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Luciana Capdevila

Fotografía Anticuada

Historia presentada para un concurso literario bajo el pseudónimo Yzhid.

 

 

Todas las mañanas recibo a les estudiantes del Colegio Superior Divino Niño con una sonrisa amplia y de lo más encantadora. Entre caras de desgano y largos bostezos, no es complicado percatarse de que muches de elles no quieren estar acá. Deben de imaginarse sentades en cualquier plaza del pueblo, charlando entre amigues mientras dan pitadas a sus cigarrillos. O quizá simplemente quieran pasearse entre sueños, cobijades por la comodidad de la cama. 

Por eso intento que en el momento que pisen la escuela reciban una bienvenida lo más amigable y cálida posible. Si alguien dentro de la marea de camisas abotonadas hasta un cuello rodeado de corbatas azules viera mi mueca, quizá se sienta más a gusto durante las horas de estudio, que bien se sabe lo frías y tediosas que pueden llegar a ser. La mínima posibilidad de despertar un alma entre todas aquellas adormecidas es razón suficiente para esforzarme.

Día tras día, dibujo con mis labios carnosos una sonrisa radiante para todes aquelles que forman por curso y altura mientras los compases de la Aurora acompañan a la bandera que se iza alta. Día tras día, entrego mis mayores esfuerzos por elles. Aún así, día tras día, al menos un par de ojos me observan con cierto espanto.

Hay quienes conocen ese terrible secreto que guardo adentro mío. Un dato sin verdadera importancia que, desgraciadamente, logra que más de une prefiera evitar el mirar hacia los grandes ojos que me fueron regalados. Así la vergüenza no les invade.

Por más nimio que sea, es este secreto bastante especial, algo que no le sucede a mucha gente dentro del pueblo. Resulta que varies sospechan haberme visto caminar por las calles durante la noche. ¡Algo loquísimo para elles! Se ve que nunca se encontraron con nadie que pudiera escapar de una fotografía para andar libremente por el mundo. Quizá por eso me evitan. 

¿Habrán creído que me quedo quietita, posando en la imagen, todo el tiempo? ¡Qué locura! ¿Acaso elles podrían aguantar semejante tortura?

Al contrario. Todas las tardes, cuando comienza a ponerse el sol, tímidamente muevo los dedos de mis manos, para calentarlos y despegarlos del papel. Luego, continúo con el dedo gordo de mi pie derecho. Lo subo y lo bajo. Le siguen sus vecinos y toda la planta del pie. Para entonces incluso puedo levantar mi zapato del suelo congelado.

Entonces estiro ambas piernas a lo largo y paso a dar un gran salto, atravesando el vidrio que protege la fotografía como si este no existiera, encontrándome de pronto en aquel mundo maravilloso que durante los días no puedo más que observar. Abandono el sitio donde les estudiantes me encuentran cada mañana y recorro todas toditas las plazas del pueblo.

Al pasar los minutos, el andar comienza a dar vida a mi incolora piel de papel. Mi sangre danza salvajemente por la felicidad y tiñe mi cara en un rosado cálido. Mis ropas también se transforman, abandonando la fragilidad del papel para dar la bienvenida a las suaves telas. Mi pelo, tieso y coloreado en un gris aburrido, rompe sus cadenas para gozar de su libertad y moverse bajo la tierna brisa serrana que se escurre entre sus cabellos castaños. Las calles adoquinadas se mueven bajo la suela de mis zapatos y levanto mi vista hacia el infinito mar de estrellas que espían desde el cielo. Tal es la intensidad con la que brillan que ni la distancia a la que se encuentran impide que me enceguezcan por un segundo.

Simples son mis caminatas durante la semana, no hago más que andar y perder mi vista en el cosmos. Pero los viernes… ¡Ay, los viernes es otra historia! Dejo atrás la tranquilidad de las plazas y opto por la frenética música de los bailes. 

Yo no se mucho sobre estos eventos, pero vivo en una escuela, así que me entero de ellos por las habladurías de les chiques que pasan frente a mí.

-¿Hoy salimos? - pregunta una chica de sexto año a sus amigas a la salida del colegio.

Avispada como soy, presto impecable atención a la charla para así enterarme del lugar que van a visitar. Tengo entonces destino para la noche que me espera.

Esa tarde me desperezo como lo haría en cualquier otra, pero no me dirijo directamente hacia el pueblo. Antes de adentrarme en la vida nocturna, debo de arreglarme para salir. Hago una escala en una caverna olvidada que a lo largo de los años he habitado con todas mis pertenencias, incluyendo todo lo necesario para prepararme. 

