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Montserrat Varela

Degeneres

Verá, el último recurso era mandarle una patrulla para parar sus degeneres, pero eso ya no lo pude hacer. Gracias a dios se fue antes, porque vaya a saber qué me hubiera hecho ese hombre, que parecía Satanás, si se enterara que fui yo la que le andaba echando a la Julia.

El problema empezó hace un par de meses. Yo sabía que nada bueno podía venir de aquel tipo pues a leguas se notaba que estaba metido en asuntos demoniacos. Fíjese si no, usaba el pelo hasta los hombros, llevaba arete y un tatuaje de un diablo que le cubría el hombro y parte del brazo, siempre con botas, pantalones y playeras negras, como de luto y ¿sabe? no era nada más la facha, porque yo soy muy devota y no juzgo a las personas por cómo se visten, pero ese sí que traía pinta de maleante. Llegó con varios tipos, “disque sus primos”, vaya usted a saber si no eran puros cuentos. Todos igual de greñudos, aunque unos más grandotes que otros. Me dieron miedo. Le ayudaron a cargar sus muebles y entre las cosas que alcancé a ver que subían, había un montón de guitarras, todas nuevecitas y unos aparatos grandes como bocinas. No quiero pensar mal, pero a mí se me hace que todo eso era robado. Porque si no, dígame, de dónde alguien con ese porte iba a tener dinero para comprar tantas cosas, ¿no cree?

El caso es que ese día hicieron tal escándalo que tuve que hablarle a la administradora de condóminos. Ella siempre es muy amable conmigo y cada que le aviso que algún vecino está infringiendo el reglamento, me apoya y les marca. Y esta vez no fue la excepción. Digamos que, para Flora, yo fungo como su informante porque ella a veces no está en todo el día. Lo sé porque cuando me asomo a regar las plantas noto su puerta cerrada y sus persianas abajo. Cuando anda en casa siembre las sube y a veces abre alguna ventana. Quien sabe que tanto hará en la calle todo el día pero eso sí, se sale muy emperifollada. Igual y ni le avisa a su marido, ¿no cree? Ella nomás encarga al chamaco con la del 301 y rápido se larga.

En fin, aquel día ese hombre recibió su primer aviso, para que no fuera a pensar que nosotros, sus vecinos, no estábamos al tanto de la situación. Lo acusé no sólo por el escándalo que se traía entre risa y risa con los malvivientes esos sino también por el ruido de sus guitarras que no tardó en hacerse oír y fíjese, hasta mis candiles retumbaron cuando comenzaron a sonar esos instrumentos del mal que alguien debería de prohibir definitivamente. Y es que no se vale. Un par de horas después de que empezaron con su música, si es que a eso se le puede llamar así, pues nada más se oían chillidos de instrumentos y voces de ultratumba, yo ya me había tomado medio Lexotan para calmar mis nervios. Entonces, mi hija, Lolita, llegó a visitarme. Venía con sus chamacos, unos mocosos que dios no lo quiera, parece que también andan por malos pasos porque no sueltan las patinetas, pero hágale entender a su madre...

Así que, bueno, toda angustiada como estaba, corrí hacia mi hija y le platiqué lo que había pasado, pero ya ve cómo son los jóvenes ahora, nomás se rio de mí. Me dijo -muy emocionada la tonta- que ese hombre era famoso y que eso que estaban tocando era “rock” pero a mí me sonaba más a invocaciones satánicas. Ella me insistió en que no eran y que mejor ni me metiera y hasta nos peleamos. Me encajó un coraje que al ratito ya me había subido la presión al cielo.

Y es que fíjese, ¿cómo no me voy a meter si andan haciendo rituales demoniacos en mi propio edificio, a unos cuantos departamentos del mío? No señor, mi deber como vecina y como católica, apostólica y romana, era denunciarlos. Así que esperé para hablar con Flora pero la mujer no me pudo apoyar como hubiera querido, yo creo que por miedo a que le hicieran algo. Ella, con su bebé chiquito, a lo mejor le asustaba que pudieran robárselo y hasta lo fueran a sacrificar en sus misas negras, ¿no cree? Es que estos así le hacen, lo dicen hasta en la tele.

