09
Mannfred Salmon

Punto_Exe (IX)

No tuvo tiempo de derramar una sola lágrima. Sintió una presión que recorría todo su pecho y su garganta hasta concentrarse en la nariz. Un hormigueo que producía en su cuerpo espasmos y mareos. Aun así, corrió. No lo hizo por cobardía, no lo hizo porque buscase una posición más ventajosa ni tampoco ayuda de algún desconocido que pululase por aquellas tierras inhóspitas y yermas. Lo hizo porque Astrak así se lo había ordenado. “Corre hasta Lamorph y cumple con la misión”, le había dicho un minuto antes. Y obedeció. Kibalka no discutía las órdenes de Astrak, estuviese vivo o, como en ese caso, pulverizado. Jadeó como aquella vez, siendo muy niña, en que su primo Kaldron pisoteó su juguete preferido. Era un pegote de arcilla que Kibalka había modelado, vestido con harapos y armado con una espadita de madera. Kaldron no era sensible, no entendía la creatividad ni tampoco el apego. Kibalka tampoco era sensible, sin embargo sí había desarrollado afecto por ciertas cosas como los puñetazos, comer con las manos o tirarse pedos. Y, por supuesto, por aquel juguete deforme al que quería más que a nada en el mundo; la figurita le había acompañado durante años en fantásticas aventuras y masacres y en un segundo Kaldron había machacado sus ensoñaciones y acabado con su pequeño mundo de imaginación. La situación se repetía ahora que Worlak, empleando poderes nunca vistos, había desintegrado a su mentor, su héroe, el más temerario y audaz, el más musculoso y sabrosamente esculpido. A decir verdad, Kibalka amaba una pizca a Astrak. Y ahora se lo habían arrebatado. Recordó a su viejo muñeco de arcilla. Fue consciente de que Astrak existía momentos antes y ahora no.  

Lloró.  

Pero siguió a la carrera. 

Kibalka tardó más de una hora en darse cuenta de algo importante. Nadie la seguía. Tras superar al trote una dura pendiente, escaló sin descanso los afilados riscos y se dejó caer, exhausta, sobre una planicie desnuda donde el viento cortaba como la navaja de un barbero barato en un puerto poblado por chusma. Miró atrás y comprobó que la horda de esqueletos no se había movido de su sitio, ni tampoco lo había hecho la nube negra, asesina de Astrak. Simplemente se habían quedado congelados, como esperando que un resorte los activase de nuevo. Pese a estar en la lejanía Kibalka podía estudiar su posición con comodidad. De querer hacerlo, la habrían asaltado al comienzo de la escalada y hubieran metido a la guerrera en un serio aprieto. Pero allí estaban, inmóviles. Kibalka apretó los puños y se desgañitó. 

- ¡¡Kibalka no olvida, Kibalka no perdona!! 

Luego pateó con ambas piernas la roca y la hizo retumbar, mientras alzaba los brazos y vociferaba. Gritó como una criatura salvaje, herida y desesperada. 

Las siguientes horas las pasó Kibalka andando pesadamente sobre aquella cresta rocosa, donde a nadie se le perdía nada. Ninguna criatura viviente tenía cosa alguna que hacer por aquellas tierras, y daba lugar a muchas preguntas que a los reinos aliados se les hubiese ocurrido levantar allí una atalaya. ¿Qué había que vigilar? Ni siquiera las moscas se aventuraban en las montañas Cadáver, el rincón más árido y solitario de los cuatro Cuadrantes. Más allá solo había nieve, hielo, frío y muerte segura.  

Kibalka se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y comió un poco de pan. Entretanto pensó, con la fuerza que emplean los bárbaros para pensar en asuntos complejos. Los cuernos de Feriantima dejaron de sonar poco después de la emboscada. La señal de alarma consistía en un determinado número de toques de cuerno: cinco para llamar al refugio dentro la fortaleza del rey, trece para avisar de la amenaza de invasión y pillaje, veinte para pedir auxilio al resto de reinos aliados. Pero en esta ocasión los cuernos habían sonado veintisiete veces – todo guerrero al servicio de los aliados cuenta con el deber de aprender a contar los toques de cuerno – y Kibalka no tenía la menor idea de qué significaba esto. Tenía claro que se trataba de una enorme amenaza, que incluía invasión y pillaje, y que se llamaba a todos los reinos vecinos para que asistieran a Feriantima ante el enemigo. ¿Por qué existía una señal de alarma que no estaba en el manual de entrenamiento? Luego reflexionó Kibalka y entendió que la amenaza de Worlak era extraordinaria y por ello requería una respuesta extraordinaria. Kibalka interrumpió su breve descanso y emprendió de nuevo el camino trotando sobre las piedras cortantes de la montaña. En su mente no cesaban las preguntas. ¿Qué sucedía a partir de ahora? ¿Cuál sería su siguiente cometido? Sin Astrak se sentía perdida. Solo sabía que debía llegar a Lamorph y allí... 

