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Luciana Capdevila

Infortunio informal

Veo como el reloj de la computadora coquetea con la medianoche. Un profundo olor a café impregna el ambiente, aunque no haya ahora líquido alguno en la taza. Creo que es mi propio aliento. Hace ya unas horas que tuve que correr la lamparita del escritorio para que mire hacia la pared. Mis iris sufrían bastante con la pantalla como para someterlas a mayores infortunios. La luz anaranjada rebota en la pintura blanca y baña el plástico disfrazado de madera del escritorio, reflejándose de los vários útiles que ahí están desparramados.

También puedo ver como rebota sobre el teclado de la notebook. Justo debajo de las teclas, donde apoyo las palmas al escribir. También lo noto sobre el mouse. Horas de uso los han lustrado intensamente. Segundos luego de percatarme de esto, me llevo las manos a la cara, casi de forma instintiva. Las sostengo a unos centímetros de distancia. Luego poso los ojos nuevamente sobre la taza, viendo con curiosidad algo desconcertante la costra de café seco que hay en el fondo. 

Entonces decido aprovechar y solucionar varias cosas en un único viaje. Tomo la taza y voy a la cocina, donde dejo la pava eléctrica calentando agua. Aprovecho para lavarme las manos en el lavaplatos, pero, cuando intento secarlas con el repasador, noto como está húmedo. Habiendo ideado el viaje para no tener que desviarme hacia el baño, decido secarlas en el pantalón. Voy volcando una cucharada de café instantáneo mientras espero, y luego agrego los mismos tres chorritos de edulcorante que siempre termino convirtiendo en cuatro.

A los pocos segundos se apaga la pava y termino de hacer la taza de café. Volviendo, le presto atención al reloj que está colgado cerca de la alacena. El ángulo entre las agujas es agudo, ambas avanzando más allá del primer sexto de la circunferencia. Tomo un sorbo por miedo a desplomarme en el pasillo y vuelvo hacia mi habitación. De vuelta sentada frente al escritorio, termino el café con unos pocos tragos, recordando, como muchas otras veces, que ya no me mantiene despierta, pero aún así le encuentro utilidad ya que creo poder discernir si estoy dormida por el sabor que le siento. 

Veo con cariño hacia la cama, hipnotizante y repulsiva a la vez. Una voz profunda me llama hacia ella, pero otra hace lo contrario, y me inunda de espanto cuando me encuentro con la vista de la cómoda almohada sobre la cual podría descansar. Sin embargo, hay alguien que la usa tranquilamente y sin problema alguno. Mi perra está dormida sobre ella, acaparando lo más que puede de la parte de arriba del colchón a sabiendas que va a llegar el momento en que la corra. Pero todavía falta. Por ahora debo continuar con el rítmico chocar de las yemas al escribir. 

Hay algo cautivante del sonido que se escucha al escribir rápido. Una percusión inhumana que no sigue tiempos musicales, sino ortográficos, y con pausas irregulares que esperan a que la mente pueda decidir que quiere grabar sobre los LEDs que brillan frente a ella. Me hace acordar a las épocas en el secundario en las que molestaba con la calculadora escribiendo cualquier número que se me viniera a la cabeza y realizando operaciones nimias. Veinte nueves seguidos de doce ceros y cuatro sietes. Luego lo multiplicaba por alguna otra secuencia intrascendente. Después lo repetía hasta llegar a los factores con los que la máquina ya no puede funcionar. 

Aún uso aquella calculadora. Sigo multiplicando números que, más veces de las que quiero admitir, pueden no significar nada. Las cifras de uno las saco del reloj, la otra de lo que acordé ya hace unos meses. En caso de que nada salga como debería de salir por lo menos puedo saber el valor al que estaría accediendo si no fuera esta una situación informal como la es. 

En esta ocasión veo como parte de la noche se me escapó a la hora de calcular. Ya casi llega el momento de llevar la taza al lavaplatos, pasar por el baño y correr a mi perra de la almohada. Por lo menos ella puede sacarle el jugo.

Publicado la semana 92. 03/10/2021
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