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Mannfred Salmon

Punto_Exe (III)

III 

Desde la afilada cima del pico Espinazo el amanecer se convertía en una bellísima aguada donde cientos de matices violáceos y naranjas se fusionaban, creando una jugosa emulsión celestial, vibrante pero equilibrada. Esta elevada expresión pictórica se marinaba a la perfección con el susurro, plácido, aunque frío como el acero, del viento norteño tan característico de aquella época del año. Las primeras nieves no tardarían en aparecer y, con ellas, la perfecta balanza entre el puro blanco invernal y los cielos cristalinos de la región de Qelbanth, ese rincón del mundo donde el musgo y la roca eran lo más común en el paisaje. Todas estas cosas las intuía Kibalka, sentada sobre una piedra tan dura como sus músculos. Pero debido a su origen bárbaro y a su educación, igualmente bárbara, solo podía interpretar el espectáculo como un manchurrón en el cielo. Una especie de zumo muy colorido y muy bonito. Y muy en el cielo. 

Kibalka había alcanzado la mayoría de edad bárbara justo cuando le tocaba: a los once años. Ahora ya tenía dieciocho y era una muchacha robusta, forjada bastamente como una espada barata, ágil, valerosa, tan alta como una columna. Sus ojos aguamarina aún conservaban vestigios de inocencia infantil. Aunque era una mujer, debido a su complexión y su espíritu guerrero, siempre fue confundida con un chico por algún motivo que ella no comprendía. No ayudaba a aclarar este malentendido su gusto por los cascos y los yelmos, bajo los cuales había jugado desde niña a las peleas. Tampoco Kibalka tenía clara la diferencia entre hombre y mujer más allá de algunos aspectos muy evidentes como lo que tenían entre las piernas. Todo lo demás, bigote, pelo en las axilas, granos en los hombros y pasión por los eructos, le parecía digno de ser compartido fuera cual fuese el género de sus acompañantes. No pocas veces le habían llovido los palos y los insultos por preferir las salvajadas de los chicos a las labores de las niñas. Es decir, recolectar bayas y despellejar conejos. 

- Es epatante, ¿verdad?  

La voz genuinamente masculina y profunda de su compañero de viajes la sacó de su breve ensoñación. Astrak no era un bárbaro aunque lo pareciese. Él provenía de las ricas regiones del suroeste, en las costas de Meriven. Pertenecía a una estirpe de héroes y le habían criado para ser eso. Un gran héroe. Y sin duda había logrado con creces su misión, pues Astrak era conocido, venerado y temido en los cuatro Cuadrantes. Reyes de todo el mundo le contrataban para eliminar a malvados conspiradores que deseaban derrocarles y ostentar todo el poder. Pueblos oprimidos de todo el mundo le buscaban para liderar el levantamiento contra oscuros tiranos que mataban de hambre a su gente. En todos los rincones del continente, en cualquier bosque neblinoso, taberna apestosa o puerto piratesco conocían su nombre. Nadie con dos dedos de frente querría enfrentarse a Astrak. Sabían que con un par de movimientos imposibles de seguir habría logrado situarse a tu espalda y cortarte la cabeza, en el mejor de los casos.  

- Comienza a salir el sol, mi querida compañera - continuó el héroe -. Debemos darnos prisa y continuar el viaje, la torre Lamorph está cerca pero el camino es escarpado y traicionero.  

Se cargó el pesado fardo sobre su espalda, sin que ello doblase su torso moreno y perfecto, cincelado por un artista, a menudo sudoroso pero jamás mugriento. El pelo negro ondeó sobre su frente y sus ojos verdes. Dibujó una sonrisa pícara y guiñó su ojo. 

- ¿Te apuntas? 

Por supuesto que Kibalka se apuntaba. Astrak era su mentor, su luz. Le seguiría a cualquier agujero baboso y siniestro porque uno no desconfiaba jamás de Astrak. Eso era inconcebible. Su compañero era uno de esos hombres cuya misión en la vida es abrir camino. Buscar las nuevas rutas. Era el explorador por excelencia, el aventurero con todas las letras. Por supuesto Kibalka no estaba enamorada de Astrak, entre otras cosas porque Kibalka no había sido educada para enamorarse. De acuerdo, sentía una clara fascinación por la definida musculatura del héroe, pero eso no significaba nada. Tampoco era relevante que se preguntase cómo un trasero de hombre podía ser tan esférico y perfecto. Ni importaba mucho que soñase de forma recurrente con calentarse en la noche, abrazada a su cuerpo desnudo, acariciando con deleite cada pliegue de sus abdominales. Todas estas cosas también las intuía Kibalka pero se limitaba a pensar que no se debía mezclar el trabajo con el amor. Ni el amor con el sexo.  

