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Montserrat Varela

Celos

     Los miro de frente, con ojos muy abiertos.  Al verlos siento un retortijón en el vientre, un cosquilleo en la nuca. Ellos se tocan despacio, se van midiendo. 
     Deseo gritarles cuánto los odio pero no me sale la voz. Cuánto la odio por rodearlo tan fuerte con esos brazos que fueron sólo míos. Cuánto lo odio por besar los dulces pechos que solo mi boca saboreaba. Permanezco inmóvil en el marco de la puerta con los puños apretados. Ella no me ve, tiene clavada la 
mirada en él, no existo. Mis ojos, en cambio, están fijos en ella, resentidos, ignorados, llenos de lágrimas. Ella le acaricia el cabello, él le sonríe como un idota. Están sobre mi cama, en mi propio cuarto. La rabia hace que me tiemblen las piernas y me castañeteen los dientes, que apriete cada vez más los puños, 
que me quede inmóvil sin decidirme a nada. Él no debería estar aquí, no debería siquiera existir.  
      En silencio, me alejo hasta la sala. Mi respiración es tan rápida que no logro escuchar mis propios pensamientos. Debí entrar y decirle una y mil veces que se fuera, pero el miedo me frenó. Tengo que sacarlo de mi vida y recuperar ese lugar que me está quitando. Tengo que regresar a ella, a sus brazos. De repente, creo saber cómo. Corro a la cocina. Un nudo va creciendo en mi 
garganta a cada paso y al entrar todo se vuelve confuso: los estantes me parecen altísimos, inalcanzables, no tengo fuerza para abrir los cajones. Sin embargo, me resisto a rendirme. Se que si lo lastimo ella será la primera en odiarme. Ella, la que me hacía compañía por las noches y me cobijaba con su cuerpo tibio, la traidora, no me ha dejado otra opción.
     Ésta vez no permito que el llanto me gane. Dejo la cocina y doy unos cuantos rodeos antes de regresar a mi cuarto. Despacio, abro la puerta apenas para ver. Ahí siguen los amantes. Ella se recarga sobre su espalda mientras él duerme tranquilamente. Me acerco en silencio, con rabia, con envidia. Mi mano se mueve lentamente hacia su cuello. 
     Quiero apretarlo con todas mis fuerzas hasta ver como poco a poco se pone morado, dejarlo sin voz, sin aliento y sin fuerzas, como me dejó a mí su presencia.  
     Sólo alcanzo a rozarlo cuando él despierta, se queda quieto, mirándome, sonriendo. Creo que me reconoce. El miedo me hace dar unos pasos atrás pero él alcanza a agarrarme de un dedo. Ahora me observa con ojos muy abiertos, me recorre de arriba abajo en cámara lenta, me admira. De pronto el aire es tibio y 
un rayo de luz entra por la ventana y baña el cuarto. Me ve de la misma forma que ella, con los mismos ojos alegres e iluminados, con la misma ternura. Quiero perdonarlo. Quiero olvidar que su llegada me ha hecho llorar muchas noches. Ella tenía razón, él no debe ser mi enemigo. Me siento tan pequeño, tan diminuto. Ella voltea la cara y se queda mirándonos, luego sonríe. Puede que los haya perdonado. Él vuelve a dormitar sin soltar mi dedo. No estoy aparte, sí me quieren. Ella me acaricia y yo trepo a la cama. Su brazo me rodea. Cierro los ojos y yo también los abrazo y duermo.

Publicado la semana 16. 17/04/2020
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