día se despertó y dijo ya no más. ¡Ya basta! Y nunca volvió a fumar. ¡Así de fácil! Todo es cuestión de voluntad”.

Pero lo que quería no era dejar el tabaco sino dejar de ser un chango aferrado; Así que, al llegar a casa, creyendo que ejercitaba la voluntad esforzándome en soltar a mi ex, enumeré durante horas las razones por las cuales no pudimos permanecer juntos ni convivir mejor y escribí una larga carta que después de ocho cuartillas agotó a mis falanges, a mis metacarpos y a los pañuelos desechables que quedaban.

Aunque continué empeñada un rato más, poco a poco me fui dando cuenta de que tal ejercicio era completamente absurdo pues necesitaba recordar soltar a mi ex, una paradoja. Intenté distraerme. Leía, escribía, dormía, comía y hacía un sin fin de cosas en imperfecto del indicativo pero tarde o temprano regresaba a mí su recuerdo perfecto y el de mi voluntad anhelante de expulsarlo.

Me torturaba el no haber terminado la relación del todo. Esos puntos suspensivos que sorpresivamente me dejaron suspendida en el vacío, que gravitaban en el quizá remoto, el después, más adelante, tal vez y demás misterios y promesas rotas.

A mí me atrapó el misterio. Me dejó inmóvil, agarrada como el mono a la fruta, concentrando mi atención y mi energía en analizar una y otra vez los sucesos, en recabar las pistas del inmensamente inútil rompecabezas de motivos y por más que me afané siempre faltaron piezas.

Recapitulaba las palabras, las acciones, los subtextos y dedicaba especial atención a los matices y a las sutilezas. Me daba por pensar por horas las posibles razones, artilugios que mi mente elucubraba hasta causarse dolor y agotamiento. Me daba por tirarme todo un día hasta formar un gran charco sobre la almohada e 35 instalar ahí mi tristeza. Me daba la locura de la nostalgia de una cama compartida, la ansiedad de los besos díscolos que se disfrazan de besos generosos y apenas se atreven a tocar estos labios que vibran de carne húmeda. Me daba por no poder evaporar el magnetismo punzante de mi pulso que lo nombraba "tú, tú, tú" cuando ya sé que debí haber escuchado un único "yo, yo, yo".

Él me prometió darse un tiempo para ordenar sus ideas, pero prefirió dedicarlo a sí mismo: A comerse los piojos, uno a uno y a aparearse con otras changas.

Hubo una vez un pequeño "nosotros" perdido entre muchos la cosa es complicada, mira que acabo de terminar una relación y ahora no es buen momento, no puedo darte lo que tú mereces, no eres tú, soy yo quien está hecho un lío, o quien no te entiende, o quien no tiene tiempo, son mis circunstancias que no aceptas, lo que te doy no te parece suficiente; y qué te digo, Eva, ya encontrarás a alguien mejor…

Hubo una vez un pequeño nosotros que se volvió diminuto con el tiempo y la distancia. Ejercimos la voluntad sin convicción, demasiado tarde para evitarnos el hastío y la duda.

Publicado la semana 34. 17/08/2020
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