06
Mannfred Salmon

Punto_Exe (VI)

Kibalka examinó con nerviosismo la situación. Habían caído en una trampa y en ese momento varias decenas de esqueletos animados por obra de la magia negra, armados con espadones y riendo de forma macabra, les observaban encaramados a las rocas puntiagudas. La guerrera se apretó contra Astrak. No sentía miedo, tan solo una ligera congoja.

- Worlak, el hechicero - habló con arrogancia Astrak -. ¡Tus sucios trucos no debilitarán a los reinos aliados!

Los esqueletos, pertrechados bajo herrumbrosas y antiguas armaduras, volvieron a reir. Sonaban como pájaros desquiciados. Astrak empuñó con fuerza la espada sin mostrarse agresivo. Le mostraba al enemigo que aguardaba el siguiente paso; si había que pelear, ya estaba listo. Kibalka se agitó, saltó varias veces sobre uno y otro pie. Había aniquilado y partido en mitades a muchos hombres marranos y estúpidos, malvados de medio pelo que querían oro fácil y toqueteo rápido. Vencer a aquellos patanes siempre era pan comido, enfrentarse a un montón de huesos manejados por las artes oscuras de un brujo poderoso significaba algo distinto. A Kibalka aquello le ponía de los nervios.

- Tranquila, mi eficaz escudera – el héroe mostraba una media sonrisa desafiante -, de esta saldremos. Te doy mi palabra.

El sonido de los cuernos de Feriantima continuó tronando en la lejanía hasta que la llegada de un gélido viento deformó su melodía y la convirtió en un lamento mortecino. Con rapidez se reunieron en el cielo nubarrones antinaturales, que danzaron y se abrazaron como espíritus burlones. La dorada luz de la mañana norteña perdió sus matices. Todo el desfiladero se tornó gris. En ese momento un esqueleto ataviado con una magnífica armadura, deteriorada por los siglos pero aún majestuosa, se acercó blandiendo una espada adornada con piedras preciosas. Su sonrisa muerta helaba la sangre. Kibalka pensó que, de todos aquellos esqueletos, no solo parecía el más terrible sino también el que más reía. Sin duda era todo un jefe esqueleto. Vio cómo Astrak apretaba la empuñadura; sus músculos se tensaban y vibraban, su pecho tan grande como las llanuras se hinchaba y se vaciaba con velocidad. Kibalka supo que el héroe sentía también la misma congoja y se alivió al pensar que no era la única persona que notaba el pulso acelerado ante la lógica amenaza de una horda de muertos con espadas. Y pensó al mismo tiempo que aquella pequeña debilidad de Astrak era la más hermosa y seductora debilidad que un héroe podía tener. El esqueleto de imponente armadura se detuvo y les miró con sus ojos absolutamente vacíos.

- Astrak el héroe – bramó a través de él una voz que parecía brotar de la roca -, has fallado en tu misión.

Era Worlak, el hechicero, quien hablaba a través de su siervo esquelético.

- ¡Serás tú quien acabe derrotado y pulverizado, brujo! – respondió Astrak.

Una carcajada profunda, como lanzada desde lo más hondo y oscuro de un agujero que cayese hasta el infierno, ocupó la garganta de piedra. Aquella risa parecía llenar el aire de moho y de muerte. Kibalka creyó estar atrapada dentro de un saco con algo podrido. Pronto se sumaron las risas chirriantes de los esqueletos. Y apenas cesaron se lanzaron contra los dos héroes, saltando y trotando de roca en roca.

- ¡Muévete, Kibalka!

El esqueleto con aspecto de jefe de los esqueletos clavó en la roca su espada. Un segundo antes, sobre esa roca, se encontraban Astrak y Kibalka. Saltaron cada uno en una dirección y no perdieron el tiempo: Kibalka arrolló a unos cuantos de aquellos montones de huesos, giró sobre sus talones y con un par de patadas los desmontó en varias piezas. Aprovechó ese breve instante de tranquilidad para soltar su fardo y tomar el mazo. Luchar con espada contra enemigos que no tienen carne era estúpido. Lo había aprendido bien mientras su abuela le enseñaba a despellejar conejos y aves.

