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Mannfred Salmon

Punto_Exe (XI)

La puerta de entrada a la atalaya era igual de deforme que todo lo demás. Kibalka la encontró rodeando la base de la torre hasta la cara norte, caminando a lo largo de la ruinosa pared hasta toparse con aquella abertura de jambas inclinadas. El dintel se caía a pedazos. Kibalka se adentró tras olisquear el aire rancio que corría desde su oscuro interior. Nunca había tenido el placer de oler el eructo de un ogro, pero seguro que la fragancia era idéntica. 

Encontró junto a la entrada una antorcha muy oportuna, la encendió y echó una ojeada. Estaba en un túnel estrecho y polvoriento, frío como las amplias salas de conservación de alimentos de la fortaleza de Feriantima. El túnel se extendía durante varios cientos de metros, elevándose en una pendiente suave que impedía distinguir si existía algo al final. Kibalka continuó, examinando con precaución todo cuanto se encontraba sobre su cabeza. Un desprendimiento de piedras sería fatal. No encontró nada más durante el trayecto, ni restos de otros exploradores, ni objetos valiosos, ni ratas. Tan solo gravilla y antiguas telarañas. Por fin terminó aquella cuesta fétida, desembocando en una galería de aspecto ligeramente más seguro, surcada por un sinfín de corredores que se perdían en la más espeluznante negrura. Cada una de estas aberturas estaba protegida por una pesada reja de hierro y desde la lejanía parecía escucharse, por cada corredor, un estertor terrorífico.  

- Kibalka sabe que es solo el aire aullando entre la piedra - musitó la guerrera. 

El último de los corredores permanecía abierto. Solo por aquel túnel podía Kibalka continuar la exploración. Pero antes de emprender el camino volvió a examinar el códice y las instrucciones para el escudero. No hizo un nuevo esfuerzo por comprender aquello que de todos modos no comprendía. Simplemente leyó los caracteres y símbolos que poblaban el pergamino, y se detuvo en el fragmento que había llamado su atención unos minutos antes. Existía una creencia entre los bárbaros según la cual si una cosa atraía tu atención es que merecía ser asesinada. Aquel texto no podía ser matado, y eso frustraba a Kibalka. 

- “Noble escudero que morirías por tu héroe: tu héroe también moriría por salvar su mundo”” - leyó con torpeza. 

En realidad no le importaba demasiado morir por una causa justa. El problema era que a Kibalka siempre le habían indicado cuáles eran las causas justas y en ninguna de ellas había tenido que morirse. Astrak sabía mejor que nadie cómo funcionaba aquello de los sacrificios y, aun así, jamás había utilizado dicho recurso. Pero ahora no había ningún Astrak y las decisiones las debía tomar ella. Siguió leyendo. 

- “En tu misión existe el momento letal del sacrificio, el honor de dar tu vida insignificante a cambio de las puras almas de la nobleza, el clero y los especuladores.” 

Lo cierto es que, cuando era Kibalka quien lo leía y quien procesaba la información, ya no sonaba tan glorioso. 

- “Ahora te adentras a solas en tu misión final.” - continuó recitando en voz baja - “Por motivos de confidencialidad el resto de la misiva adopta el lenguaje en clave que ya debes dominar. Buena suerte.” 

Pero Kibalka no dominaba nada de eso. A continuación el pergamino destinado al escudero se plagaba de signos e indicaciones similares a las del códice: 

ARRIBA 

MÁS 

RETROCEDE 

BARRA SI ENTRAR ENTONCES 

VERDADERO 

FLECHA FLECHA FLECHA 

Y con otras tantas pistas indescifrables terminaba el códice. Kibalka respiró profundamente. A continuación lanzó el códice contra la pared provocando un pequeño derrumbe, que la guerrera se encargó de perfeccionar a patadas. Rugió, aulló y embistió contra la roca. Estaba enloquecida por la frustración. 

- Estúpida, estúpida norteña ignorante y bruta – se dijo -. Tú no deberías estar aquí. Esta era la misión de Astrak. 

Kibalka caminó dibujando círculos con los puños apretados, rabiosa. 

