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Mannfred Salmon

Punto_Exe (XVI)

Benja no sabía por qué ahora colgaba boca abajo, atado de pies y manos, llevado con muy poca delicadeza hacia el interior de aquellos parajes yermos y oscuros. Las pisadas de aquel pequeño grupo de captores apenas resonaban en la roca. Sabían cómo moverse sin ser vistos ni escuchados. Eso, pensó Benja, era cualidad admirable, pero a él no le ayudaba en nada. Trotaban con sigilo y no precisaban de luminarias para guiarse en la noche tenebrosa. Sin duda conocían aquellos terrenos con exactitud, cada grieta, cada pedrusco, cada escondrijo. Nadie hubiera podido seguir su pista, nadie sabría jamás el paradero de aquellos misteriosos seres si decidían ocultarse. Era, precisamente, lo último que necesitaba Benja.

 

Kibalka no bajó la guardia en ningún momento. En otras circunstancias, exterminar a la serpiente hubiese sido el final de la emoción y después llegaría la desaparición súbita de adrenalina, caería al suelo y podría regodearse de un esfuerzo con final feliz. Pero mientras se encontraba distraída asesinando a una criatura feroz, su nuevo compañero de viaje se había esfumado. No necesitaba ser muy inteligente para saber que un hombre gordo y torpe no iba a llegar muy lejos al trote. Alguien se lo había llevado. No era una monstruosidad salvaje, no se trataba de ninguna bestia sin seso. Esta desaparición era obra de seres inteligentes y cautelosos. Kibalka consideraba a esta clase de enemigo muy peligroso, más temible que todo un ejército de apestosos trasgos.

- ¡Aquí hay señales de arrastre! – chilló Gonn, a pocos pasos -. Alguien ha debido de levantarlo en volandas para transportarle.

Gonn meditó unos segundos.

- Menudo esfuerzo ha debido hacer – prosiguió -. Pero fíjate, ni una sola pisada. ¿Cómo es posible?

Kibalka le adelantó y tomó una tea de la hoguera, examinando bajo su luz cualquier posible marca que diese una pista de la dirección que los secuestradores habían tomado. No encontró nada. Continuó su trayecto hasta que dejó atrás la arena y pisó tierra compacta y roca áspera. Gonn caminó detrás de ella. Kibalka iluminó a su alrededor, en completo silencio. Después se dio media vuelta.

- No es problema de Kibalka.

La guerrera regresó hasta la playa, de donde recogió su equipaje. Enfundó la espada y refunfuñó en voz baja. Gonn se plantó frente a ella.

- ¿Qué quieres decir?

- Kibalka espera al amanecer – contestó sin mirarle a los ojos -, después regresa a Feriantima. Allí Kibalka se busca la vida.

Gonn no podía creerlo. Entendía que una bruta de vocabulario escaso a la que habían conocido horas antes no iba a convertirse en su amiga porque sí. Pero esperaba cierta empatía y solidaridad.

- ¿Vas a dejar que Benja desaparezca? – protestó Gonn – En este momento puede ser presa de cualquier bicho malvado y maloliente. Y tú no quieres ayudarle.

- No tengo por qué hacerlo. Con Benja o sin Benja, el mundo sigue.

- Me parece que no lo entiendes – trató de convencerla Gonn -. El mundo no sigue. Ni el tuyo, ni el suyo. Quién sabe si el mío.

Kibalka desvió de nuevo su mirada.

- Tu enemigo, Worlak, ha empleado su brujería para corromper tu mundo – siguió Gonn -. Lo que ha hecho también está devorando el universo de Benja. Terminará por destruir todo, tal y como lo conocemos.

Gonn se sentó frente a la guerrera. Los Yup-Yi no practicaban a menudo el arte de ponerse serios y reservaban esta habilidad para volcarla en formularios de quejas a través de la red. Respiró profundamente.

- Hace un rato Benja te miró a los ojos y te dijo que descifraríamos el Códice. Te dijo que venceríamos a Worlak. Te dijo todo eso porque confía en que eres tan capaz de hacerlo como Astrak.

Kibalka resopló.

- Tú eres su protagonista, Kibalka.

 

No transcurrió mucho tiempo hasta que Gonn y Kibalka regresaron al punto donde definitivamente se perdía el rastro de Benja. La guerrera se puso en cuclillas y observó con minuciosidad. Luego acercó su nariz al suelo y olisqueó.

- ¿Alguna pista? – quiso saber Gonn.

- Existe un método de rastreo entre los bárbaros, uno muy poco empleado – explicó ella mientras se volvía hacia Gonn -. Dominar este arte requiere de una gran práctica en el olfateado de pies.

- Ah, qué asco.

Kibalka volvió a olfatear. Cerró los ojos para concentrarse en lo que su nariz percibía, y permaneció así durante más de un minuto. Luego alzó un brazo y movió la mano, describiendo el movimiento que realizaría una antena.

- Puedo oler sus pisadas. Es un hedor lejano, parecido a paja y ganado. Por suerte no se lavan a menudo.

Su mano quedó fija en una posición, y su dedo índice se estiró marcando un punto concreto hacia la negrura intensa de aquellas tierras.

- Por allí. Ese es el camino.

Kibalka se lanzó a la carrera, con energía y afán de dar con el paradero de Benja. Se sentía distinta. Se sentía hábil y eficaz. Se sentía protagonista. Se detuvo en seco  y miró hacia atrás. Gonn tampoco era un portento en carrera.

- ¡Socorro! ¡No puedo correr tan rápido!

Segundos después Kibalka galopaba por el rocoso paraje portando a Gonn sobre sus hombros.

Publicado la semana 16. 16/04/2020
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Blind Guardian - Somewhere far beyond , Por algún motivo, La guía fantástica de Joles Senell , En una tarde noche de invierno , Por favor, siempre termina aquello que empieces.
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