Se pusieron en marcha y Kibalka cargó con el otro fardo, el que albergaba las cacerolas, los utensilios de cocina, la carne desecada de cerdo, el pan, el martillo, el escudo de repuesto, los yelmos, las mantas, la yesca y el pedernal, un puñado de monedas de cobre y el segundo par de botas de Astrak. Su equipaje pesaba mucho más que el del héroe, pero así funcionaba el mundo. Cargar a un héroe con demasiado peso equivalía a rebajar su capacidad para cometer heroicidades. Durante un par de horas siguieron la formación rocosa que daba nombre a Espinazo, cruzando el mapa en dirección noreste. Escalaban, descendían, volvían a trepar, lanzaban una cuerda, sorteaban un acantilado... se magullaban con cada pedrusco afilado y se arañaban las manos constantemente. Y el viento gélido les lanzaba alfileres a la cara. No obstante la forma más discreta y rápida de alcanzar su objetivo era seguir esta peligrosa ruta. Cruzar los valles de Qelbanth les hubiera puesto a la vista del enemigo, el temible hechicero Worlak y sus secuaces, además de obligarles a tratar con las tribus norteñas y con los señores feudales. Estos últimos especímenes eran mucho más modernos, provenían del sur y compraban por una miseria tierras rocosas y baldías. Reinaban sobre nada, porque allí no había prácticamente nada más que bichos y arbustos. Nadie sabía qué querían hacer con toda esa nada. Sí sabían que cruzar de manera civilizada aquellas tierras hubiera supuesto una maraña de permisos oficiales, impuestos, demoras y otras cosas derivadas del progreso. De ellas Kibalka no tenía la más mínima idea. 

- ¿Quieres parar y descansar un rato? - preguntó Astrak al entrar en un pasillo rocoso de piedras puntiagudas. Un lugar perfecto para una emboscada. 

- Kibalka no se cansa tan fácilmente.

Kibalka hablaba de sí misma en tercera persona con frecuencia. Era una costumbre bárbara que los sureños toleraban con una sonrisa condescendiente. 

Espera – dijo Astrak poniendo la mano sobre el hombro de su compañera -, ¿oyes eso? 

Podía oirlo. Pocos sonidos son tan únicos como el de los cuernos de Feriantima. Aquello significaba problemas. 

- Hacen sonan los cuernos. Resuenan por todo el valle y por todo el cuadrante.  

Los cuernos sonaban a modo de aviso y eran un método de mensajería muy aceptado incluso en aquellos días. La orden de hacer sonar los cuernos siempre partía de Feriantima y se propagaba a través de las atalayas dispuestas de forma estratégica por todas las cadenas montañosas del continente. Astrak y Kibalka apuraron el paso, más les valía darse prisa en aquella situación.  

- Worlak se ha adelantado – dijo Astrak con pesar -. Creí que podríamos tomar la delantera y llegar a Lamorph a tiempo para poner en marcha el plan. Me equivoqué. 

La ruinosa torre apareció entonces en la lejanía, a media jornada de distancia.  

- No te equivocas. Lo conseguiremos. 

Apenas hubo pronunciado esa frase un crujir de huesos les rodeó y las sombras de un centenar de esqueletos guerreros al servicio de Worlak asomaron por la garganta de piedra gris y cortante. 

- ¡Ak, ak, ak, ak, ak, ak, ak! 

Kibalka acababa de descubrir cómo suenan las carcajadas de un esqueleto reanimado por obra de la magia negra. 

Publicado la semana 3. 13/01/2020
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Tema musical de la pantalla de inicio de Camelot Warriors, videojuego de 1986 , Atlas de la Dragonlance - Karen Wynn Fonstad , Cuando hayas ascendido al pico Revolcadores , Noroeste
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