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Montserrat Varela

Piedras

Ana leía cuando el timbre del teléfono sonó. Corrió a contestar y una voz de mujer enfadada la saludó con desdén y luego le exigió hablar con su hijo. Ana le dijo que no se encontraba, que había ido a reunirse con un amigo.

-¿Quién?- Preguntó molesta y continúo sin esperar respuesta alguna.

–En fin, Annie, hablé para decirte que qué porquería de seguro tienes, eh. ¡Todavía no le han enviado los papeles al doctor, hombre, de veras!

El doctor Ilizalizarri era un hombre de setenta y tantos que recomendaba a sus pacientes la operación tradicional de la vesícula: un corte con bisturí del ombligo hasta la cadera. Una abertura absolutamente innecesaria existiendo la cirugía laparoscópica, según el doctor Oria. Adán y ella habían acordado que por más doctor de la familia que fuera Ilizalizarri, se operaría con Oria, que cobraba la mitad y que operaba en un hospital cerca del departamento y del trabajo de Ana, o por lo menos eso creía ella.

Adán, esa mañana, fue a desayunar con el señor Saucedo. Había fallecido su hermano un par de semanas antes y no había tenido oportunidad de darle el pésame. Saucedo llevaba mal semblante, no solamente por lo pálido y ojeroso sino que, además, había bajado de peso. Los pómulos resaltaban de su cara, semejando a un esqueleto. En cuanto vio llegar a Adán se le iluminó el rostro, le preguntó cómo estaba y él comenzó 39 a contarle sobre las piedras en la vesícula y su futura operación.

El señor Saucedo lo escuchó pacientemente y cuando por fin consideró que era suficiente de aquella historia, le preguntó:

 -Pero tú, Adán, ¿cómo estás? Él supo que no se refería a su salud y sin pudor se soltó a llorar frente a Saucedo y a varios comensales que desayunaban tranquilamente en el bistró.

 -Pues… es que él aún no se decide si se va a operar con el doctor Ilizalizurri- le dijo Ana, pero la madre de Adán la interrumpió indignadísima.

–Ilizalizarri. –Pues aún no sé decide entre ese – le dijo por ahorrarse sílabas- y el doctor Oria. Y se imaginó como la madre de Adán se exasperaba al otro lado de la bocina, en su departamento de lujo de las Lomas.

 –Pues a mí me dijo que había decidido operarse con Ilizalizarri y yo creo que tiene que operarse con él.

–Pues a lo mejor a mi me dijo otra cosa... señora.- Respondió Ana, tajante, y dio por terminada la llamada.

Sin embargo, un pensamiento inquietante la invadió de pronto. A lo mejor Adán ya no confiaba en ella, a lo mejor no convenía llevarle la contra a su madre, a lo mejor él tenía miedo... A lo mejor solamente lo estaba constatando una vez más; a lo mejor no le sorprendía que fuera un niño de mami. Imaginaba la mirada de la madre de Adán puesta en la suya y su ceja izquierda un poco levantada, juzgándola. Un ataque de ira se le aglutinó en la garganta y la hizo llorar. Sentía una bomba explotando dentro. El alma le cimbraba. No podía abarcar sola ese torbellino.

 -Nuestra relación ha llegado a un punto insostenible – Le soltó categórico a Saucedo, percatándose de la inexactitud de sus palabras.

–Me refiero –corrigió Adán con la voz entrecortada- a que es inevitable separarnos… -¿Es inevitable? –preguntó su amigo.

No era inevitable, simplemente Adán ya no quería evitarlo. Habían pasado varios meses en que las cosas andaban tensas y meses antes donde se habían distanciado. Al final, nada de eso importaba, pudieron haber ido a terapia o intentar nuevas formas… El punto es que él ya no quería. No es que se hubiera aburrido, cansado, desencantado o incomodado, lo estaba pasando mal y no quería seguir compartiendo su vida con alguien igual de triste que él. Ya no había nada para qué estar.

-Sí. Pienso hablar con ella hoy – dijo a Saucedo, y de pronto, enmudecieron ambos.

El teléfono de Adán comenzó a vibrar. Era Ana. Adán tomó la llamada y se apartó de la mesa al instante en que notó el tono exaltado de su pareja. Entre gritos y sollozos, Ana le contó lo que había ocurrido, reclamándole por ocultarle las cosas, por no tomarla en cuenta, por su cobardía y las groserías de su madre, pero sobretodo, por su indiferencia ya desde largo tiempo atrás. Adán pensó que la reacción de Ana, como las últimas veces, bordeaba en la desmesura. Le dijo:

-Voy para la casa. Yo hablo con ella-. Y colgó.