- Tú no eres un héroe, solo eres una niña muy grande y muy... poco parecida a un hombre y... con menos pelo en el cuerpo. 

El vocabulario de un bárbaro era limitado, pero menguaba hasta niveles asombrosos cuando eran presa de la ira y de los nervios. Kibalka se apoyó contra la pared de roca y observó caer un hilillo de polvo sobre su brazo.  

- No. Astrak dijo que tú debías cumplir la misión. “Corre hasta Lamorph y cumple con la misión”, te dijo. 

La guerrera tomó el códice y se adentró en el único pasadizo por el cual podía seguir avanzando. Si había que descubrir, descubriría. Y si había que morir, moriría.  

Durante una media hora Kibalka recorrió el pasadizo en la misma dirección. Aunque no era muy buena calculando, estaba segura de que la atalaya no era tan profunda cuando la recorría por el exterior. Dobló un recodo hacia la derecha y anduvo otra media hora. Dobló un nuevo recodo hacia la derecha, y después un tercero. Fue a parar a una galería a la cual desembocaban numerosos pasadizos, todos ellos cerrados a cal y canto por pesadas rejas de metal excepto aquel por el cual había venido. Había vuelto al principio. Hasta un bárbaro se daría cuenta de que aquello no era posible. Recorrió de nuevo la galería, asombrada, pues aquella mazmorra era diferente a cuantas había explorado en sus aventuras. En el otro extremo encontró el estrecho túnel que descendía hacia la entrada.  

Pensó. 

Un destello fugaz cruzó su mente. Una idea. Estudió otra vez las confusas indicaciones del códice: ARRIBA, MÁS, RETROCEDER, BARRA SI ENTRAR, ENTONCES, VERDADERO, FLECHA, FLECHA, FLECHA. Regresó al pasadizo por el que había empezado la exploración de la mazmorra y caminó. Se giró y comenzó a andar de espaldas. Así anduvo hasta doblar el primer recodo, luego el segundo y finalmente el último de ellos. Cuando alcanzó la salida de aquel túnel se halló en una galería complemente distinta a la inicial, dispuesta en cuadrado alrededor de un foso.  

- Brujería... - gruñó Kibalka.  

Allí el estertor sonaba a mayor volumen, zumbaba como un moscón holgazaneando en una celda. Kibalka se acercó al borde y observó. No se divisaba el fondo. Miró hacia arriba. No se divisaba el techo. Más adelante encontró una escalinata en terrible estado y bajó por ella con cautela. Las rocas se desprendían a su paso. Pisó por fin, tras un largo descenso, el fondo de aquel foso tenebroso. Allí no había nada excepto una abertura en la pared, similar a una chimenea. Se asomó por ella y pudo escuchar de nuevo aquel sonido, más preciso, más cercano. Venía de las estancias superiores y... descendía. No era un zumbido, sino el alarido de un hombre. Un hombre muy asustado que caía a toda velocidad. En realidad eran dos voces que rebotaban por las paredes de aquella chimenea produciendo una melodía poco usual. Estaban cerca. Kibalka se apartó y unos segundos después dos cuerpos cayeron sobre el suelo provocando un temblor que removió los cimientos de la torre. Una nube de polvo se levantó sobre los cuerpos caídos. Kibalka tomó su espada y la blandió. Esperó. Aquellos hombres se levantaron, apoyándose uno en el otro, con quejidos y bufidos. Al ver a Kibalka dieron un respingo y se dejaron caer sobre la roca con los ojos muy abiertos. El más pequeño de ellos, ridículo y bigotudo, dio un codazo al otro, más alto y más gordo. Éste carraspeó, alzó las manos en señal de paz y dio un paso al frente. 

- Saludos, Astrak - habló con solemnidad -. Es un honor conocer al héroe de este mundo. Me llamo Benja. Soy tu creador. 

Publicado la semana 11. 09/03/2020
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Las teclas de mi ordenador , El castillo de arena - Jan , Se puede leer de madrugada perfectamente , Mazmorras locas del Ultima IX
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