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Montserrat Varela

El juicio

    Un ángel toca una trompeta de la cual pende una bandera rojiblanca. Mujeres, hombres y niños se levantan de sus tumbas y extienden los brazos hacia él.      

María despertó de pronto pero no se quitó el pesado edredón que la aplastaba; envuelta en él se quedó inmóvil, boca abajo, sobre la cama, reflexionando largo rato sobre aquella imagen que invadía su memoria. Finalmente decidió levantarse y entrar al cuarto de baño. El agua de la regadera estaba tibia. Pasó la esponja lentamente y se enjuagó sin prisa, haciendo pausas de vez en cuando para ajustar la temperatura del agua que caía cascada abajo sobre su cuerpo. Fue entonces que recordó la mirada de su amigo y una sensación de vértigo la obligó a retroceder unos pasos. Alargó su brazo para sostenerse del cancel, pero falló en su intento. Bajo el chorro de agua, recargada en el muro frío de mosaico azul, fue deslizando su espalda lentamente hacia abajo.

Lo recordó a él, a su mirada tristona mendigando afecto y a sus caricias torpes que no alcanzaban para enchinarle la piel; recordó su presunción en la cama, su risa franca y sus ojos como unas rendijas luminosas; recordó su talento para crear grandes historias y su valentía al intentar sobrevivir en el mundo sombrío que el mismo se pintaba. Tuvo sexo con él varias veces cuando él llegaba a la ciudad y le pedía posada.

María se escurrió hasta quedar sentada en el frío mosaico. Su rostro estaba descompuesto, su llanto trabado en la garganta, asfixiándola. Justo ese día él le había dejado de parecer interesante. Recordó la mirada obscena del que llamaba amigo y la sonrisa sardónica en su rostro; recordó las manos toscas y pequeñas prendidas a su cintura hacía apenas unas horas, su cuerpo apresándola contra el colchón, su sexo penetrándola sin su consentimiento y después de unas cuantas súplicas, sin su oposición.

          Ella no emitió sonido aún cuando el chorro de agua helada caía sobre su rostro y a pesar de que su gesto era de grito, de rabia infinita y de infinita culpa recordando cómo él se vistió y caminó hacia la puerta y ella, sin reclamarle nada, sin defenderse, tan sólo la cerró.

          Un ángel tocando una trompeta con una bandera rojiblanca era la ilustración de una carta de tarot que irónicamente continuaba tirada como su único testigo.

Publicado la semana 26. 27/06/2020
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