02
Mannfred Salmon

Punto_Exe (II)

- Tienes que desayunar. ¿Quieres que te tueste un cruasán y le ponga mermeladita?

Eran las once de la mañana de un domingo. A Benja le hubiese dado igual que fuera lunes,  jueves o cualquier otro día. A las once de la mañana su madre le despertaría con esa voz dulce y ligeramente irritante, para preguntarle siempre lo mismo. Calcando cada día la inflexión cantarina del final de la frase. Si aquello no era auténtica magia...

Benja tenía treinta y cinco años, y no tenía trabajo. No es que le molestara mucho esta situación, ya que la fortuna había querido que su madre le cuidase con entrega y mimo como si aún fuera un crío. Podía ser incómodo en algunos momentos, hasta dar vergüenza ajena cuando la dedicación maternal tenía lugar delante de otras personas, pero eso a Benja ya le daba igual. Exactamente como todo lo demás. Se había acostumbrado a que lo hicieran todo por él, despertarle, lavarle los calzoncillos cuando ya no era sostenible llevarlos otro día más, ponerle el desayuno en la mesa, ponerle la comida en la mesa y ponerle prácticamente cualquier cosa encima de la mesa. Porque las cosas no iban a venir volando hasta Benja.

- Toma, tu ropa. Si quieres mañana voy al centro comercial y te traigo camisetas nuevas, las del mes pasado ya han sacado bola. ¿Te lo puedes creer?

- Ugh.

Benja tardaba unos diez minutos en articular palabras propias de un sapiens. Para el resto de funciones básicas, como respirar, andar o ir al baño, se apañaba bien desde el principio. Se vistió con la misma gracia que un rinoceronte y pasó un rato dando vueltas delante del espejo. Observándose. Se conocía bien, sin embargo había llegado un punto en el cual comenzaba a verse distinto. Como un remake chungo de una peli que era mala en su época, pero que al menos tenía encanto. Suspiró. Su pelo largo y amorfo ya iba mostrando algunas canas. La barriga le había crecido, dándole el aire de un tipo que está robando bolsas de patatas fritas en el supermercado. "Debe de ser la crisis de los treinta y cinco", pensó.

Pasó poco más de media hora hasta que Benja se desplomó en el sofá, con una pierna sobre el respaldo. Encendió el televisor y fue dando tumbos por una programación apocalíptica, con un intervalo exacto de tres segundos entre un cambio de canal y otro. El objetivo no era ver la televisión sino encontrar un motivo para ver la televisión. Su madre le echó una mantita por encima. Benja la escuchó después canturrear en la cocina mientras fregaba los restos del cruasán y la mermelada. La puerta del salón se abrió y entró por ella un pelmazo con traje gris.

- Anda, buenos días, Benjamín - le saludó Tomás con un tono genuinamente sincero -. Veo que ya te has levantado.

Si hubiese condecoraciones a la persona más obvia del universo Tomás Seco se las llevaría todas, pero no podría caminar erguido por el peso de tanta medalla. 

- ¿Has dormido bien? ¿Eh?

Para reforzar su pregunta, a aquella última interjección le añadió su toque maestro: dos golpecitos con los dedos índice y corazón sobre el hombro de Benja. Era su seña de identidad, su definición como personaje y su papel en la vida, golpear dos veces el hombro de otra persona mientras terminaba cada frase con un "eh". Tomás no era su padre porque su padre se había volatilizado cuando Benja era adolescente. Él era la pareja de su madre. Se conocieron en una de esos abominables talleres de cerámica para gente vieja, y ya hacía de eso casi diez años. Al final Tomás acabó mudándose a vivir con ellos y trajo con él la desidia, el aburrimiento y otras terribles plagas. La casa borró para siempre el recuerdo del padre de Benja y lo sustituyó por fotos empalagosas de su madre con Tomás. Por todas partes. Hubo viajes empalagosos y cenas empalagosas con amigos empalagosos. Pero en ningún momento Tomás dejó de considerarse la pareja de su madre. Ni su novio, ni su nuevo amor, ni nada de eso. Su pareja. Benja odiaba todas y cada una de las partes del cuerpo y de la mente de Tomás.