Una vez abandono la delicadeza de mi existencia de papel, me desnudo para bañarme en un río cercano. El agua es tan fría que con solo imaginar el roce de la corriente me veo invadida por escalofríos. Luego elijo una bombacha y un corpiño y modelo vestidos frente a mi gran espejo. Tengo muchos, y todos diferentes. Los cuido de forma impecable porque, una vez vestida, me dan la seguridad que necesito para verme igual de bien que todas las demás. Aunque mi favorito es uno amarillo con detalles floreados en la cintura escotada. 

Hecha mi elección, la acompaño con unas medias largas y zapatos que combinen con el conjunto. Por suerte, siempre tuve buen gusto por la moda.

Una vez vestida, me maquillo para que el intenso color de mi iris se realce y mis pestañas parezcan tan largas que quien las mire deba cuidarse de no quedar enredade en ellas. A mis labios los trato con sumo cuidado. Solo uso los mejores labiales que encuentre para que mi flamante sonrisa hechice los lugares que visito. Por último, peino cuidadosamente mi peluca hasta que quede radiante. Es tan perfecta que, una vez salgo de la cueva, se refleja el cielo entero en cada uno de los cabellos.

Al terminar con la minuciosa preparación, abandono la oscuridad de la caverna y me encamino hacia el pueblo en busca del lugar que haya escuchado nombrar. Antes de llegar a estos salones que despiden música impetuosa de sus adentros, elijo un nombre nuevo con el cual presentarme. Pienso en algo novedoso cada semana, pero hay veces que no puedo evitar enamorarme por meses de uno. 

Al fin y al cabo, más allá de cómo me presente, lo importante es la actitud que llevo conmigo. Bailo hasta el cansancio, bailo incluso cuando nadie más lo hace. Recorro las pistas y logro que todo el mundo me mire, que sepan que estoy presente y que vine a disfrutar de todas las cosas que extraño durante la semana. La prisión impresa en tinta que me mantiene lejos de les otres no tiene efecto sobre mí cuando disfruto de la noche. ¡Que alguien intente unirse a mi fiesta si se cree capaz! ¡A ver si puede seguir el paso de quien intenta aprovechar sus horas de libertad al máximo!

Mantengo la intensidad hasta que la gente comienza a irse y el espíritu festivo se esfuma. Entonces dejo los antros y me dirijo hacia mi caverna. Debo de prepararme rápido para así estar nuevamente en el colegio por si a algune curiose se le ocurre espiar por la zona. Por más que ciertas personas conozcan este secreto que oculto, no puedo arriesgarme a que se vuelva conocimiento general.

Primero voy hacia el río, donde lavo mi maquillaje y veo como la suave forma que adoro desaparece del reflejo del agua. Luego, apenas me adentro otra vez en las sombras, lo primero que hago es quitarme los zapatos. Los dejo en su lugar y con cuidado me saco las medias. Con los vestidos siempre batallo. Debo mover y contorsionar mis brazos de mil formas antes de lograr bajar el cierre. Entonces lo dejo en una percha y ordenado junto al resto.  

Por último, me quito la bombacha y vuelvo a acomodar todo en sus respectivos lugares. El papel que usé para rellenar el corpiño lo tiro por ahí. La ropa interior la guardo cerca de los vestidos. 

Entonces me pongo de vuelta el calzoncillo e intento estirar la camisa para que no se note ni una sola arruga cuando reciba a les chiques. Subo el pantalón de traje y me ajusto el cinturón de cuero ya viejo y gastado. Me ato la corbata y descuelgo el saco de un perchero que tengo por ahí, viendo como frente al espejo ante el cual me liberaba se encuentra ahora la misma figura gris de papel que habita en esa vieja fotografía. Ahora debo volver a ella.

Cada lunes recibo otra vez a les estudiantes, quienes ven mi sonrisa y creen reconocerla de alguna parte, sin estarse segures de donde. Algunes me miran incluso con vergüenza. ¿Por qué les será tan raro que una imagen pueda moverse? 

Aún así, cuando estén formades y cantándole a la bandera, yo estaré observándoles y sonriendoles junto al resto del primer curso graduado del colegio. Eso fue hace mucho tiempo ya, el instituto todavía no era mixto. Por suerte, ha cambiado mucho desde ese entonces.

Publicado la semana 95. 24/10/2021
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