08
Mannfred Salmon

Punto_Exe (VIII)

Por más que uno lo mirara del derecho y del revés, aquel hombrecito ridículo no era una amenaza. Pero Benja no podía bajar la guardia y conversar amistosamente con un tipo misterioso que le observaba y le seguía, ni siquiera cuando su estúpida indumentaria era una invitación a la carcajada más cruel. No, no era una amenaza, pero... 

El pequeño señor se irguió y se acercó con lentitud, pasito a pasito, los brazos en alto y las palmas extendidas hacia Benja. Su rostro era totalmente inexpresivo, como planificado sobre un pedrusco. Benja flexionó ligeramente las rodillas, aterrado, y adoptó postura de ataque. Su mano izquierda delante, la derecha frente a su nariz, preparada para un golpe letal. Jamás había aprendido artes marciales. Recordaba haber visto algo así en una película. 

- Hola, yo me llamo García González Rodríguez - dijo el hombrecillo -. ¿Dónde está la biblioteca? 

Se había acercado tanto que Benja pudo observar cada pelo de su imposible mostacho. Sintió una presión cebarse sobre su cabeza, cayendo como una cascada helada desde su frente hasta su pecho. Era el pánico. Su corazón comenzó a dar patadas. Ya no pensaba. Lanzó rápidamente su mano derecha y golpeó la frente de aquel señor bajito con el canto de su mano. Fue un golpe rápido, certero y demoledor. El hombrecillo cayó de culo y Benja salió al trote aprovechando su ventaja, corrió como nunca creyó que podría correr. Pasados unos pocos metros se detuvo. Bajó los brazos y su cuerpo se relajó. Se dio la vuelta. El hombrecillo lloraba desconsolado. Benja se sintió de pronto mal, fatal, peor que fatal. Comprendió que acababa de agredir a un enanito debilucho y, probablemente, extranjero. Deshizo su breve camino de huida y se agachó, para tender una mano a aquel señor. 

- Lamento mucho haberle pegado. Por favor, déjeme ayudarle. 

El pequeño señor se enjugó las lágrimas y al hacerlo su gran bigote se movió de su posición. Se trataba de un mostacho falso que, anegado por el llanto, había perdido su capacidad adhesiva dejando ver debajo otro bigote igual de espeso, pero menos monstruoso. También su pelo era de pega y bajo aquel disfraz fúngico pudo Benja ver otra mata de pelo, rizada y bien fuerte. Si aquel hombre trataba de pasar desapercibido, su estrategia era incomprensible. 

- Soy yo quien debe disculparse, Benjamín Manzano - habló el hombrecillo recuperando la compostura -. No he tenido mucho tiempo de aprender vuestros códigos, es lógico que mi actitud te haya aterrado. 

- ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién te envía? 

El hombrecillo se arremangó y Benja pudo ver que lucía una muñequera de aspecto plástico con broches metálicos. Muy elegante, de diseño avanzado, valoró en sus pensamientos. 

- Puedes estar tranquilo, no vengo a hacerte daño. Al contrario, vengo a investigar un asunto y creo que tú puedes ayudarme, Benjamín Manzano. 

- Para ya de repetir mi nombre y mi apellido, esto es muy raro. 

De aquella muñequera se desplegó una pantalla, de apenas un par de pulgadas con su correspondiente teclado. El señor bajito tecleó a toda velocidad. 

- Lo primero que quiero decirte es que este terminal en miniatura está conectado a la interfaz básica de tu mundo. Desde aquí puedo controlar el código, revisar los fallos y corregirlos.  

Miró a Benja, seguro de que éste le entendía. 

- Bueno, puedo corregirlos casi todos. 

- Oiga, mire, de acuerdo. Yo me voy. 

Pero el hombrecillo continuó tecleando, ajeno a la disimulada maniobra de escape que Benja estaba llevando a cabo.  

- Lo segundo que quiero decirte es que puedo demostrarte mi capacidad para diseñar y ejecutar tu mundo. 

Acto seguido pulsó un botón de su teclado y Benja observó, no sin asombro, cómo la callejuela en la que se encontraban cambiaba su aspecto y se remodelaba: los adoquines cambiaron su orientación, la triste farola que iluminaba el lugar pobremente dejó de estar vencida y las fachadas de las casas reflejaron su luz con un matiz distinto. Era un cambio que no habría notado de haber pasado por allí al día siguiente, pero en aquel preciso instante Benja acababa de asistir a la reconfiguración de una calle. En riguroso directo. No pudo exhalar palabra.  

- Cierto, impresiona cuando el código se edita y se vuelve a ejecutar ante tus ojos - indicó el hombre -. Creo que ahora me escucharás con más atención. 

El hombrecillo se colocó junto a Benja y le habló con mimo y paciencia. 

- Dime, Benjamín Manzano, ¿has notado algún cambio como éste en los últimos días? Por sutil que sea, ¿has visto algo parecido? 

Benja habría asegurado que una vaca podía ser presidenta del gobierno, cualquier cosa le parecía posible y al mismo tiempo mediocre comparado con ver la realidad alterarse y recomponerse en sus narices. Hizo un esfuerzo, estrujó y comprimió sus ideas y sus recuerdos tratando de sacar su jugo. Porque aquel pequeño hombre ya no parecía un tipo ridículo, le hablaba cómo un ser intelectualmente superior le hablaría a un palurdo. Con educada condescendencia. Entonces Benja recordó, en realidad recordar se le daba bien cuando lo ponía en práctica. Sí que había algo... 

- Esta tarde, al venir hacia la feria de ciencias, he notado algo diferente - explicó Benja -. No tenía ganas de darme el paseo desde casa porque se tardan veinte minutos en llegar a pie. Lo sé porque en el instituto hice este camino mil veces para ir a comprar disquetes a una tienda que había dos calles más allá. 

El hombrecillo se frotó la barbilla mientras escuchaba con atención. 

- Le va a parecer una tontería pero... he mirado el reloj antes de salir de casa. Lo he vuelto a mirar al llegar a la feria. Solo habían pasado diecisiete minutos. 

- ¡Ajá! - exclamó el hombre - Ahí lo tenemos.  

Luego posó sus manos sobre los brazos de Benja, que a esas alturas ya aceptaría incluso que le llevara en volandas. 

- Benjamín Manzano, lo tercero que quiero decirte es que yo soy tu creador. Puedes llamarme Gonn. 

Publicado la semana 8. 17/02/2020
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Under the sycomore tree , The white lodge , Escuchando a Angelo Badalamentti , El gigante le dijo al agente Cooper que tenía tres pistas para él y que los búhos no son lo que pare
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