- Bueno, ¿qué planes tienes para hoy? ¿Algo apasionante? ¿Eh? - volvió a la carga.

- Pensaba ver la tele.

- ¡Con la de cosas interesantes y estimulantes que hay!

Tomás sacó de la bolsa que llevaba un periódico recién comprado.

- Mira, he estado leyendo la agenda cultural para hoy. Y no te lo vas a creer... - hizo una pausa con los ojos fuera de órbita y una sonrisa que permitía ver todos sus empastes y caries.

- ¿Hoy es el fin del mundo? - respondió Benja sin mirar el diario.

- No - dijo Tomás con total normalidad -, esta tarde se clausura la feria "D-100-cias". Decenas de asociaciones, escuelas y empresas han estado mostrando los ultimísimos avances tecnológicos. ¡Hay de todo! Robótica, domótica, astrofísica, matemáticas aplicadas a las redes sociales, educación digitalizada... y programación de videojuegos.

Los ojos de Tomás titilaron al pronunciar esa última frase. Benja no podía soportarlo. ¿Cómo era posible? Sabía que Tomás no lo hacía a propósito, que no venía a darle la murga para hacerle sentir culpable por ser un vago. En realidad ese hombre estaba siendo honesto y amoroso, de lo más profundo de su corazón manaba la voluntad de darle a Benja un empujón hacia el mundo exterior. Lo hacía porque Tomás poseía un corazón puro. Y por ello le odiaba aún más. Mientras aquel hombrecillo soso se preocupaba por él con verdadero cariño, Benja hervía de ganas de meterle en un retrete y tirar de la cadena.

- Está muy lejos y me duele el tobillo. Creo que necesito ponerme un poco de hielo - se excusó.

- Oh, permíteme que yo te lo traiga - dijo Tomás mientras se levantaba.

- De eso nada, yo iré después. En cinco minutos.

- Entonces permíteme que te examine el pie. Tal vez necesites un vendaje.

Benja se revolvió en el sofá.

- De eso nada, podrías hacerme más daño.

Tomás se quedó de pie y pareció ausentarse de la vida durante varios segundos. Chasqueó los dedos y adoptó un gesto de felicidad completa, de éxtasis. Había sido iluminado por una gran idea.

- Ya sé. Voy a prepararte una manzanilla.

Y entró al trote en la cocina. Benja resopló con alivio, aquella era su oportunidad. Después de estirar la pierna y lanzar un sonoro pedo, saltó del sofá y subió por la escalera asegurándose de dejar tras de si un reguero letal de peste. Se refugió en su cuarto, su pequeño cosmos. Un lugar al que ya no acudía tanto como antes. Delante del televisor podía evadirse, ignorar cualquier pensamiento. Pero allí era distinto. Se paseó por el cuarto y examinó las estanterías, las mismas que desde niño habían alojado sus trastos. Deslizó con parsimonia el dedo sobre los lomos de sus viejos cómics de superhéroes. Fue tocando sus títulos uno a uno, y a su paso los recuerdos de su infancia regresaron, vívidos. La añoranza se hizo hueco en Benja. Llegó al estante en el que almacenaba un centenar de videojuegos de otra época. No hacía tanto que aún disfrutaba con larguísimas partidas, matando enemigos y completando campañas. Pensó entonces que había empezado a hacerse viejo precisamente cuando dejó de jugar. Y se vio como lo que era: un adulto vestido como un chaval, viviendo de su madre y sin un atisbo de futuro. Porque todo lo que le convertía en Benja Manzano, todo lo que le caracterizaba como persona, estaba almacenado en el pasado. Como los trastos de su estantería. Había que hurgar para llegar a él. "El muy imbécil tiene razón", se dijo Benja. Tomás tenía razón y él no, él solo se había pasado dos décadas dejando que la vida pasase de largo. 

Benja se encontró posando su dedo sobre una vieja caja de disquetes. La miró con profunda melancolía y la tomó entre sus manos. 

 

 

Publicado la semana 2. 06/01/2020
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