Total, que el hombre este, que se hacía llamar Alexis o Alexei o una cosa así rara, un nombre falso de seguro -nadie se puede llamar así-, siguió tan cómodo día tras día haciendo su escándalo como si nada. Y no nada más eso, también fumaba. Lo hacía en el balcón, pero su humo nos llegaba a todos. Estuve quejándome varias semanas pues por su culpa mi tos había empeorado. Cada vez que salía a mi balcón a regar mis plantas o a vigilar que no fueran a entrar ladrones a los departamentos de los vecinos, me llegaba la peste de sus cigarrotes. Y la administradora, bien gracias. Después de insistirle casi diario finalmente me dijo que ahí si no podía hacer nada, pues él estaba en su casa. “¡Pero el balcón está afuera y su humo llega hasta mí!” Le dije furiosa ante su negativa y ¿creerá que la muy ingrata me sugirió cerrar mi ventana y no andar asomándome por mi propio balcón cuando ese chango fumara?” Era el colmo, el acabose, la guerra. Pero lo peor no fue eso. Imagínese que un día vi como el tal Axel ese metía de noche a su departamento a una mujer, así tan campante. No pude escuchar nada por más que acerqué a mi pared la oreja pues como siempre, su música depravada resonaba a todo volumen, pero estoy segura de que era una de esas mujeres de la calle, que se la había encontrado por ahí y la había llevado a hacerle cosas; porque ha de saber que muy decente tampoco se veía, toda entallada y entaconada, aunque por más que me estiré y hasta me puse los lentes, no alcancé a verle la cara. Lo único bueno para mi tranquilidad es que cada que esa tipa aparecía Lolita venía a visitarme también, así que con ella me desahogaba. Le contaba estas cosas y sobre mis angustias y sobresaltos todas las noches pensando que ese tipo tal vez un día podía meterse en mi departamento y hacerme lo mismo que a esa mujerzuela, pero Lolita nomás se reía. Ella se volvió así desde que su matrimonio fracasó y se separó de Genaro. Ya no le importaba nada. ¿Va usted a creer que lo dejó la muy necia porque no aguantó una que otra “canita al aire”? Mi nuero no era mal hombre, yo no entiendo a mi hija. A lo sumo un poco “ojo alegre” y algo bebedor, pero ¿qué hombre no? Sin embargo, gracias a dios, nunca llevó el pelo largo ni usaba arete ni mucho menos oía rock. Eso no lo valoró Lolita. Y bueno, para no hacerle el cuento largo, yo ya no veía la hora a que se largara ese tipejo hasta que, por fin, diosito me hizo el milagro.

Dicen que el hombre ya no quiso estar aquí por los vecinos chismosos, quién sabe si se referiría a la del 301 que se vive las horas en la ventana viendo nomás a ver quién pasa. Un día hasta le tomé el tiempo y tardó más de dos horas ahí pegada, ¿usted cree? La que no ha vuelto a visitarme desde entonces es mi hija Lolita, ni sus chamacos revoltosos, que de eso sí me alegro. Según dice, anda muy ocupada de “manager” de un grupo con muchos fanáticos, yo no entiendo de esas cosas y prefiero ni saber. Ha de ser uno de esos grupos religiosos, de esas sectas que tienen muchos nombres o algo así; no sé porque a mí no me cuenta nada, de seguro no quiere que le diga que no ande en eso, pero la próxima vez que venga, me va a oír, ya verá. Porque esas cosas son pecado, ¿sabe? Pues ya le digo, que ahorita está desocupado el departamento ese, por si quiere mudarse para acá, es muy bonito ambiente, ya verá.

Publicado la semana 3. 13/01/2020
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