- ¡Astrak, atención!

Kibalka le lanzó otro mazo. Astrak se encontraba en la pared opuesta y había acorralado a un buen puñado de esqueletos. Con pasmosa agilidad saltaba de un lado a otro y blandía la espada, girando sobre sí mismo, batiéndose a codazos contra los atacantes huesudos. Uno por uno los estrellaba contra la roca y los hacía añicos. Alcanzó el mazo y entonces fue implacable. Hundía sus armaduras, aplastaba los cráneos, fracturaba los huesos y reducía a todo esqueleto que se le acercase a fino polvo.

- ¡Kibalka, ahora! Aprovechemos este respiro – Astrak señaló hacia las rocas más altas -. Me huelo que Worlak tiene más hordas de no muertos preparadas para el ataque.

Los dos guerreros habían dado buena cuenta de sus enemigos. A su alrededor solo quedaban cajas torácicas y espinazos, entre los restos de armaduras abolladas y repletas de mugre. Se hicieron una señal y echaron a correr, a cubierto ambos bajo las dos escarpadas paredes de roca. Ascendieron a través del desfiladero y pronto sintieron una ráfaga de aire dulce y gélido. Dejaron atrás la garganta de piedra y se asomaron al borde del cañón. Desde allí se contemplaba, aún lejana, la sombría atalaya de Lamorph. Entonces un extraño crepitar resonó tras ellos. Al volver la vista descubrieron, con una mezcla desproporcionada de cansancio y una pizca de horror, el origen de ese sonido.

- No está pasando lo que parece que está pasando, ¿verdad? – gimió Kibalka.

Un pequeño torbellino, de improbable procedencia natural, se había formado en el lugar de la pelea. Barría el escenario con un orden preciso, como si estuviese absorbiendo en su interior los restos de los esqueletos. Los levantaba, los cambiaba de sitio, los hacía flotar y revolotear como insectos. Los estaba recomponiendo. Astrak apretó los dientes con furia.

- Worlak…

Kibalka se fijó entonces en esa peculiar nube que se estaba encargando de reanimar, de nuevo, a los muertos. No era una masa de aire girando sobre sí misma. Algo danzaba en su interior, diminutos símbolos que en nada se parecían a la tosca escritura bárbara. Kibalka había visto en muchas ocasiones estos símbolos, sabía que los utilizaban los comerciantes para comprar cosas y vender cosas, y así ganar mucho más dinero del que ya tenían. Pero ella jamás había tenido la oportunidad de aprender a usar ese lenguaje ya que Astrak era quien siempre se ocupaba de lidiar con mercaderes, posaderos, timadores y burócratas.

- Astrak, ¿qué clase de magia es esta? Se diría que…

- … que está construyendo de nuevo el desfiladero – Astrak terminó la frase.

Y así era. Porque a medida que aquel torbellino recomponía a los esqueletos también alteraba el aspecto de la roca. Donde antes no había una hendidura, aparecía ahora y crecía musgo. Donde una roca era larga y puntiaguda la achataba y la pulía. Astrak había magia negra de todos los posibles matices. Aquello era totalmente distinto.

- Sigue adelante – Astrak se plantó, espada en mano, desafiante -. Volveré a aplastarlos. Mientras tanto, corre hasta Lamorph y cumple con la misión.

Astrak ladeó la cabeza y le guiñó el ojo con picardía.

- Te veo dentro de un rato.

Pero los nubarrones que anteriormente habían ocupado el cielo se congregaron en una nerviosa masa oscura y de ellos surgió una sombra alargada que descendió hasta proyectarse frente al héroe. Su forma recordaba a un árbol seco y cubierto de espino, sobre el cual hubiera perecido de forma agónica una cabra. De nuevo resonó la voz del brujo:

- Esta vez no, Astrak.

Y de aquella sombra vaporosa salió un relámpago que alcanzó a Astrak y convirtió su cuerpo en un objeto incandescente. Los esqueletos rieron cruelmente mientras el héroe chillaba, sorprendido. Kibalka cayó al suelo, paralizada. Tardó unos segundos en comprender la situación. Astrak estaba muerto.

Publicado la semana 6. 06/02/2020
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