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Montserrat Varela

Alias Adela

(Cuento inédito, hasta hoy.)

       A la señora Eva nunca le gustó el nombre de Adolfa, por eso desde el primer día la llamó Adela y la presentó así con toda su familia. A pesar de los gritos neuróticos que le propinaba cada día, Adela le fue fiel a su patrona y estuvo a su servicio por más de veinte años, hasta el día en que la señora de la casa falleció. Esa mañana el médico del Seguro Social se presentó tempranito al domicilio de la recién difunta y para las ocho ya había expedido un acta anunciando la causa de muerte: paro cardiaco. Adela fue quien lo llamó. Primero trató de avisarles a los hijos. Tomó el bolso de la señora y buscó rápidamente en el celular sus nombres. Dejó sonar varias veces, pero ninguno de ellos respondió la llamada, así que fue ella misma con la ayuda de Francisca, la vecina, la que consiguió el número y marcó a la clínica más cercana. Tocó el timbre y esperó frente al portón de la vecina. Una mujer rubia y robusta, de edad mediana, le abrió la puerta.

-Adelita, ¡qué hace por acá tan temprano! Pásele, que hace un frío- le dijo Francisca, mientras observaba a la mujer frotarse, una contra la otra, sus ajadas manos. Adelita negó con un movimiento de cabeza.

-La señora se puso mal…  La vecina no dejó que continuara. Fue corriendo por un suéter mientras Adela la esperaba en la entrada del portón que había quedado abierto de par en par. Francisca nunca había estado en casa de su vecina. Aunque también llevaba toda la vida viviendo en la casa de junto, ella y doña Eva nunca fueron lo que se dice amigas. Se saludaban cordialmente al encontrarse en la tienda o al toparse los domingos en misa, pero Eva nunca se detenía a conversar con nadie. Era una mujer difícil y siempre se le veía con prisa. Adela iba siempre con ella, unos pasos atrás, cargando las bolsas del súper o a los niños o su abrigo.

Cuando llegaron fueron directamente al cuarto de doña Eva. La vecina se quedó boquiabierta al ver la fastuosidad con la que estaba decorada la casa. La fachada, en contraste, lucía deteriorada por la falta de pintura, las plantas marchitas y la reja oxidada.

 Al ver a Eva tendida sobre el suelo, Francisca comprendió lo que había sucedido y llorosa, abrazó cariñosamente a Adelita quien, para su sorpresa, permanecía inmutable. No se puede decir que se le veía triste, sus ojos no derramaron ni una sola lágrima. Al cuerpo lo levantaron entre las dos, lo acomodaron en la cama y lo cubrieron con una sábana. El cadáver de la señora estuvo así hasta ya entrada la tarde cuando Agustín, el hijo menor, por fin se apersonó para hacerse cargo de los arreglos del funeral. Adela no se movió de la habitación hasta que el cuerpo de doña Eva fue trasladado a la funeraria. Allá tuvo que contar mil veces la misma historia: Eran las siete de la mañana cuando escuchó un ruido seco, como de golpe, en la habitación de doña Eva. Rápidamente, se levantó de su catre, se puso como pudo una bata y bajó a toda prisa las escaleras de caracol que comunicaban a la cocina con su cuarto de servicio dispuesto en la azotea. Para cuando llegó a la habitación de la señora, Eva estaba tirada en el suelo, junto a la cama, boca abajo y con la cara morada. Ella se acercó y vio que la señora ya no respiraba.

Un año atrás, doña Eva había sufrido una embolia. Desde entonces su cuerpo había quedado paralizado casi por completo y su cabeza ya no funciona igual que antes. A pesar de ello, Adelita seguía a su servicio, continuando con su misma rutina de limpieza y actividades como cuando la señora estaba bien. Una enfermera jovencita era quien atendía a doña Eva de día. Pero en las noches, era Adela quien procuraba estar al pendiente de la señora dándole “sus vueltas” de vez en cuando y hasta velándola cuando era necesario. Sin embargo, los hijos de su patrona no le permitieron que se quedará a dormir en el mismo cuarto para acompañarla, alegando que la cama gemela, que permanecía impoluta a un lado de la de Eva, había sido de su difunto padre y “cómo una sirvienta iba a dormirse en ella”.

