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Montserrat Varela

El huerto

Me lo quitaron, señorita. Se lo llevaron así, a la mala, todo por la chismosa de mi vecina y yo no pude hacer nada. Ahora les pido que me lo devuelvan, pero no quieren. Yo me lo encontré, por eso sé que tengo derecho. Le di de comer todo lo que pude. Todas las mañanas estuve recorriendo más de dieciocho cuadras buscando restos de fruta o asientos en latas. Compré, con las monedas que conseguí vendiendo envases vacíos, una lata de leche en polvo que le fui dando a cucharadas. Del huerto que tengo afuera de mi cuarto, junto a los tinacos, corté unos tomatitos y unas vainas con chícharos que puse a cocer para hacerlos puré. ¡Le gustaron tanto! Todo eso hice, señorita, hasta fui al taller de don Chuy para pedirle el periódico que le sobraba y con él acojiné un cajón de madera, grande, que me había encontrado tirado en la basura, afuera de una casa. Lo trepé a mi carrito y lo subí los cuatro pisos que con tanto peso me parecieron eternos. Le pasé un trapazo y le puse varias hojas de periódico dentro, todas hechas bolas. Ya más mullido el cajón, agarré un suéter viejo pero limpiecito que ahí tenía y cubrí el relleno para dejarle una cama. Ahí lo puse y lo estuve cuidando. Le conseguí un juguetito para que se entretuviera. Era un payasito de plástico, de esos que suenan, un poco despintado y falto de un ojo, que yo creo por eso lo habían tirado a la basura, pero le pegué un botón del frasco de botones que colecciono y ¿qué cree? Le quedó perfecto, del mismo tono de azul que el otro ojo. Y fíjese, señorita, le gustó el regalito. Luego, luego se notó porque se movía como queriendo agarrar al payasito. Vamos, que lo que le estoy diciendo es que me esforcé. Hice todo lo que pude y estábamos bien así que no entiendo por qué me lo quitaron. Yo me lo encontré como le digo, en la basura, entre escombros y bolsas negras. Se retorcía todito, yo creo de hambre, con los ojillos rojos de tanto chillar y así que me lo llevé. No sabía que tenía que haberle avisado a la policía, yo siempre ando hallando cosas y no voy a rendirle cuentas a nadie, menos a ellos. No se me ocurrió. Pensé más bien avisarle a la vecina de abajo, la del 301 y pedirle consejo porque a mi edad ya no está sencillo cuidar de nadie, pero me olvidé y como nos las fuimos ingeniando a los pocos días descarté también esa idea.

No veo cuál sería su queja o su “pero”, si ha estado re contento dentro del pequeño huerto que es mi orgullo, ha de saber. Ahí lo dejaba un par de horas en la mañana para irme a trabajar, pero nunca le pasó nada malo porque está cercado con huacales, a modo de corral. Algunas veces, al regresar, me lo encontraba dormido sobre la tierra tan tranquilo. Otras sí chillaba a todo pulmón porque me había pasado un poco más de tiempo y ya le andaba por comer algo, pero fueron las menos. Fue una de esas veces en las que se me hizo tarde, que la vecina del 301 subió a buscarlo. Pensaba que era un gatito porque chillaba igual, pero se sorprendió mucho al verlo ahí dentro del huerto, enrojecida la cara y los ojos de tanto llorar.

          La metiche de doña Estela lo cogió y se lo llevó para su casa, pero yo me las olí porque le fui a tocar luego luego que llegué y no vi mi bultito recostado sobre la tierra, entre las ramitas de cilantro y rábanos recién sembrados. Le fui a tocar la puerta y cuando abrió, traía al chamaco en los brazos. Le había quitado la ropita y lo había bañado. Lo tenía hecho un tamal envuelto en una toalla color azul marino que me regaló pues yo no llevaba nada con qué taparlo. Le dije que era mi nieto y se lo arrebaté de los brazos. No me importó que la mujer me viera con cara incrédula y hasta me hiciera gestos. Pero no me imaginé que a los pocos días iba a denunciarme ni que iban a llevárselo.

Luego vine aquí y me interrogaron. Me insistían mucho en que les platicara cómo me lo había encontrado. Entre las cosas de valor que había recogido del basurero estaban unos guantes de box no tan maltratados y una grabadora que compuse al cambiarle el cable pelado. Pero nunca me hubiera imaginado que fuera hallar a un niño ahí, tirado. Cuando lo vi en la comisaría, me reconoció, por esta, pues sus ojitos me siguieron a lo largo del pasillo hasta que dos guardias me metieron al separo. Como un criminal, me tenían esposado. Un hombre alto y pelón me dijo que tenía derecho a guardar silencio hasta que llegara el abogado que me habían asignado, pero yo tenía muchas preguntas, sobre todo, quería preguntarles si ya le habían dado de comer al chamaco porque no me había llevado la lata de leche en polvo y no sabía si le iba a gustar de otra marca. Sin embargo, algo dentro me dijo que era peligroso hablar. Entonces guardé silencio hasta que, pasada una hora, en vez de llegar el susodicho abogado llegaron dos muchachos del forense a dar la mala: el bebé había muerto tras haber sido trasladado al Hospital Infantil Privado. Y señorita, yo estoy seguro de que me mintieron porque si no, a ver, dígame, ¿por qué no me dan su cuerpo para enterrarlo como Dios manda? No tengo nicho ni cripta ni nada, nomás mi cuartito de azotea y mi huerto y ahí pensaba hacer un agujero y meterlo dentro de la tierrita que tanto le gustaba. Yo me lo encontré señorita, dígales que me lo devuelvan.

 

Publicado la semana 2. 08/01/2020
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