05
Mannfred Salmon

Punto_Exe (V)

Nadie iba a decirle a Benja lo que debía hacer. Eso de levantarse cuando lo decía su madre y desayunar cuando lo decía su madre solo era una táctica, una treta para mantener su estatus de vago profundo. Lo sabía bien, una pizca de debilidad, un descuido que le permitiera mover un solo dedo y su modo de vida se habría acabado. Era un sacrificio, un pequeño gaje del oficio. Así que nadie iba a decirle a Benja si tenía o no tenía que ir a una imbécil feria de ciencias con un nombre ridículo y un puestecito dedicado a la programación de videojuegos. En ese momento Benja ya bordeaba la verja del parque donde habían instalado la feria D-100-cias.

Poco después paseaba su mirada con desgana por los tenderetes levantados por asociaciones juveniles, departamentos universitarios poco valorados y delegaciones del ayuntamiento aún menos interesantes. Para un crío de ocho años estaba bien, eso no podía negarlo. Benja se detuvo ante una caseta y se fijó en un tocadiscos casero, fabricado con materiales de desecho. Estaba hecho con cartón, algunas piezas de plástico, un cono de papel para amplificar el sonido y un alfiler. Gracias a una pila y unos cables un eje hacía girar la plataforma y, sobre ella, un disco de vinilo que sonaba a horror y tortura. Benja sonrío. De niño, en el colegio, había fabricado unos cuantos como ese con la ayuda de un libro de manualidades que su madre le regaló cuando cumplió diez años. Dedicó tardes enteras, desde la sobremesa hasta la hora de lavarse los dientes, a fabricar cacharros de ese estilo. Una chispa prendió en su mente; el fuego de la emoción de los niños cuando dan con algo apasionante lanzó algunas ascuas.

- ¿Te interesa el mundo de los discos de vinilo?

El tipo sentado tras la mesa de camping que sostenía el tocadiscos debía de tener su misma edad. Pero parecía viejo. Tenía el pelo tan grasiento que podría sacar a Excalibur de su roca igual que se rocía un candado oxidado con lubricante.

- Tu invento suena a culo – dijo Benja antes de marcharse sin mirar atrás.

Intentó quitarse de la memoria la imagen de aquel anciano de treinta y tantos años que parecía haber crecido de repente bajo la ropa que llevaba después del día de su comunión. Miró aquí y allá sin llegar a fijarse en ningún experimento ni cacharro concreto. Le sorprendió descubrir tras el tronco de un álamo a un señor muy bajito y con un bigote muy espeso, mirándole con curiosidad. Benja no le dio más importancia y siguió caminando. Luego pensó que era poco común ver a un enanito mostachón escondido detrás de un árbol, pero cuando quiso estudiar con mayor precisión el fenómeno aquel hombre ya no estaba allí. Por segunda vez, Benja no le dio más importancia y se dirigió hacia la caseta plantada en último lugar. Se sentía tenso.

En aquel puesto dedicado a la programación de videojuegos había dos estudiantes de informática. Uno era un chico tan alto y corpulento que, de ser un antiguo juego para ordenador, habría ocupado ciento veinte disquetes. A su lado se sentaba una chica morena, de ojos achinados, melena negrísima y gafas de montura dorada. Él tenía pinta de holandés inteligente. Ella parecía haberse equivocado de sitio.

- Hola – sonrió la chica -, ¿quieres probar a crear tu propio videojuego?

Benja escudriñó el puesto, el cual encontró austero. Unos cuantos carteles muy coloridos ilustrando videojuegos de todas las épocas. Un par de posters dibujados con trillones de pixeles de todos los colores, dos torres de cartuchos de juegos muy antiguos y una exposición de ordenadores personales polvorientos. Definitivamente, aquello era muy cutre. Muy propio de Tomás Seco.

- Nah – Benja no disimuló su desgana -. Yo hacía de eso cuando vosotros ibais en pañales. Controlaba todos los lenguajes de programación. Ya te digo.

El muchacho se encorvó y cruzó los brazos para mirar a Benja, como si esperase algún espectáculo mágico.

- ¿Eres desarrollador? ¿Te gustaría ver nuestro trabajo? – dijo el chico.

- No, no, resulta que yo…

- ¡Enséñale el demo reel que hicimos para el proyecto! – intervino la muchacha.

Benja sintió un sudor frío anunciando su llegada.

- Esperad, lo que quiero decir…

- Joanna, eso era basura – contestó el chico enorme -. Mejor que nos haga de beta tester para la demo del plataformas.

- ¡Mierda para ti! ¡Quieres que lo pruebe para poder decirle que la idea es tuya! – la chica parecía muy enojada – Siempre tienes que lucirte tú.

Aquello era un error. Benja se había dejado manipular por la afable sonrisa anciana de Tomás y ahora estaba frente a un puesto mediocre en una feria mediocre, asistiendo a la discusión entre dos jóvenes que hablaban con palabras raras.

- Chicos, tranquilos – trató de mediar Benja -. La última vez que programé algo aún estaban de moda los floppy disk.

De pronto los dos muchachos dejaron de pelear y volvieron hacia Benja su mirada. Una mirada atontada, repleta de vacío y de ignorancia. Ninguno dijo nada. No preguntaron, no se movieron. Tan solo le observaron como seres de otro planeta descubriendo restos arqueológicos de la humanidad más antigua. Benja dio unos pasos hacia atrás. Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta, tal vez queriendo ocultarse de manera burda. Tocó algo cuadrado, una funda de cartón. No sabía por qué la había traído hasta allí, ni siquiera por qué la guardaba en los anchos bolsillos en vez de pasearla en una mochila. Aquella cajita estaba llena de disquetes, era la misma caja que esa mañana había estado toqueteando.

- Olvidadlo. Lo que he dicho antes no tiene importancia. Creo que me he perdido.

Y echó a andar de vuelta a casa. Estaba avergonzado, hundido en un agujero de patetismo y autoflagelación. Y la culpa de todo la tenía Tomás Seco, que era imbécil en todas sus dimensiones, desde las uñas amarillas de los pies hasta las caries de sus dientes de viejo. Tomás era el principio de todos sus males, el alfa y el omega de toda la miseria que Benja sentía sobre sus hombros. Desde que amanecía hasta que se iba a dormir por quinta vez al día, no había nada más perturbador y cargante que la voz meliflua del hombre que ni siquiera tenía las narices de convertirse en su padrastro. Si pudiera estrujar su cuello arrugado y acabar con el martirio…

Crac.

Aquel crujido sonó sospechoso. Un sospechoso crujido nocturno sacado de un manual de suspense. Benja se detuvo y respiró hondo. No estaba de humor y había ganado demasiados kilos como para salir corriendo con alguna posibilidad de salvarse. “Sea lo que sea no me va a perdonar la vida por darle la espalda”, pensó, y se dio la vuelta lentamente. Para su sorpresa el atacante se puso en cuclillas, aterrado, y cruzó los brazos por encima de su cabeza adornada con una mata de pelo parecida a un champiñón. Era muy bajito y su bigote, espeso, le tapaba la mitad de la cara.

- No me hagas daño. Soy una persona humana.

Publicado la semana 5. 27/01/2020
Etiquetas
Day of the tentacle theme , Bernard, from Maniac Mansion , Jugando a Maniac Mansion dentro de Day of the tentacle , Amstrad CPC
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
05
Ranking
0 65 0