Así, desde que Eva había enfermado, a Adela no le quedaba más remedio que bajar por la escalera de caracol que tanto miedo le daba una o dos veces por noche, iluminándose con una pequeña linterna de plástico y agarrándose con todas sus fuerzas del endeble barandal. A veces bajaba hasta una tercera vez ya entrada la madrugada para “echarle un ojo” a la señora. Desde entonces a Adelita se le comenzaron a marcar profundas ojeras debido a los frecuentes desvelos. Francisca, por su parte, le recordaba que esa no era su obligación, pero ella, fiel a su patrona como era, le explicaba a la vecina que lo hacía por caridad. Sin embargo, un par de semanas antes de que Eva falleciera, Adelita había dejado de bajar por las noches. Al finalizar su jornada y una vez que había dejado ya con pijama y arropada a la señora, apagaba la luz y subía con sumo cuidado las escaleras hasta su habitación. Ahí, se quitaba los zapatos y sobaba sus pies doloridos mientras miraba la telenovela o el noticiero en la tele vieja que le había regalado el joven Rubén, hijo mayor de la patrona.

Parecía que las cosas no habían cambiado; sin embargo, algo había motivado a Adela a dejar de bajar por las noches, como era su costumbre. Ella se justificaba con Francisca diciéndole que sus piernas ya no aguantaban como antes tanto subir y bajar escaleras y aunque la vecina ni pedía explicaciones ni le importaba lo que hiciera, le llamó la atención su cambio repentino de hábito así que unos días después del sepelio, con el pretexto de saber cómo estaba, interceptó a Adela. Ella continuaba viviendo en la casa de la señora Eva pues la habían contratado los hijos para limpiar y guardar todas las cosas de la difunta en cajas. Cuando Francisca tocó a la puerta, Adela se encontraba en la habitación de la patrona, metida hasta el fondo del closet, sacando tiliches, tirando basura y ordenando las cosas dentro de cajas de cartón. Dilató en abrirle. Francisca, por su parte, estaba a punto de irse cuando miró el rostro de Adela asomarse entre las cortinas de la sala, así que esperó tantito a que la mujer bajara y le abriera la puerta.

Una vez dentro, Francisca dudó si sentarse o permanecer de pie, pero Adela le hizo un ademan y ambas se sentaron en los amplios y finísimos sillones de la estancia que permanecían impolutos gracias al forro de plástico que llevaban. Le ofreció café y dispuso en sobre las mesitas una caja de galletas surtidas que había tomado de la despensa. La vecina, agradecida por las atenciones, cogió una y la comió en silencio mientras observaba las paredes entapizadas y los cuadros gigantes que colgaban en los muros de la estancia. Tras largos segundos en silencio y ante la mirada expectante de su anfitriona, por fin se animó a hablar.

-Y cuénteme, Adelita, ¿se irá pronto de la casa? Adela la miró desconcertada. De pronto su semblante se ensombreció.

            -Dígame Adolfa – respondió finalmente- ese es mi verdadero nombre. Francisca parecía no entender, pero no quiso desviarse del tema así que omitió sus comentarios y se limitó a asentir.

-No tengo a dónde ir- continúo Adolfa, alias Adela. Francisca la miró de cabo a rabo. Se veía vieja. La enfermedad de Eva en el último año parecía que también había arrasado con ella y su vitalidad de antaño. Le dirigió una sonrisa compasiva y le ofreció trabajo en su casa. La mujer aceptó agradecida y rauda fue por más café para servirle a su nueva patrona.

            -Le quería preguntar- aventuró la vecina, una vez que Adolfa regresaba con otra taza de café llena-, aquí entre nos, ¿cómo la trataba la señora Eva? Sorprendida por la pregunta, Adolfa se olvidó de servir más galletas, tomo asiento junto a Francisca y le dijo, seria:

            -Desde hace un par de semanas que andaba mansita, mansita. Pero sin duda Dios nos hizo un favor a todos llevándose con él a la patrona. Francisca intentaba comprender sus palabras, pero algo no le cuadraba.

            -Si la trataba mal, ¿por qué no renunció, Adelita? Adolfa, perdone.

-Sí renuncié, doña Francisca, a mi manera.

Y tranquilamente, sacó del bolsillo de su delantal un goterito medio vacío que decía “Haldol” en la etiqueta.

-¿Y eso, Adelita?- Le preguntó Francisca, tras santiguarse un par de veces en cuanto alcanzó a leer la etiqueta.

-¡Es Adolfa!- Dijo la mujer, repentinamente enfurecida. La vecina, asustada, bajó la mirada y sorbió un trago de café para quitarse el mal sabor de boca.

-Era el último frasco que me quedaba- dijo de pronto, retomando el tono jovial que siempre usaba-, afortunadamente bastó con media botella porque, imagínese, ¿de dónde iba yo a poder sacar otra receta?

 

Publicado la semana 21. 23/05/2020
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