Estaba cansado de pelear. Estaban cansados ambos. Ana se quedó sentada en la sala, sobre el sillón, con el teléfono en mano. Pasados unos instantes, observó a su alrededor y, como una epifanía, las sábanas se le revelaron cínicas sobre los sillones de la sala. Esas sábanas que le recomendaba tanto a Adán su madre para protegerlos contra el polvo y la suciedad, Ana las arrancó con furia, las revolvió y las refundió en el bote de la ropa sucia. "Los sillones son para usarse y ensuciarse", pensó. Detestaba esas sábanas sobre ellos. Y sobre todo, detestaba que ese departamento fuera de su suegra y que ella quedara fuera de cualquier decisión, siempre.

Adán tomó un taxi y le pidió que se fuera por la ruta más corta. Llamó a su madre pero entró la contestadora. Prefirió no dejar mensaje. Hace mucho que sentía esto pero no le había quedado tan claro hasta hacía una semana cuando, regresando de su terapia, Ana le propuso separarse para vivir cada quien en su espacio y probar si así mejoraban las cosas. Para Adán el espacio no era problema. Estaba cómodo, no le estorbaba su presencia. Era todo lo demás, su estado de ánimo, el propio y su combinación funesta. Quiso pensar que era posible estar juntos pero no fue así. Ana también hacía tiempo que lo sentía y al momento de desnudar la sala de sus ropas se dio cuenta, por fin, de que ya no quería seguir ahí.

Al abrir la puerta la primera imagen que Adán vio fue la del cuerpo de Ana ovillado sobre el sofá color marfil. Se dirigió a ella con gesto adusto y le dijo:

-Tenemos que hablar-. Luego, se quedó mirando, sorprendido, la sala desnuda.

Se le llama comportamiento pasivo-agresivo, o por lo menos así es como la psicóloga de Ana lo definía. Sin quitarle la mirada de encima, frunció el ceño y le dijo:

-Esto no tiene que ver con lo que pasó con mi mamá hace rato pero tenemos que terminar.

Ana le sostuvo la mirada y sus ojos, anegados, casi lo conmovieron. Ella no entendía de dónde venía esa resolución tan arbitraria y terminante de su parte. ¿Había sido lo de su madre la gota que derramó el vaso? ¿Tal vez el miedo a lo socialmente incorrecto? Aunque a ella no le extrañaba ese tipo de pensamiento en Adán, no quería creerlo. Su ego estaba destrozado. Hasta hace unos minutos era la que se lo estaba pensando, la primera en proponer una separación menos tajante… y sin embargo, se quedó helada ante la seguridad y la firmeza de Adán. Algo dentro de él había crecido y la hacía admirarlo a pesar de que le destrozara el corazón.

Adán, aunque parecía impávido, dudaba. Hubiera accedido a cualquier otra opción de haber recibido algún argumento en contra, pero no fue así. Con un gesto de indignación mal actuada, Ana le preguntó cuándo quería que dejara el departamento. No se lo esperaba. Hubiera sido más familiar para él escuchar más de sus gritos, mezclados con llanto y reclamos, con rencor. Contestó lo primero que se le ocurrió:

-Cuanto antes.

¿Qué podía decirle ella? Cuando lo escuchó así de convencido, lo único que pudo hacer fue aceptarlo. No tenía caso hablar más. Hacía apenas una semana atrás le había dicho que no quería separarse, que deseaba seguir con ella y encontrar la manera… “Mira qué sorpresa ahora, que me tengo que ir cuanto antes, en domingo y fin de quincena. Ya con tu operación pagada para el lunes”, pensaba Ana. Adán entendió que lo que había dicho no era lo correcto, pero ya no quería verla ni un instante más. Temía que tal vez se pudiera arrepentir, que ni siquiera ella hubiera tenido que convencerlo. Estaba dudando de todo lo que horas atrás, con Saucedo, había pensado que era inevitable.

Esa noche, Ana le pidió a un amigo ayuda para mudar sus cosas y darle albergue. Se quedó en su casa tres noches y luego regresó al departamento. Por esos días Adán se operó y Saucedo lo visitó un par de veces en el hospital. Luego fue a casa de su madre para que lo cuidara en la recuperación. Finalmente optó por operarse con Oria y sin duda fue la mejor opción. Ana se quedó en el departamento dos semanas más, en lo que encontraba un lugar para vivir. Adán no paraba de imaginar cómo iba quedando el espacio vacío, como se diluía poco a poco la huella de Ana en aquel lugar y le dolía más que la herida de la operación. Pasadas tres semanas y media, Adán regresó a casa, con sus piedras dentro de un frasco. Al abrir la puerta del departamento lo primero que notó fue el frío y las sábanas, mortuorias, puestas sobre los sillones de la sala. Ana y su dolor de vesícula, se habían ido para siempre.

Publicado la semana 31. 02/08/2020
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