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Montserrat Varela

A María

Despierto. El corazón me galopa enfurecido. Sentí entre sueños que caía, que moría. Recorro el lugar con la mirada: paredes blancas, sábanas blancas.

Tengo una sonda clavada a un brazo que no reconozco. La arranco de un tirón y me pongo de pie. Un hormigueo recorre mi cuerpo. Voy al baño dando tumbos.

Al abrir la puerta miro incrédulo la imagen del espejo. Quiero abrir los ojos pero los párpados me pesan. De pronto recuerdo el espanto. Fue una pesadilla, pienso. Hay mucha luz en la habitación. Estoy en el mismo cuarto blanco, el de mi sueño. Una mujer mayor lee una revista sentada en un sillón, a mi lado. ¡Otra vez traigo esa sonda en el brazo! ¡Otra vez  veo este brazo ajeno! La mujer se da cuenta de mi respiración agitada, de mis ojos abiertos. Mejor los cierro. ¡Doctor! grita emocionada, luego me toma de la mano.

Hijito, ¿me escuchas? Su voz se quiebra. ¿Puedes oírme? Sí, intento contestar con un ronquido. Alguien habla, otra mujer.   Están muy cerca de mí. Escucho: "El doctor teme por sus desvanecimientos. ¿No salió normal la tomografía? Dice que se trata de un daño interno, mañana vendrá. ¿Y la niña? No tiene caso que lo vea así."

Oigo un zumbido largo y abro los ojos fácilmente. Una mujer me está sosteniendo el brazo, parece una enfermera. ¡Doctor, el paciente despertó! Un hombre ceñudo se acerca. ¿Puede oírme? La enfermera trae un pequeño gafete prendido del pecho: María. De pronto recuerdo algo. El sonido de ese nombre, un aroma. El doctor insiste: ¿Señor Fuentes, puede oírme? Mis ojos se nublan.El zumbido se vuelve cada vez más fuerte. María, recuerdo. María, murmuro. Y me aferro a ese nombre que navega solitario en mi memoria. 

Es de noche, estoy consciente. Tal vez era esa mujer que escuché hablar el otro día sentada en el sillón. Pero no, la voz de María era más dulce. No sé si lo recuerdo o lo imagino: María olía a lavanda, su cabello era castaño, su piel tersa, su aliento fresco. La amaba. Ella solía acariciarme el rostro. Sus ojos eran color miel. Pero no recuerdo su cara. ¿En qué parte de mi inservible cabeza se escondió su rostro?  Señor Fuentes, me dijo el doctor. Un apellido es todo lo que me describe por el momento, es todo lo que soy. ¿Me amará María? El sueño se ha disipado por completo pero esta vez decido no levantarme. Estoy amarrado al suero. Estoy destinado a esta cama blanca, a este muro blanco. Mi entrepierna está mojada. Escurro la mano bajo la sábana para sentir mi erección. María ha estado ahí. Yo he estado muchas veces en ella.  Recuerdo sus manos pequeñas y frías, sus labios tersos rozando mi piel.  Me quedé dormido anoche. Mi madre,como he decidido nombrarla, ya no está en el sillón. Estoy solo. Me siento solo. ¡Si pudiera recordar su rostro! No quiero llorar mientras me masturbo. No quiero llorar frente al recuerdo de sus enormes ojos…

Grito. Mi corazón está galopando a toda prisa. Tuve un sueño horrible. Que caía. Quería regresar a la cama pero el piso desaparecía. La enfermera está tomándome el pulso. Tres doctores están frente  a ella. Inyectan a mi sonda algo que me quema  por dentro. ¿Se encuentra bien, Sr. Fuentes? Creo que sí, pero no es cierto. Todavía me atormenta la pesadilla, el miedo.“Gabriel, ¿me escuchas? Soy Mónica”. Era la voz que conversaba con mi madre aquel día. Abro lentamente los ojos. No me parece familiar, ni siquiera un rasgo o un gesto me ayuda a recordarla. Ella está llorando, eso me incomoda. Su llanto me avergüenza, me culpa. "Gabriel, escúchame. Tienes que reponerte pronto. Mañana va a venir alguien..." María, suplico. "Sí, ella va a estar aquí. Pero tienes que reponerte. Mamá se fue a descansar". Me besa la frente. Y de golpe llega a mí la imagen de María, toda ella boca besándome  la frente. Decía que me amaba, le gustaba abrazarme rodeándome el cuello, luego yo la sujetaba para darle vueltas mientras le devolvía los besos. 

Siento como si me taladraran por dentro. Mi cabeza late. La luz del día me molesta. Una neblina me baña la mirada. Una sombra se acerca a mí, besa mi mejilla. Hola, Gabriel, dice la sombra. Ya está aquí María. Una  sombra más pequeña se sienta a mi lado, sobre la sábana blanca. Mis ojos se esfuerzan en vano por enfocar. Esta es mi oportunidad de ver el rostro de María, de recobrar mi memoria, de saber. Extiendo mi brazo. Rozo una cabellera delgada con mis dedos. ¡Es María sin duda alguna! Una cabeza se inclina hacia mi pecho. Huele a lavanda, pero es demasiado pequeña. Mis ojos se desorbitan empeñados enver. Sostengo el  rostro muy cerca del mío. La sombra se mueve, se quita. Trato desesperadamente de encontrar mis labios con los suyos. El rostro se aclara por un instante. No, ella no puede ser María. Pero… son los enormes ojos que tanto amo, los labios tersos, su cabello. Yo a María la he besado, he hundido mis labios en su sexo, he acariciado todo su cuerpo, la he penetrado. Recuerdo el placer que sentía al estar con ella y sus ojos ansiosos de mí. ¿Qué digo? María, con sus pequeñas manos blancas... Siento frío. Las manos me tiemblan. La aparto de un golpe. "¡Gabriel, que te pasa! Vamos nena, dejemos descansar a papá". 

El único recuerdo que conservo es lo único que quisiera olvidar. Siento nauseas. ¿Quién soy? Gabriel Fuentes. Ya no quiero saberlo. No quiero recordar más. Vuelvo a arrancarme la sonda. Duele. Me lo merezco. Una arcada llega hasta mi garganta. Me levanto. Abro la puerta del baño. Observo una imagen en el espejo que me mira, llorando. Le doy un puñetazo y mi mano sangra. Miro a la ventana. Un sexto piso, tal vez más. Perdóname María. 

Caigo. María olía a lavanda, sus brazos se colgaban de mi cuello, sus ojos enormes me admiraban, su piel me pertenecía, su cabello me acariciaba, su rostro, su rostro, lo recuerdo. María era la madre. Tan parecidas. María había muerto, pero prometí recordarla.

Publicado la semana 18. 03/05/2020
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