… sus pensamientos viajaron hasta el pasado más cercano, recordó cómo había comenzado la aventura, semanas atrás. Mientras Astrak y ella disfrutaban de las ociosas tardes en las praderas de Feriantima, colmándose de manjares y delicias como en una ensoñación sin final, de todos los confines del mundo comenzaron a llegar extrañas noticias. Se hablaba de roturas en los cielos, de caminos que se tragaban carromatos y caravanas, incomprensibles variaciones de la meteorología o poblaciones prósperas que, de la noche a la mañana, quedaban vacías y en ruinas. Poco después Worlak el hechicero regresó de su supuesta muerte y robó el Espejo. La desgracia proyectó su sombra sobre los cuatro Cuadrantes pues, sin el Espejo de la Gracia y la Virtud, no existía la previsión de cosechas y riquezas, a partir de la cual los druidas planificaban la distribución de recursos entre las tierras y los núcleos de población. Partiendo de esta base las actividades como la agricultura, la caza, la ganadería o los asesinatos a sueldo se mezclaban en oferta y demanda. En general el sistema funcionaba, hasta ese momento. Todo estaba alterado, el hambre y la guerra se extendían. Desesperados, los reyes, jerarcas y tiranos urdieron distintos planes para combatir a Worlak. No tuvieron éxito en ninguna de sus batallas y el mal seguía ensombreciendo el mundo. Entonces Astrak decidió que ya era hora de hacer algo de provecho, porque un héroe tiene derecho a vacaciones pero si se acostumbra a demasiado ocio acaba convirtiéndose en un indolente y degustando pastel en exceso. El héroe irrumpió en el gran Salón del Espejo, en la fortaleza real de Feriantima, y ante todos los clérigos, sabios y burócratas proclamó que partiría siguiendo la pista del hechicero para destruirle y recuperar el Espejo. Todo ello a cambio de una grata recompensa. Tomó a Kibalka de la muñeca y la arrastró gentilmente con él. 

- Cuento con la inestimable ayuda de Kibalka la norteña, enemiga de la brujería y azote de los malvados - explicó. 

- Oh, ¿Kibalka es una mujer? - preguntó alguien. 

Todo transcurrió con normalidad. Los sabios predijeron los siguientes movimientos de Worlak y los estrategas diseñaron un plan de distracción y ataque. Recopilaron todos los datos sobre el hechicero, sus zonas de influencia y sus aliados. La misión estaba perfectamente organizada y cualquier situación de peligro prevista. Así partieron Astrak y Kibalka camino del más profundo norte, hacia los páramos y los desfiladeros, viajando de incógnito para no comprometer la misión. Si escuchaban los cuernos significaría que Feriantima, el último núcleo de resistencia frente a Worlak, estaba en peligro y era más urgente que nunca finalizar su misión. Se dirigirían a la torre Lamorph, una antigua atalaya que ocultaba numerosos secretos. En ese lugar Astrak llevaría a cabo un ritual secreto, del cual Kibalka no tenía más pistas que las que custodiaba en el Códice. Escrito en una lengua que Kibalka leía con dificultad, su propósito era secreto también, y solo sabía la guerrera que existían unas instrucciones de emergencia si ocurría lo peor. Es decir, si Astrak moría en la aventura. Y lo peor había llegado.  

Tanto pudo cavilar Kibalka que, cuando vino a darse cuenta, la torre Lamorph se erigía ante ella. Tal vez erigirse no era la palabra más adecuada. Más bien la atalaya trataba de no desmoronarse. Kibalka respiró hondo y se dirigió hacia la base de la torre. En aquel ambiente de pura soledad y desolación abrió su equipaje y sacó el Códice. Cosido a éste encontró un pergamino que rezaba “Escudero, lee con atención. Tu amo ha perecido, ¿y ahora qué?”. Lo leyó. No entendió gran parte del contenido, y lo que entendió no le hizo ninguna gracia. 

Publicado la semana 9. 24/02/2020
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Basil Polidoris o Golden Axe, una de dos , Todo lo que sea pasar pantallas y no poder hacer el camino de vuelta. Como en Golden Axe , Desayunando vale , Parte de esto ya existía en otros relatos anteriores
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